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La guerra que no termina: qué sabemos de las negociaciones entre EE.UU e Irán y por qué el tono conciliador de Trump

  • Trump insiste en que “la tregua sigue en vigor”, pero su tono conciliador revela el desgaste de la guerra
  • Las partes tantean una tregua de de treinta días mientras los ataques en Ormuz y Líbano amenazan cualquier acuerdo
Mujer cruza calle en Irán frente a mural de mano y barcos. Tráfico de coches y motos. Montañas nevadas al fondo.

Cuando las negociaciones con Irán mostraban visos de continuar poco después de que Donald Trump cancelara su operación Proyecto Libertad, lo sucedido en las últimas horas en el estrecho de Ormuz ha vuelto a colocar la crisis entre Washington y Teherán al filo de una nueva escalada.

El jueves, en el incidente más grave desde el inicio de la tregua el pasado 8 de abril, Estados Unidos afirmó haber atacado objetivos militares iraníes después de que tres destructores fueran alcanzados por misiles en el estrecho; Irán replicó que fueron los estadounidenses quienes dispararon primero y acusó a la Casa Blanca de una “aventura militar temeraria”. Además, el viernes, fuerzas norteamericanas dispararon contra dos petroleros iraníes sin carga antes de que entraran a un puerto de Irán en el golfo de Omán, violando el bloqueo impuesto por Washington en aguas de la zona con objeto de asfixiar económicamente a la teocracia chií.

Barcos petroleros atrapados en el Estrecho de Ormuz

Barcos petroleros atrapados en el Estrecho de Ormuz RTVE.es

Asimismo, Emiratos Árabes Unidos informó de que sus defensas aéreas interceptaron varios misiles y drones procedentes del territorio iraní, mientras los medios de Teherán acusaban a Abu Dabi de colaborar en los ataques estadounidenses sobre la isla de Qeshm.

En paralelo, Israel, que ejerce de proxy de Estados Unidos en la región aunque suela actuar por libre, ha intensificado sus operaciones en el sur del Líbano contra Hizbulá, aliada de Irán - dejando, nuevamente, víctimas civiles - poco antes de la reanudación de las conversaciones entre israelíes y libaneses, previstas para el 14 y el 15 de mayo en Washington.

Propuesta de alto el fuego de 30 días

Pero en el contexto que lo engrosa todo, el conflicto abierto entre EE.UU e Irán, podrían producirse nuevos avances en los próximos días si Teherán acepta la última propuesta estadounidense que, según fuentes citadas por el New York Times, estaría basada en reabrir el estrecho a cambio de mantener un alto el fuego de 30 días mientras las partes trabajan en un acuerdo más amplio que incluya también la cuestión nuclear, el gran escollo de las negociaciones entre EE.UU. e Irán.

Mediadas por Omán y Pakistán, la enésima ronda entre las partes girará esta vez en torno a dos ejes:  la reapertura total del estrecho de Ormuz - cuya inestabilidad amenaza el suministro global de petróleo y sus derivados - y un acuerdo nuclear limitado, que establezca una moratoria de hasta quince años en el enriquecimiento de uranio por parte de Irán a cambio del levantamiento gradual de las sanciones impuestas contra el régimen y la liberación de sus activos.

“La propuesta de Donald Trump pasa por ir desbloqueando paulatinamente el estrecho de Ormuz a medida que avanzan las negociaciones sobre el programa nuclear iraní", dice en conversación telefónica con RTVE Noticias, Daniel Bashandeh, analista iraní -español. "Pero para Irán, esa es la trampa. Si se desbloquea Ormuz y vuelve cierta normalidad energética, la siguiente jugada puede ser la vuelta a las hostilidades por parte de Estados Unidos”, añade.

De acordarse una declaración de principios inicial permitiría a ambas partes conservar su capital político, pero a estas horas las posiciones siguen distantes: Washington exige inspecciones intrusivas y la entrega del uranio enriquecido al 60 %; Teherán exige garantías de que no habrá ataques israelíes y que las sanciones se retirarán de manera irreversible.

Mujeres con hiyabs negros en Irán participan en una congregación pública, una de ellas ondea la bandera iraní con

Simpatizantes del régimen de los ayatolás se manifiestan en Teherán Iranian Supreme Leader'S Office / Zuma Press / Europa Press / ContactoPhoto Iranian Supreme Leader'S Office / Zuma Press / Europa Press / ContactoPhoto

Por qué Trump suspendió su "Proyecto Libertad"

La suspensión fulminante de la operación "Proyecto Libertad", anunciada el pasado fin de semana por el norteamericano para garantizar el tránsito por el estrecho de Ormuz, parece responder más a la falta de alternativas que a una voluntad real de alcanzar un acuerdo de paz.

La guerra, iniciada sobre los cálculos errados del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, expuestos en febrero durante su última visita a la Casa Blanca, dejó al líder republicano atrapado entre tres opciones: declarar victoria y retirarse, mantener un bloqueo cada vez más costoso o escalar el conflicto con riesgo de perder buques y provocar una crisis energética global. El presidente teme el impacto político de imágenes de destrucción naval en pleno año preelectoral y busca desesperadamente un relato de éxito negociado.

Por otro lado, Arabia Saudí - tradicional pilar de la estrategia estadounidense en Oriente Medio - se negó a facilitar sus bases y su espacio aéreo a EE.UU., obligando a Washington a frenar la operación por el riesgo operativo que podría suponerle. Por primera vez, Riad decidía priorizar su estabilidad económica y la seguridad regional, incluso a costa de distanciarse de la Casa Blanca. Igualmente, desde la Casa de los Saud observan con atención cómo China y Rusia amplían su influencia: Moscú rearma discretamente a Teherán; Pekín se presenta como el garante de la estabilidad del tránsito marítimo.

Así, el cambio saudí y la autonomía israelí evidencian la pérdida de control de Washington. Riad busca equilibrio con Teherán y la contención de los hutíes; Israel, en cambio, actúa por cuenta propia. El asesinato del comandante de la Fuerza Raduán de Hezbolá en Beirut muestra la determinación de Netanyahu de mantener la iniciativa en Líbano, incluso a costa de tensionar su relación con Trump. Jerusalén teme que un armisticio premie al régimen iraní y le permita rearmarse.

“Es la primera vez que Israel luchó en una coalición, no liderando completamente la operación, y en ese contexto no hemos podido continuar", decía esta semana el general de división en la reserva, Tamir Hayman, durante una entrevista en el canal 12 israelí. "No estamos al final de la campaña. No hemos terminado. Si Trump para ahora, el balance será más negativo que positivo porque si todo esto se hizo para era eliminar la principal amenaza sobre el Estado de Israel, que es el programa nuclear iraní, la pregunta es: ¿Qué hemos conseguido si no hemos podido eliminar esa amenaza?”, se preguntaba el militar.

El analista, Daniel Bashandeh, ofrece una visión distinta: “Israel es uno de los principales ganadores de todo lo que está aconteciendo en la región. A Tel Aviv no le interesa que exista una interlocución estable entre Estados Unidos e Irán porque cuánto más implicado esté Estados Unidos en Oriente Próximo, más margen tiene para avanzar posiciones no solo en Irán, sino también en Líbano, Cisjordania o Gaza", apunta el analista.

En paralelo, Trump afronta una presión política interna creciente. Mientras los aliados árabes reclaman contención e Israel insiste en mantener abierta la ruta militar en Líbano para satisfacer sus propios intereses, los republicanos más duros en casa ven en cualquier acercamiento a Irán una reedición del acuerdo de 2015 - liderado por el expresidente Barack Obama - "el peor acuerdo jamás firmado", según lo definió el propio Trump.

A ello se suman las preocupaciones inherentes a su próximo encuentro con el presidente chino, Xi Jinping - con quien se reunió recientemente el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Seyed Abbas Araghchi - el deseo de Washington proyectar serenidad ante los mercados y la necesidad de garantizar que el próximo Mundial de Fútbol, que se celebrará en junio y julio en suelo estadounidense, no coincida con una guerra abierta.

Así, el tono más conciliador escuchado en los últimos días, cuando Trump llegó a afirmar que las conversaciones con Irán "van muy bien", encaja más con un intento de vender pragmatismo donde solo parece haber desgaste. La Casa Blanca busca reencuadrar la retirada como liderazgo responsable y evitar que el conflicto empañe el principal objetivo de Donald Trump: la siguiente campaña electoral.

La posición iraní

Del otro lado, Irán llega a la mesa debilitado, pero más firme. Las ofensivas conjuntas de 2025 y 2026 destruyeron parte de su infraestructura nuclear, pero el régimen sobrevivió y convirtió la resistencia en símbolo de legitimidad. El asesinato de Ali Jamenei y la sucesión de su hijo Mojtaba, bajo tutela de la Guardia Revolucionaria, alumbraron una Tercera República Islámica con rasgos similares, aunque más autoritarios. El CGRI domina la política, la economía y la seguridad, y utiliza los daños sufridos para justificar una militarización total del Estado, convertido hoy, más si cabe, en su principal fórmula de supervivencia.

Respecto al programa nuclear de Irán, aún con sanciones asfixiantes, el país conserva cerca de 440 kg de uranio al 60 %, cientos de centrifugadoras y la experiencia científica necesaria para reactivar el programa. Su doctrina ha virado del uso negociador del átomo a la disuasión estratégica: su liderazgo considera que solo una capacidad nuclear latente puede evitar ataques futuros. La guerra, paradójicamente, ha reforzado su convicción y su autonomía de acción. "Los iraníes nunca ceden a la presión", presumía este viernes el ministro Araghchi en sus redes sociales.

Pero más allá de la retórica, el panorama interior iraní sigue siendo tenso. El nuevo liderazgo enfrentará una economía devastada - con daños estimados en unos 270 000 millones de dólares - , protestas intermitentes y un tejido social desgastado. Sin embargo, el régimen ha mantenido la cohesión interna y en la calle domina un patriotismo defensivo que margina, por ahora, a la oposición reformista. Lejos de precipitar su caída, la guerra ha consolidado el poder del aparato militar y reforzado el sentido de asedio nacional.

“Los sectores militares iraníes necesitan una confrontación para mantener el control dentro del país y consolidar la nueva configuración de poder”, apunta al respecto Daniel Bashandeh. "Por eso Irán no quiere dar su brazo a torcer con su programa de enriquecimiento de uranio como exige Donald Trump. Estaría cediendo soberanía y una de sus principales bazas negociadoras con Occidente", concluye.

“El cambio de régimen era una aspiración, una visión, pero se sabe que eso no se puede hacer con una campaña desde el aire”, afirmaba al respecto el general Tamir Hayman. "Irán está más débil que al inicio de la guerra, sobre todo en el campo militar, con una erosión de las capacidades de la Guardia Revolucionaria tanto en su fuerza aérea como marítima. Económicamente ha sido muy golpeada su industria petroquímica, la del acero, el bloqueo les está suponiendo un problema enorme. Sin embargo, a ojos del régimen, Irán está más fuerte que antes, porque ha sobrevivido al peor escenario posible para ellos y eso, a nivel doméstico, les fortalece”, remarcaba.

Así, la combinación de resiliencia y pragmatismo define la estrategia actual de Teherán: mantener el pulso, ganar tiempo, y aprovechar cada concesión económica para reconstruirse con el único fin de la supervivencia. Por otro lado, la apertura parcial del estrecho le permite cobrar tasas a los buques y usar la navegación como instrumento de presión, lo que amplía su margen de negociación sin renunciar a la disuasión.

Imagen de un destructor de misiles guiados de EE.UU. implementando un bloqueo marítimo contra un buque petrolero con bandera iraní AFP

La diplomacia bajo el fuego

El resultado es una negociación de supervivencia. Washington intenta detener una guerra que ya no puede sostener; Irán busca oxígeno sin renunciar a su autonomía; Arabia Saudí prioriza la estabilidad; e Israel mantiene el gatillo a mano. Cada dron abatido o misil extraviado amenaza con hacer saltar por los aires semanas de avance diplomático.

Trump habla de acuerdos “muy próximos”, pero lo que existe es una tregua precaria. Las conversaciones son más un intento de gestionar la derrota parcial que de rediseñar la región. Estados Unidos sigue desplegado en el Golfo, sin voluntad real de combatir ni autoridad suficiente para imponer. Irán sale de la guerra mutilado, pero con la sensación de haber sobrevivido al mayor ataque conjunto de su historia.

En el fondo, el tono conciliador de Trump encarna un reconocimiento: la era de las soluciones militares unilaterales ha terminado. La diplomacia se convierte en refugio, no en proyecto. Ni la paz está cerca ni la guerra ha concluido; ambos bandos negocian porque no les queda otra salida. El aparente acercamiento con Irán es, en realidad, la gestión calmada de un colapso compartido, la versión diplomática de una retirada que todos esperan. Solo falta saber quién dará el último paso.