Una partida sin final: el tablero geopolítico de los conflictos del Gran Oriente Medio
- Epicentro de la geopolítica mundial, es la zona del mundo donde la historia se escribe a golpe de guerras y de conflictos
- DIRECTO: sigue la actualidad y toda la última hora minuto a minuto sobre la guerra en Irán
Desde hace más de un siglo, Oriente Medio funciona como el gran tablero geopolítico del mundo, un espacio donde potencias globales y actores regionales mueven sus piezas en una competición estratégica con muchos jaques sin mates y con múltiples partidas simultáneas. No es simplemente una zona conflictiva, es un entramado de historia, recursos, identidad, religión y poder, que convergen de forma explosiva, fruto de las consecuencias de las dos guerras mundiales.
Cada movimiento en el tablero tiene el potencial de activar alianzas, tensiones energéticas o intervenciones militares de impacto global. La combinación de fronteras heredadas del colonialismo, de recursos energéticos estratégicos, fracturas étnicas y religiosas y rivalidades geopolíticas globales ha generado una cadena casi ininterrumpida de crisis y guerras. La creación del Estado de Israel y el conflicto palestino/árabe-israelí, la Guerra Fría, la Revolución Islámica iraní, las guerras del Golfo, las ocupaciones de Afganistán o las Primaveras Árabes son los grandes hitos que han dado forma al tablero actual.
La partida de ajedrez viene marcada por el legado colonial
El tablero sobre el que se mueven las piezas fue diseñado por las potencias europeas tras colapsar el Imperio Otomano, en 1918, y a partir del acuerdo secreto de Sykes-Pikot de 1916 entre Francia y el Reino Unido. El mapa acabó trufado de fronteras artificiales mal trazadas que ignoraron realidades étnicas, tribales y religiosas. A partir de ese diseño nacieron Estados como Irak, Siria y Jordania. Los equilibrios internos eran frágiles, las piezas se tambaleaban, comunidades históricamente rivales quedaron integradas en estructuras estatales jóvenes. Pueblos como el kurdo quedaron fragmentados entre varios países, sembrando la base de tensiones estructurales. Se sumaron economías dependientes del petróleo y regímenes autoritarios.
Ahí reside el origen de este tablero plagado de inestabilidad, guerras interestatales, conflictos internos, rivalidades territoriales y religiosas, explotación de recursos e intervenciones extranjeras que ha convertido a esta región en una máquina de producir inseguridad cuyos efectos se sienten más allá de sus fronteras, en Europa, en Asia y en la política de las grandes potencias.
La creación del Estado israelí y sus consecuencias
La creación del Estado de Israel, en 1948, introduce una pieza que reconfigura la dinámica regional. El conflicto no es solo territorial, involucra identidad, religión y legitimidad histórica. A partir de ahí se suceden las guerras entre los palestinos y diferentes Estados árabes e Israel. La árabe-israelí de 1948 supuso la expulsión o huida de centenares de miles de palestinos de su tierra, la Nakba, la catástrofe. Después vendría la de Suez, en 1956, la de los Seis Días de 1967, en la que Israel ocupó Gaza y Cisjordania y Jerusalén Este, y la península del Sinaí, a Egipto, y los Altos del Golán, a Siria. Redibujó el mapa de Oriente Medio. En 1973, la del Yom Kipur puso a prueba la capacidad de supervivencia de Occidente por la crisis del petróleo, pero abrió la puerta a la paz entre Egipto e Israel y su retirada del Sinaí. Siguieron las invasiones del Líbano, Intifadas y guerras en Gaza en una cruenta partida inacabada.
Israel se consolidó como potencia militar, con Estados Unidos como aliado y protector. La percepción con el tiempo de ese país como una potencia militar estable y un contrapeso efectivo frente a Irán impulsó los acuerdos de normalización de relaciones, los Acuerdos de Abraham, pactos diplomáticos firmados en 2020 entre Israel y varios países árabes. Todo cambió con los atentados terroristas de Hamás del 7 de octubre de 2023. Israel respondió con la guerra en Gaza y decenas de miles de muertos y bombardeos indiscriminados. Las negociaciones para un acuerdo de normalización entre Arabia Saudí e Israel quedaron congeladas. De haberse producido ese pacto, habría supuesto un cambio total en el tablero, creando un bloque estratégico contra Irán.
La Revolución iraní y el vuelco del equilibrio regional
En plena Guerra Fría, en 1979, en Irán, la Revolución Islámica de los ayatolás de Jomeini cambió por completo el tablero. Teherán rompió con Washington y cuestionó el liderazgo de Arabia Saudí, alterando el equilibrio regional. Un año después, estalló la guerra entre Irán e Irak que desangró a los dos países durante ocho años. Fue un conflicto de desgaste que militarizó a ambos países y dejó traumatizado a Irán, que apostó por el rearme y una red de aliados externos para su defensa.
El mismo año de la llegada de los ayatolás al poder, la Unión Soviética invadió Afganistán y provocó un nuevo giro. Las guerrillas muyahidines contra los soviéticos fueron apoyadas y financiadas por Estados Unidos, Pakistán y Arabía Saudí.
Tras la retirada de Moscú, Afganistán no encontró la paz, sino una guerra civil entre facciones rivales que abrió la puerta al primer régimen teocrático de los talibanes. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el país se transformó en el primer campo de batalla de la llamada guerra contra el terrorismo. La ocupación por tropas internacionales tampoco consiguió traer la paz y la prosperidad prometidas y, tras dos décadas, en 2021, el regreso de los talibanes marcó el fracaso de la intervención occidental y el inicio de una nueva fase de competencia entre potencias regionales en Asia Central.
La ocupación de Kuwait por Irak en 1990 para controlar sus recursos y el acceso al Golfo Pérsico provocaba nuevos movimientos en el tablero con la guerra de 1991. Una coalición internacional, con el Estados Unidos del presidente George Bush al frente, liberó el país ocupado. Algo más de una década después, su hijo decidió seguir con esa partida con la invasión de Irak, en 2003. Acabó con su enemigo Sadam Hussein, pero la disolución del aparato estatal provocó un vacío de poder y una cruenta guerra sectaria que condujo al aumento de la influencia iraní en el país árabe y a la aparición de grupos yihadistas terroristas que no auguraban nada bueno.
Primaveras Árabes que fueron inviernos
Las llamadas Primaveras Árabes, a partir de 2010, contra regímenes autoritarios buscaban ganar la partida por el bienestar, la democracia y la libertad en varios países. Pero, aunque los dictadores Ben Ali, Mubarak, Gadafi y Asad, cayeron, solo en Túnez ha habido algún cambio significativo. En Egipto siguen al final los mismos perros con distinto collar.
En Siria se derivó en una guerra civil internacionalizada. Una parte del país, junto con otra de Irak, fue ocupada por el grupo terrorista Estado Islámico. Y, al final, el poder fue tomado por los islamistas radicales de Al-Jolani. Tampoco a Libia le ha ido mejor en la partida de ajedrez. El país ha acabado dividido en una inestabilidad permanente. Turquía, Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Rusia y varios Estados europeos apoyan a distintos bandos, convirtiendo a Libia en un cruce de intereses energéticos y rutas migratorias.
Quedaron así conformados dos bloques, uno prooccidental y antiraní, con países que cooperan entre sí y que, en mayor o menor grado, están alineados con Estados Unidos, como Israel, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Marruecos, Jordania o Egipto. El otro, el Eje de la Resistencia, gira alrededor de la república islámica con su red de aliados y milicias, como Hizbulá en Líbano, o Hamás en Gaza, los hutíes en Yemen, y milicias chiíes de Irak y Siria.
Los grandes jugadores
Las grandes potencias son jugadores con alcance global. Buscan asegurar sus intereses energéticos y estratégicos. Estados Unidos ha sido y es el actor externo dominante. La seguridad de Israel, el acceso al petróleo y el combate del terrorismo son fundamentales para Washington.
Rusia recuperó influencia en Siria, especialmente con su apoyo al régimen de Al Asad, ahora refugiado en Moscú. Aseguraba así una base estratégica en el Mediterráneo, pero con el final de la era Al Asad ha perdido esa pieza. Al igual que China, tiene fuertes lazos diplomáticos, comerciales y militares. Pero no parece que ninguno vaya a arriesgarse por Teherán.
Pekín juega una partida principalmente económica, enfocada en la iniciativa de la Ruta de la Seda y en asegurar el suministro energético sin un despliegue militar masivo. Busca la autonomía estratégica mediante el poder blando de la inversión. Se presenta como un socio comercial necesario para todos los actores del tablero, lo que le permite competir con la influencia de Washington y Moscú sin asumir los altos costes políticos y militares de una confrontación directa.
El papel de la Unión Europea está condicionado por la gestión de crisis migratorias y la seguridad antiterrorista en su vecindad inmediata. Participa más en el terreno diplomático y humanitario, aunque algunos de sus países han actuado militarmente en algunas de las coaliciones internacionales a lo largo de estas décadas y habrá que ver hasta dónde llegan en la actual guerra contra Irán.
Turquía, el gran perdedor tras el colapso del imperio otomano, actúa como potencia bisagra, con una política "neo-otomanista" para asegurar sus fronteras. Su papel mediador y de equilibrio se ha manifestado en su capacidad para combinar su pertenencia a la OTAN con acuerdos tácticos con Rusia y el mantenimiento de un diálogo fluido con Irán.
Los alfiles regionales también mueven sus piezas
Además de los grandes jugadores, están los alfiles regionales. Gran parte de los conflictos se definen por la competencia entre Arabia Saudí, con su liderazgo suní, e Irán, con el chií. En sus guerras por delegación, esa rivalidad se manifiesta en el tablero del campo de batalla con el apoyo a bandos opuestos. En Yemen, Irán respalda a los hutíes y Arabia Saudí lidera una coalición militar para sostener al gobierno reconocido.
Catar utiliza su capacidad financiera y de mediación diplomática para influir en el tablero regional. Ha pasado de una influencia secundaria a ser actor determinante en la resolución y gestión de crisis regionales más allá de ser un mero proveedor energético.
Los kurdos recibieron como legado colonial su división entre cuatro países, Irak, Irán, Turquía y Siria. Actúan como una fuerza que tensiona la soberanía de esos estados, pero su capacidad operativa los sitúa de interlocutor en la resolución de conflictos.
Los Hermanos Musulmanes son uno de los principales actores no estatales y una pieza que polariza el tablero regional con una influencia significativa en la política y los conflictos de países como Egipto, Siria o Gaza.
El Daesh ha marcado profundamente a Oriente Medio al transformar un vacío de poder en una amenaza transnacional que redibujó fronteras, intensificó el sectarismo y alteró las alianzas geopolíticas de la región. Mostró que la caída de regímenes fuertes sin una reconstrucción estatal sólida abre la puerta a actores yihadistas que pueden desestabilizar el equilibrio mundial.
Una partida sin final
En Oriente Medio no existe el jaque mate definitivo. Las piezas se reagrupan y las alianzas se transforman, pero las causas profundas -fronteras discutidas, instituciones débiles y recursos estratégicos- garantizan que el tablero siga en movimiento constante. Mientras, millones de personas han muerto o han sido desplazadas de sus hogares, generando diásporas masivas y crisis de refugiados que desbordan el territorio.
La región es un laboratorio geopolítico donde cada crisis local puede tener repercusiones globales. La historia demuestra que los conflictos allí rara vez son aislados. Son capítulos de una narrativa más amplia que comenzó con la caída de un imperio y que, más de un siglo después, aún está escribiéndose. La diplomacia energética o los acuerdos de normalización muestran que el tablero no está exclusivamente dominado por la confrontación. Existen intentos de reducir tensiones y abrir canales de diálogo. Sin embargo, esos avances conviven con conflictos abiertos y con desconfianzas acumuladas durante décadas. Para comprender Oriente Medio hay que observar el conjunto del tablero, en el que cada movimiento de la partida tiene un eco global.