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Pakistán, mensajero en la guerra entre Irán y Estados Unidos, bajo la sombra del fracaso

Pakistán, mensajero en la guerra entre Irán y Estados Unidos, bajo la sombra del fracaso
Exterior del Ministerio de Asuntos Exteriores de Pakistán, en Islamabad. Aamir QURESHI/AFP
Pilar Requena @Requenapilar
Pilar Requena @Requenapilar

El intento de Islamabad de frenar la escalada entre Teherán y Washington revela las contradicciones de su estrategia internacional en un contexto marcado por la presión china, el conflicto afgano y la rivalidad con India.

Estados Unidos e Irán utilizan al país asiático como mensajero de propuestas que no aceptan. De momento, se ve imposible un alto el fuego o que se sienten a una mesa de negociaciones o que Pakistán les pueda presionar para que lo hagan. Su papel de mediador está así mermado.

Este lunes hay ecos de un posible alto el fuego, una medida que se produciría entre las amenazas del presidente de EE.UU., Donald Trump y su ultimátum a Irán, que parece ampliar ahora a las 20.00 horas del martes, según se deduce de un escueto mensaje en su red social. Según una fuente anónima a Reuters, Irán ha recibido la propuesta de Pakistán y la está estudiando, pero advierte de que no aceptará tomar una decisión bajo coacción. Según publica Axios, EE.UU. e Irán estudian los términos de una posible tregua de 45 días junto a un grupo de mediadores regionales.

Un actor inesperado en un escenario en guerra

Cuando la tensión y el conflicto entre Estados Unidos e Irán alcanzó niveles críticos, la atención internacional se centraba en los actores habituales: Washington, Teherán, Israel y las monarquías del Golfo. Los canales diplomáticos directos estaban cerrados y la desconfianza imperaba. Entonces, emergió Pakistán, un actor inesperado con el que nadie contaba.

El gobierno de Islamabad ha tratado de posicionarse como intermediario. Pero su papel, más que el de un mediador clásico, se sitúa entre facilitador técnico o canal de comunicación. Es un actor geopolítico con intereses propios en su intento de diplomacia discreta. No hay cumbres, ni declaraciones conjuntas, ni negociaciones formales. Lo que hay es un canal para que los dos actores enfrentados se transmitan mensajes, propuestas y condiciones.

El ministro de Exteriores pakistaní, Ishaq Dar, lo ha dicho sin ambigüedad: "Las conversaciones indirectas entre Estados Unidos e Irán se están llevando a cabo a través de mensajes transmitidos por Pakistán". No hay diálogo. Pakistán es aceptado como canal, pero no como árbitro. No estructura el proceso, pero permite el contacto. Un portavoz de Exteriores señaló que "ha colaborado activamente con los actores regionales para calmar la situación, poner fin a las hostilidades y avanzar hacia una solución pacífica".

Para Estados Unidos, el reconocimiento del canal paquistaní es más técnico que político, se trata de pragmatismo. Su enviado especial, Steve Witkoff, explicó que Washington había presentado "una lista de medidas de 15 puntos que constituye el marco para un acuerdo de paz”. Así que no hay negociación directa, pero sí intercambio de mensajes.

Pakistán actúa de forma discreta, casi silenciosa. Utilizó sus relaciones con las dos partes, activó canales diplomáticos existentes, utilizó contactos bilaterales y multilaterales, trasladó mensajes entre capitales y exploró posibles puntos de desescalada. En paralelo, coordinó parte de ese esfuerzo con China, en un intento de dar mayor peso a la iniciativa. Su posición geográfica, su red de relaciones y su historia lo convierten en un nodo de conexión entre múltiples espacios geopolíticos: Asia del Sur, Oriente Medio o Asia Central.

Las propuestas sobre la mesa: tres visiones incompatibles

Pakistán y China han impulsado un plan alternativo de cinco puntos. Sus ministros de Exteriores, Ishaq Dar y Wang Yi, aseguran que "el diálogo y la diplomacia son el único camino para resolver las tensiones". Su plan incluye un alto el fuego inmediato, diálogo, respeto a la soberanía, protección de civiles y participación internacional, pero no resuelve cuestiones clave como qué concesiones se exigen, cómo se verifican o quién garantiza su cumplimiento. Puede ser aceptado en abstracto por todos, pero no soluciona los desacuerdos de fondo.

El llamado "plan de 15 puntos" estadounidense es detallado y condicionado. Incluye limitaciones al programa nuclear iraní, inspecciones reforzadas, reducción del apoyo a milicias regionales, garantías de seguridad, alivio gradual de sanciones. Su lógica es clara: desescalada a cambio de concesiones verificables.

Irán no ha presentado un plan estructurado. Su estrategia consiste en establecer condiciones previas: fin de los ataques, garantías de seguridad y de no agresión, compensaciones o reconocimiento de su papel regional. No propone un marco de negociación, sino un punto de partida. Y califica la propuesta norteamericana de “excesiva e irrazonable” y de “simple lista de deseos”.

El resultado es un escenario de bloqueo y estancamiento en un triángulo de posiciones difícilmente reconciliables. La mediación se encuentra en un punto muerto, mientras Trump daba este sábado un ultimátum a Irán para que aceptase sus exigencias o se preparase para lo peor.

En la práctica, el proceso se ha reducido a un intercambio de mensajes en medio de la falta de confianza. Irán desconfía de Estados Unidos, Estados Unidos exige garantías verificables y ambos muestran reservas sobre la neutralidad de Pakistán. A pesar de ello, Islamabad continúa defendiendo que, mientras exista comunicación, la mediación sigue viva, pero no ha logrado avances significativos.

La lógica detrás de la mediación paquistaní: necesidad, no altruismo

Islamabad no actúa como mediador por vocación pacifista ni por voluntad de liderazgo global desinteresado. Sabe que tiene mucho que perder si la guerra sigue escalando. Es un país profundamente dependiente de las importaciones energéticas. Su economía está marcada por desequilibrios estructurales, déficits recurrentes y una alta vulnerabilidad externa. Una escalada en el Golfo Pérsico tendría un impacto terrible en su sistema económico. Un aumento del precio del crudo implica inflación interna, presión sobre la moneda, deterioro de la balanza de pagos y mayor dependencia de la financiación externa.

A nivel geográfico, comparte una larga frontera con Irán. Cualquier desestabilización en territorio iraní puede tener efectos colaterales inmediatos: movimientos de población y de refugiados, aumento del contrabando, presión sobre las fuerzas de seguridad y riesgo de infiltración de actores armados. Además, Pakistán alberga una significativa población chií, lo que introduce un elemento interno en un conflicto que también tiene dimensiones sectarias.

Tras la retirada de Estados Unidos de Afganistán en 2021, Pakistán perdió una parte importante de su centralidad en la agenda internacional. Durante dos décadas, había sido un actor clave para Washington en la gestión del conflicto afgano. Esa relevancia le otorgaba visibilidad, influencia y capacidad de negociación. Con el fin de esa fase, Islamabad quedó en una posición más ambigua, es importante, pero menos imprescindible.

La "mediación" en la crisis entre Irán y Estados Unidos es una oportunidad para recuperar protagonismo, demostrar utilidad y reposicionarse como un actor diplomático relevante, a la vez que lava su imagen de apoyo a los talibanes afganos y a otros grupos insurgentes o terroristas. Y no hay que olvidar su relación con China.

China, Pakistán y la geopolítica del corredor

Pakistán se mueve como se mueve e intenta mediar incluso cuando no tiene capacidad plena para hacerlo por su relación con China. Islamabad no es simplemente un socio más de Pekín. Es uno de los pilares de su estrategia global en Eurasia. El Corredor Económico China-Pakistán (CPEC), integrado dentro de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, es un proyecto de infraestructuras, recordando a la histórica Ruta de la Seda, y una apuesta geopolítica de primer orden. A través de este corredor, China conecta su región occidental de Xinjiang con el puerto de Gwadar, en el mar Arábigo, creando una vía directa hacia el océano Índico.

Esta conexión tiene varias implicaciones estratégicas, reduce la dependencia china del estrecho de Malaca, uno de los puntos más sensibles del comercio global. Disponer de rutas alternativas es una prioridad para Pekín. Amplía su presencia en el océano Índico, una región clave para el comercio energético y donde la competencia con India y, en menor medida, con Estados Unidos, es cada vez más evidente. Y le permite proyectar influencia económica y política en un espacio que conecta Asia del Sur, Oriente Medio y África.

Pero el corredor tiene su talón de Aquiles en Baluchistán, la provincia donde se encuentra el puerto de Gwadar, la más extensa de Pakistán y una de las menos desarrolladas, escenario desde hace décadas de una insurgencia separatista por la desigualdad económica, la explotación de recursos, las tensiones étnicas y una relación históricamente conflictiva con el poder central.

Gwadar es pieza central del Corredor Económico China-Pakistán, al igual que numerosas infraestructuras vinculadas al proyecto: carreteras, instalaciones energéticas y nodos logísticos. Esto convierte a Baluchistán en un punto crítico. Los insurgentes han pasado de una insurgencia centrada en el Estado pakistaní a incorporar objetivos vinculados a la presencia china.

China necesita que Pakistán le garantice estabilidad, que el entorno regional no entre en una espiral de conflicto que ponga en riesgo sus intereses. Pero prefiere influir sin exponerse, operar a través de terceros, utilizar canales indirectos. Pakistán encaja perfectamente en ese modelo. Puede actuar como intermediario sin que China tenga que asumir el coste político de liderar una mediación directa. Pero eso provoca también que Pakistán no sea percibido como completamente neutral. Y en un proceso de mediación, la percepción de imparcialidad es un activo fundamental.

Afganistán, el conflicto que socava su credibilidad internacional

Paradójicamente, Pakistán intenta mediar entre Irán y Estados Unidos mientras, en su frontera occidental, se desarrolla el conflicto con Afganistán. El núcleo del problema es el Tehrik-i-Taliban Pakistan (TTP), que Islamabad considera una amenaza existencial. Los talibanes paquistaníes han intensificado sus ataques en Pakistán, especialmente contra las fuerzas de seguridad, y utilizan el territorio afgano como base operativa.

Pakistán acusa al gobierno talibán de no actuar con contundencia contra el grupo. Kabul rechaza esas acusaciones o evita confrontar directamente al TTP, en parte por afinidades ideológicas y en parte por limitaciones de control. Así a los atentados del TTP en Pakistán, Islamabad responde con operaciones militares en territorio afgano, enfrentamientos fronterizos y bombardeos.

Este ciclo genera un conflicto de baja intensidad y alta persistencia. Pakistán cuenta con ventaja militar. Su capacidad aérea le permite golpear objetivos con relativa facilidad. Pero Afganistán controla el territorio donde operan los grupos insurgentes. Este conflicto tiene un impacto directo sobre la mediación internacional. Un país implicado en bombardeos transfronterizos, con desplazamientos de población y tensiones abiertas con su vecino, difícilmente puede proyectar una imagen de neutralidad y los recursos militares, atención política y capital diplomático se desvían hacia el conflicto con su vecino.

China intenta mediar entre Pakistán y Afganistán para evitar la escalada en la frontera y proteger la estabilidad regional. Pekín ha promovido encuentros trilaterales y ha defendido el diálogo. Asegura que ambas partes “están dispuestas a sentarse de nuevo a la mesa de negociaciones”. Pero los intereses de cada actor son divergentes. Pakistán exige acción contra el TTP, Afganistán evita confrontar a ese grupo, China busca estabilidad para proteger sus intereses. No le interesa quién gane, sino que el conflicto no escale.

Para comprender la política paquistaní hacia Afganistán, es imprescindible entender el contexto de su rivalidad con India. Desde su creación, ha percibido a su vecina como su principal amenaza. La disputa sobre Cachemira ha sido el eje central de esa rivalidad, con episodios de conflicto abierto y una tensión constante. Islamabad desarrolló una lógica estratégica conocida como “profundidad estratégica” para evitar quedar atrapado entre dos frentes hostiles: India al este y Afganistán al oeste. Para ello, siempre ha intentado influir en Afganistán, asegurando que no se alineara con Nueva Delhi. Pero el Afganistán de los talibanes no actúa como un aliado fiable. No garantiza estabilidad. Y no ofrece la profundidad estratégica que Pakistán busca y se ha convertido en una fuente de vulnerabilidad.

Acceso no es poder: el límite estructural de Pakistán

Islamabad puede hablar con Washington, mantener contactos con Teherán, coordinarse con Pekín y relacionarse con los países del Golfo. Esa red de conexiones es valiosa pero para que una mediación tenga éxito no basta con conectar a las partes. Es necesario disponer de herramientas que permitan modificar sus cálculos: incentivos económicos, capacidad de presión. garantías de cumplimiento. Pakistán carece de ellas.

No puede ofrecer a Irán un alivio significativo de sanciones. No puede presionar a Estados Unidos para cambiar su estrategia. No puede garantizar la seguridad de acuerdos en un entorno altamente volátil. Esto no significa que su papel sea irrelevante. Puede facilitar la comunicación en momentos de tensión y evitar malentendidos, reducir riesgos de escalada accidental y abrir espacios para la diplomacia. Pero su capacidad para transformar el conflicto es limitada. Actúa más como facilitador o mensajero que como mediador pleno. Y esa diferencia es clave para un posible fracaso. Además, un país que enfrenta insurgencias, conflictos fronterizos y tensiones económicas tiene menos margen para invertir capital político en procesos diplomáticos complejos.

Es muy probable que la mediación recaiga en otros actores. Omán aparece como uno de los candidatos más sólidos. Su tradición de diplomacia discreta, su capacidad para mantener relaciones con actores enfrentados y su historial en procesos anteriores lo convierten en un intermediario fiable. Catar es otro actor relevante. Ha demostrado su capacidad para gestionar negociaciones complejas y dispone de una amplia red diplomática. Su posición le permite actuar como puente entre diferentes actores, aunque también genera ciertas reservas. Turquía tiene mayor capacidad de influencia, tanto política como militar, pero es un actor más polarizador. Su implicación puede generar desconfianza. China seguirá presente con su enfoque indirecto. Prefiere influir sin liderar abiertamente procesos de mediación, utilizando actores como Pakistán o apoyando iniciativas de terceros.

Pakistán no está jugando un simple doble juego, como ha hecho en no pocas ocasiones. Se trata de una estrategia de supervivencia en un entorno extremadamente complejo. Islamabad intenta equilibrar múltiples presiones al mismo tiempo. Puede facilitar contactos, transmitir mensajes, actuar como puente entre actores que no se hablan directamente, pero no tiene el poder para moldear el resultado de los grandes conflictos internacionales.