Abdelá Mustafa y la Ceuta solidaria: "Sin ayuda oficial, los vecinos abrieron sus puertas para no dejar a nadie en la calle"
- La iniciativa vecinal de Sidi Embarek atendió a casi 900 mujeres y menores vulnerables durante dos meses
- Redes comunitarias, ONG e iglesias unieron fuerzas para aportar alimento y protección frente al desamparo
Abdelá Mustafa, de 26 años, preside la Asociación de Vecinos de Sidi Embarek, en Ceuta. Barrendero a tiempo parcial y cocinero de profesión en un colegio de niños con discapacidad, fue criado junto a siete hermanos por su madre, Karima, de quien aprendió valores de justicia y generosidad. Ante la reciente crisis migratoria, Abdelá se convirtió en un pilar vecinal al impulsar un campamento comunitario para proteger a mujeres y menores vulnerables.
Nos cita en el barrio de El Príncipe donde vive de alquiler porque en su barrio de Sidi Embarek los precios se han disparado y apenas hay oferta. "Mi madre sigue viviendo allí, pero la verdad es que en El Príncipe tengo a casi toda mi familia", confiesa con una sonrisa. Unaida, su mujer, atiende por la ventana abierta del salón -viven en un bajo de la zona de El Ángulo- a los inmigrantes que vienen a pedir que les carguen el móvil, que les den algo de agua o cualquier cosa para comer.
— P: En los primeros días de agosto, la llegada masiva de personas desbordó Ceuta. ¿Cómo vivió el barrio ese primer impacto y qué le impulsó a actuar de inmediato para proteger a las personas más vulnerables?
— R: Fue una emergencia que nos tocó directamente el corazón. Vimos a muchísima gente desorientada en las calles, pero lo que realmente nos conmovió e indignó fue la desprotección de las mujeres y las niñas. Me encontré con un grupo de quince mujeres que lloraban porque les habían estafado tres mil euros con un alquiler falso y no tenían dónde ir. Poco después, a las tres de la mañana, vi a dos niñas de catorce y quince años en una situación de grave riesgo e indefensión. Comprendí que no podíamos quedarnos de brazos cruzados mientras había mujeres y menores sufriendo en la calle o expuestas a peligros en los montes. Abrimos la cancha de fútbol del barrio para darles refugio. En solo veinticuatro horas pasamos de acoger a veinte personas a tener a ciento noventa y cinco, y pronto superamos las trescientas personas. Ante semejante volumen, contacté con vecinos de El Príncipe, como Hafida, para que habilitaran otro espacio comunitario y dar abasto entre todos.
— P: Crear un espacio de acogida de la noche a la mañana requiere una enorme logística. ¿Cómo se organizaron las familias para garantizar el sustento sin contar con financiación pública directa?
— R: La respuesta comunitaria fue maravillosa. Los vecinos de Sidi Embarek y de toda la periferia se volcaron desde el primer minuto con lo que tenían. Traían a la pista deportiva agua, hielo, comida, mantas, ropa y productos de higiene. Familias muy humildes hacían verdaderos malabares en sus casas; una vecina, con el único sueldo de su marido, preparaba cada día trescientos bocadillos en su cocina para repartirlos. Lo más relevante es que no recibimos ninguna ayuda económica directa de las administraciones públicas ni aceptamos donaciones en dinero. Todo lo que mantuvimos durante dos meses fue fruto del trabajo voluntario, el compromiso social y la solidaridad directa de la ciudadanía.
— P: Durante esos dos meses, el refugio de Sidi Embarek se centró prioritariamente en la protección de mujeres y niños. ¿A cuántas personas atendieron y qué entidades colaboraron para sostener esta labor?
— R: Por nuestro campamento pasaron entre ochocientas y novecientas personas, principalmente mujeres adultas, madres con sus hijos e hijas, y chicas menores de edad. Era el colectivo que requería un amparo más urgente para garantizar su integridad y dignidad. Para sostener la estructura contamos con el apoyo solidario de organizaciones de la sociedad civil. La ONG Luna Blanca cedió las carpas que instalamos junto a la mezquita de Sidi Embarek para que pudieran pernoctar a resguardo. También recibimos acompañamiento y material de Cruz Roja, Médicos del Mundo, Save the Children, la Asociación ELIN, Mujeres en Zonas de Conflicto, ACCEM, Mujeres Anónimas y la Asociación El Amal. Asimismo, las iglesias de Ceuta colaboraron aportando alimentos y organizando actividades para los niños y niñas. Fue una valiosa red de cooperación humana donde cada colectivo sumó fuerzas.
— P: Usted suele recordar las enseñanzas de su madre Karima al hablar de justicia social. ¿Cómo influyó su historia personal en su capacidad para liderar este movimiento solidario?
— Mi madre Karima es el pilar fundamental de mi vida. Sacó adelante a ocho hijos en condiciones muy difíciles y siempre mantuvo una conducta justa y generosa. En casa nos enseñó a compartir incluso sin tener apenas nada; yo he visto a mi madre tener únicamente diez euros y entregarlos enteros a quien los necesitaba más. Esa educación en la empatía fue el motor para actuar. En nuestros barrios existe un fondo ético y humano enorme. Cuando ves a seres humanos durmiendo en la calle, la única respuesta ética posible es abrir las puertas y ofrecer ayuda. Mi comunidad demostró una solidaridad ejemplar, atendiendo a todo el mundo por igual, independientemente de su origen, religión o raza.
— P: Las últimas trescientas mujeres y niños del campamento fueron trasladados al antiguo cuartel de Caballería. ¿Cómo se vivió ese traslado y qué balance hace del cierre del refugio?
— R: El traslado fue muy tranquilo y humano. Formamos grupos de veinte personas que hicieron el recorrido a pie durante quince minutos desde la mezquita de Sidi Embarek hasta Caballería, acompañadas por nuestros voluntarios para darles tranquilidad. Sentimos satisfacción por haber cumplido con el deber de no dejar a nadie desamparado. Cerramos el campamento expresando nuestro agradecimiento a toda Ceuta por su gran solidaridad. Nos quedamos con una certeza clara: ante momentos de dificultad, la mejor respuesta siempre son los valores humanos.
— P: Aunque las carpas provisionales se hayan retirado, las necesidades en la ciudad continúan. ¿De qué manera mantiene hoy la comunidad ese apoyo constante?
— R: Aunque las carpas se hayan recogido, el compromiso vecinal sigue vivo. A diario, familias del barrio atienden a personas que pasan por nuestras calles. Vienen a pedir agua, recargar sus teléfonos móviles para hablar con sus familias, o solicitar calzado, ropa y comida. Nuestra labor no termina con el cierre del refugio; la Asociación de Vecinos de Sidi Embarek y los voluntarios seguiremos realizando tareas humanitarias mientras persista la vulnerabilidad. La solidaridad no dura dos meses, sino que es una actitud permanente de nuestra comunidad frente al sufrimiento ajeno.
— P: Ante la anunciada visita de la Casa Real a la ciudad, ¿cómo perciben en el barrio y dentro de la comunidad musulmana la llegada de los reyes de España en comparación con las de los distintos líderes políticos?
— R: En Ceuta, la gente prefiere mil veces que vengan los reyes de España a que vengan los políticos de cualquier signo. Para nosotros, la figura del rey representa un símbolo de unidad y se le quiere de verdad en la ciudad. En nuestra comunidad, que es muy tradicional y de valores profundamente arraigados, la gente es abiertamente monárquica; es más, cualquier familia musulmana de Ceuta recibiría a los reyes encantada en su propia casa. De hecho, cuando las fuerzas de seguridad me contactaron para preguntarme si teníamos pensado organizar alguna manifestación o protesta con motivo de la visita real, me dio hasta risa y les dije: “¿Pero qué manifestación ni qué protesta? ¡Me lía a palos mi propia madre!”. Mi madre Karima es profundamente monárquica, así que imagínate. En nuestros barrios no va a haber ninguna protesta, porque para nosotros el respeto y el cariño a la Corona son absolutos.
— P: Se habla con frecuencia de la identidad ceutí, ¿cómo vive usted y la comunidad musulmana el sentimiento de españolidad y la pertenencia a España?
— R: Mira, hay una diferencia enorme entre tener un DNI donde pone que eres español y sentirse realmente español de corazón. La comunidad musulmana de Ceuta es única en España precisamente por eso: por nuestro profundo sentimiento de arraigo y de amor sincero a nuestra patria. Esta es nuestra tierra, es nuestro hogar y aquí nos sentimos plenamente en casa. Durante esta crisis, mi comunidad ha dado una verdadera lección de patriotismo en la calle, cuidando a nuestros barrios y alimentando a miles de personas desamparadas. Y quiero dejar claro que esa ayuda la hemos dado por puro valor humano y empatía, no por religión ni por origen; si las personas que dormían en la calle hubieran sido blancas, de ojos azules, cristianas o judías, nos habríamos volcado exactamente igual. Nadie tiene que venir a darnos lecciones de patriotismo a los ceutíes musulmanes, porque el amor a nuestra tierra lo demostramos cada día con hechos y con el corazón en la mano.