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Gabriel Romanelli, sacerdote en Gaza: "El papa nos escribió desde España para trasladarnos su cercanía y solidaridad"

  • Durante la guerra, su Iglesia, la Sagrada Familia, fue bombardeada mientras acogía a cientos de refugiados
  • En Gaza, mencionada numerosas veces en el Antiguo y Nuevo Testamento, quedan poco más de 500 cristianos
El sacerdote Gabriel Romanelli bendiciendo a una mujer cristiana en la Franja de Gaza
El sacerdote Gabriel Romanelli bendiciendo a una mujer cristiana en la Franja de Gaza Ramzy Amash

Gabriel Romanelli (Buenos Aires, 1972) es sacerdote desde hace más de 30 años. Pertenece al Instituto del Verbo Encarnado, una congregación religiosa católica clerical y misionera con la que hace décadas llegó a Oriente Medio, donde ha servido en Egipto, Jordania, Palestina, además de ser superior provincial para Israel, Chipre, Siria o Irak.

Su relación con Gaza comenzó hace más de dos décadas cuando el anterior patriarca latino de Jerusalén le pidió que ayudara al entonces párroco, también argentino, de la Iglesia de la Sagrada Familia, llamada así porque, según la tradición cristiana, Jesús, María y José pasaron por allí desde Belén huyendo de Herodes y siguiendo la Vía Maris, el antiguo camino costero que unía Egipto con la región de Siria pasando por Gaza.

Hoy es la única parroquia de confesión católica latina en el depauperado enclave costero donde antes de la escalada surgida tras los ataques del 7 de octubre de 2023 quedaban 1017 fieles cristianos. Treinta y dos meses después y a consecuencia de los bombardeos israelíes - en uno de ellos el sacerdote resultó herido - junto con la escasez de medicinas, la congregación ha perdido al 6% de sus miembros, quedando poco más de 500 entre una mayoría de más de 2 millones de musulmanes.

El sacerdote Gabriel Romanelli oficiando misa en la Iglesia de la Sagrada Familia de Gaza Ramzy Amash

En la actualidad, Romanelli les tutela tras relevar hace un lustro a su predecesor, que estuvo 15 años sin poder salir de Gaza. Además, es el director de la escuela del Patriarcado Latino, que regenta junto a la rama femenina de su congregación (Siervas del Señor y de la Virgen de Matará), las Misioneras de la Caridad y las Hermanas del Rosario, estas últimas también fundadoras del primer centro católico de preescolar y primaria de la Franja.

Desde el complejo eclesiástico, y a través de RTVE, los religiosos han seguido la visita del Pontífice a España. En su arranque, León XIV incluso les envió un mensaje en el que les aseguraba "su oración, cercanía y solidaridad con el sufrimiento" que padecen.

PREGUNTA: Padre Romanelli, ¿Cómo han vivido la visita desde Gaza?

RESPUESTA: Nos ha hecho mucho bien. Estos días, paradójicamente, teníamos buena conexión a Internet. Como saben, soy argentino, nadie es perfecto (se ríe), así que estamos preparando alguna actividad para el Mundial con los jóvenes y los niños, tanto cristianos como musulmanes del barrio. Eso nos ha permitido seguir la visita del Santo Padre a través de su canal. No siempre disponemos de conexión, porque se nos agotan las baterías, pero cuando hemos podido, le hemos seguido y nos ha animado mucho. Ver al Papa, con su humildad y su claridad, es como contemplar la presencia de Cristo que pasa haciendo el bien, abriendo caminos, tendiendo puentes y fortaleciendo la fe. Su mensaje llega no solo a España, sino también a quienes vivimos en medio de tanta dificultad. Nuestra labor aquí puede parecer pequeña, pero es importante porque la realizamos en nombre de Dios, la Iglesia y está al servicio de todos: cristianos, musulmanes y cualquier persona que viva en Gaza.

P.: El papa Francisco le llamaba todos los días. ¿Mantiene el mismo contacto con León XIV?

R.: Sí. Francisco llamaba cada día a las ocho de la tarde. Sonaba el teléfono y hablaba o con el padre Yusuf o conmigo. Para nosotros se convirtió en una cita diaria. Hasta hoy seguimos tocando la campana a esa hora en recuerdo a aquel gesto y a su memoria. León XIV también mantiene el contacto. No es diario, como hacía Francisco, porque aquello era algo verdaderamente extraordinario, pero nos llama o nos envía mensajes con frecuencia. Nos escribió al inicio de su viaje a España para asegurarnos su oración, cercanía y solidaridad con nuestro sufrimiento.

El Papa León XIV reza ante la estatua dorada de la Virgen de Montserrat, representada con piel oscura y coronada, junto al Niño Jesús.

El papa León XIV reza en Barcelona a la Virgen de Montserrat Josep LAGO / AFP

P.: ¿Qué le trasladaría ahora si pudiera hablar con él?

R.: Ante todo, le daría las gracias y le pediría que continúe haciendo lo que está haciendo: trabajar por la paz y la justicia, convencer al mundo de que esta guerra y todas las guerras deben terminar. Aquí viven 2,3 millones de personas. La inmensa mayoría somos civiles. No decidimos las cuestiones políticas ni militares. Gaza era ya un territorio muy pequeño antes, 350 km², pero ahora casi el 60% está bajo el control del Ejército (israelí). El primer ministro (Benjamín Netanyahu) ha dicho que ha dado órdenes para aumentarlo al 70%. No sabemos si van a llevarlo a cabo, pero tendríamos que vivir en poco más de 100 kilómetros cuadrados.

P.: ¿Cómo diría que está la población de Gaza treinta y dos meses después de la última ofensiva?

R.: La esperanza religiosa sigue viva, pero humanamente Gaza está devastada, triturada. A veces comparo lo que vemos con las imágenes de grandes catástrofes naturales como las del tsunami (Océano Índico, en 2004). La diferencia es que aquellas poblaciones recibieron ayuda masiva, pudieron desplazarse y comenzar a reconstruir sus vidas. Aquí eso no ocurre. La población está agotada. La gente lucha literalmente por conseguir agua, y ni siquiera hablo de agua potable. Las enfermedades de la piel y digestivas son constantes. Hay plagas de ratas, mosquitos y moscas. Da la impresión de que nadie tiene la capacidad o la voluntad de decir: “Basta. Esto tiene que terminar”. La ayuda humanitaria debe llegar de manera masiva y constante, pero hasta ahora eso no sucede. Todas las organizaciones humanitarias coinciden en ello. Falta todo lo necesario para reconstruir una vida cotidiana mínimamente digna. La mayoría sigue viviendo en tiendas de campaña.

Gazatíes haciendo cola en el complejo de la parroquia de la Sagrada Familia para obtener alimentos Ramzy Amash

P.: Cuéntenos cómo es un día cualquiera de una de estas familias palestinas

R.: Lo primero es intentar que los niños sigan estudiando. Los palestinos valoran enormemente la educación, pero la mayoría de las escuelas han sido destruidas o están ocupadas por desplazados. Después, comienza la lucha diaria por conseguir agua. Muchas personas pasan una o dos horas haciendo cola para llenar unos bidones. Luego llega la búsqueda de combustible para cocinar. Como apenas queda leña, la gente quema muebles, puertas, sillas o cualquier objeto de madera que encuentre. Ha vuelto a entrar algo de gas, pero es insuficiente. Muchas familias sobreviven con lentejas, garbanzos, alubias o latas. Durante casi dos años no hubo carne. Ahora aparece ocasionalmente en algunos mercados, pero a precios imposibles. Un kilo puede costar unos 30 euros. Para la fiesta musulmana del Eid al-Adha algunas organizaciones distribuyeron un kilo de carne por familia y aquello fue una auténtica celebración. Las frutas y verduras se encuentran con más facilidad, aunque siguen siendo caras.

Nosotros intentamos ayudar a todos. Por la mañana mantenemos la escuela; por la tarde organizamos actividades para la comunidad cristiana, católica y ortodoxa; atendemos enfermos, ayudamos a vecinos y tratamos de responder a necesidades de todo tipo. Además, se acerca el verano. El año pasado tuvimos una sensación térmica cercana a los 50 grados.

P.: ¿Cómo ve a los niños, a los jóvenes que le rodean?

Este año, por primera vez, nuestros alumnos ya no estaban preocupados por los exámenes. Nos preguntaban: "Padre, ¿y después qué hacemos?". Antes de la guerra había lugares donde pasear, jardines, zonas de ocio junto al mar. Gaza no era Suiza, por supuesto, pero había espacios para vivir. Todo eso ha desaparecido. Hoy gran parte de la costa está ocupada por campamentos de desplazados.

Hace poco hablábamos precisamente de las ojeras de los niños. Son pequeños, pero entienden perfectamente lo que ocurre. Los padres intentan sonreír y transmitir tranquilidad, pero ellos perciben el sufrimiento, las preocupaciones y la angustia de los adultos. La realidad es que existe depresión, hay mucha tristeza. Las heridas dejadas en niños y adolescentes tardarán muchísimo tiempo en sanar.

Niños gazatíes en la Iglesia de la Sagrada Familia

Por otro lado, hay algo que considero muy positivo: no percibo un deseo generalizado de venganza. No veo rencor. Lo observo tanto entre los cristianos como entre nuestros vecinos musulmanes. Lo que la mayoría quiere es vivir. Quiere que les dejen vivir. Por eso, quienes tienen responsabilidades políticas deben actuar y decir basta.

P.: En el lado israelí, tras lo sucedido el 7 de octubre, buena parte de la sociedad sigue teniendo sed de venganza...

R.: Cada persona es única e irrepetible ya sea judía, cristiana o musulmana. Esa es mi convicción como sacerdote, pero también como ser humano. Mire, nuestra comunidad cristiana ha perdido aproximadamente el 6% de sus miembros desde el comienzo de la guerra. Cuando empezó el conflicto éramos 1.017 cristianos entre católicos y ortodoxos dentro de una población de 2,3 millones de habitantes. Hoy somos 541, si las cuentas no me fallan. De las 60 personas de nuestra comunidad que han muerto, 23 fallecieron directamente por bombardeos o disparos de francotiradores, tanto en la iglesia ortodoxa de San Porfirio como en nuestra parroquia de la Sagrada Familia. Entre ellos había varios niños. Otras 23 personas murieron por falta de atención médica adecuada y 14 ancianos fallecieron en circunstancias relacionadas también con la falta de medicamentos y asistencia sanitaria. Esas cifras muestran el impacto de la guerra. Cuanto antes termine más fácil será comenzar la reconstrucción y no solo la material, también la moral.

P.: ¿Teme que los cristianos puedan llegar a desaparecer de la Franja?

R.: La posibilidad existe y es real. Cuando llegué había unos 3.500 cristianos y hoy medio millar, pero no todo se explica por el conflicto. Existe también un problema demográfico muy serio y es la endogamia. Cuando la comunidad cristiana de Gaza se acercaba a las 1000, defendí ante autoridades y diplomáticos que se facilitara la movilidad. Por ejemplo, que un cristiano de Gaza pudiera salir, casarse en Cisjordania o Jerusalén Oriental y decidir libremente dónde establecer su vida. O que un cristiano de Cisjordania pudiera venir a Gaza sin miedo a quedar atrapado aquí o sin posibilidad de volver a salir.

Porque, siendo realistas, ¿Quién quiere casarse con alguien que vive en Gaza prácticamente como un prisionero? Hay personas que lo hacen, por supuesto, pero las restricciones han influido mucho en las decisiones de vida de muchos jóvenes. Durante la guerra hemos celebrado algunos matrimonios dentro de la pequeña comunidad católica, pero esas mismas parejas se preguntan qué futuro les espera.

P.: Después de tantos años en Oriente Medio, ¿ha visto en esta guerra lo peor del ser humano?

R.: Sí. Hemos visto cosas extremas, porque todo se ha llevado al límite. Recuerdo el ataque del 17 de julio de 2025, cuando fue alcanzado el frente de la Iglesia de la Sagrada Familia. Murieron tres personas y doce resultamos heridas. Tener que contener una hemorragia mientras la sangre brota a borbotones y, al mismo tiempo, escuchar a la gente rezar el Ave María es algo que no se olvida.

Recuerdo también a uno de nuestros jóvenes, que todavía hoy sigue sufriendo las consecuencias de aquel ataque. Es un muchacho extraordinario, una persona de una pieza, que quiere consagrar su vida a Dios. En todos estos años nunca le he escuchado una palabra de ira ni de odio. Aquel día, mientras estaba herido, repetía simplemente en árabe: “Señor, que se haga tu voluntad”. Y, al mismo tiempo que tratábamos a los heridos, teníamos que pensar cómo proteger a los niños. Las hermanas de nuestra congregación comenzaron a organizar juegos y a repartir dulces, cualquier cosa que ayudara a los más pequeños a olvidar por un momento lo que estaba ocurriendo a su alrededor. En ese momento había unos 450 refugiados viviendo en la parroquia.

Iglesia de la Sagrada Familia de Gaza tras ser recibir el impacto de un bombardeo israelí DAWOUD ABU ALKAS DAWOUD ABU ALKAS

P.: Algunos gazatíes hablan de cómo las familias están casando a sus hijas más jóvenes porque no pueden mantenerlas...

R.: Escuchamos historias terribles. Cuando una sociedad vive sometida durante tanto tiempo a la guerra, a la presión constante y a la privación de todo lo necesario para una vida digna, el ser humano es capaz de lo mejor y también de lo peor. He escuchado testimonios de mujeres que han terminado vendiéndose por algo de comida. Es algo absolutamente atroz. También hay personas que han sobrevivido comiendo alimentos para animales o recurriendo a cualquier cosa que pudieran llevarse a la boca.

Hoy mismo una trabajadora de nuestra escuela me pidió una linterna. Vive en una tienda de campaña y la necesitaba para ahuyentar a las ratas durante la noche. Me explicó que la anterior se había roto y que se había quedado completamente a oscuras. Son situaciones que hace unos años habrían parecido inimaginables. También vemos enfermedades que antes apenas aparecían. Algunos de nuestros sacerdotes han sufrido sarna y sí pueden lavarse. Las infecciones digestivas son constantes. La disentería se ha vuelto algo habitual. Tenemos incluso el caso de una niña que probablemente padezca un cáncer de sangre, pero aquí ni siquiera pueden realizarle las pruebas necesarias. Yo mismo tuve cáncer de colon hace cinco años. Fui operado en Israel y recibí seis meses de quimioterapia. Hoy estoy bien, pero durante dos años no pude realizarme los controles habituales. Hace poco me hice una revisión y salió bien. Sin embargo, ni siquiera pueden hacerse algunos análisis básicos porque faltan reactivos y medicamentos. Ese es el nivel de escasez que vivimos.

Mujer gazatí herida por un ataque israelí atendida por otros refugiados de la Iglesia de la Sagrada Familia

P.: El famoso plan de paz para Gaza impulsado por Trump sigue estancado. Si tuviera delante al presidente norteamericano, al de Argentina, a otros líderes mundiales, ¿Qué les diría?

R.: Les diría que convenzan a las autoridades de todos los países que tienen capacidad real de influir sobre esta situación. Así como el presidente Trump logró impulsar aquel acuerdo de alto el fuego, deberían dar pasos efectivos y concretos. No se puede privar a una población de sus derechos fundamentales. Derechos que ya reconocía Aristóteles mucho antes del cristianismo: el derecho al alimento, a la bebida, a la vivienda, a la tierra. Son cuestiones de simple sentido común.

Si queremos empezar por algo concreto, hay que reconocer que ya se ha hecho demasiado daño y que la población ha sufrido muchísimo. Además de las 1.200 víctimas del terrible 7 de octubre, hablamos de más de 72.000 muertos palestinos durante la guerra. Entre ellos, según distintas estimaciones, hay al menos 20.000 niños. Por el bien de Palestina, por el bien de Israel y por el bien de todos nuestros países, es necesario actuar. Lo urgente es transformar el alto el fuego en algo real y duradero. Que llegue ayuda humanitaria suficiente y constante a la gente. A veces se piensa que esto es un conflicto local o regional, pero no lo es. Afecta a Europa. Afecta a la economía mundial. Afecta a América del Norte y también a América Latina. Por eso hay que ayudar a que quienes tienen más responsabilidad política tomen medidas.

Niños gazatíes en la Iglesia de la Sagrada Familia de Gaza

Niños gazatíes en la Iglesia de la Sagrada Familia de Gaza Ramzy Amash

P.: Para terminar, ¿Qué mensaje querría enviar a nuestros lectores?

R.: Que nadie se desanime. Que sigan rezando por la paz. Que hablen de lo que ocurre aquí. Que utilicen todos los medios legítimos para difundir la necesidad de poner fin a esta guerra. Que convenzan al mundo de que una paz justa es posible. Y que ayuden materialmente en la medida de sus posibilidades. Eso vale para Gaza, pero también para cualquier lugar del mundo. Todos podemos ser instrumentos de paz allí donde estamos. Siempre recuerdo unos versos de San Juan de la Cruz: "Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura". Muchas veces le pido a Jesús eso, que vuelva a pasar por Gaza, que vuelva y nos deje un poco de su paz.