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La Plaza Roja ha acogido un desfile sin tanques ni misiles por la inseguridad de la guerra. Putin honró a los caídos soviéticos mientras defendía su ofensiva en Ucrania, ahora en su quinto año, acusando a la OTAN de agresión constante.

Pese a la tregua de tres días promovida por Trump, el Kremlin reforzó el blindaje de seguridad. Se cortó el internet móvil y se revocaron acreditaciones a la prensa extranjera para ocultar una imagen de vulnerabilidad ante los drones ucranianos.

Como en el estrecho de Ormuz, nada avanza en las dos grandes guerras que agitan el mundo, la de Irán y la de Ucrania, ya sea en una dirección o en otra. La conversación entre Putin y Trump este pasado miércoles puede interpretarse como un intento de desencallar posiciones. Por ejemplo, el ruso se ofreció a custodiar el uranio enriquecido de Irán, línea roja para Estados Unidos. "Le contesté que es mejor que se emplee a fondo en terminar la guerra con Ucrania", asegura Trump.

Y de eso hablaron también. Putin propone una tregua con Kiev por el 9 de mayo, la fecha en que Rusia conmemora la rendición nazi frentes a las tropas soviéticas. Zelenski ha contestado que Ucrania quiere un alto el fuego largo y estable. Al menos, 30 días.

En Moscú ya están ensayando para el tradicional desfile, aunque el Kremlin ha avanzado que no será tan espectacular en armamento como en años anteriores. Las armas son más necesarias en el campo de batalla. Los últimos ataques ucranianos a infraestructuras energéticas, como éste del miércoles en la región de Perm, han reducido la ventaja de Rusia ante el bloqueo energético en Oriente Medio.

El líder supremo, Mojtaba Jamenei, ha reafirmado hoy en un comunicado la autoridad de Irán sobre el estrecho de Ormuz. "Lo único que puede hacer es llorar; tirar la toalla", decía ayer Trump. Hoy se reúne con sus mandos militares para estudiar los posibles nuevos ataques en una guerra que presume haber ganado ya.

Foto: REUTERS/Kevin Lamarque/Archivo

Esto merece una explicación

El viaje al pasado de Viktor Orbán

Referente de la llamada democracia iliberal, Viktor Orbán se ha convertido en el quebradero de cabeza de la Unión Europea. Al frente del gobierno de Hungría desde 2010, sus lazos con Moscú, con la Administración Trump y su evolución a lo largo de los años hacia el ultranacionalismo sitúan a este mandatario de un país de 10 millones de habitantes en el punto de mira mundial. Un sueño para él, que busca notoriedad por encima de todo, también de los intereses nacionales.

Quién está detrás del personaje público; cómo ha sido ese cambio, desde que su nombre comenzase a sonar a finales de la década de los ochenta, en pleno colapso del bloque comunista, como joven liberal y prometedor. Para contestar a estas preguntas, Beatriz Domínguez, corresponsal de RNE en Centroeuropa, ha viajado a diferentes partes del país: a la capital, Budapest; a las localidades fronterizas de Szeged y Ásotthalom y a Felcsút, el pueblo de su infancia, de apenas 1.800 habitantes y donde mandó construir un estadio desproporcionado. El fútbol, su obsesión, reúne varios elementos clave de su historia personal y política: sus verdaderos anhelos y su forma de gestionar, sin importar cómo y con qué (turbios) procedimientos.

En el podcast escuchamos los análisis de Edit Inotai , analista del ‘Center for Euro-Atlantic Integration and Democracy’; András Pethö, cofundador y director del medio independiente Direkt36; Péter Krekó, politólogo y experto en desinformación, investigador afiliado en el CEU Democracy Institute; Anikó Bakonyi, directora del programa de refugiados del Comité Húngaro de Helsinki; Tímea Kovácks, abogada, con años de experiencia en la atención de refugiados, y Pál Dániel Rényi, periodista de ‘444!’ y autor del libro ‘Fútbol y poder en el mundo de Orbán’.