La difícil paz que busca Donald Trump: con Netanyahu en campaña electoral y un Irán envalentonado
- A Trump se le atraganta un acuerdo en Oriente Medio por un Netanyahu que mira a las urnas y un Irán fortalecido
- La amenaza de los hutíes sobre Bab el Mandeb, alternativa al estrecho Ormuz, añade presión a las negociaciones
Donald Trump quiere cerrar la crisis con Irán, pero los últimos días han vuelto a demostrar hasta qué punto los objetivos de Washington, Jerusalén y Teherán siguen siendo difíciles de reconciliar.
Netanyahu quiere demostrar que su estrategia de fuerza funciona. Teherán quiere llegar a cualquier acuerdo convencido de que ha resistido la presión militar y ha recuperado capacidad de influencia. Y los hutíes quieren recordar que Oriente Próximo todavía puede alterar el comercio mundial y los mercados energéticos.
Así, mientras la Casa Blanca intenta transformar la guerra en una salida diplomática y pasar la página de un conflicto que amenaza con erosionar la agenda exterior y económica de Donald Trump, tanto sus aliados como sus adversarios están convencidos de que aún pueden mejorar sus cartas.
Las últimas horas han dejado una imagen reveladora. Israel e Irán han vuelto a detener temporalmente los ataques directos, pero ninguno de los desacuerdos que provocaron la crisis ha desaparecido. La discusión ya no gira en torno a los misiles lanzados este fin de semana, sino sobre quién llegará en mejores condiciones a una eventual negociación. Esa diferencia de objetivos explica en buena medida las dificultades que está enfrentando un Trump para pasar página sobre un conflicto al que le condujo el primer ministro israelí, Benjamín Netanyuahu, y que ya se ha convertido en su principal quebradero de cabeza.
La victoria que Netanyahu no puede exhibir
La paradoja para el premier israelí es que cerca de tres años después de la guerra regional ininterrumpida que inició tras los ataques del 7 de octubre de 2023 sigue sin poder demostrar que Israel es hoy más seguro. Mientras Hamás ha perdido buena parte de su estructura de mando, Hizbulá ha sufrido golpes importantes e Irán ha visto dañadas algunas de sus instalaciones estratégicas, ninguno de esos enemigos ha desaparecido ni ha dejado de representar una amenaza.
La última crisis lo ha puesto de manifiesto. Teherán sigue teniendo capacidad para lanzar misiles balísticos contra territorio israelí. Hizbulá continúa siendo un actor determinante en Líbano - especialmente desde que importara desde Ucrania sus drones explosivos de primera persona (FPV) guiados mediante un simple cable de fibra óptica - y la influencia regional iraní, lejos de desaparecer, sigue proyectándose a través de varios frentes simultáneos. El objetivo que Netanyahu persiguió durante décadas -neutralizar la amenaza de la teocracia de Teherán- está hoy tan lejos como antes del inicio de la guerra.
Pero el principal problema para el primer ministro hebreo es que la constatación de sus sucesivos fracasos llega en plena precampaña electoral en Israel. Durante años ha construido buena parte de su liderazgo sobre una idea muy concreta: solo él, el "mago Bibi", como se le ha conocido durante décadas en Tel Aviv, podía garantizar la seguridad del país. Sin embargo, los acontecimientos recientes han abierto una pregunta incómoda para una parte creciente de la sociedad israelí. Si después de miles de bombardeos, operaciones encubiertas y una guerra regional sin precedentes Irán y Hizbulá pueden seguir golpeando al país, ¿puede hablarse realmente de victoria?
Los sondeos ayudan a entender por qué Netanyahu tiene tan pocos incentivos para aceptar una desescalada rápida. Según una encuesta publicada en abril por el Instituto de Estudios de Seguridad Nacional (INSS) de Tel Aviv, el 69% de los israelíes apoya continuar la campaña contra Hizbulá independientemente de la evolución del conflicto con Irán. Sin embargo, el mismo estudio también muestra que el 62% no cree que la operación vaya a proporcionar una seguridad duradera al norte del país. Es, por tanto, una contradicción reveladora: buena parte de la sociedad israelí duda de que la guerra pueda resolver el problema, pero tampoco cree que detenerla sea una opción en una país cuyos ciudadanos son aleccionados desde la infancia a estar en permanente estado de alerta.
Por eso Netanyahu se resiste a aceptar una desescalada rápida. No porque ignore las presiones de Washington, que son cada vez más frecuentes, sino porque cualquier concesión puede ser presentada por sus adversarios como una señal de debilidad. En una campaña dominada por la seguridad, el primer ministro necesita convencer a los votantes de que el enorme coste de estos años de guerra ha producido algún resultado tangible. Su supervivencia política, y el legado en el que ya piensa, dependen de ello.
Por otro lado, la tensión con Washington tampoco es menor. Según reveló la agencia Reuters, Trump llegó a advertir a Netanyahu de que podría encontrarse "solo" si Israel volvía a abrir un frente directo con Irán. La advertencia refleja hasta qué punto los intereses de ambos gobiernos empiezan a divergir: mientras la Casa Blanca intenta cerrar un acuerdo con Teherán y estabilizar la región, el primer ministro israelí sigue condicionado por una dinámica política interna en la que la firmeza militar continúa siendo su principal baza electoral y lo único que le mantiene alejado de la cárcel por los varios casos de corrupción que aún mantiene abiertos.
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, durante su última visita a EE.UU. Alex Brandon Alex Brandon AP
El Irán que ya no espera y responde
Si Netanyahu representa el principal problema político de Trump, Irán se ha convertido en su principal problema estratégico dado que la verdadera novedad de esta crisis no son los misiles lanzados sobre Israel, sino la lógica que hay detrás.
Durante décadas, la estrategia iraní se ha basado en la paciencia estratégica. Teherán absorbía golpes, evitaba el choque frontal y respondía de forma indirecta, a través de Hizbulá, las milicias iraquíes o los hutíes. El objetivo era evitar una confrontación abierta que pusiera en riesgo la supervivencia del régimen. Hoy, en cambio, el régimen parece actuar de otra manera. El lanzamiento de los últimos misiles iraníes contra Israel está siendo presentado como una respuesta a los bombardeos de Tel Aviv sobre Beirut y a la presión sobre Hizbulá. Es decir, Teherán ahora sí deja claro que la seguridad de sus aliados también forma parte de su propia seguridad de la misma forma que la de Tel Aviv lo es para Washington.
Pero esta percepción no nace únicamente de la guerra de 2026 sino que responde a una visión de la seguridad profundamente arraigada en el Estado iraní. Desde el Sha hasta la República Islámica, gobiernos muy distintos han compartido una misma convicción: la vulnerabilidad atrae la intervención extranjera. Esa lógica ayuda a explicar por qué Teherán considera el programa de misiles, su red de aliados regionales o la capacidad de influir sobre Ormuz no como instrumentos de expansión, sino como herramientas de supervivencia estratégica.
Para los dirigentes iraníes, la guerra ha demostrado que la República Islámica sigue siendo capaz de resistir. El régimen ha sobrevivido, ha preservado buena parte de su capacidad militar y ha comprobado que dispone de instrumentos capaces de afectar a la economía mundial sin necesidad de derrotar militarmente a Estados Unidos o Israel.
EE.UU. mantiene su bloqueo al estrecho de Ormuz AFP
El episodio de Ormuz ha reforzado especialmente esa sensación de confianza. Irán ha comprobado que puede transformar una crisis regional en un problema global para los mercados energéticos. Y eso altera por completo la negociación. Durante años, Washington intentó obligar a Teherán a negociar desde una posición de debilidad. Hoy muchos dirigentes iraníes creen encontrarse en la situación contraria: son ellos quienes pueden elevar los costes de la confrontación mientras Estados Unidos busca desesperadamente una salida.
Por eso resulta tan significativo que Irán haya atacado directamente a Israel mientras siguen abiertas las conversaciones con Washington. No se comporta como un actor que teme poner en riesgo la negociación. Se comporta como un actor que cree llegar a ella desde una posición de fuerza.
Asimismo, en Israel también está cambiando la percepción sobre lo que resulta posible conseguir mediante la fuerza. Una encuesta realizada al final de la guerra mostraba que solo el 45,5% de los israelíes seguía apoyando continuar la campaña hasta provocar la caída del régimen iraní. El dato sugiere una aceptación creciente de que debilitar a Irán puede ser factible, pero derrocarlo es una aspiración mucho más difícil de alcanzar como ya se ha dado cuenta Donald Trump.
La carta hutí: presión económica sin disparar un solo misil
Tras el último intercambio de ataques entre Israel e Irán, el grupo alineado con Teherán terminó de asestar el último golpe a la impaciencia de Donald Trump: anunció que prohibiría el tránsito por el mar Rojo de los buques vinculados a Israel si éste seguía atacando a su aliado o a sus intereses. Incluso sus dirigentes dejaron la puerta abierta a ampliar los objetivos a cualquier embarcación con destino a puertos israelíes si la escalada regional continuaba.
A primera vista, la amenaza puede parecer menos grave que durante la crisis del mar Rojo de 2023 dado que muchas navieras internacionales ya modificaron entonces sus rutas y han aprendido a operar evitando parte de la zona. Sin embargo, para Washington el problema no es tanto lo que los hutíes han hecho hasta ahora, sino lo que todavía podrían hacer.
Marcha en solidaridad con los rebeldes hutíes en Yemen EFE/EPA/YAHYA ARHAB
La experiencia de los últimos años ha demostrado que incluso las mayores potencias navales tienen dificultades para garantizar plenamente la seguridad de una ruta marítima cuando se enfrentan a ataques limitados pero constantes.
Si la presión sobre Ormuz coincidiera con una campaña sostenida de hostigamiento en Bab el Mandeb, en el mar Rojo, Estados Unidos tendría que proteger simultáneamente los dos principales cuellos de botella energéticos de Oriente Próximo, un escenario que podría disparar de nuevo la incertidumbre en los mercados internacionales a pesar de las medidas adoptadas por alguno de los principales exportadores de petróleo - Arabia Saudí, por ejemplo, ha incrementado de forma notable el uso de infraestructuras conectadas a esta vía marítima, convirtiéndola en una pieza mucho más importante para la estabilidad comercial de lo que era hace apenas unos meses.
Eso significa que los hutíes no necesitan bloquear completamente el tráfico marítimo para convertirse en un problema. Basta con introducir incertidumbre. El encarecimiento de los seguros, el aumento de los costes logísticos o el temor a interrupciones futuras pueden afectar a los precios energéticos y complicar la recuperación económica global.
Y ahí reside una de las principales preocupaciones de la Casa Blanca. Trump no solo necesita evitar una guerra regional. Necesita, sobre todo, evitar una crisis energética. Porque cada dólar añadido al precio del petróleo en un país acostumbrado a llenar el depósito con poco, se traduce en más inflación, más presión sobre los consumidores y menos votantes de cara a las elecciones de medio mandato del próximo mes de noviembre
Así, mientras Netanyahu crea que todavía no ha conseguido la victoria que necesita, Irán piense que todavía puede mejorar su posición y los hutíes recuerden que el conflicto puede empeorar aún más, alcanzar la paz seguirá siendo difícil para Donald Trump. Tanto como que pueda remontar su popularidad.