La guerra contra Irán agrieta, pero no rompe el movimiento MAGA en Estados Unidos
- Donald Trump hizo campaña prometiendo que no empezaría ninguna guerra, ni intervendría en otros país
- DIRECTO: sigue la última hora de la guerra en Irán
"No voy a empezar ninguna guerra, voy a terminar guerras" anunció Donald Trump la misma noche de su segunda victoria electoral, en noviembre de 2024.
"No vais a tener una guerra conmigo, no vais a tener una tercera guerra mundial conmigo", "echaremos a los belicistas de nuestro Gobierno", "no necesitamos nuevas guerras", "os mantendré al margen de guerras", "no habrá más guerras interminables". Son todo promesas del presidente de Estados Unidos durante la última campaña electoral, uno de cuyos puntales fue insistir en que en su primera presidencia fue "el primer presidente en décadas que no inició ninguna guerra", al tiempo que acusaba al Partido Demócrata y a la vicepresidenta y candidata, Kamala Harris, de ser un partido de guerras.
Igualmente crítico fue con sus antecesores republicanos, en especial el último, George W. Bush, y la ideología neocon que metió a los Estados Unidos, y a parte de sus aliados, España entre ellos, en las invasiones y largas guerras de Afganistán e Irak en este siglo. Unas aventuras militares y una voluntad de cambiar regímenes en otros países que el republicano hasta ahora ha reprochado.
El mandatario eligió para ser su vicepresidente en esta segunda presidencia a JD Vance, un no intervencionista, y ello llevó al Partido Republicano a hacer campaña diciendo que eran el ticket (los candidatos) de la paz.
Con estos antecedentes, ¿cómo están reaccionando los votantes de Trump, en especial el movimiento MAGA (Make America Great Again)? ¿Se sienten traicionados? ¿Critican al presidente en público? ¿Puede afectarle de aquí a las elecciones legislativas del próximo noviembre?
Voces críticas
Se han pronunciado algunas de las figuras de la política, o de los medios de comunicación, que han estado detrás del auge del trumpismo como movimiento, y para quienes una de las prioridades era no implicarse fuera y, sobre todo, abandonar la política de cambiar regímenes en otros países. El movimiento MAGA, guiado por el lema America, First (Estados Unidos, lo primero), ve que ahora su líder emprende un tipo de aventura que habían descartado al votar por él.
Muchos críticos han rescatado del archivo unas declaraciones de Charlie Kirk, el activista MAGA asesinado el año pasado en un campus universitario. Sobre una potencial intervención en Irán, y comparando con los casos de Irak y Afganistán, dijo: "¿Cómo sabemos que irá mejor? Sí, el ayatolá [Jameneí] es horrible, pero tal vez sea de los pocos que pueda mantener el país unido, y no tener una guerra civil entre 90 millones de personas. Cambiar regímenes es la guerra, no es como cambiar el entrenador de un equipo de fútbol. En Oriente Próximo es todo muy caótico. ¿Entendéis lo grande que es Irán? Es enorme, un país muy grande, montañoso, a su lado Afganistán e Irak son un paseo".
La excongresista Marjorie Taylor Green ha pasado en pocos meses de ser una ferviente incondicional del presidente, y adalid de algunas de sus posiciones más ultras, a ser crítica y enfrentarse a él. El divorcio empezó con la negativa del republicano a hacer públicos los archivos de Jeffrey Epstein, siguió con la intervención militar en Venezuela y, ahora, con Irán. Taylor Greene lo ha resumido en un titular, "No es America First, sino America last", no es Estados Unidos, lo primero, sino lo último.
"Make America Great Again -argumenta Green- se suponía que era Estados Unidos, lo primero, no Israel, no un país, un pueblo, extranjero, lo primero. Lo prometió el presidente, lo prometió JD Vance, lo prometió Tulsi Gabbard [directora de los servicios de Inteligencia], todos lo prometieron, y aquí estamos al cabo de un año en otra puñetera guerra, y tenemos militares estadounidenses muertos". Por el choque con el presidente, que la tachó de traidora en otoño y amenazó con impedir su reelección, Green renunció a su escaño en la Cámara de Representantes.
Steve Bannon, uno de los ideólogos y promotores de la extrema derecha en EE.UU. y en Europa, asesor de Trump en su primer mandato, también ha mostrado su malestar: "No es lo que se prometió en la campaña de 2024. Vamos a tener una sangría en nuestra base". De cómo ganar o perder la opinión pública, y los votos, Bannon sabe.
Un comentarista conservador, Matt Walsh, ha descrito su contrariedad así: "Nos han dicho que, a pesar de que matamos a toda la cúpula de régimen, esto no va de cambiar un régimen; que, a pesar de que erradicamos su programa nuclear [en junio], tenemos que hacer esto por su programa nuclear; que, a pesar de que Irán no estaba planeando ningún ataque en Estados Unidos, eso depende de a quién le preguntes. Y que, a pesar de que no estamos en esta guerra para liberar a los iraníes, ahora son libres, o podrían serlo en función de quién se hace con el poder, y no sabemos quién será. El mensaje sobre esta operación es, para decirlo suavemente, confuso".
Otro editorialista votante del presidente y contrario al intervencionismo, el director del American Conservative, Curt Mills, también se siente traicionado. "Fue el candidato de no más guerras interminables, y esto parece una traición clara a sus bases". En una larga conversación con The New York Times, Mills analiza los motivos de esta guerra conjunta (EE.UU. e Israel) contra Irán y se plantea una serie de preguntas, "¿por qué ahora? ¿Por qué hay que evacuar a los estadounidenses de diversos países? ¿Por qué tiene que dispararse el precio del petróleo a potencialmente 100 dólares el barril? ¿Por qué este Gobierno parece más interesado en Irán que en lo que ha sido su principal cuestión, la inmigración?"
La respuesta que da Curt Mills es lo que él califica de élites, un sector del poder afín a la doctrina de la injerencia exterior para cambiar regímenes, del que Trump no ha logrado deshacerse, y que está muy influenciado por el Gobierno israelí por afinidad y, también, por miedo a que, de llevarle la contraria, lo estigmaticen como enemigo de Israel, como antisemita, y acaben con su carrera.
Otro destacado trumpista, con matices ahora, y más agitador de la ultraderecha que periodista, Tucker Carlson, también ha hecho pública su desaprobación: "Es la guerra de Israel, no la de los Estados Unidos". "Esta guerra -afirma Carlson- no se hace en nombre de objetivos de seguridad nacional de los EE.UU, para hacernos más seguros o ricos". Según recoge The Atlantic, en el último mes Carlson ha ido tres veces al despacho oval para decirle al presidente que debe plantar cara a Israel, "o te va a destruir, a ti y al país. Israel es un país con 9 millones de habitantes sin recursos, ¿por qué obedecemos sus órdenes?".
Megyn Kelly, otra experiodista de Fox News, como Carlson, al que tuvieron que expulsar, resumió su crítica en un "es clarísimamente la guerra de Israel".
Israel
Hay un sector del trumpismo muy crítico con la influencia que Israel tiene en la política estadounidense, y eso se agravó esta semana con unas declaraciones del secretario de Estado y Asesor de Seguridad Nacional, Marco Rubio. El lunes Rubio explicó así por qué el país decidió lanzar el ataque, junto con Israel, contra Irán: "Sabíamos que iba a haber una acción israelí contra Irán, sabíamos que eso precipitaría un ataque contra tropas estadounidenses, y sabíamos que, si no atacábamos preventivamente, sufriríamos más bajas".
Con esa declaración, Rubio hizo que lo que muchos descartaban como teorías conspirativas o antisemitismo cobrara otra naturaleza. Tanto es así que se convirtió en la pregunta obligada a cualquier representante del Gobierno. ¿Ha sido Israel quien nos ha arrastrado a atacar Irán? Al día siguiente, el presidente lo negó y afirmó que, en todo caso, era a la inversa, que él había arrastrado a Israel. Según Trump, él decidió que era el momento de atacar porque llegó a la conclusión de que las negociaciones en Ginebra no iban a ninguna parte.
"Creo que son igualmente culpables", opina Mills en la conversación con el New York Times: "Israel preparó el terreno, pero el presidente Trump es responsable. 50% cada uno". Mills se extiende en su argumentación: "Creo que Israel intimida, tienen miedo [los políticos estadounidenses] al Mosad [los servicios secretos israelíes], temen la influencia de Israel en la política exterior, y cómo puede perjudicar sus carreras. Es un tabú que se está resquebrajando, pero que aún tiene mucho poder".
A la pregunta de si cree que Trump tiene miedo a Israel, que lo pueda tachar de antisemita o pueda exponer "secretos oscuros sobre él", Mills responde: "Los archivos de Epstein tienen que ver, pero no sé cómo porque el Gobierno no está siendo transparente. Sí creo que hay una alianza entre Israel y Trump desde el inicio, porque donaron dinero a su campaña y por la conexión entre la política exterior de las élites conservadoras estadounidenses y los duros en Israel".
Israel, y muy especialmente el primer ministro, Benjamín Netanyahu, han visto siempre en el Irán de los ayatolás una amenaza existencial, y así lo han planteado a todos los presidentes del país. Acabar con ese régimen es lo que lleva más de tres décadas persiguiendo Netanyahu. En cuanto al presidente Trump, Mills aventura un razonamiento: "Creo que está encantado con las 'acciones rápidas' como el asesinato de Soleimani, la Guerra de 12 días contra Irán en junio y el secuestro de Nicolás Maduro, y que pensó 'me presionan mucho, una parte de mi coalición está obsesionada con Irán, tenemos que hacer lo que quiere la línea dura israelí y tal vez no salga tan mal'".
El presidente y sus guerreros
En su segundo mandato, el presidente le está cambiando el nombre a muchas instituciones y lo ha hecho también con el Departamento de Defensa. Ha rescatado lo que hoy en día se considera un arcaísmo y lo ha bautizado Departamento de Guerra. Otra aparente contradicción con quien prometió "no más guerras".
El titular del Departamento, Pete Hegseth, no se cansa de repetir que "no somos defensores, somos guerreros", y esta semana se ha prodigado en declaraciones propias de un cómic o un videojuego: "Los dirigentes iraníes miran al cielo y solo ven el poder aéreo de los EE.UU. e Israel. Cada minuto de cada día hasta que nosotros decidamos que se ha acabado. Irán no podrá hacer nada (...) Muerte y destrucción desde el cielo todo el día(...) Nunca se trató de una guerra fair (justa, equilibrada) y no lo es. Les golpeamos mientras están en el suelo. Como debe ser".
Desde una perspectiva progresista, la columnista Michelle Goldberg sostiene en el New York Times que Trump nunca ha estado contra la guerra, y cita al propio presidente: "Soy bueno en la guerra, me gusta la guerra, pero solo cuando ganamos". En ese sentido, su rechazo a las guerras de George W. Bush no es por la guerra, sino porque se eternizaron y los Estados Unidos no pudieron cantar victoria a pesar del famoso "misión cumplida" de Bush.
"Como no tiene una verdadera resistencia entre sus bases -prosigue Goldberg- se ha vuelto más temerario. En muchos ámbitos, el patrón de comportamiento de Trump es básicamente el mismo, va lo más lejos que puede, hasta que alguien lo detiene". Aludiendo a la intervención belicista de Hegseth, añade que la verdadera doctrina de Trump no ha sido "no a las guerras", sino "no a las reglas de juego".
Sondeos de opinión
A pesar de las voces críticas destacadas dentro de los más fervientes trumpistas, está habiendo más silencio que escándalo. Incluso los críticos coinciden en que se impone la espera, a ver cuánto dura y cómo termina esta guerra. Tampoco hay que infravalorar la adhesión incondicional del sectarismo, de estar con tu líder, a pesar de que algunas cosas te disgusten. Y algo básico y mencionado también por los críticos, el movimiento MAGA es solo una porción de los votantes de Donald Trump y del Partido Republicano.
Según un rápido sondeo de Ipsos y Reuters, esta guerra es impopular entre los estadounidenses, sólo la aprueban un 27% de los encuestados. El 43% están en contra y un 29% no tiene una opinión clara. Pero de ahí no hay que deducir que sea impopular entre los votantes de Trump, porque si se miran los resultados en función del voto, aparece la división, la polarización política. La mayoría, ligera, pero mayoría, un 55% de los republicanos apoya la guerra contra Irán y sólo un 13% la rechaza. Entre los votantes demócratas, un 74% la rechaza y sólo la aprueba un 7%.
Algo singular del gobierno Trump y esta guerra contra Irán es que no se han esforzado en preparar, convencer, a la opinión pública, como han hecho todos los presidentes anteriores en circunstancias parecidas. Aunque fuera con argumentos hipócritas o falsos, pero han hecho el esfuerzo. George W. Bush buscó y logró el apoyo del Congreso que requiere la Constitución, y buscó una resolución de la ONU que lo amparara, aunque eso, aún 23 años después, es más que discutible en el caso de la invasión de Irak.
Donald Trump, no. La noche del martes 24 de febrero, en el discurso del Estado de la Unión, el presidente tuvo la ocasión perfecta para preparar al Congreso y a la ciudanía y no lo hizo, apenas mencionó Irán. Menos de cuatro días después, la madrugada del sábado 28, bombardeó Irán. Sin autorización del Congreso, ni resolución de la ONU.
Para salvar su honor, que el presidente se los haya saltado inconstitucionalmente, los congresistas republicanos más cercanos al presidente insisten en que esto no es una guerra, sino unos ataques estratégicos, y que será una operación militar breve, no una "guerra interminable". Defienden que por ello no hay contradicción con lo prometido. El tiempo lo dirá.
Cuanto más dure, más caos se desate y más estadounidenses mueran en esta guerra, es decir, cuanto más se parezca Irán a Irak, peor para Trump, será otro presidente estadounidense atrapado en el avispero de Oriente Próximo.
Con las gafas de Anna Bosch