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Salir como sea de Irán: el objetivo de Trump en Líbano entre una Europa de perfil y con los países del Golfo enfadados

  • El alto el fuego entre Israel y Hizbulá fue una de las diez exigencias de Irán para seguir negociando con EE.UU.
  • DIRECTO: sigue la última hora del conflicto en Oriente Medio
Donald Trump baja las escaleras del Air Force One a su llegada a Nevada
Donald Trump baja las escaleras del Air Force One a su llegada a Las Vegas, Nevada AFP

Con el anuncio de un alto el fuego en Líbano entre Israel y Hizbulá, en vigor desde el jueves, el presidente estadounidense, Donald Trump, devolvía la bofetada a su principal aliado en Oriente Próximo, Benjamín Netanyahu.

Días antes, un contundente artículo de The New York Times desgranaba los detalles de la visita del primer ministro israelí a Washington en febrero. Según sus fuentes, una presentación en PowerPoint de Netanyahu habría convencido a Trump de la idoneidad de una ofensiva conjunta estadounidense-israelí sobre Irán. En ella, el líder israelí dibujaba una operación rápida y eficaz, con riesgos contenidos y objetivos alcanzables —entre ellos, la caída del régimen iraní—, bajo la promesa de que no arrastraría a Estados Unidos a un conflicto prolongado.

Sin embargo, más de cinco semanas después del inicio de la ofensiva sobre Teherán, el régimen no solo no ha caído: mantiene en vilo a medio mundo por las consecuencias —ya palpables— del bloqueo del estrecho de Ormuz, sigue en el poder y ha logrado llevar a Trump a una segunda ronda de negociaciones manteniendo una de sus principales exigencias: un acuerdo de alto el fuego en Líbano que involucre a Israel, pese a que el propio Netanyahu ni siquiera lo había aprobado con su gabinete de seguridad.

"Acabo de mantener excelentes conversaciones con el muy respetado presidente Joseph Aoun, del Líbano, y con el primer ministro Benjamín Netanyahu, de Israel. Estos dos líderes han acordado… comenzar formalmente un alto el fuego de 10 días", escribía Trump en su red social, Truth Social.

Así, Netanyahu, atrapado en un callejón sin salida —un catch-22, como lo definió el escritor estadounidense Joseph Heller—, pasó de ser retratado como el "gran influencer" de la política estadounidense a convertirse en rehén de los vaivenes de Trump. Un presidente que hoy parece decidido a salir cuanto antes —y de la forma más "victoriosa" posible— del enrevesado laberinto de Oriente Medio, un escenario históricamente irresuelto para las sucesivas administraciones estadounidenses.

"Ninguno de los dos contendientes principales, EE.UU. e Irán, tiene interés en volver a una guerra como la que había, a excepción de Israel, que va por libre", explicaba esta semana el codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria, Jesús Núñez, en La Noche en 24 horas. "Por un lado, Donald Trump no ha conseguido ninguno de los objetivos que se había planteado y lo que busca es salir cuanto antes de esta situación, proclamando una victoria como sea; por otro, Irán, porque cada día que pasa sin ser destruido es un día ganado para un régimen que sigue mostrando capacidad de resistencia y mantiene el control del estrecho de Ormuz".

De este modo, prosigue el analista, un alto el fuego en Líbano, como exigía Teherán dentro de sus condiciones para sostener la tregua de 14 días con Estados Unidos, ofrece a Trump la excusa perfecta para presentarse ante el mundo como un líder que busca la paz.

El secretario de Defensa de EE.UU., Peter Hegseth, durante la rueda de prensa ofrecida este jueves desde el Pentágono Kevin Wolf Kevin Wolf

Pero una de cal y otra de arena llegan desde Washington. Mientras Trump se proyecta, tanto a nivel interno como internacional, como el adalid de los acuerdos, el hombre que prefiere la paz a la guerra, su política de disuasión - basada en el despliegue del poderío militar estadounidense como principal herramienta de presión - volvió a quedar patente en boca de su secretario de Defensa, Pete Hegseth, el mismo día en que se anunciaba el alto el fuego.

"Si toman una mala decisión, se enfrentarán a bombas cayendo sobre su infraestructura, su sistema eléctrico y energético", advirtió Hegseth. "Esperamos que este nuevo régimen iraní elija sabiamente y se alcance un pacto", añadió el jefe del Pentágono, quien calificó el bloqueo estadounidense a los puertos iraníes - en respuesta al cierre del estrecho de Ormuz por parte de Teherán - como "la opción más diplomática" para ejercer presión sobre la República Islámica. En la práctica, se trata de asfixiarla financieramente en su punto más vulnerable: los ingresos derivados de la exportación de petróleo. Sin acceso a sus puertos, se paraliza el flujo comercial y, con él, buena parte de su economía.

Europa, de perfil

Por otro lado, en la misma comparecencia, Hegseth volvió a expresar el malestar de la Casa Blanca por lo que considera el abandono de los aliados tradicionales de Estados Unidos en su guerra y, sobre todo, la de Israel, contra Irán. "Hay aliados que han hablado mucho y no han hecho nada. Nosotros no dependemos de la energía de Ormuz, pero Asia sí, y Europa también. Cuando se produjeron los ataques, esos países no estaban ahí; sus líderes tampoco estaban presentes", denunció el secretario de Defensa. "Deberíamos aspirar a un mundo en el que otros países hagan lo mismo que la Armada de Estados Unidos. Este es un mensaje para los aliados: no puede dependerse siempre de América para hacer todo el trabajo. Sería positivo ver si esto alguna vez se materializa", añadió.

Pero el malestar es recíproco porque las fricciones entre los otrora socios incondicionales con Trump se han exacerbado por sus reiterados ataques a la OTAN —agudizados ante la negativa de los aliados a implicarse de lleno en la guerra con Irán- hasta su enfrentamiento abierto con el papa León XIV a raíz de unas declaraciones en las que le instó a "centrarse en la religión y no en la política" y aseguró que "no entiende lo que está pasando en Oriente Medio".

El último choque se ha producido con la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, católica practicante, que calificó las críticas de Trump al pontífice como "inaceptables". La respuesta de Trump no se hizo esperar: aseguró que la "inaceptable" era ella y le reprochó su falta de apoyo a la guerra contra Irán. La tensión ha llegado a tal punto que incluso Elly Schlein, líder de la oposición italiana, salió en defensa de Meloni, denunciando la "grave falta de respeto" del mandatario estadounidense. Un gesto que evidencia cómo Trump está logrando algo poco habitual: alinear en su contra a dirigentes europeos de distintas sensibilidades políticas.

También en el Reino Unido se percibe un desgaste creciente. En una de las críticas más contundentes procedentes de Londres, la ministra de Finanzas, Rachel Reeves, cuestionó abiertamente la estrategia de Washington. "No está claro que este conflicto haya contribuido a hacer el mundo más seguro", afirmó, subrayando además que, seis semanas después, sigue sin definirse con claridad cuál es el objetivo real de la guerra.

Este tono crítico ilustra el deterioro de las relaciones transatlánticas durante la presidencia de Trump y alimenta las dudas sobre el impacto duradero que su política exterior puede tener en los vínculos históricos entre Estados Unidos y Europa.

A este escenario se suma otro revés potencial: la pérdida de uno de sus aliados más cercanos en el continente. El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, figura clave de la derecha radical europea y en el poder desde hace 16 años, fue derrotado en las elecciones celebradas el pasado domingo. Aunque Trump ha restado importancia al resultado, la caída de Orbán supone un golpe significativo para el espacio político que ambos comparten y cuando el propio presidente le había expresado su respaldo enviando a Budapest durante la campaña electoral a su segundo de a bordo, JD Vance.

"Las derechas radicales europeas están desconcertadas con la actuación de Donald Trump", señaló recientemente, Ruth Ferrero, profesora de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid, en una entrevista en RTVE. "Empiezan a percibir que el apoyo que les estaba brindando no se traduce en réditos electorales y se da la paradoja de que, pese a existir una afinidad ideológica - en torno al conservadurismo y el nacional populismo - la guerra en Irán está siendo un error estratégico que está aumentando el aislamiento de Trump. Además, su forma de relacionarse con los aliados - basada casi en la subordinación - está generando resistencias".

En este escenario, la docente destaca el creciente acercamiento que, en consecuencia, se está produciendo por parte de potencias medias como España a otros actores globales como China. "Ahí es donde se percibe cómo el declive continuado de Estados Unidos se está incluso acelerando por el lanzamiento de esta guerra", afirma Ferrero.

Y no solo España. En las últimas semanas también se han desplazado a Pekín o a Asia Oriental los líderes de países como Polonia o Arabia Saudí, que ya buscan, como otros países, un acercamiento con la región que alberga la segunda potencia económica del mundo, percibida hoy como un socio más estable en el orden global tras los constantes vaivenes de Trump.

El presidente, Pedro Sánchez, posa junto al ministro de Comercio chino y con representantes de empresas chinas y españolas en Pekín Andres Martinez Casares Andres Martinez Casares

Los países del Golfo, también enfadados

En un complicado engranaje de alianzas e intereses estratégicos en el nuevo orden global que parece estar forjándose, China está siendo la gran beneficiada por la errática política exterior de Trump. Además, estaría detrás de la iniciativa de Pakistán, con buenas relaciones tanto con EE.UU. como con Irán, para lograr un acuerdo que pusiera fin no solo al conflicto abierto entre estos dos países - y por extensión al que también afecta a sus aliados, Israel y Hizbulá, respectivamente - sino, sobre todo, al bloqueo del estrecho de Ormuz, que ya empieza a afectar a su economía, el pilar de la política del presidente Xi Jinping.

Bajo esta premisa, China ya no solo sería percibida como el principal aliado asiático de Irán, sino también como un socio más fiable para los países del Golfo, con los que mantiene estrechas relaciones comerciales más allá de ser el principal comprador de crudo de la región - absorbe en torno a un tercio de las exportaciones de Arabia Saudí, pero también ha firmado acuerdos estratégicos con Emiratos Árabes Unidos, Catar o Kuwait en sectores como infraestructuras, tecnología y 5G, en el marco de la Nueva Ruta de la Seda impulsada por Pekín.

En este contexto, y con la guerra de Irán como telón de fondo, las monarquías árabes perciben que Washington ha dejado de ser un garante fiable. Mientras países como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos han evitado implicarse pública y formalmente en el conflicto, - sí lo han hecho de facto permitiendo a EE.UU el uso de sus bases o incluso sus recursos defensivos - por el temor a convertirse en objetivo de más represalias iraníes contra sus infraestructuras energéticas, han observado con inquietud cómo la estrategia de Trump basada en la presión militar y económica no ha logrado contener a Teherán ni garantizar la estabilidad del flujo energético en la región, su principal fuente de recursos.

Así, y según coinciden en señalar varios análisis de centros como el Carnegie Endowment for International Peace o el International Institute for Strategic Studies, ese doble temor - a una escalada fuera de control y a la imprevisibilidad de Washington - está acelerando un giro estratégico que ya venía gestándose en los últimos años. China no solo ha reforzado su papel como socio económico y, cada vez más, como interlocutor político - no es casual que Pekín mediara en 2023 en el restablecimiento de relaciones entre Arabia Saudí e Irán, - sino que los líderes árabes están intensificado sus contactos con ella en busca de las garantías que Estados Unidos ya no parece ofrecer con la misma claridad.

El resultado es un reequilibrio silencioso, pero profundo. Si durante décadas el Golfo orbitó casi exclusivamente en torno a Estados Unidos, hoy sus dirigentes exploran un escenario más multipolar en el que China gana peso como socio predecible frente a una Casa Blanca percibida como volátil. Una tendencia que, de consolidarse, no solo alteraría las dinámicas regionales, sino que apuntalaría aún más el desplazamiento del centro de gravedad global hacia Asia en detrimento de Occidente.

En definitiva, todo apunta a que el último mes está siendo el más complicado de la nueva etapa de Donald Trump en la Casa Blanca. Pero más allá del desgaste coyuntural, lo que empieza a vislumbrarse es algo más profundo: una pérdida de centralidad de Estados Unidos en regiones clave que, durante décadas, definieron su poder global.