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Análisis

Irán, el eco de Irak dos décadas después: "Es el acta de defunción del orden internacional"

Manifestaciones en Iráq en contra de los ataques de Israel y Estados Unidos sobre Irán
Manifestaciones en Iráq en contra de los ataques de Israel y Estados Unidos sobre Irán Haidar Mohammed Ali / Getty Images

La historia de la geopolítica contemporánea parece haber entrado en una fase de "rima macabra" este marzo. Al cumplirse una semana de la ofensiva iniciada por Estados Unidos e Israel contra Irán, el mundo asiste a una coreografía bélica que resulta familiar. De nuevo, mapas de bombardeos sobre Oriente Medio, mientras en los despachos se esgrimen argumentos sobre armas nucleares inminentes y cambios de régimen necesarios. Sin embargo, tras el humo de las explosiones en Beirut y Teherán, la comparativa con la invasión de Irak de 2003 revela un tablero mucho más fragmentado, peligroso y carente de los consensos que, mal que bien, intentaron sostener el orden internacional a principios de siglo.

Este espejo de 23 años no solo refleja una coincidencia de nombres propios, sino una rima estructural en la construcción del conflicto. Si en 2003 el mundo asistió a la escenificación de una amenaza inminente —aquel rastro de armas químicas que la inteligencia estadounidense nunca logró materializar—, en 2026 el guion de la sospecha nuclear contra Teherán se despliega con una cadencia idéntica, ignorando de nuevo los cauces del Organismo Internacional de la Energía Atómica. El paralelismo es claro con una administración en Washington que abraza la doctrina del ataque preventivo, un Gobierno en Israel que actúa como catalizador estratégico y una Europa que vuelve a fracturarse entre la fidelidad atlántica y la defensa de un derecho internacional que muchos ya dan por amortizado.

El profesor de relaciones internacionales y experto en Estados Unidos Pedro Rodríguez señala que la diferencia fundamental reside en que, "mientras en 2003 se intentó revestir la invasión de una legitimidad multilateral forzada, hoy Donald Trump prescinde de cualquier coreografía diplomática", transformando la "guerra de necesidad" de Bush en una "guerra de voluntad" unipersonal, donde la incertidumbre sobre el día después ya no es un error de cálculo, sino una variable aceptada en una apuesta geopolítica de alto riesgo.

El retorno del "no a la guerra" en España

En febrero de 2003, España vivió un momento de unidad civil que, en 2026, se antoja casi imposible. El CIS de aquel año arrojaba un dato incontestable: más del 90% de la población rechazaba la intervención en Irak. Fue un clamor transversal, un "gran consenso" que logró unir desde sectores eclesiales hasta sindicatos, y que terminó por desbordar la mayoría absoluta de José María Aznar. En estos momentos, el escenario es radicalmente distinto, pero el eco de aquellas consignas resuena con la misma fuerza. Al prohibir el uso de las bases de Rota y Morón para la ofensiva contra Irán, el presidente Pedro Sánchez no solo ha tomado una decisión logística, sino que ha rescatado un capital simbólico que define la identidad de la izquierda española. Sin embargo, este nuevo "no a la guerra" se enfrenta a un país que ya no es el de hace 23 años. Mientras que en 2003 el rechazo era unánime y la oposición socialista lideraba la calle desde la derrota electoral, ahora la decisión nace del propio Gobierno y se inserta en un clima de fractura social mucho más profunda.

Para el profesor del Departamento de Estudios Árabes e Islámicos en la UAM Ignacio Gutiérrez de Terán, esta postura está marcada por una crispación que ha cambiado de naturaleza. "Si en 2003 la resistencia era una respuesta social a un poder institucional monolítico, en 2026 la polarización está digitalizada y fragmentada, lo que dificulta que el Gobierno mantenga una posición de firmeza sin que esta sea leída como un arma arrojadiza en la política nacional", explica. Terán señala que, a pesar de este ruido interno, el verdadero desafío de Sánchez no está en el Parlamento, sino en la Casa Blanca. El experto subraya que el desafío español ante el estadounidense responde a una lectura de realismo político: "Trump, en su papel de líder indiscutido del bloque occidental, no tolera que un Estado de peso mediano como España se convierta en la nota discordante de una orquesta que ya ha cedido ante sus presiones", añade.

La amenaza de aranceles masivos a las exportaciones españolas es un ejercicio de gesticulación publicitaria, más que una medida de ejecución inmediata, según el profesor. "El enfado de Trump es una cuestión de imagen; necesita castigar simbólicamente a quien se sale del guion para mantener su autoridad frente al resto de aliados europeos", señala. Sin embargo, Terán apunta a una realidad mucho más pragmática bajo la superficie de los titulares: "Mientras la retórica pública habla de ruptura comercial, entre bambalinas se negocia un punto de compromiso". El objetivo sería permitir que las bases de Rota y Morón mantengan una operatividad logística o civil indirecta que satisfaga las necesidades mínimas de Washington sin que Madrid tenga que renunciar formalmente a su "no a la guerra". Un juego de equilibrios donde la soberanía nacional y la supervivencia económica se juegan en el estrecho margen de lo que Terán define como una "discreción necesaria", evitando un choque frontal que, en última instancia, no beneficiaría ni a la economía española ni a la ya tensionada estrategia de defensa estadounidense en el Mediterráneo.

La misma causa y dos enemigos

Si existe un punto de fricción que evoca de manera casi traumática los errores del pasado es la justificación oficial de la ofensiva. En 2003, la imagen de Colin Powell agitando un pequeño frasco con polvo blanco ante el Consejo de Seguridad de la ONU se convirtió en el símbolo universal de la manipulación de la inteligencia para fines bélicos. Aquel "botecito de ántrax" que nunca existió tiene hoy su reflejo en los informes de Washington sobre el programa nuclear iraní. El guion parece calcado, pero con una diferencia técnica fundamental que los expertos no pasan por alto. La causa es la misma (la supuesta existencia de armas prohibidas), pero la realidad física y tecnológica ha cambiado radicalmente, lo que hace que la "mentira sea mucho más difícil de sostener y mucho más peligrosa de ejecutar que en 2003", coinciden los expertos.

El profesor de Ciencias Políticas de la UNED Rubén Ruiz Ramas señala una paradoja temporal que pone en entredicho la credibilidad de la administración Trump. "O se nos mintió en junio de 2025, cuando se dijo que ya se habían eliminado las capacidades de Irán mediante ataques previos, o se nos miente ahora. No se pueden generar nuevas capacidades nucleares de la tierra de pronto, en pocas semanas, bajo tal presión internacional". "Sospechamos enormemente que Estados Unidos no dice la verdad", explica Ruiz Ramas.

Esta "rima histórica" entre las armas de destrucción masiva de Sadam Husein y el enriquecimiento de uranio de Alí Jameneí oculta, además, una infravaloración de la capacidad de respuesta iraní que no existía en el Irak de principios de siglo. En 2003, el Ejército iraquí era una fuerza convencional ya muy mermada por años de sanciones; en 2026, Irán se presenta como un maestro de la "guerra asimétrica". "El objetivo de la misión operativa es establecer un cambio de régimen, pero el consenso entre analistas es que conseguir una rendición incondicional solo con castigo aéreo es algo muy difícil", advierte Ruiz Ramas.

La tecnología ha cambiado drásticamente el tablero. Mientras que en 2003 la mayor preocupación era el avance de los tanques por el desierto, en la actualidad, argumenta el historiador, son los drones suicidas de bajo coste, como los Shahed, capaces de saturar las defensas antiaéreas más costosas de Israel y Estados Unidos. A esto se suma una variable que en 2003 era pura ciencia ficción: el riesgo de ciberataques a infraestructuras críticas en Occidente. Para los expertos, la arrogancia de Washington al ignorar estas capacidades es una repetición del error de cálculo de 2003, cuando se prometió una guerra corta y quirúrgica. "Evitar que tanto el régimen de Tel Aviv como Estados Unidos consigan destruir sus arsenales balísticos, que es la gran amenaza que sigue pendiente sobre el territorio israelí y las fuerzas estadounidenses", apunta Ignacio Gutiérrez de Terán. El gobierno iraní mantiene ahora una prioridad que Irak no pudo sostener.

Geografía y resistencia: ¿por qué Irán no es el Irak de 2003?

Militarmente, la comparación entre ambos conflictos arroja diferencias técnicas claras. En 2003, Irak se presentó como el escenario ideal para la doctrina de "mando y control" estadounidense: una vasta llanura desértica donde la superioridad de los tanques y la aviación permitió que Bagdad cayera en apenas tres semanas. Sin embargo, Irán es, en palabras de los expertos, una "fortaleza natural". El país está blindado por la cordillera de los Zagros, un milagro geográfico que invalida la guerra relámpago que Bush ejecutó con éxito hace dos décadas.

Ignacio Gutiérrez de Terán advierte de que una invasión terrestre en este terreno sería "casi suicida y costosa" para las tropas de la coalición. El régimen de Teherán ha aprendido de la caída de Husein y ha diseñado una estrategia de resistencia numantina: "El gobierno se va a mantener durante semanas mientras consiga mantener dos prioridades: que no haya revueltas internas y seguir amenazando los arsenales balísticos de los atacantes". Para el experto, la orografía no es solo un muro físico, sino un multiplicador de la capacidad de resistencia de unas tropas que han hecho de la montaña su mejor aliado.

A esta dificultad geográfica se suma un factor social que ignora la Casa Blanca. Si en Irak una parte de la población recibió a las tropas como "libertadoras" antes de caer en el caos, en Irán existe una sociedad civil movilizada. La profesora de la Universidad Carlos III especialista en derechos humanos Leila Nachawati introduce un matiz esencial sobre la legitimidad de esta resistencia: "La respuesta ciudadana, liderada por mujeres, es una respuesta a décadas de asfixia. No es solo una cuestión del velo, es una cuestión de dignidad".

No obstante, Nachawati advierte de que una intervención extranjera puede dinamitar estos procesos internos de cambio. "Cuando permites que la impunidad ocurra en un lugar, como hemos visto en Siria, estás autorizando que ocurra en cualquier parte", señala, y critica la "crisis de narrativa" de una Europa que ignora su responsabilidad ética. Así, el riesgo es que la invasión acabe "vaciando de contenido político las demandas de la población" y convierta a quienes luchan por su libertad en meros "daños colaterales" de una partida de ajedrez geopolítica.

Para los analistas, el error de 2003 fue no prever el "día después"; en 2026, el error parece ser ignorar que Irán no es un Estado fallido, sino una nación con una identidad profundamente arraigada que, ante una agresión externa, puede cerrar filas de una manera que la administración Trump parece no haber calculado. "El derecho internacional se convierte en papel mojado si no hay una voluntad política real de aplicarlo de forma universal y no selectiva", sentencia Nachawati.

El Estrecho de Ormuz y la "escalada horizontal"

Mientras la guerra de Irak se mantuvo contenida en sus fronteras, el conflicto actual ha provocado una "escalada horizontal" sin precedentes. La onda de choque ya no solo sacude a los países vecinos, sino que alcanza a actores como Turquía, Azerbaiyán y Chipre, donde España ha desplegado la fragata Cristóbal Colón. Ignacio Gutiérrez de Terán advierte de que estamos ante una estrategia de conflicto asimétrico diseñada por Teherán para globalizar el coste de la agresión. "La estrategia es evidente: llevar la guerra a todos los aliados, a los que desde sus bases se utilizan para atacarlos". Para Terán, el riesgo de que el conflicto incendie toda la región es real, ya que Irán no es un actor aislado, sino el nodo de una red de milicias y estados que cuestionan la hegemonía occidental.

El punto de máxima tensión mundial se concentra en el estrecho de Ormuz, la "yugular" por la que transita el 20% del petróleo del planeta. Si en 2003 el suministro energético se mantuvo estable, ahora la capacidad de Irán para bloquear este paso supone una amenaza existencial para las economías asiáticas y europeas. Rubén Ruiz Ramas destaca la vulnerabilidad de aliados tradicionales de Washington que, a diferencia de lo ocurrido hace dos décadas, podrían verse forzados a romper filas. "China recibe en torno a un 30% de su suministro por el Estrecho, pero en el caso de los japoneses y de Corea del Sur hablamos de entre el 70% y el 80%. Estos países van a estar obligados antes o después a demandar un fin al conflicto porque sus suministros de petróleo se verán agotados", señala.

Esta "mundialización" de la crisis se ve agravada por el papel de Rusia y China, que observan el desgaste estadounidense con una mezcla de cautela y oportunidad estratégica. Para Ruiz, la relación entre Moscú y Pekín se ha solidificado en una "sino-dependencia", China ofrce a Rusia un pulmón económico y diplómatico y que cuentan con una mayor presencia en la región. "No preveo una alianza de defensa mutua, pero sí una coordinación de apoyo comercial y diplomático", señala el experto.

El fin del orden internacional basado en reglas

La profesora de derecho internacional Sonia Boulos advierte tajante sobre la erosión de la legalidad global y el retroceso. La jurista recuerda que la doctrina de la "autodefensa preventiva" no tiene cabida en la Carta de la ONU si no existe un ataque inminente y una falta absoluta de tiempo para deliberar. "Estamos presenciando cómo la ley de la selva se impone sobre el derecho internacional. Me parece un disparate que en Europa no estén diciendo de manera muy clara que esta guerra es ilegal", denuncia la jurista.

Esta ruptura con la diplomacia tradicional marca una diferencia con el conflicto de Irak. Pedro Rodríguez subraya que, mientras en 2003 la administración Bush realizó un esfuerzo titánico —aunque basado en falsedades— por construir un caso ante las Naciones Unidas y recabar respaldo parlamentario, el actual Gobierno estadounidense ha prescindido de cualquier coreografía institucional. "En 2003 hubo un gran esfuerzo por construir un caso, persuadir, reclamar respaldo... la Cumbre de las Azores fue una gran operación nacional. Todo eso está carente aquí", señala. Esta falta de ortodoxia responde a la soberbia de una administración que ignora el coste astronómico de las "guerras de capricho" y que no ha diseñado una estrategia de salida. "No se tiene en cuenta el día después; el gran riesgo es que el resultado final sea la implosión de Irán, lo que comparado con Irak sería un guateque", concluye.

Ignacio Gutiérrez de Terán avisa de que este conflicto "podría ser el acta de defunción definitiva de la confianza en los tratados internacionales". Para Terán, el mensaje que Washington envía a las potencias medianas es que la única garantía real de que su soberanía sea respetada ya no es la diplomacia, sino la disuasión nuclear. "A largo plazo, esto va a empujar a muchas potencias a buscar el arma nuclear como única garantía real de supervivencia. Si el derecho internacional no te protege, la única forma de que no te invadan es tener una capacidad de disuasión propia y total", sentencia.