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Irán, almacén de su propia derrota: la guerra invisible del Mosad

Irán, almacén de su propia derrota: la guerra invisible del Mosad

Cuando el pasado 28 de febrero misiles de largo alcance destruyeron en pleno día el complejo fortificado del líder supremo, Alí Jameneí, en el centro de Teherán, los analistas de inteligencia occidentales supieron lo que había detrás: una rara ventana de oportunidad.

Y lo supieron porque un ataque de esas características suele producirse de noche, cuando la oscuridad protege el movimiento de los sistemas de ataque y dificulta su detección. Así, el hecho de que se realizara a plena luz del día indica que la clave no estaba tanto en el tipo de armamento empleado o en su capacidad de destrucción sino, sobre todo, en la información de inteligencia disponible: esa mañana la cúpula política, militar y de inteligencia iraní, incluido su máximo exponente, el ayatolá Jameneí, había adelantado la reunión que tenía que celebrarse en el complejo, considerado como un búnker inexpugnable por el régimen.

Saberlo con certeza resultaba imposible, pero el presidente norteamericano, Donald Trump y, sobre todo, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, que le había llamado horas antes para repetirle aquello de "Irán es una amenaza existencial", estuvieron de acuerdo: aún quedando expuestos, aprovechar esa concentración excepcional de poder merecía el riesgo.

El momento llegaba pasadas las 09.00 de la mañana. Cazas israelíes y estadounidenses llegaban a Teherán y antes del mediodía el complejo ya era un amasijo de escombros, con Jameneí y otras cuatro decenas de altos cargos del aparato militar y de seguridad iraní, entre ellos el jefe del Estado Mayor, el ministro de Defensa y mandos clave de la Guardia Revolucionaria, dentro.

¿Cómo fue posible?

A partir de ahí, lo que parecía un golpe fulminante empezaba a revelar otra historia: la operación no fue un ataque del Mosad en solitario, sino una acción coordinada entre Estados Unidos e Israel, en la que la CIA desempeñó un papel central.

Dos servicios de inteligencia que, durante meses, trabajaron con el mismo objetivo, pero bajo distintos ángulos. En Langley, los analistas de la CIA acumulaban patrones de movimiento, interceptaban comunicaciones, pirateaban cámaras de tráfico, afinaban la geolocalización de los convoyes que escoltaban al ayatolá.

En Tel Aviv, los equipos israelíes cruzaban esa información con sus propias fuentes humanas – agentes en el terreno - y tecnológicas, con años de penetración en la jerarquía iraní, hasta reconstruir no solo dónde dormía el líder supremo, sino con quién se reunía, qué rutinas tenía y qué mandos solían acompañarle en los momentos críticos.

Imagen ficticia de un agente de inteligencia recogiendo información Getty Images

En definitiva, una operación en la que la CIA, a modo de abeja reina, desempeñó un papel decisivo - favorecida por las lecciones aprendidas tras la Guerra de los 12 días – pero para cuya ejecución fue fundamental el trabajo diario y sostenido de las obreras del panal (los agentes del Mosad) quienes, a su vez, respondían a su propia abeja: Netanyahu y su obsesión de décadas por acabar con el programa nuclear de Irán.  

Décadas de infiltración

Pero lo que hoy se percibe como "facilidad" del Mosad para infiltrarse en Irán o en su principal proxi, Hizbulá, hunde sus raíces en una década larga de acumulación de datos. La serie de asesinatos de científicos nucleares que empezó en 2010, el sabotaje de instalaciones de enriquecimiento, los ciberataques a industrias sensibles y, sobre todo, el robo en 2018 del archivo nuclear iraní – en pocas horas un grupo de agentes extrajo miles de documentos de un almacén en las afueras de Teherán - forman parte del mismo engranaje.

Con el tiempo, esa metodología se ha ido "iranizando". Las investigaciones más detalladas sobre la campaña de 2025 y algunos informes posteriores muestran que las unidades operativas sobre el terreno ya no estaban formadas principalmente por israelíes cruzando la frontera, sino por iraníes y ciudadanos de países vecinos reclutados y gestionados a distancia.

Cazas de las Fuerzas de Defensa de Estados Unidos Getty Images

Según algunos analistas, el modus operandi podría ser el siguiente: varios comandos, con al menos una docena de equipos cada uno, integrados por varias personas, conforman un centenar de operativos locales o regionales coordinados simultáneamente dentro de Irán. Esa cifra, por tanto, resumiría el cambio de escala: el Mosad ya no despliega solo "agentes" clásicos, despliega estructuras.

Pero para sostenerlas, apuntan los expertos, no basta la tecnología: hace falta un caldo de cultivo social donde existan disidentes, redes criminales, gente que quiera huir del país o simplemente encontrar protección o salida para sus familias. Personas que, trabajando en el aparato nuclear o militar, filtran información y datos que solo pueden proceder de círculos muy cercanos al poder político y castrense, algo que se ha hecho evidente con casos como el supuesto jefe de la sección "Israel" del Ministerio de Inteligencia iraní, acusado por el expresidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, y por otros oficiales del régimen, de trabajar para el enemigo.

Así, para la élite iraní, el mensaje es devastador: ya no basta con desconfiar del extranjero; hay que desconfiar del vecino de oficina, del subordinado, incluso del compañero del cuerpo de seguridad al que le has jurado lealtad.

Imagen ficcionada de un agente del servicio de Inteligencia exterior de Israel Dragos Condrea

Capacidades tecnológicas

Sin embargo, el asesinato de Jameneí y de buena parte de su cúpula militar condensa solo la mitad de la ecuación. La otra mitad es la tecnológica. Israel ha hecho de la integración entre inteligencia humana, captación masiva de datos, ciberoperaciones, inteligencia artificial y capacidad de ataque de precisión un modo de operar y la ofensiva del pasado 28 de febrero es inseparable de esa caja de Pandora, a la que se sumó de forma decisiva la capacidad analítica y de vigilancia de la CIA.

El asesinato de Mohsen Fakhrizadeh, el principal científico nuclear iraní, con un arma automatizada controlada a distancia en 2020 - mismo año del asesinato del general Qasem Soleimani - fue una señal temprana. Israel podía matar a una figura especialmente protegida sin desplegar un comando visible, utilizando reconocimiento de patrones y sistemas de guiado sofisticados. Lo que entonces parecía un caso excepcional hoy se ha convertido en rutina: en las operaciones más recientes, drones comerciales adaptados y sistemas de armas activados por señal remota han permitido atacar objetivos concretos sin necesidad de grandes despliegues sobre el terreno.

Además, otro componente de engaño activo añade una capa de humillación para la República Islámica. Fuentes conocedoras de las operaciones han descrito cómo Israel habría podido convocar en el pasado a altos mandos iraníes a una reunión falsa en un supuesto búnker, para luego bombardear ese punto sabiendo que los líderes se dirigirían allí.

Explosiones en Teherán tras la ofensiva de EE.UU. e Israel REUTERS

Un patrón que recuerda al escenario del asesinato de Jameneí y de su círculo más estrecho cuando estaban a punto de reunirse en un mismo complejo. No se trata solo de penetrar sistemas de seguridad, sino de manipular los movimientos de la élite, de decidir literalmente dónde van a estar los objetivos en un momento determinado, apuntan los expertos.

Los detalles sobre cómo se ha vigilado a científicos, generales y funcionarios completan el cuadro: apartamentos monitorizados, identificación del dormitorio exacto donde dormía un objetivo (así fue asesinado el líder de Hamás, Ismail Haniya, durante su última visita en 2024 a Teherán), mapeo de rutas cotidianas o en qué coche se desplazan. No solo se trata de conseguir información, sino de utilizarla como herramienta de control para incitar a sus presuntos objetivos a moverse, reunirse, o a seguir agendas que, sin saberlo, están condicionadas por el cerebro operativo de un enemigo que está a miles de kilómetros de distancia.

Las grietas del régimen, factor clave

Pero atribuir el éxito más reciente de la inteligencia israelí únicamente a sus propias capacidades, especialmente cuando son sonoros algunos de sus fracasos del pasado, es ignorar lo que ocurre en el otro lado.

Irán arrastra desde hace años una combinación corrosiva: crisis económica persistente, inflación elevada, corrupción estructural, rivalidades entre organismos de seguridad y un aparato ideológico envejecido. En conjunto, debilita por dentro las defensas del régimen.

La fragmentación es uno de los problemas centrales. La Guardia Revolucionaria, el Ministerio de Inteligencia, unidades paralelas y oficinas de seguridad compiten, se solapan y a veces hasta se boicotean. Esa galaxia de agencias puede ser eficaz a la hora de controlar a la población, como ha sido el caso en los últimos 47 años, pero también crea vacíos de poder y cuellos de botella donde nadie asume plenamente la responsabilidad.

Un estrecho pasillo de un bazar, con tiendas cerradas y persianas metálicas, se extiende bajo una estructura abovedada de ladrillo. La iluminación es tenue, con lámparas colgantes a lo largo del pasillo.

Bazar de Teherán cerrado por las protestas de enero contra el régimen

En un país grande, con fronteras porosas y un volumen considerable de economía sumergida, esos huecos son túneles perfectos para la infiltración, el contrabando de piezas sensibles y la circulación de dinero clandestino que puede terminar en manos del que hoy es tu aliado, pero mañana, tu enemigo.

Lo más llamativo es que parte de este diagnóstico ya aflora desde dentro. Un excomandante de la Marina de la Guardia Revolucionaria, Hossein Alaei, ha llegado a admitir en público los fallos de inteligencia frente a Israel y ha puesto ejemplos muy concretos: altos mandos y objetivos de alto valor viviendo "todos en la misma torre", lo que ha facilitado golpes concentrados en un solo edificio y con un mayor porcentaje de éxito. Es una forma implícita de reconocer que la cultura de seguridad del régimen se ha relajado donde más estricta debería ser, lo que ha facilitado la multiplicación de atentados, sabotajes y, finalmente, el asesinato del propio líder supremo.

Una percepción de fragilidad agravada por la situación económica del país, que juega en contra de cualquier fidelidad al régimen. Salarios erosionados, expectativas bloqueadas y un clima social marcado por protestas cíclicas hacen más fácil que un servicio extranjero compre voluntades o convenza a determinadas personas de que su futuro está fuera del país y no dentro del sistema.

Billete de rial iraní Eddie Gerald /Getty Images

La respuesta de Teherán tras la guerra de 2025 y, ahora, tras la muerte de Jameneí, ha sido una oleada de purgas, detenciones y ejecuciones: supuestos agentes del Mosad, funcionarios del Ministerio de Defensa, mandos medios de la Guardia Revolucionaria. También ha habido detenciones señaladas a partir de posibles avisos de terceros servicios – presumiblemente rusos o, quizá, chinos - sobre altos cargos sospechosos de colaborar con Israel. Por tanto, esa dinámica de purga continua tiene un efecto colateral: alimenta una atmósfera de sospecha y miedo dentro de la élite que el Mosad puede explotar aún con más facilidad.

De campaña de golpes a teatro permanente

Para Israel, en cambio, el resultado de su operación Rugido del Leones - Furia Épica para los norteamericanos, - es doblemente funcional. Hacia el exterior, puede sostener que ha retrasado - aunque sea de forma limitada en el tiempo - el avance del programa nuclear y misilístico de Irán eliminado al hombre que encarnaba la continuidad del sistema. Hacia dentro, el gobierno de Netanyahu mantiene el consenso social en torno a la idea de que la única defensa posible para el país es la ofensiva preventiva y constante fuera.

La paradoja, al final, es esta: la República Islámica se presenta como un Estado blindado, pero su rigidez ideológica y organizativa la ha vuelto predecible y perforable. La operación del 28 de febrero - acción que sumó la capacidad de vigilancia de la CIA con la experiencia para operar en Irán del Mosad — es solo la expresión más visible de un proceso que viene de lejos.

La pregunta ya no es por qué puede operar con tanta facilidad, sino cuánto tardará - si es que lo hace - el sistema iraní en cambiar o reformarse lo suficiente como para dejar de ser el patio trasero donde Israel se entrena en su permanente campaña de guerras clandestinas.