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La población iraní vive con "miedo" las primeras horas de una nueva era: "Hay quien llora y quien celebra"

Una mujer se encuentra en la cocina de su casa dañada cerca del hospital Gandhi tras un ataque aéreo ocurrido el día anterior en Teherán.
Una mujer se encuentra en la cocina de su casa dañada cerca del hospital Gandhi tras un ataque aéreo ocurrido el día anterior en Teherán. EFE/ABEDIN TAHERKENAREH

En las calles de Teherán, el silencio es una contradicción que desgarra. Desde que el pasado sábado se iniciara la operación Furia Épica, el pueblo iraní no solo se refugia de los misiles de Estados Unidos e Israel; también se esconde de sus propios sentimientos. Por primera vez en casi medio siglo, el sonido de las explosiones compite con sentimientos encontrados: para muchos, el estruendo de los cazas extranjeros suena, paradójicamente, a una oportunidad para poner fin a la República Islámica de los Ayatolás.

Lo ocurrido en Irán ha convertido a toda la región en un tablero de fuego y estruendo metálico. Mientras, la República Islámica ha entrado en una dimensión desconocida. Bajo el rastro de los misiles que han acabado con la vida del líder supremo, Alí Jameneí, no solo hay escombros; hay una fractura emocional que atraviesa el corazón de 90 millones de personas. Irán no solo está en guerra contra un enemigo externo; está en una lucha interna por descifrar si lo que cae del cielo es el apocalipsis o la última y desesperada oportunidad de ser libres.

Los ataques a gran escala "masiva y continua" de Washington y Tel Aviv han costado la vida, además de al líder supremo, a al menos 50 mandatarios y cargos iraníes, además de unas 555 personas, entre ellas decenas de niñas de una escuela primaria. Trump ha instado al Ejército iraní y a la Guardia Revolucionaria a rendirse o afrontar "una muerte segura".

"Estamos perdidos"

Mientras los análisis y reacciones se suceden en la seguridad de la distancia, en el corazón de Teherán el sentimiento es de una orfandad absoluta. Un ciudadano que prefiere mantener el anonimato por un miedo visceral a las represalias -"si me pillan, terminaré en el coche de la policía", confiesa-, ofrece el testimonio de esta esquizofrenia social. "Estamos perdidos. No sabemos lo que va a pasar. Estábamos preparados, pero no lo esperábamos. Anoche y ayer sonaron mucho las bombas. No he salido mucho a la calle..., hay mucho miedo, hay quien llora y quien celebra", asegura en una breve llamada con RTVE Noticias, posible gracias al uso del satélite en un país con las comunicaciones capadas.

El testigo anónimo describe una ciudad donde la sospecha se ha vuelto respirable. No se trata solo del miedo a los proyectiles estadounidenses, sino al vecino, al oficial de la Guardia Revolucionaria que aún patrulla, a la incertidumbre de quién ostenta realmente el poder ahora que la cúpula ha sido decapitada. La imposibilidad de documentar la realidad, -"no puedo ni tomar fotos", dice el entrevistado-, resume la parálisis de un pueblo que es espectador de su propia destrucción y, posiblemente, de su propia liberación.

El silencio como arma de guerra

La palabra ha sido una de las primeras víctimas en este conflicto. El régimen, en un último y desesperado gesto de control, ha impuesto un nuevo apagón informativo casi total. "Desde el viernes por la tarde no he conseguido hablar con mi familia en Irán. El régimen volvió a desconectar Internet, las líneas telefónicas y los móviles. No he tenido ocasión de hablar con ellos", relata a RTVE Noticias Anahita Nassir, politóloga hispano-iraní y una de las voces más lúcidas del movimiento Mujer, Vida y Libertad.

Este silencio forzado no es solo una medida de seguridad militar, argumenta Nassir. Se trata de una especie de tortura psicológica para quiénes, dentro o fuera del país, intentan saber si sus seres queridos siguen vivos. Sin embargo, antes del apagón, el sentimiento que Nassir recogía de sus allegados ya era de una dualidad eléctrica. "Había una parte de mi familia expectante. Era como sentir que, por fin, se podía desencallar una situación que llevaba 47 años petrificada", explica. Para una sociedad que ha visto cómo cada intento de reforma interna terminaba en un baño de sangre, "la intervención extranjera ha dejado de ser un tabú para convertirse en una variable de la esperanza".

Históricamente, el nacionalismo iraní ha sido un bloque monolítico frente a la injerencia externa. Pero décadas de una teocracia que ha "masacrado a su propia población", en palabras de Nassir, han erosionado ese orgullo hasta convertirlo en algo nuevo y aterrador: la aceptación de una injerencia extranjera. "Están tan cansados, la desesperanza es tan fuerte, que se agarran a unas bombas que les caen del cielo", afirma Nassir con contundencia.

La memoria de la tortura

Para entender por qué una parte de Irán celebra las bombas, hay que escuchar a quienes llevan las cicatrices del régimen en la piel. Ramtin Zigorat, arquitecto de formación de 36 años, es activista y trabaja en la organización Rescate en Madrid. "En Irán te echan del trabajo, de la universidad, de la escuela, no te dan carnet de conducir, no puedes heredar y no eres nadie", explica. Su tono es combativo y tiene la mirada perdida mientras recuerda una realidad que le llevó a un activismo LGTBI que acabó con su detención.

Ramtin ahora sigue condenado a muerte. Pasó primero por una cárcel de la Policía moral y luego a un centro penitenciario convencional. "Nos enseñaban cómo ahorcaban a gente y me decían que mañana me tocaba a mí", relata con esfuerzo. "Nos obligaban a memorizar el Corán, me interrogaban bajo tortura y me meaban en la cara", enumera antes de romper a llorar. Para víctimas como él, el estruendo de los misiles actuales es el eco de una liberación esperada.

A diferencia del apagón general, Ramtin logró contactar con los suyos. "Ayer llamé a mi familia sobre las 15:00 unos 40 segundos. Estaban muy emocionados porque atacaron a todos los puntos militares. Dicen que la ciudad está casi libre de cualquier miembro del régimen y que en nuestro barrio no murieron civiles. Si termina pronto, dentro del régimen hay gente que está esperando para cambiarlo desde dentro. Estamos bailando, pero puede terminar mal", relata a RTVE.es.

"Para morirme en casa de hambre, muero de pie en la calle"

Esta es la gran contradicción que define el momento actual. ¿Cómo puede un pueblo celebrar el ataque de potencias que, como bien apunta la politóloga, "ni siquiera se preocupan por los derechos humanos de sus propias poblaciones"? La respuesta está en el agotamiento. Tras el fracaso de las revueltas de 1999, el movimiento masivo por la muerte de Mahsa Amini y, más recientes, las protestas del pasado mes de enero, que fueron brutalmente reprimidas con decenas de miles de muertos. La sensación de que el régimen era inamovible desde dentro se volvió asfixiante.

Las que comenzaron el 28 de diciembre de 2025 en el mercado de Teherán y se extendieron rápidamente por 100 ciudades del país, durante tres semanas, con un elevado saldo de sangre e indignación social. Aunque el Estado reconoce algo más de 3.100 muertes, el portal Iran International y otras fuentes de la oposición elevan la cifra de asesinados hasta los 36.500, en un contexto de brutal represión, que dejó al régimen en su momento de mayor debilidad histórica. En ese contexto, el misil se convierte, trágicamente, en una herramienta de desespero.

Para entender por qué hay iraníes bailando tras la muerte de sus líderes, mientras las sirenas antiaéreas aúllan, hay que mirar los bolsillos de la población. Irán es un país inmensamente rico en recursos naturales, pero su sociedad ha sido empobrecida por una "corrupción institucionalizada y una incompetencia en la gestión económica" que Nassir describe como "devastadora".

"La gente no tiene para comer. No tiene para vivir con dignidad", relata la activista. La inflación es un monstruo que devora los salarios en cuestión de horas. "Cuando de una mañana a otra la moneda se devalúa y las cosas valen diez veces más, el agotamiento colectivo es tremendo". Esta realidad económica ha matado el miedo a la guerra. Nassir recuerda una frase que se convirtió en mantra durante las últimas protestas: "Para morirme en casa de hambre, muero de pie en la calle". Hoy, esa calle está bajo el fuego de la operación Furia Épica, pero para muchos, el riesgo de morir bajo un bombardeo israelí es preferible a la muerte lenta de la desnutrición y la falta de futuro.

La muerte de Jameneí y de casi 50 altos cargos, incluido su hijo que se perfilaba como el heredero espiritual, abre un boquete en la estructura del Estado. Sin embargo, Nassir advierte contra el optimismo ingenuo. El régimen iraní no es solo un conjunto de clérigos; es un entramado complejo donde la Guardia Revolucionaria o Pasdaran juega un papel pragmático y brutal.

"Siempre se decía que una de las posibilidades era que la Guardia Revolucionaria instaurara una dictadura militar, desechando el apoyo de los clérigos si ya no les eran útiles", explica Nassir. Esta posibilidad cobra fuerza ahora. Ante un ataque externo, el sistema tiende a replegarse. La pregunta que flota en el aire viciado de Teherán es si la caída del turbante dará paso simplemente al casco militar, una transición que para la población civil podría no significar una mejora en sus libertades, sino una forma más "fría y militarizada" de represión.

Una guerra sin reglas y un futuro en las cárceles

La operación militar no solo es controvertida por sus objetivos, sino por su ejecución. El presidente estadounidense insiste en que el ataque, que no cuenta con el apoyo del Congreso, es necesario para evitar que Teherán se dote de armas nucleares, a pesar de que los propios servicios secretos estadounidenses restaban capacidad al régimen iraní de lograrlo en un plazo mínimo de diez años. El coste humano ya es innegable: al menos 600 muertos, entre ellos decenas de niñas de una escuela primaria, según la Media Luna Roja.

Para Anahita Nassir, la mayor preocupación no son solo los que mueren bajo las bombas, sino los que "viven" en las cárceles del régimen. "Las cárceles están llenas de personas sin garantías legales. Esos presos políticos son el futuro del país, y cuando el régimen se siente amenazado, su futuro es aún más incierto". Existe el temor real de que, en medio del caos de la guerra, el régimen aproveche para "limpiar" los centros de detención, eliminando a la generación que debería liderar la transición.

Irán se enfrenta hoy a una paradoja histórica. Por un lado, el nacionalismo histórico que dicta que "si nos atacan, nos defendemos". Por otro, un hartazgo tan profundo que ha roto el contrato social. ¿Cuánta de la población se siente hoy violada en su soberanía nacional y cuánta siente que las bombas son las llaves de su celda?

Lo que queda es una sociedad fragmentada, exhausta y "perdida", como decía la persona que no quería desvelar su identidad. Entre el luto por un orden que se desvanece y el festejo por la caída de un dictador, los iraníes caminan sobre un alambre de espino. Como concluye Nassir, la realidad es de una complejidad que la "objetividad" es incapaz de captar. Lo único cierto es que, tras 47 años de oscuridad, Irán ha saltado al vacío. Y en ese salto, el rugido de las bombas es, para muchos, el único sonido que se parece a la esperanza.