Keir Starmer, la última víctima de la despiadada política de los partidos británicos
- La lealtad de los diputados británicos al liderazgo de sus partidos es cambiante
- Margaret Thatcher, Tony Blair, David Cameron y otros tantos fueron expulsados por los suyos mientras gobernaban
"Ser rey no es nada, si no se es un rey seguro", le hace decir William Shakespeare al rey Macbeth. Esa frase también puede aplicarse a cualquier político británico que aspire al poder o lo detente. En esta ocasión, ser primer ministro no es nada, si no está seguro en el puesto. Y ningún primer ministro puede dar su cargo por seguro por mucho que las legislaturas en el Reino Unido sean de cinco años porque aún no convocando elecciones, esquivando una derrota electoral, puede caer derrocado por los propios compañeros de partido.
El partido sigue en el Gobierno, el primer ministro, no. Y en esa cuerda floja está ahora Keir Starmer, desafiado en público por sus propios compañeros de partido, sus propios diputados y sus propios ministros cuando aún no cumple dos de los cinco años en el cargo.
Starmer es el último en unirse a una larga lista reciente: David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss y Rishi Sunak. Cinco primeros ministros del Partido Conservador en ocho años, de 2016 a 2024. El único que abandonó el cargo forzado por la urnas fue Sunak, los cuatro anteriores dimitieron obligados por una rebelión de sus propios parlamentarios. Evitar repetir esa dinámica, y la consiguiente inestabilidad y descrédito de la política, fue el argumento del laborista Keir Starmer para negarse a renunciar en el discurso del lunes pasado. Veinticuatro horas después, el martes, el número de diputados laboristas que pedían su dimisión ya había superado la cantidad requerida por los estatutos del partido, 80, para poder desafiar su liderazgo.
En el Reino Unido no es obligatoria la disciplina de partido a la hora de votar en el Parlamento y la lealtad al líder es relativa, interesada y voluble. Bien porque alguien ambiciona su puesto o bien porque lo consideran un lastre a soltar: ningún mandatario británico puede confiar en que no le hagan la cama.
Hicieron llorar a la Dama de Hierro
Margaret Thatcher se ganó a pulso, y con algo de misoginia también, el apodo de Dama de Hierro. Ella, como primera ministra del Reino Unido, y Ronald Reagan, como presidente de Estados Unidos, fueron los padres de la desregulación del mercado y el neoliberalismo económico. En el Reino Unido, Thatcher mantuvo un pulso feroz con el poder de los sindicatos. La Dama fue adalid del individualismo por encima de la sociedad, y fue primera ministra en la Guerra de las Malvinas y en la represión inmisericorde contra el IRA, el grupo armado/terrorista del bando católico republicano en la guerra civil que se libró en Irlanda del Norte.
Fue una mandataria implacable, que transformó la economía y la sociedad británicas, y dejó frases memorables como: "no, la señora no dará media vuelta [cambiará de posición]" o "quiero que me devuelvan mi dinero [la contribución del Reino Unido a la Comunidad Económica Europea" o, simplemente, a punto de dimitir, "no, no, no". A esa mujer férrea se le quebró la voz y humedecieron los ojos cuando su gobierno la echó del famoso 10 de Downing Street, después de once años y medio dirigiéndolo.
En palabras de un periodista de la BBC, "libró y ganó innumerables batallas contra el establishment británico, los sindicatos, la oposición laborista, y sobre todo y ferozmente, contra su propio gobierno. Al final perdió la mayor batalla contra sus correligionarios, y se sintió traicionada. Es una historia de arrogancia y sentimientos heridos". Confluyeron la rivalidad y resentimiento de algunos compañeros de partido, un impuesto a los hogares muy impopular que llenó las calles de protestas y, como no, Europa, la relación con la entonces Comunidad Económica Europea. Le montaron unas primarias, desafiaron su continuidad al frente del partido y, con ello, al frente del Gobierno. En la primera votación Thatcher quedó en cabeza, pero ya no se presentó a la segunda vuelta. En cuestión de pocos días Margaret Thatcher dimitió.
Dejó el cargo el 28 de noviembre de 1990 y tardó medio año en dar una entrevista. En esa conversación en ITN, volvió a llorar al recordar cómo sus compañeros de gabinete y su partido la abandonaron. "Aún le duele", comentó el periodista al verla secarse las lágrimas, "pero no se me ha alterado la voz" replicó ella. Genio y figura. Thatcher insistió en decir que dimitió, aun teniendo un apoyo mayoritario de los diputados de su partido (204 a 152), pero "no una mayoría suficiente". "Un general no puede luchar si no tienen detrás un buen ejército".
Indisciplina de partido
La mayoría en el Parlamento británico, el ejército al que se refería Thatcher, no se mide con tener la mitad más uno de los diputados, de los votos, sino con tener mucho más que eso, porque se da por descontado que, en ocasiones, diputados del propio partido votarán contra una iniciativa del Gobierno. No hay disciplina de partido a la hora de votar. Los diputados votan pensando en sus intereses y en función de los electores de su circunscripción, de quien depende su escaño, más que en interés del partido. Es una consecuencia del sistema electoral
Que se lo pregunten a la conservadora Theresa May y el acuerdo que negoció para salir de la Unión Europea, en 2019 más de un tercio de "sus" diputados,118, votaron en contra. Un bofetón sonoro . A los cuatro meses se vio forzada a dimitir. En 2020, Charles Moore, autor de una biografía de Margaret Thatcher, escribió: "Treinta años después, con el Brexit el Partido Conservador aún no se ha recuperado de los sentimientos que engendró el asesinato político de su líder más exitosa en tiempos de paz".
También tiene experiencia sonada el laborista Tony Blair, impulsor de la tercera vía del Nuevo Laborismo, con su decisión de unirse a George W. Bush en la invasión de Irak. Aquel marzo de 2003 Blair se salió con la suya sin problemas gracias a que tenía una mayoría muy amplia, "le sobraban votos", y a que lo secundaron diputados de la oposición conservadora. Ganó la votación, a pesar de los 84 noes de sus propios diputados.
Blair comparte algunas cosas con la Dama de Hierro. Han sido los líderes más importantes, carismáticos y trascendentes de sus respectivos partidos desde el fin de la II Guerra Mundial. Son los únicos que ganaron tres elecciones seguidas. A Thatcher sus diputados la echaron a mitad del tercer mandato, a Blair lo invitaron a pasarle el testigo a su número dos, y rival, Gordon Brown, también en el tercer mandato, cuando llevaba diez años en el cargo.
Réplicas de los terremotos de la Gran Recesión y el Brexit
Diez años en Downing Street, Tony Blair; once y medio, Margaret Thatcher. Una duración inimaginable en la última década y media de política británica. Gordon Brown terminó en 2010 la legislatura que había empezado Blair, y con ella, 13 años de gobiernos laboristas. Falto de carisma y teniendo que lidiar con la crisis económica de 2008, era inevitable que Brown no superara con éxito las elecciones. Le tocó el fin de ciclo.
Su sucesor, el conservador David Cameron, alcanzó el liderazgo del partido sin mucho entusiasmo por parte de la formación, con muchos críticos en el ala tory más reaccionaria y antieuropea. Fue precisamente su voluntad de vencer esa resistencia interna lo que le llevó a convocar el referéndum sobre la permanencia o salida de la Unión Europea, el famoso Brexit. Y cavó su tumba. Perdió la apuesta.
Tras perder el referéndum sobre el Brexit en junio de 2016, Cameron no podía seguir en el puesto. Esa misma mañana dimitió. Le sucedió Theresa May, pero el partido también se rebeló contra ella hasta forzar su marcha cuando aún no había cumplido tres años al frente del Gobierno. Su sucesor, el estrambótico Boris Johnson, logró el triunfo de una mayoría absoluta en las elecciones generales de 2019, pero tampoco terminó su mandato. La gestión de la pandemia del Covid-19 y haber mentido al Parlamento le costaron el puesto.
Boris Johnson amenazó con retirarse de Europa sin acuerdo. © Siècle Productions
Liz Truss y la lechuga
Liz Truss merece una mención especial por su brevedad como primera ministra, apenas un mes y medio, 49 días. Una caducidad política que no sorprendió, hasta el punto de que un periódico sensacionalista británico, el Daily Star, lanzó en portada una competición. Hizo un livestream con una lechuga recién comprada y la puso a competir con la primera ministra, a ver quién perecía primero. La lechuga aguantó más.
De nuevo primarias y a por el cuarto primer ministro en seis años. Cuatro en seis años. De junio de 2016 a octubre de 2022. Cuatro primeros ministros del mismo partido, el Conservador, desde el referéndum que partió el país y a ese partido en dos. El elegido por los diputados tories fue Rishi Sunak, a él le tocó cerrar el ciclo conservador, como a Brown, en 2010, le había tocado cerrar el laborista.
Sunak renuncia al liderazgo del Partido Conservador tras la debacle electoral
La clave de la victoria laborista en julio de 2024 no fue el carisma de Keir Starmer ni el entusiasmo por el cambio, sino el cansancio de esos 14 años de conservadurismo y, sobre todo, inestabilidad y caos en el gobierno. Ahí está la raíz de la debilidad del liderazgo de Keir Starmer, y él lo sabe. También tiene muy presente el rechazo de la opinión pública a eso que llamamos "los mercados", a la inestabilidad, y eso es precisamente lo que esgrime él y quienes lo apoyan, para no dimitir.
Los bandazos de la travesía del desierto en la oposición
A Margaret Thatcher la sustituyó John Major, quien, contra todo pronóstico, logró ganar las siguientes elecciones. Dimitió en 1997 al perder ante la abrumadora victoria del Nuevo Laborismo y la Cool Britannia de Tony Blair. A lo largo de los siguientes 13 años el Partido Conservador tuvo cuatro líderes hasta poder ganar unas elecciones: William Hague, Ian Duncan Smith, Michael Howard y David Cameron. Al igual que le ocurrió a la derecha, los laboristas tuvieron un baile de líderes en busca de alguien que lograra acabar con el ciclo conservador: Harriet Harman, como interina, Ed Miliband, Jeremy Corbyn y Keir Starmer.
En esa eterna tensión de las formaciones socialdemócratas entre el alma izquierdista y el pragmatismo centrista, el Partido Laborista fue dando bandazos. Especialmente guerracivilista fue la etapa de Jeremy Corbyn, popular entre las bases por representar la izquierda y el pacifismo, el anti-Blair, pero incómodo para el aparato del partido. Su liderazgo se vio muy erosionado por su ambigüedad sobre el Brexit y unas críticas a Israel que le valieron las acusaciones de antisemita. Sin eso no pueden entenderse algunas de las medidas que luego ha tomado Starmer. Los propios diputados laboristas tumbaron a Corbyn por 172 a 40, pero con terquedad Corbyn se negó a dimitir al frente de un partido escindido. Hasta que en 2020 eligieron, sin entusiasmo, a Keir Starmer, nuevo en política.
¿Es el Reino Unido ingobernable?
El baile de primeros ministros efímeros y el fin del bipartidismo, que se ha dado en las elecciones locales de la semana pasada, hacen que en el Reino Unido se pregunten en voz alta si el país es ingobernable, un lamento que en Europa, hasta Giorgia Meloni, era más propio de Italia. En las elecciones del 7 de mayo se hundieron los dos partidos de gobierno y mayoritarios, el Laborista y el Conservador, en favor de los Verdes, por la izquierda; y el xenófobo Reforma, a la derecha; más los independentistas en Escocia y Gales.
En el caso del Partido Laborista y el posible relevo a Keir Starmer, la cuestión se complica porque entre los potenciales sustitutos, quien más opciones tendría es el exministro y actual alcalde de Manchester, Andy Burnham, tal vez el político más popular en este momento. ¿Cuál es el problema? Que para liderar el Partido Laborista y tener un cargo en el gobierno británico hay que ser diputado, y Burnham no lo es.
Para que lo pueda ser un correligionario de la región de Manchester ha dimitido, para dejar una vacante y que Burnham pueda presentarse para su escaño. Los escaños, recordemos, en el sistema electoral británico son unipersonales por circunscripción, cada diputado representa un distrito, no va en la lista de un partido. Ahora tiene que convocarse la elección para ese escaño y Andy Burnham tiene que ganar. Y no es seguro, porque en esa zona, de voto tradicional laborista, el partido en auge es el populista y xenófobo Reform de Nigel Farage.
Todo este proceso, previo a unas primarias en el Partido Laborista para reemplazar a Keir Starmer, nos lleva como pronto a mediados o finales de junio, es decir, mes o mes y medio de conjeturas, elucubraciones y la incertidumbre sobre el futuro del gobierno que Keir Starmer prometió evitar. A la pregunta ¿es el Reino Unido ingobernable? Podríamos añadir: ¿son los partidos británicos ingobernables?
Con las gafas de Anna Bosch