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Mikel Erentxun: "Después de Leiva, soy la segunda persona más hipocondriaca que conozco"

  • El líder de Duncan Dhu es objeto del documental Hombre bala, estrenado este viernes
  • Su directora, Anuska Ariztimuño, traza un retrato íntimo de la estrella a sus 60 años
Mikel Erentxun
Mikel Erentxun en el documental 'Hombre bala' RTVE.es
Javier Villuendas
Javier Villuendas

Todos conocemos a Mikel Erentxun. Y, evidentemente, no. Proverbialmente celoso de su privacidad, el cantante de Duncan Dhu se retrata en un documental, Hombre bala, de larga hondura e intimismo que se ha estrenado este viernes. El cartel ya avisa. Por un lado el artista con los brazos abiertos y sombrero, en el borde de una piscina, mientras el reflejo del agua muestra una sombra con las manos en los bolsillos. Y sin sombrero.

"No me interesaba hacer este tipo de documental tipo MTV de grabar conciertos y conciertos. Porque el inicio es que Duncan Dhu cumplía 40 años, pero hablemos de otras cosas más humanas, más interesantes para mí", cuenta la directora Anuska Ariztimuño, que en esta su ópera prima buscaba responder a: "¿Qué separa lo normal de lo extraordinario?".

De hecho, Erentxun pensaba que la cinta iba a ser más musical, del grosor de las cuerdas, del modelo de guitarras… y va de la gira mundial de aniversario del grupo, el sentirse estrella del rock por última vez, pero también de cumplir 60 años o el miedo a la muerte de un tipo que tanto en su banda como en solitario tiene más millones de oyentes mensuales en Spotify que muchos grupos del momento. "Y una cosa que no queríamos era ser pretenciosos", avisa la cineasta.

También refulge la crudeza buscada De hecho, el filme comienza en la camilla con el músico antes de una operación, ahí se marca el tono. Y con su hipocondría, además. Después, se fabrica hasta un sombrero. El que se caló tras dejar Duncan Dhu, su triunfal relación con Diego Vasallo, y convertirse en Mikel Erentxun. ¿Se caló también así mismo? Aquí nos da pistas.

¿Por qué es tan importante el sombrero?

Sí… No sé cuándo empezó, pero es cierto que de dos o tres discos para atrás… yo mido la vida en discos, ¿eh?... el sombrero ha entrado a formar parte de mi imagen. Y, sobre todo, en el escenario me siento desnudo sin el sombrero. No sé cómo llegó a mí. Según Paco Loco, por influencia de Bob Dylan, pero realmente el sombrero lo lleva a mucha gente, no solo a Bob Dylan. Y por Enrique. El primer sombrero me lo compré con Enrique Bunbury en Los Ángeles, y ahí empezó todo. A mí me gustaban mucho los sombreros, y creo que es más influencia de Bunbury que de Dylan. Bueno, la cosa es que ahora mismo si no tengo un sombrero en la cabeza, en el escenario me siento raro.

Teleprónter para las letras y sombrero, tus imprescindibles.

Efectivamente, el teleprónter es fundamental. Se ha convertido en algo tan fundamental que ahora cuando viajo, por ejemplo, ahora que vamos a Canarias la semana que viene, o a América, ya viajo con mi teleprónter antes que con la guitarra. Me llevo el teleprónter y alquilo una guitarra. O sea, ya es más importante el teleprónter que la guitarra. Y el sombrero, por supuesto.

Al principio de Hombre bala, dices: "Voy a hablar mucho de mí y a ver si así descubro quién soy. Me apetece y me da miedo". ¿Qué has descubierto sobre ti mismo?

Lo primero que he descubierto es que no creía que iba a ser capaz de hablar de tantas cosas de mí. De hecho, como la película se rodó de una manera muy informal, o sea, eran conversaciones muy largas, generalmente entre Anuska y yo, te olvidabas que había una cámara. Luego, como ella cortaba y seleccionaba ya me había olvidado de que habíamos hablado. Entonces, cuando vi el primer montaje, dije: “Hostia, yo he dicho eso”. No fui consciente de que me estaba desnudando tanto. Y al final, cuando ves la película, que es lo que más me gusta, es que ha conseguido hacer un retrato muy íntimo y nunca fui consciente de que lo estaba haciendo tan íntimo. Yo pensaba que estaba hablando más de aspectos profesionales. Cómo compongo una canción, cómo hago lo otro… No fui consciente de que decía esas cosas, pero el resultado me ha encantado. Precisamente por eso, por esa inconsciencia. Siempre vi la película de un músico pero, como me dijo, y tenía razón, si quieres saber eso, entras en Wikipedia, o entras en YouTube y ves mis conciertos. Ha conseguido que se vean un montón de cosas que no están en ningún sitio, y eso es un gran logro. Bueno, y compongo una canción, hay ensayos, hay una gira…

También es el nítido retrato de un hipocondríaco y del miedo a la muerte.

Afortunadamente puedo hablar de ello sonriendo. Porque si no, claro, estaría tomando antidepresivos constantemente. Lo llevo mal, pero lo llevo mal desde que cumplí 30 años, con lo cual entiendo que es una pequeña exageración, que soy bastante hipocondriaco. Creo que después de Leiva soy la segunda persona más hipocondriaca que conozco. O Woody Allen. Me da mucho miedo el paso del tiempo, pero no porque me vaya a morir o vaya a sufrir, es porque se acaba el tiempo y yo quiero hacer muchas cosas y quiero vivir. Cuando tenía 30 años decía: "Joder, si ya no me queda nada". Ya tengo 30 años más, ahora tengo 60, y me obligo a decir: “Bueno, todavía queda mucho”. Y entonces vivo el día a día. Realmente vivo el día a día desde que me operaron el corazón, hace 12 años. Ahí fue cuando pensé que no salía del hospital. Y cambié: tengo que vivir sin hacer planes ni siquiera a medio plazo. Me he instalado en ese tipo de vida en el que vivo el presente y un futuro a corto plazo.

La primera entrevista es una mañana antes de una operación de rodilla.

Estaba muy nervioso y no sé ni cómo pude hacer esa entrevista. Pero me encanta que el primer plano en el que salgo en la película sea en chándal yendo al hospital. Es la antiestrella del rock. Eso ya me sitúa en que no vas a ver una película a la mayor gloria de una estrella del rock. Sino que vas a ver a una persona que tiene una edad y que está yendo al hospital. Fuimos andando porque vivo al lado del hospital.

Cartel del documental "Hombre bala"

Las mejores canciones las compones cuando te pasan cosas tristes. ¿Un sistema algo trágico?

Sí, pero te diré que es algo habitual. Conozco unos cuantos escritores de canciones a los que admiro y les pasa lo mismo. No sé por qué es. Aparte que a mí me resulta más fácil escribir cuando estoy mal que cuando estoy bien. Independientemente de eso, a mí me gusta que las canciones tengan una carga de tristeza o de melancolía. No sé si porque me gusta más la semántica de la tristeza. No lo sé. Hay géneros musicales, el country, el blues, que son tristes por naturaleza.

Elvis fue una epifanía a los 7 años. Te tocó el corazón. Y cuando tuviste problemas de corazón pensaste: “Me voy a morir sin haber ido a Graceland”.

Elvis fue el detonante. Estoy aquí ahora contigo porque un día se cruzó Elvis en mi camino. Además, se cruzó en mi camino cuando todavía vivía. Justo empecé a escuchar a Elvis y se murió. Elvis fue el que hizo que yo cogiese una guitarra. Yo quería ser Elvis y de niño me pintaba patillas y le imitaba. Y a los Reyes, cuando la gente pedía balones de fútbol, yo pedía un micrófono y no sabía tocar la guitarra. Yo ya estaba ahí. Me marcó muchísimo. Todos los principios de Duncan Du giraban en torno a Elvis. La primera formación de Duncan Du era igual que la primera formación de Elvis, etcétera. Y cuando me operaron del corazón y pensaba que no salía de ahí, empecé como en las películas: “Bueno, si salgo, ¿qué no he hecho en mi vida?”. Y fue: “Coño, no he estado en casa de Elvis”. Que para todos los fans de Elvis es como ir a la Meca. Y en cuanto salí del hospital, fui a casa de Elvis. Se cerró el círculo.

Nunca pensaste en dedicarte a la música. ¿Ha tenido tu trayectoria algo de irreal para ti?

Mi vocación era la arquitectura. Me pintaba las patillas de Elvis, pero ya entonces tenía mi juego de Exin Castillos y quería ser arquitecto. Y la música, siempre la vi como el que hace deporte, algo que iba a estar siempre conmigo, pero no que iba a ser mi oficio. Y creo que por eso ha sido todo tan bonito, porque no ha sido esa obsesión de yo quiero ser famoso. Porque ahora la gente confunde ser músico con ser famoso, que es todavía peor. Pero la música, desafortunadamente, es una profesión de riesgo, muy poca gente puede vivir de la música y hay muchísimo talento por ahí desperdiciado, porque es muy difícil. Nosotros nunca quisimos vivir de la música. La música, de repente, se convirtió en nuestro trabajo sin buscarlo. Incluso cuando ya se convirtió en nuestro oficio y Duncan Dhu era gigante y teníamos apenas 22 años y ganábamos dinero y nos compramos una casa. Ahí yo pensaba: "Bueno, esto va a durar unos cuantos años y menos mal que sigo estudiando arquitectura y acabaré en un estudio de arquitectura". Me costó 12 años acabar la carrera. Cuando la acabé, que era en el año 98, yo ya tenía mi carrera en solitario, más la de Duncan Dhu, estaba como muy asentado, pero seguía pensando no tanto que la música se fuese a acabar sino que la arquitectura me apasionaba. Pero en algún momento, no sé cuál, ya dejé de luchar contra mi destino. Ahora sería incapaz de dejar la música. No soy yo y luego tengo un trabajo. Es todo un yo. Porque además la música, sobre todo la parte creativa, te acompaña siempre. Entonces no te puedes desligar. Dentro de mí siempre está la música. Ya no lo veo ni siquiera como un oficio. Lo veo como mi vida. Mi vida gira en torno a la música. Familia y música.

Erentxun, con su sombrero, pensativo en un momento del documental

Erentxun, con su sombrero, pensativo en un momento del documental RTVE.es

¿Por qué comentas varias veces que tener un éxito tan vertiginoso fue un lastre?

Ahora con la madurez que te da el tiempo te das cuenta que todo fue demasiado rápido. Y eso que fue mucho menos rápido que otras cosas que han pasado. Esto no fue Operación Triunfo. Yo llamo rápido a dos años. Pero nosotros empezamos y fichamos por el sello a finales 84. En el 85 grabamos una canción. Al final del 85 ya estábamos grabando el segundo disco. Y en el 86 ya éramos gigantes. O sea, un año y medio. Nos costó asimilarlo. No tanto porque fuera rápido, sino porque fue rápido cuando éramos muy jóvenes. Es decir, nos llegó al éxito con 19 o 20 años. Y afortunadamente vivíamos en San Sebastián y teníamos unas familias como bastante vascas en el sentido de muy poco rock. Y eso, que siempre lo vi como algo negativo, realmente fue algo positivo porque nos hizo estar siempre en el suelo. Nunca nos sentimos estrellas del rock. No se nos fue la olla, no nos compramos un Porsche, no salíamos de marcha, no caímos en las drogas, por lo menos muy pronto. Visto lo visto, creo que los éxitos los digieres mejor poco a poco y llegas mejor a ellos. Sobre todo porque nos encontramos tocando en plazas de toros cuando todavía no estábamos preparados para tocar en plazas de toros. Sobre todo a nivel escenario, porque yo creo que los discos están muy bien todos.

Dices que has escrito muchas mejores canciones que tus grandes éxitos. Y que tienes una “frustración tremenda” por ello. Has sentido alguna vez aquello que cantaba Kaka de Luxe de “pero qué público más tonto tengo”.

No, pero esto es algo que he hablado con Diego mil veces. Voy a personificarlo en Duncan Dhu. Tanto Diego como yo, objetivamente, no es subjetivo, objetivamente hemos escrito más y mejores canciones que en Duncan Dhu. Lo que pasa es que las canciones de Duncan Dhu, algunas de ellas, ya se han convertido en una intangible, una especie de himno contra el que no puedes luchar. Tú las analizas objetivamente, las letras, las melodías, y dices, pues esta canción es mucho mejor. Afortunadamente el éxito en la música no es matemática y no se puede calcular ni predecir. Entonces, ¿por qué esa canción fue un éxito y ahora esta, que es mucho mejor, no lo es? Eso es una cosa. Y luego el tiempo, la madurez, todo eso hace que aprendas a escribir mejor. Yo sé que escribo mejor. Sobre todo las letras. Las melodías, la frescura, la vas perdiendo. Cuando escribes 400 canciones es inevitable, te estás repitiendo, es muy difícil… Pero las letras sí, sobre todo los textos. Creo que hay mejoría de Diego y mía. Sobre todo la de Diego, que es el letrista por excelencia. De hecho, ahora en la gira que estamos haciendo de aniversario de Duncan Dhu, cuando canto algunas canciones a veces me da un poco hasta de pudor. Porque digo: “Tengo 60 años, estoy cantando una canción que escribí con 18, perdonadme pero yo con 18 decía estas tonterías y estas rimas mal puestas porque tenía 18 años”.

Dices: “La eternidad me asusta. Solo he ido una vez al psicólogo y ha sido básicamente para hablar de esto”. Ser artista, de alguna manera, ¿no es dejar un legado, combatir este miedo a la eternidad, intentar seguir aquí?

Bueno, no, nunca lo he pensado. No tengo ese síndrome, no sé cómo llamarlo, de que me interesa dejar un cierto legado y que pondrán en mi lápida y cuando me muera seguirán escuchando mi música. No pienso en eso, básicamente no me quiero morir, no quiero tener lápida. Pero no, el día que ya no esté me da igual lo que pase con mi legado. Estoy orgulloso de ese legado y lo estoy disfrutando ahora, y vuelvo a hablar de esta gira. Llevaba 14 años fuera del mundo de Duncan Dhu y ahora que me vuelvo a subir al tren de Duncan Dhu, enfrentarme todas las noches a teatros llenos de gente disfrutando, digo: "Hostia, qué guay". Estoy disfrutando del legado de Duncan Dhu en vida. Cuando no esté yo me da igual.