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¿Cuál es el objetivo de Trump con la guerra de Irán?

¿Cuál es el objetivo de Trump con la guerra de Irán?
Columna de humo tras ataques este miércoles en Teherán. AFP / ATTA KENARE

Es la pregunta del millón desde que empezó la guerra con Irán. ¿Cuál es el objetivo de Trump? Y es que el devenir del conflicto depende, en gran medida, de que Washington aclare (o se aclare) qué trata de conseguir de todas las respuestas que ha planteado hasta ahora. ¿El derrocamiento del régimen? ¿Una guerra prolongada? ¿La limitación de las capacidades militares de Irán? En función de eso, la dirección puede ir hacia un lado u otro.

Desde el principio, la sensación en Estados Unidos y fuera es que no había plan. Y a estas alturas, la idea de una guerra relámpago de gran intensidad que hiciera colapsar el régimen de los ayatolás está, a todas luces, descartada.

Teherán resiste, aunque no se sepa hasta cuándo ni cuáles serán las consecuencias. Así pues, Trump debe decidir su propio proyecto. El de Israel es conocido: que los ayatolás dejen de gobernar Irán o, mejor dicho, que Irán deje de ser su gran antagonista, político y militar en la región.

Para ello, lo mismo serviría un cambio de sistema con gobernantes más cercanos al entendimiento, que una descomposición del país en luchas internas, porque mientras se pelean entre ellos, no serán una potencia regional y no supondrán un desafío. Pero esos son los objetivos e intereses de Israel. Queda aún por saber cuáles son los de Washington, porque hay varias opciones.

Opción 1: derrocar al régimen

Si su objetivo es el de Israel, es decir, el cambio de régimen cueste lo que cueste, el escenario más probable es el de la guerra regional prolongada. Ataques constantes a las capacidades militares de Irán y a sus estructuras de liderazgo con la esperanza de provocar una erosión sistémica en los centros de poder del régimen, facilitando que surjan enfrentamientos entre facciones internas o luchas de poder que destruyan la unidad de respuesta.

Esta estrategia, sin embargo, plantea un alto riesgo de caos y descomposición en un Estado de 92 millones de habitantes, una balcanización del país, con el surgimiento de señores de la guerra y un probable escenario demasiado parecido al de Irak tras la invasión de 2023, con un país mucho más grande.

Aunque la capacidad misilística y de drones del régimen va mermando, lo cierto es que se desconoce su tasa de reposición de armamento y cuál era su arsenal total antes del estallido del conflicto. En el plano político, no parece haber alternativas claras: no hay una oposición organizada ni unificada, ni figura capaz de liderar un proyecto y la apuesta de Israel como alternativa (el hijo del Sha, Reza Pahlaví) recuerda demasiado a Ahmed Chalabi, el hombre de Bush para Irak que nunca llegó al poder.

Irán parece dejar claro que resistirá hasta el final, una lucha existencial. Su apuesta se centra en hacer pagar un alto precio por la guerra, movilizando varios frentes tanto militares, geográficos y económicos. Mediante sus bombardeos, pretende provocar no sólo un aumento de la tensión social interna en los países árabes, socios clave de Estados Unidos, sino también un altísimo costo económico que se traslade a los mercados internacionales, y eso se puede traducir en presión internacional sobre Washington.

También puede movilizar a su mermada red de 'proxis’, las milicias aliadas. El primer ejemplo ya se ha vivido en Líbano, con una tímida respuesta inicial de Hizbulá, que parece querer descargar de la presión militar israelo/estadounidense al régimen de Teherán.

Opción 2: cambio de actitud del régimen

Otra opción sería que Washington no apostase por el cambio de régimen, sino por un cambio de actitud y comportamiento del régimen. Descartado ya incluso en Washington el 'modelo Venezuela’, la Administración Trump podría apostar por un resultado más pragmático: un acuerdo alcanzado por canales diplomáticos en medio de las hostilidades.

Implicaría, entre otras cosas, que un muy deteriorado sistema iraní permaneciera en el poder, con algunas condiciones. Entre ellas, probablemente, restricciones pactadas a su programa de misiles y drones, con mecanismos de inspección y control y el desmantelamiento de algunas de sus infraestructuras militares.

Washington debe optar por uno de los dos caminos. Por el momento, parece hacerlo por el primero. Pero la guerra prolongada puede ser algo muy pesado para Donald Trump y el Partido Republicano, que tendrán que enfrentarse a las elecciones de mitad de mandato a finales de año. Ni siquiera en el movimiento MAGA se termina de entender bien la jugada. Nadie debería descartar un cambio repentino de guion, y mucho menos con el siempre impredecible Donald Trump.