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¿Con quién negocia EE.UU.? Irán perfila un nuevo liderazgo de línea dura en plena guerra

¿Con quién negocia EE.UU.? El nuevo liderazgo de Irán
Réplicas de misiles iraníes en la plaza Valiasr de Teherán. AFP

En las calles de Teherán, Tel Aviv o Beirut, la paz se ha convertido en un espejismo. El silencio ya no existe y solo reina un zumbido sordo de una espera agónica. Nadie sabe hasta cuándo va a durar esta guerra que comenzó hace casi un mes. Mientras tanto, los mercados financieros de Nueva York celebran con un suspiro de alivio el anuncio de Donald Trump de supuestas negociaciones para poner fin al conflicto que ha traspasado las fronteras de Oriente Medio. El inquilino de la Casa Blanca retiraba así su amenaza de atacar instalaciones energéticas, alegando que estas conversaciones estaban siendo "muy positivas". Horas más tarde del anuncio, medios iraníes informaron de bombardeos a dos instalaciones de gas y un oleoducto.

En este escenario de señales contradictorias, este martes el primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif, se ofrecía formalmente a mediar. "Sujeto a la conformidad de Estados Unidos e Irán, Pakistán está dispuesto y honrado de ser anfitrión para facilitar conversaciones significativas y concluyentes", declaró Sharif en un un mensaje en la red X que el propio Trump ha compartido, validando así la vía de Islamabad como el nuevo epicentro diplomático. Sin embargo, la interlocución para lograr el fin de las hostilidades es algo compleja. Washington asegura estar negociando con una "persona de alto nivel", pero en una Teherán descabezada, donde los líderes caen y el régimen perfila un nuevo liderazgo de línea dura. La pregunta que plantean todos los analistas es: ¿con quién se habla cuando el interlocutor ha sido asediado?

Zolghadr y Ghalibaf: continuidad y la securitirización del régimen

El asesinato de Ali Larijani, la semana pasada, no fue solo una baja militar; fue la amputación del puente más sólido que el régimen conservaba con el mundo exterior. Larijani era el hombre que personificaba el viaducto entre los ayatolás y el pragmatismo. "El asesinato de Larijani es clave; él era el único capaz de atraer a los moderados. Al no estar él, solo queda la línea dura", señala Rosa Meneses, subdirectora del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos (CEARC). Larijani sabía traducir la retórica revolucionaria al lenguaje de la diplomacia posible. En su lugar han brotado nombres que huelen a búnker.

El nombramiento este martes de su sucesor, Mohammad Bagher Zolghadr, como secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional es el acta de defunción de la era diplomática. Zolghadr es un hijo de la Guardia Revolucionaria (CGRI), un estratega formado en la resistencia asimétrica. "En Irán, ante una amenaza existencial, las políticas y las figuras se endurecen. Surgen estos 'hombres fuertes' como Ghalibaf o Zolghadr", apunta Meneses. Zolghadr no es un diplomático y su ascenso indica que el poder ya no reside en el clero, sino en el uniforme.

Zolghadr ha tenido diversos cargos muy importantes en el aparato de seguridad, principalmente relacionados con la la Guardia Revolucionaria y los basijis. "Era, hasta ahora, secretario del Consejo de Discernimiento también y hecho de que se nombre alguien con este perfil también muestra la prioridad dada a la continuidad y la securitirización del régimen en el actual contexto de desafíos externos e internos", argumenta Luciano Zaccara, analista político sobre el Golfo y Oriente Medio en Catar.

Sin embargo, el nombre que suena con más fuerza en los pasillos de las negociaciones secretas es el de Mohammad Bagher Ghalibaf. Su vida, dentro de las altas esferas del poder iraní, ha estado siempre cerca de la cúspide; nunca en ella. Ghalibaf, de 64 años, es un veterano de la Guardia Revolucionaria y un político con cierto peso dentro del conservadurismo moderado. Los asesinatos de los dirigentes del régimen islámico le han terminado por allanar un camino que las urnas le negaron durante décadas. "Teniendo en cuenta los que han desaparecido últimamente, ha quedado como uno de los pocos referentes recientes con peso político. Pero su discurso y sus posturas en las últimas dos décadas lo posicionan como alguien más continuista que alguien que pueda ofrecer una puerta abierta a Estados Unidos para negociar algo", argumenta Zaccara.

Es el actual presidente del Parlamento, y a pesar de su cercanía con la Guardia, "no parece ser un interlocutor que la IRGC pueda tener en cuenta para discutir cuotas de poder al interior del régimen", matiza el analista desde Catar. Supuestamente encabeza las negociaciones con EE. UU. para terminar esta guerra, a pesar de que él mismo se viese obligado a negarlo este lunes ante la presión de los sectores más radicales. Los expertos no descartan que se trate de la "diplomacia de la negación", una estrategia de supervivencia necesaria cuando admitir un diálogo con el "Gran Satán" puede ser más peligroso que una bomba ajena. "Son globos sonda para distraer mientras el bloqueo en el Estrecho de Ormuz continúa", explica Ignacio Álvarez-Ossorio, catedrático de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

Trump: la apuesta por el caos

Donald Trump ha vuelto a su esencia. Su estrategia, según analiza Patricio Giusto, consultor político y director del Observatorio Sino-Arg, consiste en "elevar la apuesta al máximo con amenazas definitivas para forzar una posición de debilidad". Trump amenazó con la aniquilación total de la infraestructura energética iraní solo para, horas después, anunciar conversaciones "muy positivas".

¿Por qué este giro brusco? La respuesta está en el surtidor de gasolina de cualquier ciudad estadounidense. Con el petróleo superando los 100 dólares y el Estrecho de Ormuz cerrado —por donde transita una quinta parte del crudo mundial—, la economía global está en cuidados intensivos. Irene Fernández Molina, de la Universidad de Exeter, advierte que "el movimiento MAGA tiene presiones opuestas. Por un lado, la opinión pública es contraria a esta guerra costosa, pero, por otro, Trump necesita retirarse salvando la cara, proclamando una victoria".

"Trump ha buscado esta forma de salir de su propia trampa", analiza Rosa Meneses. "Se ha dado cuenta de que su ultimátum no iba a confrontar a Irán, sino que elevaba toda la escala". Para Trump, el anuncio de una tregua es un bálsamo para los mercados bursátiles que, tras el susto de Ormuz, se dispararon al alza. "Necesita retirarse salvando la cara, proclamando algún tipo de victoria. Ahí es donde se produce toda la confusión", advierte Fernández Molina sobre el alto coste de retirarse sin una victoria clara.

La comparación de Trump con Delcy Rodríguez y el caso venezolano no es casual. Trump busca un "interlocutor transaccional". No quiere democratizar Irán; quiere a alguien que, como la presidenta encargada en Caracas, garantice el flujo de petróleo y la estabilidad de los mercados a cambio de la supervivencia del sistema. Es la diplomacia del "interés mutuo" por encima de los derechos humanos.

"Matamos a todos sus líderes, luego se volvieron a reunir para elegir nuevos líderes y también los matamos. Ahora hay un nuevo grupo, estos nuevos líderes son muy diferentes a los que generaron todos los problemas. Esto podríamos decir que es un cambio de régimen", aseveró Trump este martes ante los periodistas. "No confío en ellos, pero estamos hablando porque quieren llegar a un acuerdo. Nos dieron un regalo que vale muchísimo dinero, tiene un precio muy importante, pero no puedo decir aún. Eso es lo que me hace pensar que estamos hablando con las personas adecuadas", abundó. Trump anticipó que ese "regalo" está relacionado con gas y petróleo, y con el control del Estrecho de Ormuz; poco antes de que varios medios señalaran que Irán podría abrir ese paso al tráfico marítimo.

El pulso del régimen: la victoria es no morir

Para Teherán, el concepto de victoria ha cambiado. Ya no se trata de expandir la revolución, sino de no morir. "El régimen está muy debilitado, pero el mero hecho de seguir en pie ya lo venden como un éxito", afirma Álvarez-Ossorio. "Para Irán, la victoria es la resistencia; han aguantado los ataques de dos actores muy superiores militarmente. Pero no tienen incentivos para levantar el bloqueo de Ormuz si no tienen garantías definitivas, por lo que tienen la capacidad de herir la economía global bloqueando Ormuz", añade.

El régimen está herido, pero no muerto. Han sabido jugar la carta del miedo energético, amenazando con minar el Golfo Pérsico y atacar la infraestructura de agua y energía de toda la región. Es la estrategia de la "destrucción mutua asegurada" en versión económica. Saben que si ellos caen, el mundo entero pasará frío y hambre. Esa es su verdadera moneda de cambio en las conversaciones de Pakistán.

Sin embargo, la realidad interna es devastadora. Con más de 3.200 muertos y la infraestructura de gas en llamas, la "victoria" iraní tiene un sabor amargo. El régimen es ahora una "hidra de varias cabezas", describe Giusto. Por un lado, los militares de la Guardia Revolucionaria que no aceptarán una bandera blanca; por otro, la sombra de Mojtaba Jameneí, el hijo del ayatolá, cuya ausencia pública alimenta rumores sobre su muerte o incapacidad. Si Mojtaba no aparece, ¿quién tiene la legitimidad religiosa para validar un pacto con Washington? Negociar con militares es, por definición, "negociar con quienes ven en la concesión una traición".

Pakistán acoge las conversaciones

El papel de los mediadores tradicionales ha colapsado. Omán y Catar, exhaustos tras años de servir de puente para un acuerdo nuclear que Trump dinamitó, ya no tienen la confianza del régimen. "Se sintieron engañados una vez con negociaciones falsas", recuerda el profesor de la UAM. Pakistán ha dado un paso al frente posicionándose como el escenario físico donde la diplomacia de guerra intentará fraguar un pacto.

El propio Trump ha validado esta vía este martes al compartir en su red Truth Social un mensaje del primer ministro pakistaní, Shehbaz Sharif, quien se ha ofrecido formalmente como anfitrión para facilitar un "arreglo integral". Esta sintonía no es casual: Islamabad se apoya en los estrechos vínculos de su cúpula militar con Teherán y en la excelente relación de Sharif con Trump, a quien llegó a nominar al Premio Nobel de la Paz. Mientras tanto, el gigante asiático también mueve ficha. China ha instado formalmente a iniciar pronto conversaciones de paz en una llamada directa entre su ministro de Asuntos Exteriores y su homólogo iraní, Abás Araqchí, buscando consolidar su rol como el garante de estabilidad que Teherán aún está dispuesto a escuchar.

En este nuevo tablero, emergen figuras que hablan el lenguaje de los "líderes fuertes". El presidente ruso Vladímir Putin es, en este caos, el "ganador silencioso". Le beneficia que el petróleo esté por encima de los 100 dólares y que la atención de Estados Unidos se desvíe de Ucrania, pero también disfruta regresando a la escena global como el hombre que puede hablar al oído de Teherán. "Sería una carambola del destino que Putin vuelva a ejercer un papel diplomático global debido a esta guerra", reflexiona Rosa Meneses. Para Trump, negociar a través de este eje que incluye a Moscú, Islamabad o Ankara es más cómodo que hacerlo a través de organismos multilaterales, porque prefiere el trato directo con líderes autócratas.

Todo ocurre en una ventana crítica: tras tres semanas de hostilidades iniciadas el 28 de febrero, Trump ha ordenado frenar durante cinco días los ataques a la infraestructura energética iraní para dar espacio a este diálogo. Aunque el portavoz de Exteriores iraní, Ismail Bagaei, niega conversaciones directas, admite que los "países amigos" ya actúan como mensajeros de una petición de paz que Washington parece haber lanzado a la desesperada antes de que el bloqueo del Estrecho de Ormuz termine por asfixiar la economía mundial.

El tablero de Netanyahu

Mientras Washington busca una salida, en Tel Aviv la lógica es distinta. Benjamín Netanyahu es, según los expertos, el ganador claro de esta escalada. Israel ha logrado que Estados Unidos haga el "trabajo sucio" de degradar la infraestructura militar y nuclear de su enemigo eterno. Para Netanyahu, la tregua no es un obstáculo, sino una oportunidad de reenfocar su fuerza.

Aparece aquí lo que Álvarez-Ossorio llama la "carta libanesa". "Es posible que Israel acepte detener los ataques a Irán si Trump le da carta blanca para seguir su campaña en el Líbano. Podría ser un intercambio de cromos: paz con Irán a cambio de manos libres para destruir a Hizbulá", argumenta el experto. Para el primer ministro israelí, los réditos políticos internos ya están ganados; ahora se trata de rediseñar el mapa regional mientras su aliado en la Casa Blanca mantiene el paraguas diplomático.

La viabilidad de esta tregua es, en el mejor de los casos, frágil. Lo que estamos presenciando no es el fin del conflicto, sino un paréntesis táctico. Trump necesita que Ormuz se abra para que la inflación no devore su mandato; Irán necesita que dejen de caer bombas sobre sus refinerías para evitar un colapso social. La conclusión de los analistas invita al escepticismo. 

Además, como advierte Irene Fernández Molina, negociar con un régimen descabezado significa que no hay una firma que garantice el futuro. El poder militar (Zolghadr) y el poder institucional (Ghalibaf) caminan de la mano por necesidad, pero la desconfianza hacia Estados Unidos es estructural.

Esta guerra está demostrando que el descabezamiento de un régimen no conlleva necesariamente su caída, sino su endurecimiento. Estados Unidos e Israel han eliminado a los líderes, pero han dejado intacto el aparato de seguridad que ahora, bajo la presión del hambre y el fuego, se sienta a negociar con el enemigo. Y mientras las conversaciones en Pakistán sigan envueltas en el secreto y la negación, la única certeza es que la viabilidad del acuerdo no se medirá en palabras, sino en la reapertura del flujo de crudo por el Estrecho de Ormuz.