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Crisis en Ceuta (IV)

Escondidos en el monte de Ceuta para evitar las devoluciones: "Dile a mamá que me quedo aquí"

  • Ocho jóvenes cuentan a RTVE.es cómo sobreviven tras cruzar ilegalmente la frontera en busca de una vida mejor
  • Quieren que se paralicen las devoluciones: 7.000 ciudadanos ya han sido expulsados o regresado a su país voluntariamente

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Escondidos en un monte de Ceuta para evitar las devoluciones

"Hermana soy Hafid, estoy bien, no pude llamaros porque estamos escondidos en el monte. Dile a mamá que me quedo aquí en Ceuta, dale un abrazo por favor. Contéstame rápido". Esta es la nota de voz que este joven ha enviado a su familia días después de cruzar la frontera con Marruecos de forma ilegal. Hafid tiene 18 años y desde que salió de su casa no ha podido avisar sobre su paradero. Le damos la posibilidad de conectarse y se hace un selfie, lo envía y se siente aliviado: también carga con la preocupación de su madre.

RTVE.es ha accedido al refugio de un grupo de jóvenes, de entre 18 años y 27 años, que ha creado una diminuta comunidad escondida en el bosque para esquivar las devoluciones. No quieren ser devueltos a Marruecos y tratan de evitar a la policía. Son ocho, amigos antes de sortear la frontera y reencontrados tras cruzarla a nado. Sienten que sus razones para quedarse no importan y que no van a ser escuchados.

Hafid escuchando a su familia

Hafid escuchando a su familia BRAIS LORENZO

Explican que el bosque es su única solución para no ser deportados. "Lo que más me gusta es el sonido de los pájaros", dice Marzug para referirse a este rincón de tranquilidad.

Aislados, organizados y con miedo

Agradecen cada rama de los árboles que tapan su refugio desde hace siete días. Aseguran que en el bosque hay muchas personas y se organizan en grupos. Acceder no es fácil. Tienen mucho miedo. Yassine, el más mayor de todos, llega hasta nosotros y en cuanto escucha pasos o voces manda a callar. Él es quien otorga el permiso para recibir visita o no.

Ven la cámara y se asustan. "¿Queréis hacernos fotos para enseñar a la policía y que nos devuelvan?", preguntan. Entienden que la prensa tiene interés en dar a conocer cómo sobreviven en este escondite y entonces asienten con un "marhaban" (bienvenidos).

El sendero hasta el refugio es complejo. Están muy adentro y hay que bajar poco a poco. De repente aparece una cabaña y aclaran que allí ha estado viviendo una familia. Hay ropa colgada y llama la atención una toalla amarilla. Al poco llega Tareq, el vigilante, que estaba durmiendo porque ha pasado toda la noche vigilando.

Tareq durmiendo en el bosque

Tareq durmiendo en el bosque BRAIS LORENZO

A Hafid le cambia la mirada cuando habla con su familia. Necesitan algo de conexión para avisar a casa y se la facilitamos. La mayoría no tiene móviles, ya que los perdieron en el mar. "Yo lo puse en tres bolsas y lo envolví en papel de aluminio", explica Yassine. "Sabía que en el mar iba a romperse". Se conectan y les cambia la cara. La felicidad se palpa en sus gestos y poco a poco van cogiendo confianza. Hafid posa con una sonrisa gigante para tranquilizar a su madre.

Tienen a su familia al otro lado, pero no quieren volver. La Delegación del Gobierno en Ceuta ha elevado a 7.000 el número de ciudadanos marroquíes que ya han sido expulsados o han regresado a su país voluntariamente. Se estima que entre 8.000 y 10.000 personas han accedido irregularmente a la ciudad autónoma entre la madrugada del lunes y la tarde del miércoles.

Cubos para lavarse y bolsas convertidas en armarios

La solidaridad de los vecinos ayuda a estos jóvenes a sobrevivir en su escondite, rodeado solo de árboles. Han conseguido algo de ropa que les han donado, tienen un cubo azul para lavarse, y se reúnen en torno a un 'salón' formado con una manta tendida y dos sillas de playa que les trajo una señora. Varias bolsas de supermercado suplen la falta de armarios. Pero todo está en orden.

La ducha es un pequeño riachuelo en la parte más baja del monte. Todas las mañanas bajan por turnos, después dos se encargan de buscar algo de comida en el centro de la ciudad, otros dos la reparten a partes iguales y por la noche otros dos se quedan vigilando.

Todos tienen su propia historia, pero ahora están construyendo una nueva en comunidad. Han dejado atrás a su familia y están creando los cimientos de otra. Se ayudan a subir y bajar los senderos del bosque y nunca se mueven solos. Tienen miedo, pero quieren seguir adelante.

"Solo quiero encontrar un trabajo y vivir tranquilo"

Todos tienen algún pariente en Europa, y España no es su objetivo final. "Me da igual España, Francia o Dinamarca, solo quiero encontrar un trabajo y vivir tranquilo", dice Marzug. Tiene 18 años recién cumplidos y es el más presumido. Lleva una camiseta de Ronaldo y posa ante la cámara imitándole. "Yo en Marruecos no tengo nada. Soy huérfano de madre y padre. Me he criado con Tareq, que es mi vecino", dice convencido de que no va a dar ni un paso atrás. Marzug es el peluquero del grupo y enseña cómo ha cortado el pelo y afeitado a todos.

En Marruecos no tengo nada. Soy huérfano de madre y padre

Albañil, mecánico, camarero o carpintero, cada cual presume de un oficio que aprendieron muy jóvenes. No pudieron estudiar porque tenían que traer comida a casa. "Antes de la pandemia ganaba seis euros al día y eran suficientes para traer comida a toda la familia", explica Tareq. Tiene unas ojeras muy marcadas, pero está acostumbrado, porque ya había trabajado de vigilante.

Hafid no se separa del móvil que llevamos. Nos pide fotos para su familia. Manda fotos con sus compañeros para que su madre vea que está a salvo y arropado. Es el más pequeño de todos y se prepara para ponerse en marcha con su tarea: acompañar a Marzug al centro de la ciudad y traer algo de comida. Hay un panadero que siempre les da una o dos barras, las vecinas les han dado algo de comida también.

Hafid duchandose en una fuente de agua en medio del bosque

Hafid duchandose en una fuente de agua en medio del bosque BRAIS LORENZO

"Marzug, vamos a ducharnos", grita a su compañero. Nos dejan acompañarles, aunque advierten que el camino hasta el riachuelo es complicado. "Está abajo del todo, pero hemos tenido mucha suerte porque siempre hay agua para asearnos", explica Hafid.

Marzug abre su bolsita blanca con tres recambios: uno para dormir, otro para estar de día en el bosque y un pantalón gris y una camiseta blanca para salir al centro. Cogen el cubo azul y poco a poco bajan al río. El agua está muy fría. Se mojan por partes y al final, cuentan hasta tres para echarse un cubo entero. Se visten y se marchan a traer comida.

Unidos para resistir

La organización en mitad del bosque marca la buena convivencia. Comprobamos como Hafid y Marzug vuelven con dos bolsas llenas de comida. Traen leche, galletas, una botella de aceite, alguna lata y mucho pan. Nos invitan a comer, pero les decimos que nos vamos a marchar. Antes comprobamos la precisión con la que cortan las barras de pan en partes exactamente iguales. Le echan atún también en partes iguales. Nadie come hasta que no estén todos los bocatas preparados. Mientras, su tema de conversación es cómo sobrevivir cada día. No saben hasta cuándo se quedarán. Quieren que se paralicen las devoluciones para poder abandonar el escondite.

Se organizan para comer

Se organizan para comer BRAIS LORENZO

"Todo llega con sacrificio", dice Ayub que hasta ahora estaba en silencio. Consideran que tienen que aguantar y que no tienen nada que perder. "Yo soy pequeño, llevadme en el maletero a la península, allí tengo a mi tía", pide Marzug. "Además, soy rubio como la gente de aquí", sonríe.

Sus nombres esconden historias de supervivencia. Sus vidas están marcadas por una búsqueda constante por ayudar a sus familias. Ahora, por lo pronto, solo pueden abrazar la esperanza que les da este refugio. Yassine, Hafid, Marzug, Ayub, Mahsem, Chuyab, Mohamed y Tariq quieren que su voz se escuche. Que su esfuerzo se conozca.

¿La pobreza no se considera motivo suficiente para que nos acojan?

Su pasado está cargado de precariedad y escasez, privados de los derechos básicos. La pobreza les empujó al mar y ahora a dormir a la intemperie en el monte. "¿La pobreza no se considera motivo suficiente para que nos acojan?", pregunta Tareq. Muestran un cúmulo de emociones: sonríen, pero están preocupados, viven vigilantes, pero con esperanza. "Nosotros podemos trabajar en cualquier cosa. Cada uno de nosotros está especializado en algo, lo único que nos falta es hablar español", argumentan a la que piden que esto se cuente.

Recuerdan que hay muchos jóvenes, incluso familias enteras que están viviendo en la calle. Ellos, la noche anterior acogieron a 10 menores a quienes han convencido de que vayan donde las autoridades porque no les van a devolver.

Hafid nos acompaña hasta el final, quiere seguir contestando a los audios de su hermana. Suben todos a despedirnos. “Volved pronto para darnos buenas noticias”, grita Yassine. Hafid vuelve a acercarse para mandar a su madre la última foto comiendo. Está realmente preocupado por ella.

Fuera del bosque, Ceuta aparenta seguir su marcha: el calor, los paseantes de fin de semana, los ciclistas, las terrazas. Pero basta con mirar entre el ruido para ver un grupo que se ducha en la playa, otros que amanecen entre las piedras del mar y las huellas en la arena de aquellos deportados.

Marzug entrando hacía el refugio

Marzug entrando hacía el refugio BRAIS LORENZO