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Un año del apagón que nos enseñó a manejar la incertidumbre y nos recordó la importancia de ser previsores

  • Se mantienen los hábitos cotidianos y se añaden radios, pilas, linternas y dinero en metálico
  • El primer aniversario del 'cero eléctrico' llega libre de traumas para la mayoría de los entrevistados
Interior de una tienda de ropa durante el apagón en Santander.
Interior de una tienda de ropa durante el apagón en Santander. NACHO CUBERTO / EUROPA PRESS
Carmen Morales Puisegur

Hace un año, a las 12.33 horas del 28 de abril de 2025, la península ibérica se quedó sin luz. Un apagón inédito sacudió a España, Portugal y parte del sur de Francia. Las pantallas pasaron a negro, se alteró la actividad en comercios e industria, cayó la conexión a internet, los móviles enmudecieron. La situación se prolongó durante horas -en algunos puntos del territorio, hasta el día siguiente- y cada uno vivió aquello a su manera. En el recuerdo, un reguero de escenas de todo tipo que lo atestiguan.

¿Qué huella ha dejado el apagón un año después? Los días posteriores, los expertos insistieron con sus consejos. Era importante disponer de velas en casa por si el suministro no se restablecía y llegaba la noche. El móvil debía reservarse para lo imprescindible. Se recomendó desconectar los aparatos eléctricos para prevenir subidas de tensión; disponer de botellas de agua congelada para conservar productos frescos... por supuesto, pasaban a convertirse en algo obligatorio las linternas, las radios a pilas y las conservas por si los fusibles fallaban otra vez.

RTVE Noticias realizó una encuesta días después y publicó sus resultados al cumplirse un mes. La consulta concluyó que el cero eléctrico causó más miedo que cambios y podía afirmarse que la vida seguía casi igual. Alrededor del 22% de los encuestados se compró una radio no enchufable, un 18,7% adquirió pilas y un 15,9% anotó mentalmente la necesidad de hacerse con una linterna. Casi un 40% no sintió la obligación de comprar nada especial.

Un año después, el temor a que el incidente -y sus consecuencias- se repita, parece bastante disipado. Paloma García Almoguera es de esta opinión. El apagón le sorprendió en un tren de alta velocidad entre Sevilla y Madrid. Había escogido ese día para trasladarse a la capital, donde se encontraría con familiares procedentes de Alemania. Aún recuerda cómo a las 12.33 horas el vagón se detuvo. En los primeros minutos, rememora, se tranquilizó a sí misma hasta que "empezó a pasar el tiempo y nadie nos decía nada".

Tren en vía curva con personas caminando; vegetación seca y catenarias visibles.  Titular:

 Apagon

"Una huella humana importantísima"

Ese tiempo se convirtió en unas siete horas de espera en las inmediaciones de Puertollano (Jaén). Revive lo sucedido con sentimientos encontrados. Destaca la sensación de "agobio" porque perdieron "la cobertura de los teléfonos y muy poca gente tenía información". Al rato, ella y otros pasajeros lograron bajarse "del vagón como pudimos" y se quedaron "tirados allí".

Las horas allí detenida entremezclaron "la incertidumbre", "mucho calor" y la fraternidad entre desconocidos. La preocupación -"no sabía si era una guerra o si todo se estaba yendo a hacer puñetas"- se confundió con la sorpresa generada por las reacciones de apoyo. "Yo tengo 62 años, ya sé que no soy una anciana, pero me venían jóvenes que hasta se aprendieron mi nombre y me preguntaban 'Paloma, ¿qué te hace falta?'", desgrana con emoción. "La gente del pueblo empezó a traer botellas de agua y las tiraba por encima de la tela metálica", añade, "se creó una solidaridad muy bonita".

Cronología del histórico apagón en España y Portugal del 28 de abril

Los primeros autobuses llegaron sobre las siete de la tarde y ella se concentró en "volver a Sevilla". Tras declinar pernoctar en un polideportivo, durmió en un hotel y, al día siguiente, se encontró con su marido para montarse en el coche y regresar a Sevilla.

Paloma resta importancia a lo vivido. "Gracias a Dios, lo mío fue pequeño para lo que pasa en el mundo. Luego ocurrió lo de Adamuz, por ejemplo", aunque admite que ahora le atemoriza subirse a un tren tras estos dos acontecimientos.

Por lo demás, no ha incorporado ningún cambio de hábitos. "Vivo en mitad del campo. Yo ya tenía una placa solar, por ejemplo", explica. El dinero en efectivo, las radios a pilas y cualquier otro ítem de un 'kit' básico para el apagón forman parte de su vida. Lo que sí le dejó el 28 de abril fue "una huella humana importantísima".

La pandemia, precedente contra la incertidumbre

A Miguel Ruiz Contreras, de 40 años, el apagón le pilló rumbo al hospital de Cabra (Córdoba) porque su madre tenía una cita para realizarse una mamografía. Ambos pretendían comer algo antes de la prueba, pero tras varios intentos, comprobó que "no funcionaban las cocinas en los restaurantes" del pueblo. Así que optaron por pasar por un supermercado y coger algo para salir del paso. Le sorprendió ver a la gente "con los carros hasta arriba como si se fuese a acabar el mundo". Él, admite, lo vivió con tranquilidad, "después de lo que pasamos en la pandemia". Tras aquella parada, acudió al hospital, esperó a que su madre terminase la prueba y aprovecharon que unos vecinos de su pueblo les brindaron ayuda para regresar a su casa en Lucena (Córdoba). Allí, "tan tranquilos, esperamos a que volviese la luz". Miguel no ha incorporado ningún cambio a su vida por si aquello se repitiese. "Yo siempre tengo velas. También una linterna. La verdad, si vuelve a pasar algo, ya apañaré", sentencia.

De aquel día, hay quien recuerda con más temor las consecuencias que podía acarrear cortar de manera abrupta su jornada laboral. Adrián Fernández Lavín, de 23 años, es investigador en el Instituto de Biomedicina y Biotecnología de Cantabria. A las 12.33 horas del 28 de abril de 2025, "las máquinas se detuvieron" y temió por la interrupción de los procesos en los que trabajaba. "Nos hicieron bajar a una zona reservada a estas situaciones de emergencia", explica. Los grupos electrógenos habían entrado ya en funcionamiento y toda la energía generada se priorizó para "conservar las muestras en unos congeladores a -80ºC".

Adrián acabó en la playa de Maliaño, donde vive. Tras saber que sus padres, su hermana y demás allegados se encontraban bien, aprovechó para descansar. No le quedó ningún trauma de aquel día y no ha modificado su comportamiento. "Siempre tengo dinero en efectivo, pero eso era de antes. Por lo demás, todo sigue igual", concluye.

Jornadas laborales interrumpidas

El cero eléctrico sorprendió a muchos españoles teletrabajando en casa. La abogada y escritora Elena Del Hoyo notó que algo fallaba cuando dejaron de entrarle los mensajes de WhatsApp del cliente con el que despachaba. Esos cortes en la comunicación le generaron una sensación de "vulnerabilidad" que se apaciguó cuando rescató "una radio de pilas" que tenía en un cajón en su piso. "Las explicaciones de la voz" procedente del transistor "me tranquilizaron y, a partir de ahí, me dije 'ya vemos qué hacer'".

Con la certeza de que sus hijas se encontraban bien, continuó con sus obligaciones hasta que la luz natural la abandonó porque sus persianas eléctricas habían quedado bajadas. Entonces, cogió un portátil con algo de batería y se fue a escribir a una terraza. ¿Ha incorporado cambios en sus hábitos tras aquel 28 de abril? "No", responde, "siempre suelo tener dinero en efectivo porque me resisto a algunos cambios de la vida moderna. Mantengo la radio como algo romántico. Mis hijas tienen velas. Linterna ya tenía, pero, con sinceridad, no sería capaz de encontrarla".

Elena admite que vivir en el centro de Madrid -ahora vive en las afueras de la ciudad- y que el 28-A le cogiese en casa le proporciona una visión sosegada. "Hubiese sido diferente en un atasco de dos horas o encerrada en un ascensor, por ejemplo", remata.

Coincide con ella Mónica Serrano, informática de 49 años a la que también le sorprendió en su domicilio. "Fue una sensación súper rara", evalúa. Salió al descansillo a oscuras y allí se topó con otros vecinos igual de desorientados. Para ella, en ese momento, su máxima preocupación fue saber de su madre de 80 años que vive sola. "El teléfono no funcionaba, así que me marché a su casa. Por suerte, estamos cerca", cuenta. La encontró en la puerta de su piso, "con bastante temple", para ir al supermercado.

Ya con su madre a su lado, Mónica pasó el día sin mayores contratiempos y "sin traumas". Conserva un transistor de su padre, que le fue útil para informarse. "Sigo teniendo pilas y, bueno, lo mismo que siempre he tenido en casa", cuenta.

Previsiones sin cumplir un año después

A Lourdes García, de 70 años, el apagón le pilló en un domicilio temporal en Esplugues de Llobregat (Barcelona) por obras en su casa. Su temor se disparó por su hijo David, que preparaba los exámenes para opositar a bombero y debía cumplir con su rutina de estudio, pero se solucionó cuando se marchó a una biblioteca. Ella, "con la comida preparada", mantuvo sus planes, así que cogió los bártulos y se dirigió al gimnasio. No ha incorporado ninguna medida especial, aunque sí que le ha comentado a su marido la posibilidad de hacerse con "una bombona de esas chiquititas" para cocinar.

Roxana Platero (50 años), también se plantea comprarse un "hornillo" un año después, pero nunca encuentra el momento. Responde que le "encantó" ese día y lo recuerda "hasta con cariño", tal y como ella lo vivió. "Claro, no me quedé tirada durante dos horas en Atocha ni encerrada en ningún sitio", apostilla con rapidez, consciente de su situación privilegiada. Una vez que los ordenadores se fundieron a negro en la oficina, sus jefes le anunciaron que podía marcharse a casa.

Ante la imposibilidad de subirse a ningún transporte público, anduvo desde el barrio de las Salesas en el centro de Madrid hasta su casa en Vallecas. "Fue un paseo precioso", añade, y se demoró en las sorpresas del camino, como la de un restaurante japonés que liquidaba bandejas de sushi por cinco euros. "No tenía efectivo, así que no me llevé ninguna", lamenta. Ya en el barrio pasó la tarde con su perro leyendo en el parque porque "no podía atender obligaciones sin luz". En casa tenía entonces pilas, baterías cargadas para el móvil, linternas y radio. Aunque, advierte, ella sí ha incorporado cambios. "Me he comprado unas pilas grandes para el radiocassette", cae en la cuenta. Y, tras aquello, siempre lleva algo de efectivo, "unos 20 euros. Para no volver a quedarme sin sushi si lo dejan a cinco euros".