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Oyarzabal, Marrero y los guiños a la historia de la victoria de la Real Sociedad en la Copa

Mikel Oyarzabal y Unai Marrero durante la celebración por la victoria de la Copa del Rey 2026.
Mikel Oyarzabal y Unai Marrero durante la celebración por la victoria de la Copa del Rey 2026. REUTERS
FELIPE FERNÁNDEZ (ENVIADO ESPECIAL A LA FINAL DE COPA)

Ya había pasado la medianoche cuando Mikel Oyarzabal recibía de manos del rey Felipe VI el trofeo y lo brindaba a su entregada afición. Unos 30.000 realzales vivieron in situ cómo se cerraba un círculo: el ídolo de la Copa de 2020 levantaba esta vez ese trofeo que aquel 3 de abril de 2021 no se pudo celebrar con la afición.

Todavía resuenan en los muros hormigonados de La Cartuja los acordes del himno realista, desatados tras una tensión extrema de una tanda de penaltis.

Tanda de penaltis del Atlético de Madrid - Real Sociedad | Final de Copa del Rey 2026

El único que no sufrió esa tensión fue el joven Unai Marrero. Cuando clasificó a su equipo en los cuartos de final tras una tanda frente a Osasuna confesó que “estaba en su salsa”. No mentía.

Sus dos paradas a lanzamientos de Sorloth y Julián Álvarez, se dice pronto, recordaron a 1987 cuando Arconada granjeaba para los blanquiazules su segunda Copa en La Romareda, también ante el Atlético de Madrid y tras concluir 2-2.

Todo eran reconciliaciones con la historia en esta noche andaluza, en este embrujo con Sevilla que guarda la Real Sociedad ya para siempre.

La celebración se alargaría en el estadio y más aún por las calles de la capital hispalense. El equipo viaja el domingo a casa, la fiesta con los que no pudieron viajar está programada para el lunes.

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Matarazzo, los ojos de la felicidad

Otro de los nombres propios de la noche fue sin duda el de Pellegrino Matarazzo. El entrenador, que llegó a Donostia a mitad de temporada, se convirtió en La Cartuja en el primer técnico nacido en los Estados Unidos que levanta un gran título en una de las mejores ligas europeas.

Desde que llegó, es querido por todos. Su espontaneidad y, sobre todo, sus buenos resultados han hecho que en las celebraciones del estadio fuera uno de los más aclamados. Sus ojos emocionados desde el quinto penalti demostraban que estaba viviendo un sueño.

Un sueño que comenzó cuando decidió no ejercer como matemático para labrarse un futuro en el soccer.

En la larga caminata de La Cartuja al centro de Sevilla se veían camisetas blanquiazules de muchas épocas y de muchos protagonistas (Idiakez, Vela, Zubimendi, etc). No sería de extrañar que para el próximo desplazamiento masivo txuriurdin se viera alguna con el nombre de Matarazzo.

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Poca fiesta, lógicamente, en el otro lado. Los aficionados colchoneros evacuaron pronto sus localidades, el castigo había sido cruel. El más cruel que hay en el fútbol, la tanda de penaltis.

Su final fue más que digna, a pesar de encajar un gol en el segundo 14 de partido y de que su portero regalara un penalti. Baena, Sorloth y Cardoso difícilmente conciliaron el sueño después de no marcar en la prórroga, cuando su equipo atravesaba el mejor momento.

Muchos fueron los autobuses que tomaron el camino de vuelta a Madrid a medianoche. Los silencios se podrían intuir.