El Chupinazo ha marcado el inicio de nueve jornadas de fiesta ininterrumpida. La conexión entre el balcón y la plaza es directa y eléctrica: un segundo de silencio sepulcral que estalla en una explosión de alegría, vítores y el primer brindis colectivo del año.
Tras el cohete, la inmaculada ropa blanca ha desaparecido bajo una lluvia de vino rosado. Entre el gentío, se han alzado pancartas de las peñas, testigos mudos de la historia de la fiesta, que se abren paso sobre las cabezas de miles de personas.
Fotografía: EFE/Villar López