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Líbano, de la escalada al desgaste: Israel amplía su ofensiva sin neutralizar a Hizbulá mientras se complica el frente de Irán

  • Alrededor de 100.000 efectivos israelíes han sido movilizados en el sur del Líbano, donde hay bombardeos diarios
  • Más de un millón de libaneses han sido desplazados en un conflicto que ya ha dejado cientos de muertos y miles de heridos
  • DIRECTO: sigue la última hora de la guerra en Irán
Soldados israelíes acuden una zona bombardeada del sur del Líbano
Soldados israelíes acuden una zona bombardeada del sur del Líbano AFP

La escalada entre Israel y Líbano sigue intensificándose sobre el terreno, especialmente en la franja sur libanesa, donde los bombardeos son ya diarios y cada vez más extensos en alcance geográfico. En las últimas horas, nuevos ataques israelíes han dejado al menos una decena de muertos en distintos puntos, incluidos bombardeos en Beirut, según informan agencias internacionales, en una dinámica que confirma la aceleración del conflicto y su extensión más allá del eje estrictamente fronterizo.

En paralelo, el frente norte de Israel sigue bajo presión constante. En las últimas horas, al menos cuatro personas han resultado heridas tras el impacto de un cohete de Hizbulá en la ciudad de Kiryat Shmona, mientras fragmentos de un misil —en este caso vinculado al frente iraní— han alcanzado una refinería en Haifa, provocando daños y pequeños incendios sin víctimas, así como en varias zonas del centro de Jerusalén.

En las últimas semanas, al menos una docena de personas ha muerto y cerca de 250 han resultado heridas por el impacto de cohetes y misiles en territorio israelí en una escalada que se produce en el marco de la guerra regional desencadenada tras los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 y la posterior extensión del conflicto.

El repunte de víctimas se produce en un contexto crítico, sobre todo, en el lado libanés: desde que comenzara la ofensiva de Israel y Estados Unidos contra Irán, aliado de la milicia-partido Hizbulá, cerca de 900 personas han muerto y más de 2.000 han resultado heridas. Además, otro millón de personas ha sido desplazado, según cifras de la ONU, en una crisis humanitaria que no se veía en el país en años.

Dos niñas en una tienda en Beirut tras haber sido desplazadas del sur del Líbano por bombardeos israelíes

Dos niñas en una tienda en Beirut tras haber sido desplazadas del sur del Líbano por bombardeos israelíes EFE

En paralelo, tres elementos marcan este salto de fase. Por un lado, Israel ha intensificado su ofensiva contra infraestructuras críticas libanesas, con la destrucción de varios puentes sobre el río Litani, clave para los movimientos logísticos en el sur del país. Por otro, la operación terrestre continúa ampliándose, con nuevas unidades desplegadas y una presencia cada vez más sostenida sobre el terreno. Y en tercer lugar, Hizbulá mantiene la presión con fuego constante sobre el norte de Israel, sin que la intensidad de la ofensiva hebrea haya logrado frenar completamente su capacidad de respuesta dirigida, sobre todo, a garantizar su supervivencia como organización, más que al logro de avances territoriales.

El brazo armado del "Partido de Dios" no solo continúa lanzando un centenar de cohetes diarios, según cifras del Ejército israelí, sino que, además, mantendría un arsenal de unos 25.000, junto a varios centenares de misiles más avanzados. Asimismo, ha logrado redesplegar unidades cerca de la frontera, incluidas la fuerza de élite "Raduán", especializada en infiltraciones y combate en pequeñas unidades, lo que permite al grupo armado sostener el pulso frente a Israel sin cruzar - por ahora - el umbral de una guerra total.

" Es cierto que Hizbulá está disparando cada vez menos misiles, no puede hacerlo como antes", afirmó en una reciente encuentro virtual con prensa extranjera el exjefe del Consejo de Seguridad Nacional de Israel, Eyal Hulata. "No obstante, los ataques recurrentes con cohetes siguen condicionando nuestra estrategia, en paralelo a la implicación de Irán en la escalada regional", subrayó.

Israel anuncia la “segunda fase”

En ese marco, Israel está consolidando el paso a una nueva fase operativa: la operación terrestre ya está en marcha, el refuerzo de tropas está in crescendo y la ampliación del despliegue se consolida con la reciente incorporación de unidades de reservistas a las fuerzas regulares desplegadas a lo largo de la frontera - desde Rosh Hanikra hasta el área de las granjas de Shebaa - donde ya hay movilizados en torno a 100.000 efectivos.

"Desde septiembre pasado, el Ejército israelí se ha estado preparando para la posible movilización de hasta 450.000 reservistas adicionales, con la intención de establecer 13 nuevas posiciones tácticas dentro del sur del Líbano”, sostiene Orna Mizrahi, del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional (INSS), el principal think tank de Israel enfocado en seguridad nacional, estrategia militar, ciberseguridad y terrorismo - afiliado a la Universidad de Tel Aviv .

Despliegue de vehículos militares en la frontera entre Israel y Líbano AFP

Según esta analista, el objetivo declarado de las FDI sigue siendo empujar a Hizbulá al norte del río Litani, desmantelar su infraestructura y reducir la amenaza sobre el norte de Israel. Sin embargo, la acumulación de movimientos sobre el terreno sugiere un objetivo más amplio: ¿estamos viendo un intento no solo de hacer retroceder a la milicia chií libanesa, sino de vaciar el sur del Líbano de su población para alterar de forma permanente el equilibrio demográfico?.

"Esa es la pregunta que muchos nos hacemos", decía recientemente el principal analista político de Al Jazeera, Marwan Bishara, un palestino cristiano de la ciudad de Nazaret, experto en el conflicto israelopalestino. "Viendo el desplazamiento de la población chií del sur del Líbano, del valle de la Becá (en el este) o de los barrios del sur de Beirut, podría pensarse que el escenario deseado de Israel es desplazar de forma permanente a su población y reemplazarla, al menos en parte, por colonos israelíes", añadía.

Una afirmación que, lejos de quedar en el terreno de la especulación, empieza a apoyarse en indicios cada vez más consistentes sobre el terreno. En los últimos días, diversas informaciones procedentes de medios libaneses y regionales apuntan a la presencia puntual de civiles israelíes en áreas próximas a la frontera, movilizados por los líderes del movimiento de colonos, y que persigue un objetivo: establecer asentamientos en una eventual “zona de seguridad” al sur del Litani, una especie de "nueva línea amarilla" como la que el Ejército hebreo ha establecido en la Franja de Gaza con objeto de alejar no solo a la milicia islamista Hamás de las zonas más cercanas a su frontera, sino, de paso, desplazar también a los palestinos que residen en ellas, tal y como ya sucede en la Cisjordania ocupada por Israel.

Colonos israelíes antes de ocupar viviendas y comercios en la zona palestina de la ciudad de Hebrón, en Cisjordania, ocupada por Israel Getty Images

Aunque el Ejecutivo israelí no ha oficializado ningún plan de este tipo, la combinación de desplazamientos masivos de población, destrucción sistemática de infraestructuras y control prolongado de determinadas áreas refuerza la percepción de que la actual ofensiva podría no limitarse a un objetivo estrictamente militar, sino sentar las bases de una reconfiguración demográfica y territorial a medio plazo.

Un Estado debilitado

Por otro lado, la presión sobre el Estado para que controle y desarme definitivamente a la milicia libanesa —en línea con los compromisos del alto el fuego de 2024 y las resoluciones internacionales— aumenta en paralelo a los cohetes y misiles que el grupo armado envía al otro lado de la frontera.

El primer ministro libanés, Nawaf Salam, declaró horas después de que Israel respondiera al primer ataque con cohetes y drones del grupo vinculado a Irán, que las actividades militares y de seguridad de Hizbulá quedaban desde ese momento prohibidas: “Anunciamos la prohibición de sus actividades militares y restringimos su papel al ámbito político”, declaró Salam en un comunicado.

A la semana, el presidente, Joseph Aoun, fue más osado e incluso planteó iniciar conversaciones bajo patrocinio internacional, junto con una tregua total y el despliegue del Ejército en las zonas de conflicto con el objetivo de desarmar a la milicia chií. Pero veinte días después del primer fuego cruzado, el margen de maniobra estatal sigue siendo muy reducido en tanto en cuanto que el Estado no tiene un control efectivo sobre todo su territorio.

Hizbulá no opera únicamente como una milicia. Es, al mismo tiempo, un actor político, social y militar con una estructura propia y una capacidad que, en algunos ámbitos, supera a la del propio Ejército libanés. Esa dualidad, que no siempre se entiende en Occidente, complica cualquier intento de limitar la actividad de la milicia sin abrir una profunda crisis interna en el frágil país de los cedros, crisol de culturas, religiones, minorías y lenguas.

En consecuencia, la capacidad real del Gobierno de Beirut para responder a esas demandas es muy limitada. No solo por la debilidad institucional o la falta de recursos, sino porque Hizbulá forma parte del equilibrio político interno del Líbano. Cualquier intento de confrontación directa con el grupo podría desestabilizar aún más el endeble engranaje político libanés, que a duras penas logró mantenerse al margen de conflictos pasados, como el que asoló a la vecina Siria entre 2011 y 2026.

Carteles al borde de la carretera de Qana, en el sur del Líbano, con imágenes de varias figuras chiítas importantes Joel Carillet Joel Carillet

A ello se suma un factor decisivo: el componente regional. Hizbulá no está actuando únicamente en clave interna, sino como parte de una estrategia más amplia vinculada a Irán, desde donde llegan buena parte de las órdenes que guían y dirigen al grupo armado. Eso reduce todavía más el margen de decisión de Beirut, que queda atrapada entre frágiles equilibrios domésticos, fundamentales para la estabilidad social.

Francia y EE.UU. presionan

En paralelo, la presión internacional se intensifica. Estados Unidos y Francia han reactivado los contactos diplomáticos para empujar a Beirut a asumir un papel más activo en el sur del Líbano, especialmente en la franja al sur del Litani. El embajador de Estados Unidos en el Líbano, Michel Issa, respaldó este viernes la propuesta del presidente libanés de abrir negociaciones directas con Israel para intentar poner fin a la guerra con Hezbolá.

Issa subrayó la importancia del diálogo para alcanzar cualquier acuerdo, aunque reconoció que cada parte tiene una visión distinta sobre cómo iniciar ese proceso. También advirtió de que no espera un cese inmediato de los ataques israelíes y señaló que corresponde al Líbano decidir si negocia en el contexto actual.

Por su parte, el presidente francés, Emmanuel Macron, condicionó la posibilidad de esas negociaciones a la aprobación de Israel, mientras que el ministro israelí de Exteriores, Gideon Saar, descartó por ahora contactos directos con el Líbano, vinculando abiertamente la ofensiva de su país a la falta de control estatal por parte del Ejecutivo vecino y deslizando, incluso, la posibilidad de consecuencias territoriales si no realizaba un cambio de rumbo significativo.

Un militar de la FINUL herido tras disparos contra posiciones de los 'cascos azules' en el sur de Líbano FINUL FINUL

En respuesta, además de Francia, otras cuatro grandes potencias occidentales - Canadá, Alemania, Italia y Reino Unido - advertían esta semana contra una posible ofensiva terrestre a gran escala de Israel en Líbano, alertando de que podría desencadenar consecuencias humanitarias devastadoras y prolongar el conflicto en la región. En un comunicado conjunto, los países instaron a evitar ese escenario y subrayan que la situación humanitaria ya es “profundamente alarmante”, con más de un millón de personas desplazadas por los combates.

Así las cosas, los esfuerzos de mediación avanzan con dificultad. Las propuestas sobre la mesa —desde el refuerzo del papel del Ejército libanés en el sur, hasta la reactivación de mecanismos de supervisión internacional como los desplegados para la misión de FINUL (Fuerza Interina de Naciones Unidas en Líbano), que vigila desde hace décadas el antiguo cese de hostilidades entre Hizbulá e Israel— chocan con la limitación estructural que impone el frágil engranaje político libanés y los intereses de países terceros.

El resultado es un escenario ya conocido: un Estado formalmente soberano que, en la práctica, no puede imponer su autoridad en una parte clave de su territorio. Y en ese espacio de ambigüedad, la dinámica del conflicto tiende a resolverse más en el terreno, y con las armas, que en la mesa de negociación.

Consecuencias: una crisis humanitaria a gran escala

Como resultado del conflicto armado que desde hace semanas sacude Oriente Medio, el impacto humanitario ya es masivo. Según las autoridades libanesas, los bombardeos de Israel sobre territorio el territorio del Líbano han dejado al menos 886 muertos y 2.141 heridos en las últimas dos semanas, y han provocado el desplazamiento de más de un millón de personas, en su mayoría procedentes del sur del país.

Esta cifra marca un punto crítico: se trata de uno de los mayores movimientos de población en años, con comunidades enteras obligadas a abandonar sus hogares en cuestión de días. La magnitud del desplazamiento, unida a la destrucción de infraestructuras y al deterioro de los servicios básicos, está agravando una crisis estructural previa y coloca al país en una situación de extrema fragilidad.

A esto se suma una dimensión menos visible, pero igualmente relevante: el deterioro de las condiciones para informar desde el terreno. Los recientes ataques que han dejado periodistas heridos en la zona del Litani, pese a la existencia de avisos previos sobre bombardeos, reflejan un entorno cada vez más hostil para la cobertura del conflicto y aumentan el riesgo de opacidad en una guerra ya de por sí difícil de documentar.

Por último, existe otro componente político clave: Israel ha dejado claro que los desplazados libaneses no podrán regresar mientras sus propias comunidades del norte sigan bajo amenaza, lo que apunta a un desplazamiento potencialmente prolongado, tal y como denunció al comienzo de la última escalada la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos: "Cientos de miles de personas se han visto afectadas por estas órdenes de desplazamiento israelíes. Su amplitud dificulta enormemente su cumplimiento por parte de la población, lo que pone en entredicho su eficacia, un requisito del derecho internacional humanitario, y conlleva el riesgo de constituir un desplazamiento forzoso prohibido".

En definitiva, la evolución del conflicto apunta a una fase más profunda y difícil de revertir: Israel ha pasado de la contención a una estrategia orientada a modificar la realidad sobre el terreno en el sur del Líbano; Hizbulá, pese a los golpes recibidos, conserva capacidad suficiente para sostener el pulso; y el Estado libanés sigue sin poder imponer su autoridad ni responder a las exigencias externas de desarme. En ese cruce de dinámicas - militares, políticas y regionales - el margen para una salida rápida se reduce, mientras se consolida un escenario de desgaste prolongado cuyo alcance y consecuencias sufre, como siempre, la población civil.