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La paz y la guerra de Trump: hombres fuertes y negocios

  • Trump explicita su admiración por los líderes que considera fuertes y adopta sus puntos de vista
  • El presidente de EE.UU. no plantea la diplomacia en términos morales, sino de beneficios materiales potenciales
Donald Trump y Benjamín Netanyahu, en una rueda de prensa en Miami
El presidente de EE.UU., Donald Trump, y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en una rueda de prensa en Miami. REUTERS/Jonathan Ernst

Esta semana ha terminado con el ataque de los Estados Unidos a Venezuela y el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro, y la justificación pública por parte del presidente estadounidense no fue una oda a la democracia y los derechos civiles del país atacado, como era lo habitual en tiempos de la Guerra Fría o los posteriores, sino con una invocación a los intereses de los Estados Unidos, de seguridad y de negocios: el petróleo.

No recuerdo a ningún presidente de los Estados Unidos apelar a los intereses materiales tan explícitamente para defender una acción militar contra otro país, una violación del Derecho Internacional. El presidente Donald Trump no se mueve por ideología o valores morales, sino por intereses. Entre otras cosas, porque buena parte de sus votantes y el movimiento MAGA (Make America Great Again), que él ha creado, son alérgicos al intervencionismo y han apoyado a Trump porque les prometió que él no metería a los Estados Unidos en asuntos de otros países.

Nicolás Maduro, el narcoterrorismo y el petróleo

El Gobierno Trump ha etiquetado como narcoterrorismo el tráfico de drogas que supuestamente llega de Venezuela, y lo vincula directamente al Gobierno de Nicolás Maduro. Esa calificación le permite, según su argumentario, considerar que los Estados Unidos están en guerra, como lo hizo George W. Bush cuando declaró la guerra contra el terrorismo islamista tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. A partir de ahí, Trump defiende que, al ser un conflicto armado, rigen las leyes de la guerra y equiparan a los narcotraficantes con combatientes enemigos, lo que les autoriza, dicen, a disparar, matarlos y, a la vista de los hechos de las últimas horas, perpetrar una intervención, capturar a Maduro y sacarlo de Venezuela.

En nombre de la droga (fentanilo y cocaína), que no llega mayoritariamente a los Estados Unidos desde Venezuela, como dice Trump, sino desde México y Colombia, el presidente invocó la seguridad nacional por los "centenares de miles de vidas de estadounidenses" que se cobra. Derrocar a Maduro es salvar vidas en los Estados Unidos. Pero en lo que se explayó Donald Trump en la rueda de prensa del sábado no fue en ello, sino en cómo empresas estadounidenses recuperarán la explotación del petróleo de Venezuela.

Donald Trump usó un argumentario muy parecido al del exilio cubano, en el que ha nacido el Secretario de Estado, Marco Rubio, respecto a los bienes expropiados por la Revolución en Cuba: que el chavismo al nacionalizar las empresas petrolíferas les robó "como a niños" lo que era suyo, de los Estados Unidos. El presidente Trump prometió que empresas estadounidenses volverán a Venezuela, invertirán miles de millones en reformar la obsoleta industria petrolífera y habrá beneficios multimillonarios para todos, estadounidenses y venezolanos. Venezuela tiene la mayor reserva de petróleo conocida del mundo.

Los hombres fuertes

La semana termina así y empezó con otra demostración, en apenas 24 horas, de cómo entiende Donald Trump la diplomacia y cómo afronta las mediaciones de paz y las incursiones bélicas. Dos visitas, dos entrevistas con mandatarios que están en medio de dos conflictos armados distintos y un ataque este mismo sábado sobre territorio venezolano que se ha saldado con la captura de Nicolás Maduro y su esposa. En las iniciativas en favor de la paz, el presidente de los Estados Unidos no los recibió en una residencia oficial, la Casa Blanca o Camp David, como es la tradición institucional, sino en su mansión personal de Florida, el famoso Mar-a-Lago. El domingo recibió al presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, y el lunes, al primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu. La estancia del primero no llegó a un día, el segundo, Netanyahu, se quedó parte de la semana y fue uno de los invitados en la ostentosa Nochevieja de Trump.

Un propósito de Donald Trump cuando volvió a la presidencia de los Estados Unidos fue conseguir que le den el Premio Nobel de la Paz. Así, Trump se atribuye haber terminado con ocho guerras cuando, en el mejor de los casos, ha logrado un alto el fuego. Alardeó de ser capaz de acabar con la guerra en Ucrania en 24 horas, y en más de once meses no lo ha conseguido. Osa pavonearse de haber llevado "la paz a Oriente Próximo por primera vez en 3.000 años", ahí es nada. Falso. Ha logrado sólo un alto el fuego híbrido, han cesado los grandes bombardeos sobre Gaza, no los enfrentamientos armados ni los muertos, y este peculiar alto el fuego es solo el primer paso del "acuerdo de paz" alcanzado en octubre.

Trump no plantea las negociaciones en términos morales, entre lo justo y lo injusto, entre agresor y agredido, sino entendiendo que la guerra es un estorbo para lo que él considera intereses materiales de los Estados Unidos, que se confunden a menudo con los suyos personales y los de sus familiares y amigos. Y en los mayores conflictos del momento, Ucrania, Gaza y Venezuela, Trump adopta la posición de la parte fuerte, ningunea a la débil y explicita el interés económico en una eventual paz.

Vladímir Putin, el generoso, el genio

No fue una inocentada la declaración del presidente Trump, porque el día de los Inocentes en los Estados Unidos lo celebran el 1 de abril y no el 28 de diciembre. Pero sonó a inocentada de mal gusto lo que dijo Trump con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, a su lado: "Rusia quiere que a Ucrania le vaya bien. (...) El presidente Putin ha sido muy generoso [en su conversación] y como quiere que Ucrania tenga éxito está dispuesto a venderle energía a precios bajos".

Rusia invadió Ucrania hace casi cuatro años, el 24 de febrero de 2022, y sigue bombardeando Ucrania, objetivos civiles e infraestructuras que dejan parte del país sin electricidad cuando más la necesitan, en invierno, para alumbrarse y calentarse. Pero, según Donald Trump, Putin quiere que a Ucrania "le vaya bien".

El lunes, cuando Moscú acusó a Ucrania de haber atentado contra una residencia del presidente ruso a Donald Trump le valió la palabra de Putin para dar por buena la versión, a pesar de que los ucranianos lo negaban, porque "me lo ha dicho el propio Vladímir Putin por teléfono", y se mostró enfadado con Ucrania como obstáculo para la paz. Dos días después Trump tuvo que recular porque sus servicios de inteligencia, la CIA, le informaron de que no había ninguna prueba de tal ataque.

Donald Trump nunca habla de invasión de Ucrania, es más, en febrero se opuso a que en un comunicado del G7 figurase la expresión "agresión rusa". A juzgar por las declaraciones públicas de Trump no la hubo, no hay un invasor y un invadido, sino dos partes igualmente responsables en las que Ucrania, o peor, ha llegado a acusar a Ucrania de empezar la guerra contra Rusia: "tú no empiezas una guerra contra alguien que es 20 veces mayor y luego esperas que otros te den misiles".

En las horas previas a la invasión Donald Trump, en aquel momento expresidente, elogió la "genialidad" y habilidad de la operación militar de Vladímir Putin en Ucrania, lo dijo en una entrevista radiofónica: "Es un genio. Putin declara una buena parte de Ucrania independiente. ¡Qué listo! Ahora irá y será un pacificador. La mayor fuerza de paz. Lo podríamos hacer en nuestra frontera sur. La mayor fuerza de paz, nunca he visto tantos tanques. Van a pacificar, ¿vale?". Trump admira a Putin. Comparte con el presidente ruso su visión, añoranza, de un mundo repartido entre potencias que tienen derechos sobre otros países que consideran en su "zona de interés", una visión del mundo repartido entre imperios.

Elogios por contraste

Donad Trump elogia a Vladímir Putin explícitamente y mucho más implícitamente, por contraste, comparando cómo trata a otros líderes internacionales. Al ucraniano Volodímir Zelenski lo ha llamado dictador y le ha reclamado que convoque elecciones, a pesar de estar el país en guerra y con millones de desplazados. Ni una palabra sobre cómo Vladímir Putin se eterniza en el poder a base de eliminar, por cualquier método, toda oposición viable. Acaba de cumplir 26 años en la cúspide el poder ruso.

Nada más volver a la Casa Blanca, Trump sacó al presidente Putin del ostracismo diplomático al que lo había condenado Occidente por la invasión de Ucrania, y le dio trato preferente en las negociaciones sobre el futuro del país invadido. Lo invitó a los Estados Unidos, le extendió literalmente la alfombra roja y lo aplaudió. Al presidente Zelenski el domingo pasado nadie le puso alfombra al pie del avión ni fue Trump, ni fue nadie de su gobierno a recibirlo. Para los anales de la antidiplomacia y la antiempatía queda el primer encuentro entre Donald Trump y Volodímir Zelenski en el Despacho Oval. Entre Trump y su vicepresidente le tendieron una encerrona donde lo abroncaron y le dijeron con toda crudeza que "no tenía las cartas" en esta guerra, es decir, que lleva las de perder y tiene que capitular.

En la nueva estrategia de seguridad al gobierno Trump no le preocupa Rusia, la menciona sólo de pasada respeto a Europa, lamenta que esa relación se haya debilitado por "la guerra en Ucrania", señala que "muchos europeos ven en Rusia una amenaza vital", y considera que los Estados Unidos deben intervenir para mejorar esas relaciones. El gobierno Trump no considera Rusia una amenaza, sino un socio potencial con el que conseguir beneficios materiales. Por eso le estorba la guerra, porque impide hacer negocios con Rusia. Ya al principio la condición que puso Trump para seguir apoyando a Ucrania fue sacar un beneficio material, y lo consiguió, sacar provecho de la explotación de tierras raras, gas y petróleo ucranianos.

Ninguna crítica a Rusia o su gobierno, mientras que sí se despacha a gusto con Zelenski y los gobiernos europeos. "El declive económico de Europa se ve eclipsado por la perspectiva real del borrado de su civilización". La situación es tan grave, según el gobierno Trump, que considera necesario intervenir para "apoyar una democracia genuina, libertad de expresión y una celebración desacomplejada de la historia y el carácter de cada nación". Es decir, la democracia en Europa está en peligro, la rusa, no, por lo visto.

El amigo Bibi Netanyahu

Al día siguiente de su encuentro con Zelenski, Trump recibió al primer ministro de Israel, Benjamín Netanyu. El despliegue de sintonía entre ambos en público fue tal que hasta coincidieron en el atuendo, ambos con traje azul, camisa blanca y corbata roja. Como un dúo musical de antaño. En principio la visita fue una llamada a capítulo para decirle a Netanyahu que no está haciendo lo suficiente para avanzar en los acuerdos de paz, pero de ser así lo fue en privado porque en público el halago mutuo fue continuo.

"Bibi [Netanyahu] es un primer ministro en tiempo de guerra, está haciendo un trabajo fenomenal, es un héroe. Si no fuera por él, Israel no existiría", esta alabanza la pronunció varias veces Donald Trump. Una publicidad de campaña para las próximas elecciones en Israel, en octubre.

Trump alternó ese cumplido, hiperbólico como suele ser él, con loas a la fortaleza de su amigo: "Bibi es un hombre fuerte. Puede resultar muy difícil en ocasiones, pero se necesita un hombre fuerte, con un hombre débil Israel no existiría". Un elogio que bien podría merecerse Zelenski, cuyo país lleva de guerra total casi cuatro años, y que no huyó, como todo el mundo creía, cuando Putin lanzó la invasión a gran escala. Sin embargo, nunca ha salido de la boca de Trump nada parecido.

No es un secreto que a Donald Trump le gustan los ganadores, ha hecho de ello y del desprecio a los débiles y perdedores una marca personal. Lo que aplicó a su promoción pública desde los años 80 se refleja en su diplomacia, se pone del lado de quien percibe como ganador, como fuerte, y ahí donde ve oportunidades de negocio. Sorprendió al propio primer ministro israelí cuando a principios de año previó una Gaza, arrasada por los bombardeos israelíes, transformada en una Riviera plagada de resorts y difundió un video-parodia donde se veía a ambos mandatarios disfrutando de ese futuro complejo turístico de lujo, mientras las bombas seguían destruyendo Gaza y matando gazatíes.

La política de los Estados Unidos es proisraelí desde la misma creación del estado de Israel, pero incluso el presidente anterior, Joe Biden, muy proisraelí y con buena relación con Netanyahu, tuvo que mencionar en varias ocasiones el sufrimiento de los gazatíes y la desproporción de la respuesta israelí a la matanza que perpetró Hamas el 7 de octubre de 2023. No es el caso del presidente Trump, cuya empatía solo se dirige a la amenaza que significa Hamas para los israelíes, pero no respecto a los gazatíes, a quienes ve fuera de su tierra, en algún país que los acoja.

Los negocios de los mediadores, el yerno y el amigo

Donald Trump respeta pocas convenciones y ya en campaña anunció que en su segunda presidencia no se apoyaría en expertos, sino en "leales". En la primera presidencia ya habíamos visto cómo uno de los asuntos internacionales más delicados, Oriente Próximo, no recayó en ningún diplomático, sino en un familiar, su yerno Jared Kushner, empresario de finanzas internacionales, multimillonario y judío.

En su segunda presidencia Donald Trump sostiene que los "hombres de negocios", los businessmen, son más eficaces que los diplomáticos, que hacer negocios capacita mejor para mediar en conflictos que el conocimiento de esos conflictos, y a la figura del yerno ha sumado la de su amigo y compañero de golf, Steve Witkoff, empresario del negocio inmobiliario como Trump. A ellos les ha encargado solucionar la guerra en Ucrania y el futuro de Gaza. Nada de kremlinólogos, abundan en Washington, ni expertos en las complejidades de Oriente Próximo, dos businessmen leales a Trump.

"Es difícil encontrar otro momento en la historia en que los businessmen hayan tenido tanto peso en cuestiones de guerra y paz", la fase es de un reportaje reciente del Wall Street Journal (WSJ), cuyo titular es "Cómo Putin logró su enviado especial favorito. El Kremlin alimentó el ascenso del amigo de Trump Witkoff y marginó a diplomáticos de carrera". Esta investigación periodística describe un triángulo de influencias: Vladímir Putin, Steve Witkoff y, atención, el príncipe, y gobernante de facto, de Arabia Saudí Mohamed Bin Salman, el mismo que, según los servicios de inteligencia estadounidenses, estuvo detrás del asesinato y descuartizamiento del periodista Jamal Khashoggi, y a quien Trump halaga y recibe con honores en la Casa Blanca. Otro hombre fuerte.

Según el WSJ, el príncipe saudí se ofreció a mediar en la guerra entre Rusia y Ucrania, y fue quien hizo de portavoz del Kremlin, en concreto del asesor de Putin que lleva las finanzas públicas del Kremlin, Kiril Dmitriev. El presidente ruso estaba dispuesto a liberar a un estadounidense preso, si era Witkoff quien iba a por él solo, sin nadie de la CIA y sin traductor intérprete, ya le pondrían uno ellos. A partir de ese éxito Witkoff ya quedó instalado como mediador entre Rusia y Ucrania. Ha viajado seis veces a Moscú, y ninguna, ninguna, a Ucrania.

Mientras Donald Trump ha prescindido de los expertos en Rusia, el WSJ cuenta que Vladímir Putin ha analizado a fondo el entorno de Trump y cómo Dmitriev es alguien formado en los Estados Unidos y que "habla el lenguaje de Wall Street". Es decir, se agrava una constante, la parte rusa conoce mucho mejor a la occidental, que la occidental a la rusa.

Otras informaciones periodísticas abundan en los vínculos económicos en ese triángulo negociador, Estados Unidos-Arabia Saudí-Rusia. Cuando en 2014 descendieron las inversiones extranjeras en Rusia, como castigo por la anexión de Crimea, Dmitriev buscó alternativa en el Golfo Pérsico y trabó amistad con los jeques árabes, también con Mohamed Bin Salman y éste se comprometió a invertir 10.000 millones de dólares en Rusia. En 2020, durante la primera presidencia Trump, el financiero ruso ayudó a Jared Kushner a conseguir apoyo del Kremlin para las prioridades de Washington en Oriente Próximo. Los negocios de Jared Kushner con los estados del Golfo están también documentados, y empiezan a conocerse los vínculos económicos de Witkoff con Rusia en sus negocios inmobiliarios, entre ellos inversiones de un excolaborador de Kiril Dmitriev.

El mensaje de la diplomacia de Trump es que lo importante no es conocer las complejidades de los conflictos, sino conocer a algunos de los actores influyentes en ellos. Cuando ese conocimiento es a través de negocios millonarios surgen las sospechas de conflicto de intereses, pero eso, ya lo sabemos, no frena ni le quita el sueño a Donald Trump.