Líbano, un país fragmentado abocado a revivir su historia: "Si acoges a un chií, mueres con él"
- Más de 700.000 personas han tenido que abandonar sus hogares a causa de la violencia
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Los ataques de Tel Aviv y Washington sobre Teherán han vuelto a poner a Beirut en el punto de mira de Israel. Los tambores de guerra suenan más fuertes y el pequeño país de los cedros se asoma al abismo. La frontera sur con Israel ha quedado completamente desdibujada por las bombas y la ofensiva terrestre de Israel, que ha obligado a casi 700.000 personas a abandonar sus hogares. Es la historia de Amani Sheaito, de 35 años, que vivía en Dahiye, un suburbio densamente poblado y bastión de Hizbulá. "Salí de mi casa cinco minutos antes de que cayese la primera bomba y me vine a casa de una amiga en un barrio cristiano", asegura al otro lado del teléfono mientras se pregunta si su país se está convirtiendo en una extensión táctica de la Franja de Gaza.
El pequeño país, conocido como la Suiza de Oriente Medio, atraviesa desde hace días una crisis humanitaria que la ONU califica de "catastrófica" y, además, lo hace en medio de una "fragmentación" triple: geográfica, política y emocional. El tejido social se desgarra bajo los efectos de la guerra actual, el sectarismo y con la sombra de una guerra civil que amenaza con repetirse. No se trata solo de una ofensiva militar, el país está formado por un delicado mosaico compuesto por 18 confesiones religiosas y, una vez más, el conflicto amenaza con romper la convivencia y el reparto de poder entre cristianos, suníes y chiíes establecido en 1943. Israel busca desmantelar a Hizbulá, pero esta nueva ofensiva hace mella en el equilibrio sagrado, y expone las heridas de la guerra civil de 1975, que nunca cicatrizaron.
Foto cedida por Amani Sheaito
El desplazamiento masivo de población mayoritariamente chií hacia zonas cristianas, suníes o drusas ha levantado barreras invisibles. "Ser chií en Líbano es como pagar un impuesto: significa ser siempre quien enfrenta la agresión israelí", dice Amani Sheaito con un tono de voz cansado y frustrante. Reconoce que en este éxodo forzoso la religión se ha convertido en un estigma: "Mucha gente ha tenido dificultades extremas para encontrar un lugar seguro por este motivo. Estamos divididos", lamenta.
Para esta joven de 35 años, la guerra no es algo nuevo en su vida, sino que es una "condición existencial". Ella convive con esta incertidumbre desde que se reactivó el conflicto tras el comienzo de la masacre israelí en Gaza; no conoce la paz, ni siquiera durante los últimos 15 meses de alto el fuego entre Hizbulá y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. "Desde que se detuvo el fuego en la guerra anterior hace un año y medio, todo el pueblo libanés esperaba que se reanudaran las hostilidades", relata con la frialdad de quien ha normalizado el horror.
Su hogar en el barrio de Dahieh ya fue objetivo antes de la actual ofensiva. "Mi casa ya había sufrido daños. Se derrumbó una parte cuando Israel bombardeó el edificio de al lado y el de atrás. Aquella vez regresamos y levantamos los muros de nuevo. Pero, sinceramente, desde que volvimos esa vez, siempre hemos tenido la maleta lista. Vivíamos preparados para escapar en cualquier momento porque Israel nunca detuvo sus agresiones", explica. La maleta, símbolo de una vida en vilo, tuvo que cerrarse definitivamente la noche en que el cielo de Beirut comenzó a escupir fuego.
La huida de Amani y su marido fue una carrera por la supervivencia medida en segundos. "Leímos en las noticias que Hizbulá había lanzado cohetes y supimos que era el momento. Agarramos nuestras cosas y escapamos. Solo hubo cinco minutos de diferencia entre nuestra huida y el impacto de la primera bomba en nuestro barrio; nos fuimos y bombardearon justo después", recuerda. Ahora, desde su exilio en Keserwan, un distrito al nordeste de Beirut y una zona de mayoría cristiana al norte de la capital, Amani pone voz al miedo colectivo que recorre la espina dorsal del país. "Tengo miedo de que Israel ocupe parte del país; conocemos su historia de colonización y robo de tierras", confiesa.
"Hay un aumento de masacres contra civiles"
La comparación con Gaza no es gratuita. El periodista libanés Mohamad Kleit, con más de una década cubriendo conflictos en Oriente Medio a sus espaldas, identifica patrones militares que apuntan a una desarticulación total del territorio. "Está el bombardeo continuo contra viviendas civiles donde Israel afirma que se lanzan misiles. Hace poco supimos de un ataque a una casa que refugiaba a desplazados donde murieron 15 personas de dos familias", explica Kleit. Para él, el objetivo va más allá de lo militar. "Hay un aumento de masacres contra civiles; Israel ya no solo ataca edificios de Hizbulá, sino casas de desplazados e incluso hoteles. Esto busca crear masacres y también provocar una tensión civil interna", asegura. El periodista habla de una "ingeniería del odio". Al bombardear desplazados en zonas seguras, el mensaje es: "Si acoges a un chií, mueres con él".
Mohamad Kleit lo corrobora. "Los desplazados son partidarios de Hizbulá, que lo ven como un movimiento de resistencia y, en general, de confesión chií. Al dirigirse a zonas mixtas, Israel juega la baza de la división. En barrios de mayoría cristiana, se asume que cualquier chií es un miembro de Hizbulá", denuncia. El mismo Kleti lo ha experimentado. "Vivo en una zona cristiana y han llegado a revisar mis redes sociales para comprobar si soy partidario del grupo. Es un acoso debido a la fragmentación que el país sufre desde hace años", explica.
Esta desconfianza se traduce también en una explotación económica. En un país donde la moneda ha perdido el 95% de su valor desde 2019, la guerra ha disparado los precios de lo más básico: un techo. "Si un alquiler normal en Beirut era de 500 dólares, ahora piden 1.500 o 2.000, exigiendo seis meses por adelantado", explica. "No hay control estatal ni vigilancia. La gente tiene que pagar ocho veces el valor de un mes solo para entrar", añade.
Además, la población libanesa teme que les quede un país rehén de una pinza geopolítica insostenible. Netanyahu ve en Líbano la última pieza para "cambiar la cara de Oriente Medio". Su objetivo, según los analistas, no es solo debilitar a la milicia chií, sino forzar su disolución total y redibujar la seguridad regional bajo un control israelí sin precedentes.
El borrado de pueblos enteros del mapa
En el sur, la táctica de la "tierra quemada" está borrando pueblos enteros del mapa, impidiendo que la agricultura, el principal sustento para la mayoría de familias, pueda recuperarse en décadas. Kleit advierte que los intentos de desembarco y las operaciones en zonas montañosas de la Bekaa sugieren una intención de control territorial que evoca la invasión de 1982.
Mientras, la saturación es brutal en Beirut. Los parques, las aceras y los estadios se han convertido en campos improvisados para 600.000 personas que huyen del fuego, una de las crisis más rápidas en la historia reciente del país. En estos momentos, el 8% del territorio libanés está bajo orden de evacuación. Precisamente, en un país que cuenta con la mayor concentración de refugiados per cápita del mundo: una de cada cuatro personas es refugiada.
El Hospital Rafic Hariri se mantiene como el último bastión de un sistema sanitario exhausto. Hassan Maaz, ingeniero del centro sanitario, recorre los pasillos del hospital mientras confiesa el dolor por la situación del Líbano. "Al final, la gente tiene que intentar vivir una vida normal", dice a RTVE Noticias el hombre de 59 años con la resignación de quien ha sobrevivido a múltiples guerras y crisis.
Para Maaz y sus compañeros, la guerra es una carrera logística. "Los precios están subiendo, todo se encarece, especialmente el combustible. Vamos rápido al trabajo y volvemos temprano. No prolongamos nuestra estancia fuera; intento regresar a casa pronto", dice. Aunque vive en una zona considerada segura, el ingeniero describe una Beirut colapsada por el trauma. "Hay muchos desplazados. Los desplazamientos son difíciles porque hay muchísima congestión. Uno siempre tiene la esperanza de que las cosas vayan a mejor, pero si alguien te dice que sabe lo que va a pasar, es que no lo sabe", concluye.
Un Parlamento bajo llave hasta 2028
Esta nueva ofensiva vuelve a poner sobre la mesa el vacío de poder en Líbano, donde el liderazgo político ha optado por el inmovilismo institucional en un momento crítico. En un movimiento que ha indignado a los sectores reformistas, el Parlamento ha prorrogado su mandato dos años más, hasta 2028, suspendiendo las elecciones de mayo bajo el argumento de la inestabilidad.
El presidente, Joseph Aoun, cree que Hizbulá ha orquestado una "emboscada" de Hizbulá para "colapsar el Estado", instando a negociaciones directas con Israel bajo supervisión internacional. Sin embargo, sobre el terreno, el sentimiento es de orfandad absoluta. "El Estado no puede hacer nada", sentencia Amani. "El Ejército libanés no tiene armamento como otros ejércitos porque Estados Unidos prohíbe que se le suministren armas que puedan enfrentarse a Israel. No es que no apoyemos a nuestro ejército, lo apoyamos, pero el Estado y los países extranjeros impiden que tenga fuerza real", matiza.
Una foto del barrio de Amani Sheaito, de 35 años, en el suburbio Dahiye en el sur de Beirut y bastión de Hizbulá. Foto cedida por Amani Sheaito
Pero la voz de los libaneses conserva un tono de desafío innegociable. Para Amani Sheaito, la derrota no es una opción porque "no hay otro lugar al que ir". "Sinceramente, ahora mismo no me importa lo que pase con mi casa o mi barrio. Lo que me importa es que nos liberen de la agresión", afirma. Su familia está dispersa y no descarta encontrarse su casa convertida en escrombros.
La población libanesa vive al día, donde el mañana es una moneda que nadie se atreve a lanzar al aire. La fragmentación ha calado hondo, pero el sentido de pertenencia parece ser el único pegamento que mantiene unidas las piezas de este mosaico roto. Amani refleja el sentir de una generación atrapada en el ciclo eterno del conflicto: "Yo no dejo mi tierra. Aunque la guerra dure 100 años, no abandonaré mi país".