Ali Jameneí, el ayatolá que sembró de represión la República Islámica de Irán
- El líder supremo, que llevaba más de 36 años al frente del Irán, ha muerto en un ataque israelí
- Sigue en directo las últimas noticias sobre los ataques de EE.UU. e Israel contra Irán
El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, ha cumplido con su amenaza de matar al hombre más poderoso de Irán y descabezar así al régimen iraní en plena escalada bélica. Según ha confirmado la Donald Trump en su red social, el guía espiritual ha fallecido a los 86 años en mitad de una ofensiva sin precedentes que ya incendia toda la región.
Sayed Alí Husseini Jameneí, conocido como Alí Jameneí, como líder supremo, concentraba todo el poder político y religioso de Irán desde 1989. Su palabra todopoderosa estaba por encima de la Constitución y como ayatolá era el jefe del Estado y de las Fuerzas Armadas y de Seguridad. Era el hombre al frente de la Justicia y también el encargado de elegir al Consejo para el Discernimiento, institución encargada de resolver las discrepancias entre el Parlamento y el Consejo de Guardianas de la Revolución. Todo pasaba por su criterio infalible: ratificaba la elección del presidente de la República y podía nombrar a la mitad del Consejo de Guardianes. Siempre tenía la última palabra. Era prácticamente intocable, predicar contra su él se castigaba con prisión y su mandato tenía un carácter vitalicio, al igual que su predecesor, el ayatolá Jomeini, fundador de la República Islámica.
Jameneí ha fallecido este sábado a los 86 años, tras un ataque de Israel y Estados Unidos con una oleada de explosiones registradas en Teherán y otras zonas del país, que perseguían, según Donald Trump, "aniquilar" el régimen de los ayatolás y eliminar su capacidad nuclear. En respuesta, el país persa ha respondido con el lanzamiento de misiles y drones contra el Estado hebreo y varias bases norteamericanas en países de la zona. La región ha alcanzado una frecuencia de fuego que supera cualquier escalada anterior.
El último guía espiritual de Irán nació el 15 de julio de 1939 en la ciudad de peregrinación Mashhad, cerca de la frontera con Afganistán, se crio en el seno de una familia de religiosos chiíes con raíces azeríes. Su ciudad natal es conocida por el inmenso santuario del imán Reza, allí pasó su infancia admirando las cúpulas doradas y los alminares de este templo religioso que emerge del valle del río Kashaf.
Estudió la doctrina islámica y el Corán en ciudades santas del chiismo como Najaf (Irak) y en la escuela religiosa de Qom (Irán). Años más tarde se graduó en Hayatoleslam (el rango inferior al ayatolá) en Teherán. Uno de sus grandes maestros fue el propio imán Jomeini, con el tiempo ganó su confianza y se convirtió en uno de sus discípulos más próximos. Fue uno de sus seguidores más fieles y abanderó su doctrina ultraconservadora que con el tiempo aplicaría con mano de hierro para reprimir las protestas del pueblo iraní. Jameneí se implicó activamente en el levantamiento armado contra el Sha Reza Palhevi en 1963. Sufrió arrestos y detenciones y pasó más de una vez por las temibles cárceles del Sha.
Discípulo de Jomeini
Fue uno de los fundadores del Partido de la República Islámica (PRI), que se gestó en 1975. Con el estallido de la guerra con Irak en 1980, le nombraron miembro del Consejo de Defensa. También fue consejero ministerial y comandante de los Guardianes de la Revolución.
Además, le encomendaron guiar el rezo semanal de los viernes en la capital. Precisamente durante uno de estos sermones del viernes, el 27 de junio de 1981, sufrió un atentado en el que casi pierde la vida y que le mutiló la mano derecha. Fue la apuesta de Jomeini para las elecciones presidenciales de 1981 y logró ser investido presidente con una victoria aplastante, con el 95% de los votos. En ese momento se impuso al ala más conservadora que durante los primeros años tuvo que compartir el poder con las fuerzas laicas y liberales.
Se convirtió en líder supremo de la teocracia persa y sucedió al carismático padre de la revolución islámica, Jomeini, tras su muerte el 3 de junio de 1989. Dos años antes, la Asamblea de Expertos (compuesta por 86 clérigos) le nombró Rahbar (líder). Este mismo organismo se encargó de reafirmarlo cada ocho años al frente del complejo entramado político iraní; la última vez fue el pasado 1 de marzo de 2024.
El hombre fuerte de la República iraní era padre de seis hijos. Fue autor y traductor de varios libros sobre el papel de la rama chií de la religión musulmana. Con todo, nunca gozó de una aceptación plena de su liderazgo, ni político ni religioso.
Un líder con bastón de hierro
En estos 36 años lideró con un férreo carisma los destinos del país. En el 1998 se enfrentó a las primeras protestas universitarias que se produjeron desde la caída del régimen del Sha, los manifestantes le exigían separar la política y la religión. Sin embargo, él llamó a reprimir por la fuerza a los "desviacionistas" y calificó de "irresponsables" a los manifestantes por contribuir "al desorden".
Estrenó la primera década de este milenio con un acoso despiadado a la prensa e intelectuales. Llevó al cierre a más de cuarenta medios de comunicación y al encarcelamiento de decenas de profesionales de la información. Desde entonces, ha silenciado las voces disidentes acusándolas de ser blasfemas contra la religión. Fue en 2004 cuando volcó para frenar la oleada de protestas de los reformistas que buscaban participar en el Consejo de Guardianes de la Constitución. En 2009 volvió a recurrir a la represión para al Movimiento de los Verdes que denunciaron el amaño de los resultados electorales.
El hartazgo y la abstención
Jameiní también pasa a la historia como el ayatolá que no pudo contener el hartazgo popular, con varias oleadas de protestas bajo su mando, todas ellas duramente reprimidas. Las más duras fueron recientes; comenzaron el 28 de diciembre en de 2025 en el mercado de Teherán y se extendieron rápidamente por 100 ciudades del país, durante tres semanas, con un elevado saldo de sangre e indignación social. Aunque el Estado reconoce algo más de 3.100 muertes, el portal Iran International y otras fuentes de la oposición elevan la cifra de asesinados hasta los 36.500, en un contexto de brutal represión, que dejó al régimen en su momento de mayor debilidad histórica.
La mecha del descontento social ya se encendió en septiembre de 2022, con la muerte de Mahsa Amini, bajo custodia policial por no llevar "correctamente" el hiyab. Su muerte desencadenó protestas y manifestaciones al grito de "Mujer, Vida y Libertad" en todo Irán. La indignación se tradujo en una lista de 525 personas fallecidas y más 19.500 detenidas, según registros de la Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos de Irán (HRANA), aunque la cifra asciende a 100.000 detenidos, de acuerdo con fuentes jurídicas citadas por la agencia Tasnim News Agency.
En las últimas elecciones legislativas y presidenciales de marzo de 2024, el líder supremo se esforzó en combatir la gran abstención. "Hagan a nuestros amigos felices y decepcionen a nuestros enemigos", pidió a los iraníes. Generalmente, solía usar el término "enemigos" para referirse a Estados Unidos, Israel y a los opositores, a los que ha acusado una y otra vez de crear desesperación entre los votantes.
El actual escenario de fuego abierto no puede entenderse sin el precedente de la Guerra de los Doce Días, que en junio de 2025 ya puso a la región al borde del abismo. Aquella breve pero feroz escalada, que se saldó con un intercambio masivo de proyectiles entre Tel Aviv y Teherán, marcó el primer gran test de resistencia para las infraestructuras de ambos países.
Durante esas dos semanas, el Ejército de la República Islámica consiguió el hito de burlar por primera vez la Cúpula de Hierro israelí, el escudo antiaéreo que durante décadas se consideró impenetrable. Sin embargo, lo que en junio de 2025 se gestionó con una respuesta "calibrada" y diplomacia de pasillo para evitar la guerra total, ha saltado hoy por los aires: la contención que imperó en la Guerra de los Doce Días ha dado paso a una ofensiva iraní sin líneas rojas que ya no solo apunta a Israel, sino a toda la arquitectura militar estadounidense en el Golfo pero que no ha logrado detener la creciente fragilidad de un régimen descabezado ahora.
Solos contra el "Gran Satán"
Desde entonces, el intercambio de misiles no ha cesado y con ello la amenaza de matar al mismo Jameneí. En una de sus últimas apariciones públicas, el líder supremo enfatizó en que el pueblo iraní "jamás se rendirá". Además, advirtió a Estados Unidos sobre los "daños irreparables" que sufriría Washington en caso de una acción militar contra Teherán.
Este sábado la respuesta de los ayatolás a la nueva oleada de bombardeos de Tel Aviv ya no ha sido contenida: Irán ha atacado con misiles bases estadounidenses en Catar, Emiratos Árabes Unidos, Abu Dabi, Baréin y Kuwait. "Cualquier base en toda la región que ayude a Israel será nuestro objetivo", advirtió el portavoz de las Fuerzas Armadas iraníes poco antes de la muerte del líder.
A Jameneí se le recordará por su característica túnica marrón y su icónico turbante negro, la barba blanca, gafas y un anillo plateado en la mano izquierda. Quiso ser recordado como un buen hijo de la Revolución Islámica, con un carácter enfatizado por su retórica antiestadounidense y antiisraelí. En sus sermones contra Occidente se refirió a Washington en múltiples ocasiones como el "Gran Satán". Fue de los primeros en tachar de genocida los bombardeos de Netanyahu sobre Gaza.
El país de los ayatolás lideraba el denominado 'Eje de la Resistencia' junto a Hamás, Hizbulá, los hutíes de Yemen y milicias chiíes en Irak, una coalición que se encuentra cada vez más debilitada frente al Israel y su alianza pétrea con Trump. El descabezamiento de Hizbulá y el derrocamiento de Bachar al Asad en Siria han dejado un Irán aislado en el contexto bélico en la región. El líder supremo defendió el derecho de Irán a tener "tecnología nuclear pacífica" y se supone que, en 2005, prohibió, con una fatwa la fabricación de bombas atómicas.
Su política exterior no esquivó las sanciones impuestas a una sociedad que no logró levantar cabeza de una grave crisis económica por la que el 90% de la población vive bajo el umbral de la pobreza. La muerte de Jameneí cierra un capítulo clave en la historia reciente de Persia, definido por una tiranía atroz, y abre uno nuevo con muchas incógnitas, no solo sobre el futuro de la teocracia iraní, sino sobre la estabilidad de la región.