De Venezuela al Ártico: la estrategia de Trump para controlar las reservas mundiales de petróleo y frenar a China
- Estados Unidos ejerce influencia directa o indirecta sobre el 20% de la producción petrolera mundial
- La meta de Trump es alcanzar la "era dorada del dominio energético de Estados Unidos"
Donald Trump quiere controlar el petróleo del mundo. Para ello, Washington está ejecutando una guerra geoeconómica para arrebatarle el monopolio de precios a la OPEP+ y aislar a sus rivales políticos y a su principal competidor económico: China.
La estrategia del presidente de Estados Unidos no se limita a Venezuela, país con el que acaba de firmar "el mayor acuerdo petrolero de la historia", también toca a Oriente Medio, Canadá e, incluso a Groenlandia.
El inquilino de la Casa Blanca tiene un plan: busca rediseñar por completo el mapa del suministro global de crudo mediante la coacción arancelaria, la confrontación militar y la desregulación masiva interna con el que ya ha conseguido ejercer influencia directa o indirecta sobre el 20% de la producción petrolera mundial.
Su meta declarada es alcanzar la "Era Dorada del Dominio Energético de EE.UU." aplastando la influencia de los principales países exportadores de petróleo y doblegando a sus competidores comerciales.
Estados Unidos ha cambiado su estrategia de forma radical desde las décadas de los 70 y 80 hasta la fecha, asegura a RTVE Noticias Alexis Ortega, profesor de Finanzas de la EAE Business School: "Ha pasado de ser fuertemente dependiente del crudo del exterior a ser exportador neto. Controla el precio del petróleo, controla el suministro de crudo y esto le puede permitir controlar a China y tomar el control de la evolución mundial de los precios".
El eje central: el acuerdo con Venezuela
El eje central de la estrategia energética actual de Estados Unidos es el histórico acuerdo petrolero entre Washington y Caracas firmado a finales de agosto de 2026. Un pacto que da prácticamente vía libre a Donald Trump a la mayor reserva petrolera del mundo.
A través de un acuerdo con el Gobierno interino de Delcy Rodríguez, Estados Unidos ha obtenido el control mayoritario de 17 yacimientos estratégicos venezolanos. Esto abarca más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas, una quinta parte de todo el crudo de Venezuela, concretamente, el 21,5%.
Se han otorgado concesiones por un plazo de 100 años a la empresa North American Blue Energy Partners (NAVEP), propiedad del empresario Alejandro Betancur. Esta compañía ha anunciado que va a poner en marcha una inversión privada por valor de 100.000 millones de dólares para reconstruir la infraestructura petrolera venezolana, cederá parte de su participación directamente a los Departamentos de Defensa y de Estado de Estados Unidos.
Según el acuerdo, Venezuela recibirá cerca de 19 dólares por barril vendido y unos 200.000 millones en regalías e impuestos durante los próximos 25 años. El crudo pesado se refinará directamente en refinerías de Texas optimizadas para este tipo de petróleo.
Líderes de la oposición demócrata en EE. UU. y analistas internacionales critican que la intervención militar en que detuvo al en ese momento presidente, Nicolás Maduro, no buscaba la "democratización" de Venezuela, sino directamente tomar el control del petróleo venezolano.
Protestas en Madrid por la intervención de Estados Unidos en Venezuela Luciano Lima vía Getty Images
El aviso a la OPEP y a Canadá
La relación petrolera con Canadá es la más compleja para Trump. Este país es, por mucho, el mayor proveedor extranjero de crudo de Estados Unidos y representa más del 60% de sus importaciones de crudo, pero el presidente norteamericano está usando el acuerdo de Venezuela para cambiar las reglas del juego: tras amarrar los yacimientos venezolanos, Trump reposteó un mensaje en redes: "El histórico acuerdo petrolero de Trump con Venezuela pone en aviso a la OPEP y a Canadá".
¿Por qué? Porque el petróleo canadiense (de las arenas de alquitrán de Alberta) es de tipo pesado y amargo. El petróleo de Venezuela tiene exactamente esa misma composición. Al controlar las reservas venezolanas, Trump le envía el mensaje a Ottawa de que EE. UU. ya no depende exclusivamente de ellos y que ahora tendrán que competir "barril por barril" en las refinerías del Golfo de México.
La firma del acuerdo con Venezuela también rompe la estructura de equilibrio en el seno de la OPEP. Históricamente, el cartel de los principales exportadores de petróleo, liderado por Arabia Saudita y Rusia, ha dictado el rumbo de la economía global mediante recortes coordinados de su producción para encarecer artificialmente los precios del combustible.
Aunque Venezuela es un miembro fundador de la organización, el nuevo pacto rompe el monopolio del grupo. Al controlar el 55% de la producción en 17 campos estratégicos venezolanos, la Casa Blanca cuenta ahora con un "contrapeso" masivo. Si la OPEP decide cerrar sus grifos para elevar los precios de la energía, Estados Unidos tiene la capacidad de inundar el mercado con crudo venezolano, arrebatándole al cartel su herramienta de presión más poderosa y consolidando la independencia energética de Occidente.
La guerra con Irán y el estrecho de Ormuz
No se puede explicar el interés de Trump por controlar el petróleo latinoamericano sin mirar a lo que está pasando en Oriente Medio. Y es que la soberanía petrolera que persigue Estados Unidos no busca solo quedarse con el petróleo físicamente para consumirlo, sino decidir quién puede venderlo, a quién y a qué precio.
Con Venezuela, Canadá y la OPEP "bajo control", ahora "la partida se juega en Irán" asegura Alexis Ortega: "Controlar el estrecho de Ormuz significará, controlar muy buena parte del petróleo y de las materias primas y por lo tanto, poner a Trump en una situación bastante cómoda".
Por eso Trump quiere tener el mayor control posible sobre el estrecho de Ormuz. El gobierno estadounidense busca con ello garantizar la estabilidad de los precios del mercado energético global, pero también neutralizar la capacidad de Irán para usar el estrecho como un arma de chantaje geopolítico contra Occidente y sus aliados.
Sin embargo, para Eduardo Irastorza, profesor en OBS Business School, lo que pretende Trump más que garantizar la estabilidad de precios es controlarlos para su beneficio: "Trump, ha estado especulando con el petróleo". Asegura a RTVE Noticias que el presidente de Estados Unidos está haciendo y deshaciendo a su antojo: "Cierro el estrecho de Ormuz y digo que voy a devolver a Irán a la edad de Piedra, pero al día siguiente vuelve el buen rollo y el petróleo vuelve a bajar, con lo cual puede ganar tanto al alza como a la baja. Al ser al final él y su administración quienes deciden qué es lo que pasa en el mundo y en el mercado. Si yo soy el generador de del problema, lógicamente y sé cuándo va a ocurrir, pues le puedo sacar partido".
Groenlandia: una piedra en el zapato de Trump
El interés de Trump por Groenlandia ha escalado a un nivel sin precedentes desde que llegara a la casa Blanca por segunda vez en enero de 2025. Al margen de la pugna territorial y el empeño de utilizar la isla danesa como una base militar estadounidense, el jefe de la Casa Blanca ve a este territorio como la joya de la corona de la independencia energética total. La cuenca de Jameson Land, al este de la isla, alberga un negocio muy lucrativo: la firma estadounidense Greenland Energy (que mantiene estrechos vínculos con el entorno de Trump) cerró recientemente la adquisición de derechos de perforación en la zona afirmando que el subsuelo podría esconder hasta 1 billón de dólares en petróleo, unos 13.000 millones de barriles potenciales.
El mes pasado, el gobierno autónomo de Groenlandia paralizó los planes de perforación de Greenland Energy. La firma desembarcó maquinaria pesada en las costas árticas sin los permisos regulatorios correspondientes, lo que las autoridades locales respondieron con una fuerte reprimenda y una orden de congelación del proyecto, en un claro acto de soberanía frente a Washington.
El objetivo final: aislar a China
El control e influencia que el Gobierno de Trump ejerce sobre el mercado del petróleo tiene, como uno de sus objetivos estratégicos de largo plazo aislar y frenar el avance de China. Y es que, el control de la energía es el talón de Aquiles de Pekín.
A diferencia de Estados Unidos, que es el mayor productor de petróleo del mundo y es energéticamente autosuficiente, China importa cerca del 75% del petróleo que consume. Al dominar los flujos mundiales de crudo y forjar alianzas clave fuera de la OPEP, el país norteamericano adquiere una enorme capacidad de presión sobre el suministro que alimenta la industria y la economía china. De ahí el empeño en tomar el control del Estrecho de Ormuz y el de Malaca, las principales zonas por las que pasa el crudo camino de China.
Además, Trump utiliza el petróleo como un arma diplomática mediante sanciones estrictas a países que le suministran crudo a Pekín de forma barata o fuera del sistema internacional, como Irán y Rusia, intentando cortar los lazos comerciales y de infraestructura (como la Nueva Ruta de la Seda) que China construye para asegurar su energía.
Alexis Ortega explica que como China está ganando la batalla tecnológica, Estados Unidos pretende ganar la energética: "China está avanzando de una manera muy importante en muchísimos campos y claves en la economía del futuro, y yo creo que hay una estrategia por parte de Estados Unidos de intentar coartar esta velocidad de crecimiento del poder chino a través de limitar sus fuentes energéticas y una de las formas ha sido precisamente el acuerdo con Venezuela, una de las principales fuentes de energía barata para Pekín, lo mismo pasa con Irán".
En la misma línea, Eduardo Irastorza, quien añade que China está tocada pero tiene sus propios recursos: "Que Estados Unidos hay tomado el control del petróleo venezolano supone para China un golpe muy duro. Pero con todo y con eso, Pekín, que es muy previsor y muy paciente, ha ido acumulando unas reservas de petróleo enormes en depósitos, en depósitos protegidos bajo tierra también para esta eventualidad, por eso Trump necesita mantener la guerra en Irán, para atacar la otra fuente de energía del gigante asiático". Sin embargo, a juicio del profesor de OBS Business School no está del todo claro que Trump vaya a ser el ganador: "Mantener la guerra en Oriente Medio exige más misiles. Los misiles necesitan minerales raros, los minerales raros los controla China, con lo cual no está nada claro que Estados Unidos vaya a salir airoso de este conflicto".
El impacto sobre el bolsillo de los norteamericanos
Todo este entramado geopolítico y diplomático que pretende convertir a Trump en "el rey del crudo" afecta de forma directa al bolsillo del estadounidense de a pie que vive atrapado en una contradicción dolorosa: residir en el mayor productor mundial de crudo, pero pagar la gasolina más cara de la historia.
Durante el fin de semana del Día del Trabajo de septiembre de 2026, el precio promedio nacional de la gasolina superó los 4,15 dólares por galón (entorno a 0,95 euros por litro). Es un precio barato a ojos de España, pero que supone el registro más caro de la historia en el combustible para un mes de septiembre. El diésel, el motor del transporte de mercancías, ha superado incluso la barrera de los 6 dólares por galón, amenazando con disparar de nuevo la inflación general.
Aunque Donald Trump ha insistido en que los precios del combustible "no son muy altos", los datos del Comité Económico Conjunto del Congreso estiman que los hogares de EE. UU. han tenido que desembolsar, de media, cientos de dólares adicionales en combustible desde que escalaron las hostilidades y las sanciones contra Irán.
Una situación que coloca a la economía ante un importante riesgo inflacionario y a Trump ante un riesgo político en puertas de las Midterms según explica Alexis Ortega: "Trump está intentando templar la situación enfrentarse a las elecciones de medio término en un contexto que beneficioso para él, por eso está intentando que caiga el precio del petróleo porque la inflación es un problema".
La promesa de una energía barata basada en la producción nacional se estrella contra una realidad de libre mercado: el petróleo extraído en Estados Unidos lo gestionan corporaciones privadas que lo venden al precio dictado por los mercados globales, disparados por la tensión en el Estrecho de Ormuz.