El desgaste de 'Bibi, el mago': el acuerdo con Irán de Trump rompe el embrujo de Netanyahu
- En pocas semanas Trump ha pasado de ser el "mejor amigo de Israel" a "abandonar a su aliado" por sus propios intereses
- El riesgo electoral para Netanyahu no está en perder a su base, sino en parecer que ya no es eficaz en la relación con EE.UU.
Durante años, Benjamín Netanyahu ha sido conocido en Israel como "Bibi, el Mago". El apodo refleja la extraordinaria capacidad del político que más tiempo ha ocupado el cargo de primer ministro en su país para sobrevivir a cualquier crisis, darle la vuelta a las encuestas más adversas y convertir sus relaciones internacionales, especialmente la establecida con Estados Unidos, en una fuente de autoridad política interna.
Nadie como él ha hipnotizado con tanto éxito a parte de la sociedad israelí, la misma que durante años le perdonó sus escándalos a cambio de la estabilidad y seguridad regional que, pensaban, les garantizaba: "Bibi tiene sus cosas, pero con él no entraremos en guerra", solía escucharse en Jerusalén.
Pero los ataques perpetrados por Hamás el 7 de octubre de 2023 lo cambiaron todo. La letal ofensiva sobre Gaza que llegó después fue seguida por un nuevo frente de desgaste con Hizbulá en Líbano, los ataques hutíes contra el tráfico marítimo en el mar Rojo, la creciente actividad de las milicias proiraníes en la región y, finalmente, el primer intercambio directo de ataques entre Israel e Irán.
Sin embargo, y a pesar de lo sucedido ese fatídico día de shabat, Netanyahu conservaba otro de los pilares de su liderazgo: nadie entendía Washington como él, ni tenía mayor capacidad para influir en sus decisiones.
El acuerdo anunciado por Donald Trump con Irán, las presiones del presidente para contener la escalada regional y sus insólitas reprimendas públicas al primer ministro hebreo - las últimas en la cumbre del G7 - parecen haber terminado con su hechizo. Y no porque la alianza entre ambos países esté en cuestión - EE.UU. de momento seguirá proporcionando a Israel 3.800 millones de dólares anuales en ayuda militar - sino porque el principal inquilino de la Casa Blanca ha despertado de su embrujo.
El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, en una rueda de prensa en Jerusalén RONEN ZVULUN / AFP
El truco que no salió: el triple límite
Ese "despertar" de Trump importa tanto como el contenido del pacto preliminar que EE.UU e Irán firmarán, si nada se tuerce, el próximo viernes en Ginebra. Demuestra hasta qué punto Netanyahu sale más expuesto de lo que reconoció en su última comparecencia tras conocer el anuncio de su homólogo norteamericano: “Seguiremos en guardia, seguiremos siendo fuertes y decididos, para defendernos tanto como sea necesario”, sostuvo el lunes. “La lucha aún no ha terminado”, añadió.
Pero lo cierto es que el acuerdo hace visible un triple límite a su personal cruzada contra Irán: el de su capacidad para condicionar a Trump, el de la autonomía israelí cuando Washington decide cerrar un frente y el de una estrategia interna basada en prometer una “victoria total” sin controlar el desenlace.
La secuencia de los hechos refuerza esa afirmación. Netanyahu se había opuesto desde el principio a cualquier arreglo que limitara la campaña israelí en Líbano o redujera el margen de presión sobre Irán. Incluso después del anuncio, la radiotelevisión pública Kan informó de que, cuando Trump llamó a Netanyahu para informarle del acuerdo, el primer ministro le dejó claro que Israel continuaría con su campaña en el Líbano si lo consideraba necesario.
En paralelo, su ministro de Defensa, Israel Katz, insistió en que su país estaba decidido a mantener tropas en la llamada "zona de amortiguación" del país vecino para impedir ataques de Hizbulá contra el norte de Israel. Es decir, Netanyahu, que se mantuvo en silencio durante horas tras el conocer el memorando de entendimiento entre EE.UU e Irán, enviaba una doble señal: hacia fuera, reivindicando la independencia de Israel respecto de las decisiones de EE.UU.; hacia dentro, ningún acuerdo de Trump iba a ser más importante que las prioridades de seguridad de Israel.
Pero precisamente ahí surge el mayor problema de Benjamín Netanyahu. Su oposición inicial al pacto, la negativa a retirarse del Líbano y el bombardeo días antes sobre Beirut, desoyendo la petición expresa de Donal Trump, no alteraron el resultado. El líder estadounidense siguió adelante con un arreglo rechazado por su homólogo israelí y, además, lo reprendió públicamente por el ataque sobre la capital libanesa.
En una entrevista telefónica, el Trump dijo que estaba “muy cabreado” con Netanyahu y añadió que “no tiene ningún juicio”, una desautorización en público inédita de un presidente norteamericano hacia su principal socio en Oriente Medio. Así, para un dirigente que había convertido su acceso privilegiado a Washington en una de las bases de su autoridad política, el episodio tiene una carga simbólica difícil de ignorar.
Trump prioriza su agenda
Sin embargo, el acuerdo con Irán no responde únicamente a una discrepancia bilateral entre Trump y Netanyahu. Va más allá: una agenda diplomática más ambiciosa de la Casa Blanca en la que el socio Netanyahu ha perdido fuelle como representante incuestionable de un país aliado.
Según Reuters, Trump llegó a la cumbre del G7 exhibiendo un principio de acuerdo con Teherán al tiempo que trataba de reforzar su perfil como dirigente capaz de impulsar también una salida negociada en Ucrania. El pacto con Irán, además, sería preliminar e interino, abriendo una ventana de 60 días para negociaciones técnicas sobre cuestiones decisivas como el destino del uranio altamente enriquecido iraní y un eventual levantamiento de sanciones.
Un punto de partida que rechaza frontalmente el gobierno de Netanyahu en cuanto que no se trata solo de un anuncio político que pueda denunciarse, sino del arranque de un proceso que corre el riesgo - desde la perspectiva de Jerusalén - de normalizar gradualmente a Irán sin garantías suficientemente sólidas sobre su programa nuclear ni sobre su capacidad balística, las dos grandes preocupaciones para Israel.
Visto así, Netanyahu no choca solo con Trump; choca con la prioridad internacional de Trump. El presidente estadounidense quiere capitalizar una secuencia de desescalada - Irán, Líbano, reapertura del estrecho de Ormuz e incluso un nuevo impulso diplomático en Ucrania - y convertirla en una victoria política propia de cara a las elecciones de medio mandato el próximo mes de noviembre.
Netanyahu, en cambio, necesita sostener una lógica de presión militar continuada para no dar la impresión de que la “victoria total” prometida desde el 7 de octubre se transforma ahora en un cierre que más parece una renuncia. Así, la tensión entre ambos no es, por tanto, solo personal ni táctica: es la tensión entre los calendarios políticos de dos líderes que ya tienen puesta la mirada en los comicios de sus respectivos países.
Trump y Zelenski hablan durante un momento de la cumbre del G7 AFP
El coste político en Israel
Si el acuerdo con Irán puede acabar teniendo consecuencias duraderas para Netanyahu, será sobre todo en el frente interno, especialmente cuando ya piensa en su legado como mandatario. Su base más dura probablemente interpretará la resistencia al pacto, los bombardeos sobre Beirut y el pulso con Washington como pruebas de firmeza. Para una parte de ese electorado, enfrentarse a presiones externas - incluidas las estadounidenses - no es necesariamente un lastre, sino un elemento unificador de su base.
El problema del primer ministro está en otro lugar: en los votantes de la derecha pragmática que durante años le respaldaron porque combinaba dureza y resultados. Su fortaleza nunca descansó únicamente en su capacidad para lanzar operaciones militares, sino también en su habilidad para traducirlas en logros políticos y contenerlas de acuerdo a sus intereses, gestionando además la relación con Estados Unidos sin perder el control del desenlace.
El episodio de Beirut resume bien ese dilema. Según fuentes de su entorno, citadas por medios locales, el primer ministro tuvo que decidir qué le costaba más: perder a Trump o perder a sus posibles votantes si no respondía a los ataques de Hizbulá tal y como le demandaban. Así, incapaz de impedir el acuerdo, prefirió evitar la imagen de subordinación a Washington por medio de una estrategia que entraña un riesgo evidente: un líder que desafía, pero que no logra modificar el resultado. En este caso, la firma del memorando entre EE.UU. e Irán.
Benjamín Netanyahu se volverá a presentar a las próximas elecciones legislativas de Israel Marie Liss Marie Liss
Netanyahu, en la cuerda floja
El calendario electoral amplifica esa vulnerabilidad. Las legislativas previstas para octubre llegan en un contexto de desgaste acumulado tras el 7 de octubre, de críticas por la ausencia de una investigación pública convincente y de tensiones internas ligadas al peso político de los partidos ultraortodoxos, socios tradicionales del líder del Likud.
Las encuestas reflejan, además, una situación de bloqueo político. Varios sondeos publicados durante el mes de mayo situaban al bloque de Netanyahu en torno a los 50 escaños - once por debajo de los 61 necesarios para alcanzar la mayoría necesaria en un parlamento de 120 diputados - mientras que la oposición tampoco tenía garantizada una alternativa de gobierno estable y seguía dependiendo, en algunos de los sondeos, del respaldo o la abstención de los partidos árabes.
Así, en un contexto tan ajustado, a Netanyahu le bastaría con ceder una parte limitada de su electorado, que tradicionalmente le ha visto como el gestor más fiable de la seguridad nacional y de la relación con Estados Unidos, para perder las elecciones. La oposición ya no necesitaría acusarle de haber prolongado la guerra de forma innecesaria o de haber subordinado el interés general a su supervivencia política y judicial; ahora puede sostener también que ha perdido influencia sobre el presidente estadounidense con el que, en teoría, debía entenderse mejor.
La paradoja es que Netanyahu sale debilitado, pero no neutralizado. Conserva una base movilizada y todavía puede presentar el acuerdo entre EE.UU. e Irán como una decisión de Trump, quien terminó por abandonar a su aliado en una estrategia por décadas compartida. Sin embargo, cuanto más insista en que Washington dejó sola a Israel, más reconocerá implícitamente que la decisión final no estaba en sus manos.
El acuerdo con Irán no le deja políticamente acabado ni rompe la alianza con Estados Unidos. Lo que pone en cuestión es uno de los pilares de su liderazgo: la percepción de que, ocurra lo que ocurra, siempre encuentra la manera de salir ganando. Porque el problema para 'Bibi, el mago' no es perder una partida, sino que el público empieza a ver el secreto de todos sus trucos.