Infancia sin futuro: historias de resistencia en Cisjordania
- La violencia y los desplazamientos forzosos condicionan la vida de los palestinos
- Una escuela y un campo de fútbol, inesperados bastiones ante amenazas de demolición
Hay pocas cosas tan crueles como un muro de separación. En la Cisjordania ocupada hay uno construido por Israel. Son cientos de kilómetros de hormigón, alambradas y torres de vigilancia. Aísla a los palestinos. Convierte su espacio vital en una cárcel a cielo abierto, según esa expresión tan manida que tan bien ayuda a comprender su realidad. Sus movimientos son cada vez más limitados. En Cisjordania, miles de niños crecen en un lugar donde casi nada es normal, aunque intentan vivir como los demás, aprendiendo en sus escuelas o dando patadas a un balón de fútbol.
Campo en riesgo de demolición
Cerca de Belén y Beit Jala está el campo de refugiados de Aida. Lo preside una llave enorme a lo alto de un arco, símbolo del derecho al retorno. Allí crecieron refugiados palestinos del 1948, expulsados de sus hogares por Israel. Sus descendientes esperan aún volver a sus casas. Aida está pegado al muro de separación, y al lado de ese muro emerge un campo de futbol, espacio de juego y de esperanza, de aparente normalidad en un entorno en el que nada lo es.
“Cuando me contaron que lo iban a demoler lloré“
"Cuando me contaron que lo iban a demoler lloré, me puso muy triste", cuenta Ibrahim. De mirada viva, capitán de un equipo de chavales que entrena a los pies del muro. "Si quieren demolerlo, nos tendrán enfrente", continúa. Habla de un riesgo real. En los últimos meses, el Ejército israelí les ha entregado una orden de demolición. Les dicen que su campo, situado en un terreno del patriarcado armenio de Jerusalén, se construyó de forma ilegal, sin los permisos pertinentes. De momento, la movilización, con la presión incluso de la FIFA y UEFA, ha servido para pausar la amenaza.
El campo de fútbol es mucho más que eso, insiste Mohamed Abu Srour, del centro de juventud del campo de refugiados de Aida. También, recuerda, es un espacio social y de convivencia en un lugar de violencia silenciada. "Israel quiere privar a los niños de su derecho a jugar, de su derecho educarse. Su único objetivo es hacer que las condiciones de vida aquí sean cada vez más difíciles", apunta. A pesar de que los planes de demolición se han pausado, Mohamed alerta que la amenaza de demolición sigue en pie. “No hemos recibido ninguna comunicación oficial que nos asegure que no van a hacerlo”, señala. Así que, por ahora, no van a parar de denunciar su situación.
Todos los niños y niñas que entrenan en este campo saben de esa amenaza persiste. Naia se acerca a nosotros al ver nuestra cámara. Quiere que la entrevistemos, que puede hablarnos incluso en inglés. Lo hace, porque quiere trasladar un mensaje muy sencillo a las autoridades israelíes y al mundo: "Este es único lugar que tenemos para jugar. No hay otro. No nos lo pueden quitar". Entrena para ser un día una jugadora profesional. En un campo de juego con varias camisetas del FC Barcelona, ella se ve mejor luciendo un día la del Real Madrid.
Una escuela hostigada por los asentamientos
En Khan Al-Ahmar, sentada en un banco de su pequeña escuela entre aldeas beduinas palestinas, Lian también tiene sueños. Con 12 años se ve como diseñadora, tal vez decorando casas. La generación de sus padres solo puede pensar en cómo conservarlas. La escuela de Khan Al-Ahmar está rodeada por asentamientos judíos. El más grande, el de Ma’ale Adumim. La asfixia es cada vez es mayor: unos colonos acaban de establecer un outpost, un puesto avanzado para un futuro asentamiento ilegal al lado de la escuela. Allí ya ondea una bandera israelí.
La directora del colegio atiende a RTVE en su despacho. "Les contamos cuál es la situación, para que sean conscientes de ello. Los profesores intentamos proteger a los niños, pero trabajamos bajo mucha presión, por miedo de que algún día les ocurre algo si nos despistamos", afirma Halima. En su oficina tiene cámaras de seguridad para no perder de vista lo que hacen los niños durante el recreo.
La presencia de los colonos cerca de una escuela sobre la que también planean órdenes de demolición ha cambiado sus rutinas. Parte del alumnado ya no va andando a las aldeas vecinas cuando salen de la escuela. Un autobús los recoge para dejarlos lo antes posible lo más cerca de casa. Lian se ha topado ya con algún colono. "Se ponen delante y nos paran. Nos dicen que estamos en sus tierras", admite. Por ahora, la escuela no ha sufrido agresiones, pero temen que sea cuestión de tiempo.
Fuera, vecinos como Eid, nos enseñan sobre un mapa como una veintena de comunidades beduinas están cercadas por asentamientos israelíes que progresivamente están separando Jerusalén Este de Cisjordania. Los colonos violentos les roban el ganado. Les amedrentan. De nada sirve que llamen a una policía israelí que nunca, dice, media su favor.
Los datos de oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarias (OCHA) cuentan que en 2025, un total 3.982 palestinos fueron heridos en Cisjordania por ataques de colonos o por la violencia del ejército. 697 de ellos eran niñas y niños. 55 menores fueron asesinados. El año pasado acabó con 37.135 desplazados forzosos.
Y a pesar de los datos, de la violencia creciente, hay espacios llenos de vida, de resistencia. Basta visitar campus como la Universidad de Birzeit, cerca de Ramala. Allí jóvenes que han interiorizado la violencia como algo normal no renuncian a seguir formándose, con la aspiración de ser los motores de cambio en una tierra que se resiste a ser condenada al olvido.