Trump, contra el mundo: EE.UU. pierde aliados a golpe de amenazas
- La derrota de Orbán y la ruptura pública con Meloni le distancian aún más de Europa
- La Casa Blanca insiste en la "decepción" con la OTAN y carga contra los "supuestos aliados"
Cuando Donald Trump regresó a la Casa Blanca en enero de 2025 lo hizo a hombros de una red de apoyos interna y entre la suspicacia de la mayor parte de la comunidad internacional. El presidente estadounidense, que ya había dado muestras de que no era un mandatario al uso en cuanto a alianzas durante su primer mandato, tejió para esta segunda etapa una red de apoyos basada en lealtades ideológicas e intereses comunes que en cuestión de semanas ha comenzado a resquebrajarse.
El punto de inflexión definitivo parece ser la guerra lanzada sobre Irán, con la que apenas han comulgado sus socios más fieles, entre ellos el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, promotor y ejecutor de esos bombardeos de la mano de Trump. Para Netanyahu, su socio estadounidense sigue siendo un "amigo", pero el conflicto ha terminado por dejar en evidencia a otros teóricos apoyos de Washington en Oriente Medio, ya que Irán emprendió represalias contra países como Catar, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos o Bahréin por acoger bases norteamericanas.
Estados Unidos se embarcó en esta aventura bélica sin informar siquiera a sus principales aliados, tal como reconoció el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, que dijo comprender esta poca transparencia por el temor que habría en Washington a posibles "filtraciones". Sólo después de iniciar los bombardeos, Trump pidió apoyo a sus socios y lo hizo a su manera, a golpe de amenazas y entre insultos, tachando de "cobardes" a todos los miembros de la Alianza Atlántica por no sumarse a algún tipo de iniciativa para desbloquear el estrecho de Ormuz y garantizar el suministro energético.
"El presidente Trump ha dejado clara su decepción con la OTAN y otros aliados", reitera una portavoz de la Casa Blanca, Anna Kelly, en declaraciones remitidas a RTVE Noticias y en las que lamenta que, pese a que hay "miles de militares en Europa", varios países "negaron" el derecho a utilizar las bases para la ofensiva en Oriente Medio, sin apuntar de manera directa a ningún Estado. España figura en esta lista negra, tal como ha dejado claro el magnate en varias ocasiones.
La portavoz considera que el presidente "ha restaurado la posición de Estados Unidos en la escena global y reforzado las relaciones en el extranjero", teniendo en cuenta que Washington no permitirá que "los supuestos aliados" traten de manera "injusta" al país norteamericano o "se aprovechen" de él, en línea con las tesis esgrimidas por el propio Trump para justificar sus envites públicos.
El conflicto acelera el malestar
El distanciamiento entre socios es más que evidente, pero el analista Mariano Aguirre Ernst, investigador sénior no residente de CIDOB, considera que no es nuevo. "La guerra está acelerando" el fenómeno, explica, en una entrevista a RTVE Noticias, en la que recuerda que ya había cierto "alejamiento" previo de algunos países afines o que al menos siempre habían visto a Estados Unidos desde "un plano de cierta neutralidad". No en vano, Trump ya había adoptado "políticas muy agresivas", como quedó claro con una guerra arancelaria indiscriminada tumbada después por la Justicia.
Aguirre Ernst señala que muchos países no sabe a qué atenerse ante un gobierno tan "variable" y "polémico" como el estadounidense, que "un día les critica y otro son tan amigos", como han sufrido en sus propias carnes el vecino directo del norte, Canadá, y el del sur, México.
Tan sólo percibe una relación "bastante cuidadosa" en el caso de teóricos adversarios, en alusión a China y Rusia. A su juicio, Trump se percibe a sí mismo como "un gran hombre a la altura de Vladimir Putin y Xi Jinping", capaz de observar al resto de naciones como meros "subordinados", y de hecho sigue en pie su viaje al gigante asiático para mediados de mayo.
Europa, cada vez más lejos
Trump ya dejó claro en su primer mandato que la buena relación con Europa no figuraba entre sus prioridades y, tras su retorno, la distancia política e ideológica se ha hecho más que evidente. A su investidura tan sólo invitó a un puñado de líderes, entre los que figuraban del lado europeo el húngaro Viktor Orbán, que no acudió, y la italiana Giorgia Meloni, que sí lo hizo. De hecho, la primera ministra italiana se ha visto con el mandatario norteamericano en varias ocasiones en su residencia de Mar-a-Lago, en una aparente muestra de una sintonía que había convertido a la italiana en el enlace entre la Casa Blanca y la Unión Europea.
Sin embargo, todo ha saltado por los aires en cuestión de días. La gota que ha colmado el vaso de la paciencia de la líder de Hermanos de Italia han sido las arremetidas de Trump contra el papa León XIV. Según el presidente de Estados Unidos, los posicionamientos del sumo pontífice en política exterior son "terribles", tal como esgrimió en unos mensajes difundidos en redes sociales, y que Meloni tachó de "inaceptables".
"Ella es la inaceptable", le respondió Trump, en una entrevista en Il Corriere della Sera en la que confesó su decepción con su antigua aliada. "Pensaba que era valiente, pero me equivoqué", dijo, al reprochar la inacción de Italia en la reapertura del estrecho de Ormuz y el mismo día en que la primera ministra había anunciado que Italia ya no renovaría automáticamente el memorándum de colaboración en defensa con Israel.
Aguirre Ernst señala que "el principal aliado de Estados en Europa era Orbán" y no Meloni, que estaba "en segunda línea". "Trump esperaba que Meloni iba a jugar en Europa el mismo papel que Orbán, que bloqueaba ayudas para el rearme de Ucrania, las sanciones a Rusia, etc", repasa este experto, al señalar que el líder húngaro saliente se comportaba como "un activo para las políticas más antieuropeas e incluso prorrusas" en las que la Casa Blanca se siente cómoda.
Pero Meloni no es Orbán. "Trump puede querer imponer, pero luego están las realidades de los países en sí mismos", añade al recordar que, aunque el Gobierno italiano sea una coalición tripartita de derechas, la figura del magnate es controvertida y puede haber "millones" de ciudadanos a los que "no les gusta que Estados Unidos les arrastre" a una crisis económica y mucho menos a un conflicto armado. En este sentido, señala que "Meloni lo que ha hecho es responder a su propia realidad interna".
Sólo el 12% de los italianos tienen una opinión favorable de Trump, según una encuesta divulgada en marzo por la firma YouGov, que extiende esta desconfianza a otros puntos del continente. En Reino Unido y Francia, el nivel de apoyo ronda el 14%, mientras que en Alemania cae al 10% y en España ronda el 15%.
Los dirigentes de estos países saben de este recelo y caminan sobre unas arenas movedizas en las que se mezclan la crítica y la equidistancia, lo que ha llevado a su vez a que la "decepción" política del inquilino de la Casa Blanca con Meloni se haga extensible a otros líderes como el presidente de Francia, Emmanuel Macron, o el primer ministro de Reino Unido, Keir Starmer, entre otros. En este último caso, Washington y Londres han pasado de la "relación especial" de la que siempre habían presumido a otra cercana a la animadversión, enturbiada además por los ecos de los papeles del pederasta Jeffrey Epstein, que han sacudido la política británica y salpicado al expríncipe Andrés.
América Latina, el último reducto
América Latina, visto en su día como el patio trasero de Estados Unidos, es la única región en la que el balance de alianzas no le sale a Trump a deber. El recurrente péndulo ideológico de los gobiernos latinoamericanos se inclina ahora hacia la derecha, con una sucesión de triunfos electorales de candidatos de marcado carácter ultraconservador, entre los que destaca el argentino Javier Milei.
El actual presidente de Argentina ha presumido de sus buenas relaciones con Trump y no pierde ocasión de viajar a Estados Unidos, bien sea para participar en reuniones de índole oficial o para acudir a las cumbres cada vez más recurrentes de activistas y pensadores de derechas. La Casa Blanca tampoco pierde ocasión de dejar claro que estar de su lado sale a cuenta -los aranceles masivos a Brasil fueron un aviso a navegantes- y ha tejido una red basada en la colaboración en la lucha contra el narcotráfico o la inmigración irregular.
En marzo, convocó en Florida a todos sus socios con la excusa de un nuevo formato bautizado como Escudo de las Américas. Entre quienes estuvieron dispuestos a hacerse la foto estaban el propi Milei, el ecuatoriano Daniel Noboa, el salvadoreño Nayib Bukele o el chileno José Antonio Kast, el último en subirse a esta particular ola ultraderechista que espera ahora a ver qué ocurre con las elecciones en marcha en Perú, donde Keiko Fujimori ha sido la más votada en la primera vuelta.
La estructura del Escudo de las Américas forma parte además de la estrategia de la actual Administración estadounidense de constituir foros alternativos a organismos multilaterales como la ONU y dentro de la cual figura la Junta de Paz, con más de una veintena de miembros y constituida como palanca al amparo de la ofensiva israelí en la Franja de Gaza. Gobiernos todos ellos a lo que Washington describe como "afines" pero que, a la hora de la verdad, no tienen por qué subirse a todos los carros que quiera endosarles Trump.
"Todos estos gobernantes tienen que tener mucho cuidado a la hora de ver hasta dónde llevan la alianza con Trump", advierte el investigador del CIDOB, que pone de ejemplo el caso de Orbán. Da por hecho que la implicación directa en la campaña electoral húngara de la Administración de Estados Unidos no sumó votos para la lista del primer ministro y benefició en cambio al nuevo líder en Hungría, Peter Magyar.
Trump, que envió a su vicepresidente para un último mitin con Orbán, no ha tardado en soltar lastre y ahora confía en que Magyar puede hacer "un buen trabajo" en Hungría.