La alianza contra Irán para derrocar el régimen: una visita de Netanyahu decantó una operación sin consenso en EE.UU.
- Según The New York Times, el primer ministro de Israel hizo en febrero una presentación decisiva en la Casa Blanca
- Tras el alto el fuego, para el que Israel denuncia no haber sido consultado, el israelí se enfrenta a una tormenta interna
- Sigue en directo la última hora del conflicto en Oriente Medio
La decisión de Donald Trump de llevar a Estados Unidos a la guerra contra Irán no fue un gesto impulsivo ni una reacción de última hora, sino el resultado de un proceso que combinó intuición política —fallida, según los resultados de la Operación Furia Épica— presión de su principal aliado en Oriente Próximo, el israelí Benjamín Netanyahu, y advertencias internas que, en última instancia, no lograron frenar la intervención.
Según una reconstrucción publicada por The New York Times basada en los testimonios recogidos para un libro de próxima publicación, el punto de inflexión se produjo en febrero, cuando Netanyahu viajó a Washington con un mensaje claro: Irán estaba en una posición vulnerable y existía una oportunidad real para golpear su estructura militar e incluso precipitar un cambio de régimen.
La presentación, realizada durante una hora por el israelí ante el presidente norteamericano, su secretario de Defensa, el de Estado, el director de la CIA o el jefe del Ejército, dibujaba una operación rápida y eficaz, con riesgos contenidos. Su promesa era clara: la acción sería lo suficientemente contundente como para alterar el equilibrio regional, pero sin arrastrar a Estados Unidos a un conflicto prolongado.
Un planteamiento que encontró eco en Trump —quien, según el rotativo estadounidense, dijo: "A mí me suena bien"— y que coincidía con su visión de larga data sobre Irán como una amenaza singular para los intereses norteamericanos.
Donald Trump durante una comparecencia de prensa en la Casa Blanca
Pero dentro de la Casa Blanca el consenso no existía. Los servicios de inteligencia estadounidenses consideraban plausibles los objetivos estrictamente militares —ataques contra infraestructuras estratégicas o la cúpula del régimen—, pero descartaban como poco realista la idea de un colapso interno en Teherán. La posibilidad de una guerra corta y transformadora no estaba respaldada por los análisis técnicos que, bajo la tutela de Donald Trump, quedaron en segundo plano.
Además, las dudas no se limitaron al ámbito de la inteligencia. Parte del equipo presidencial —especialmente el vicepresidente JD Vance, que se conectó de forma telemática desde Budapest al no llegar a tiempo tras su periplo europeo en apoyo al húngaro Viktor Orbán, según relata el rotativo norteamericano— advirtió de los riesgos de una escalada regional, del impacto sobre el mercado energético global —con el estrecho de Ormuz como punto crítico— y del desgaste de las capacidades militares estadounidenses en un contexto de múltiples frentes abiertos.
Aun así, el proceso fue decantándose en la Sala de Situación y el argumento que terminó imponiéndose fue más limitado, pero suficiente: aunque el cambio de régimen no fuera viable, debilitar de forma significativa la capacidad militar iraní sí lo era.
La decisión final reflejó, en buena medida, el estilo de Trump: un cálculo personalista en el que el riesgo se asumía bajo la convicción de que la superioridad militar estadounidense garantizaría un desenlace rápido. De esta forma, y abierta la ventana de oportunidad —una reunión de altos oficiales iraníes que incluía al ayatolá Ali Jameneí— la orden se dio sin ambigüedades: “La Operación Furia Épica está aprobada. No se permiten abortos. Buena suerte”, dictó el republicano.
Sin embargo, esa aparente sintonía entre Washington y Tel Aviv empezó a resquebrajarse mucho antes del alto el fuego. A finales de marzo, en pleno desarrollo de la ofensiva, el vicepresidente Vance mantuvo una conversación especialmente tensa con Benjamín Netanyahu, según diversas informaciones publicadas en medios internacionales. En ella, cuestionó abiertamente las premisas sobre las que se había construido la guerra: reprochó al primer ministro israelí —y por ende, al jefe del Mossad, David Barnea— haber presentado ante Trump un escenario excesivamente optimista, en el que la caída del régimen iraní parecía plausible y rápida, algo que la inteligencia estadounidense nunca consideró realista.
Aquella conversación no fue un episodio aislado, sino el reflejo de una divergencia más profunda dentro de la Administración estadounidense: mientras Israel seguía defendiendo una lógica de escalada, parte del entorno de presidente empezaba a asumir que el conflicto podía derivar en un escenario mucho más incierto —y costoso— de lo previsto.
Netanyahu, en evidencia
Tras el frágil alto el fuego alcanzado entre EE.UU. e Irán —y que a estas horas sigue pendiendo de un hilo— se ha abierto una crisis política de gran envergadura para Benjamín Netanyahu, durante años conocido en Israel como "Bibi, el mago" por sus dotes para el escapismo en lo referente a asumir responsabilidades políticas.
Esta vez la crítica no se limita a los resultados militares de la guerra, sino que apunta a un elemento particularmente sensible en el país: Israel no participó en las negociaciones entre Washington y Teherán que pusieron fin al conflicto.
Ese hecho ha sido interpretado por amplios sectores políticos como un fracaso estratégico de primer orden. Desde la oposición, el diagnóstico ha sido inmediato y contundente. El líder opositor Yair Lapid lo resumió en una frase que ha marcado el debate público: “Nunca ha habido un desastre diplomático como este en toda nuestra historia”.
El líder de la oposición israelí, Yair Lapid, durante la última visita de Donald Trump a Israel Evelyn Hockstein Evelyn Hockstein
Lapid puso además el foco en la exclusión de Israel del momento decisivo: “Israel ni siquiera estaba en la mesa cuando se tomaron decisiones sobre nuestra seguridad nacional”. A su juicio, el balance es inequívoco: el Gobierno “fracasó y no logró ninguno de sus objetivos”.
La crítica no es aislada. Otras voces, como la del dirigente Yair Golan, han hablado abiertamente de un “fracaso estratégico”, subrayando la distancia entre las ambiciones iniciales —debilitar de forma decisiva a Irán o incluso provocar un cambio de régimen— y el resultado final, con el sistema iraní intacto.
Frente a ese aluvión de reproches, Netanyahu ha defendido una narrativa radicalmente distinta. En su primera comparecencia tras la tregua, más de doce horas después del anuncio del alto el fuego alcanzado entre Estados Unidos e Irán, insistió en que la guerra no había terminado y advirtió de que Israel mantiene su capacidad de respuesta: “Estamos listos para volver a la batalla en cualquier momento”.
El primer ministro sostuvo que la ofensiva había debilitado significativamente a Irán, aunque esa lectura choca con la percepción dominante dentro del país. Así, el contraste entre ambas narrativas —victoria frente a fracaso— ha terminado por cristalizar en una crisis política de fondo, en la que ya no solo se discute el resultado de la guerra, sino el papel de Israel en su propio desenlace.
Manifestante durante las últimas protestas en Israel contra la guerra de Irán Getty Images
La alianza estructural entre Estados Unidos e Israel
Lo ocurrido en esta crisis no puede entenderse sin atender a la naturaleza de la relación entre Estados Unidos e Israel: una alianza estratégica sólida, pero profundamente asimétrica.
Desde 2016, ambos países están vinculados por un acuerdo de asistencia militar que garantiza a Israel alrededor de 3.800 millones de dólares anuales hasta 2028. Esta ayuda incluye financiación para la adquisición de armamento estadounidense y programas conjuntos de defensa, especialmente en el ámbito de los sistemas antimisiles.
Más allá de esa cifra, Estados Unidos ha proporcionado a Israel, a lo largo de las últimas décadas, una de las mayores cantidades de ayuda exterior sostenida de su historia. El objetivo ha sido asegurar lo que Washington denomina la “ventaja militar cualitativa” israelí: su superioridad tecnológica y operativa frente a cualquier adversario regional.
Esta relación se traduce también en cooperación en inteligencia, acceso preferente a sistemas avanzados de defensa y una coordinación estratégica constante. Sin embargo, la crisis reciente ha puesto de relieve el límite estructural de esa alianza: la capacidad de decisión final sigue estando en Washington.
Israel puede ser un actor central en el terreno, pero las grandes decisiones —cuándo escalar, cuándo contener, cuándo negociar— dependen, en última instancia, de la Casa Blanca. Y en esta ocasión, como ha quedado patente para enfado de Benjamín Netanyahu, el final de la guerra no se decidió en Jerusalén.