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Entrevista

Catalina Gómez, testigo incómodo de las protestas en Irán: "Para muchos la esperanza está en lo que pueda hacer Trump"

  • Las últimas protestas en el país persa han sido brutalmente reprimidas: "Los vimos disparar directamente a la población"
  • La periodista explica lo difícil que ha sido trabajar en medio de un fuerte bloqueo de las comunicaciones
Entrevista a Catalina Gómez, testigo de las protestas en Irán

Catalina Gómez Ángel (Pereira, 1972) no puede ni parar a comer. No le da tiempo; su teléfono suena cada pocos minutos y tiene la agenda repleta. Tiene mucho que contar; la periodista freelance especializada en Oriente Medio desde hace más de una década, ha sido de los pocos testigos incómodos de las protestas en Irán. Su mirada se estremece al ser preguntada por lo vivido en el país persa.

Desde el 28 de diciembre, el régimen de los ayatolás se ha enfrentado a una oleada de protestas sin precedentes desde el triunfo de la Revolución Islámica en 1979 y que se extendieron en más de 100 ciudades. El Estado reconoce que fueron al menos 3.117 las personas que murieron en las protestas, aunque varias oenegés opositoras como HRANA, con sede en Estados Unidos, duplicaban ese balance. La realidad, sin embargo, puede ser mucho peor. Según el portal de noticias iraní Iran International, que utiliza fuentes de la oposición, la cifra de personas asesinadas puede ser de hasta 36.500, número que también baraja la revista Time. Gómez Ángel ha trabajado en Irak, Siria, Líbano, Egipto, Afganistán, Turquía, Gaza, Nepal, México y Colombia, donde nació.

Después de vivir por algunos años a medio camino entre Teherán y Beirut, terminó por radicarse en Irán en 2007. Y desde 2022, también cubre la invasión rusa de Ucrania. Entre otros medios, es la corresponsal de France 24 y escribe para La Vanguardia. Recientemente, su trabajo ha sido reconocido con el I Premio Internacional de Periodismo David Beriain, impulsado por un grupo de personas cercanas al periodista navarro asesinado en Burkina Faso en 2021 junto al cámara Roberto Fraile. Confiesa que los últimos acontecimientos en Teherán han supuesto uno de los momentos más difíciles de su carrera.

Pregunta: ¿Cómo te encuentras tras lo vivido?

Respuesta: Estoy bien físicamente, pero un poco conmocionada. No solo por lo que hemos vivido allí, sino porque al salir y abrirte de nuevo al mundo, empiezas a entender mejor "la película" de lo que pasó. Ahora tienes más información, ves vídeos de otros lugares de Irán que antes no podías ver. Nosotros, los periodistas, tuvimos acceso a un internet oficial desde el 8 o 9 de enero, cuando las protestas tomaron otro tinte, pero todo pasaba muy rápido; no había tiempo real para procesar. Al salir de Irán estos últimos días y acceder a internet, te das cuenta de la verdadera dimensión de lo que fuimos testigos. Irán es un país muy grande y componer ahora todo el mapa de lo ocurrido es muy fuerte; y difícil asimilar.

P: Siempre se dice que el bazar es el termómetro de Irán. En esta ocasión, la chispa de estas protestas fue el hartazgo de los comerciantes en el gran bazar en la capital. ¿Fue así?

R: Sí, el primer 'chupinazo' fue la subida del dólar, que llegó a límites históricos. En el bazar de Teherán, sobre todo donde venden móviles, la gente empezó a protestar porque ya no querían vender los productos: si los vendían a un precio, al día siguiente tenían otro y ya no podían reemplazarlos. Fue una protesta de comerciantes que logró cerrar el bazar de Teherán, algo que se ha visto muy pocas veces desde el comienzo de la República Islámica.

Luego, obviamente, se une la población afectada por una inflación enorme. No son solo las cifras —que promedian un 40% anual en los últimos siete años—, es que quienes eran clase media hoy se sienten pobres y abandonados por el Estado. Estos fueron los dos motivos por los que la gente salió a la calle. Es una población mucho más compleja que la de antes. En otras ocasiones veíamos protestas por libertades sociales o por el velo, y la gente de los barrios más deprimidos o tradicionales no se unía porque eso no era prioritario para ellos. Hoy, en cambio, vemos todos los clamores contra la República Islámica juntos en la calle.

P: ¿Qué sectores de la sociedad se han unido a las calles? Se habla mucho de los jóvenes.

R: Las protestas fueron mutando o, al menos, complejizándose con los días. Al principio veíamos comerciantes y gente de los barrios donde viven los empleados del bazar, una clase media deprimida. Veíamos gente en los pueblos, donde la inflación es galopante. Cuando se hizo el llamado el jueves día 8 para que la gente saliera, nadie sabía cuántos responderían. Ese día vi de todo: familias, niños, ancianos, gente con sus perros e incluso personas en silla de ruedas.

Sin embargo, cuando el viernes se supo que había habido muertos y mucha más violencia, el perfil cambió. Había menos familias; ese día la calle era de los jóvenes. A diferencia de otras veces, donde las protestas se centran en avenidas principales, estas estaban en todos los barrios. Eran comunidades; no veías grandes masas caminando, pero en cada sector la gente se unía y caminaba. Eso hacía que las familias se sintieran más protegidas porque se conocían entre ellos. Había personas de todos los niveles socioeconómicos y culturales.

La periodista Catalina Gómez atendiendo una llamada.

La periodista Catalina Gómez atendiendo una llamada. María Navarro Sorolla

P: Hablas de una represión brutal. ¿Qué viste exactamente?

R: Fue brutal. El jueves vimos a milicianos y cuerpos de seguridad con pistolas de balines, material antimotines, bolas de goma y gases lacrimógenos. Se les veía dispersando y atacando. Pero lo que vimos el viernes fue distinto. El Líder Supremo salió a acusar de terroristas a quienes lideraban las protestas y dio la orden de reprimir y disparar. Ese día ya tenían armas de verdad. No es que el jueves no las llevaran, pero el viernes los vimos disparar directamente a la población.

P: Como periodista que vive allí, ¿cómo se siente ese silencio informativo? El 'apagón' ha afectado a la capacidad de la gente para organizarse y a la difusión de lo que organizaciones como HRANA califican de "masacre". ¿Cómo es trabajar como periodista en medio de un apagón de internet?

R: Por primera vez en la historia de la República Islámica no recibimos un mensaje diciendo que no podíamos salir a la calle. Quizás fue porque la calle "ardía" en todas partes, incluso en mi barrio, que es de oficinas. Era imposible no toparse con ellas. Pero inmediatamente nos cortaron internet. Como periodista, tu intuición es contar lo que pasa, y lo primero que sientes es frustración porque no tienes por dónde enviarlo.

Los primeros días buscamos a alguien con Starlink, preguntamos a gente de IT, pero todo el mundo estaba muy nervioso y nadie sabía nada. Personalmente, empecé a apuntar todo en un diario y a escribir una crónica que iba adaptando cada día, esperando el momento de poder mandarla. Hubo una frustración enorme. Al final, como en los viejos tiempos, cuando alguien me dijo que salía del país, le entregué la crónica y le dije: 'Lleva esto y mándalo a tal correo'. Ese mismo día abrieron un salón de internet especial para periodistas. Cuando entramos y vimos lo que estaba pasando en el mundo fue un choque, porque aunque entendíamos que la historia era grande, vivíamos metidos en nuestro pequeño círculo.

R: Desde dentro sabían de la presión exterior o las amenazas de Trump...

R: Eso sí se sabía un poco por las televisiones internacionales (en persa e inglés) que llegan por satélite, pero era muy difícil poner todo en contexto sin redes sociales ni periódicos. Los iraníes, al día de hoy, aún no terminan de digerir la trascendencia de esto. Saben que fue algo muy grande, todos conocen a alguien que murió o que tiene un familiar fallecido, pero cuesta unir todas las piezas de esta situación tan compleja.

P: ¿Se percibe en la calle que el objetivo ya no es la reforma, sino la caída del régimen?

R: Totalmente. La caída del sistema se viene pidiendo hace años, pero ahora el número de personas es muchísimo mayor y más explícito. Antes estaban dispuestos a hacer concesiones o creían en la posibilidad de reformas internas; esa esperanza se perdió hace tiempo, pero ahora la ruptura es total. El régimen aún tiene un 20% de apoyo, pero el otro 75-80% piensa que la República Islámica ya no funciona. Cuando volví a Irán tras tres meses fuera, me sorprendió que todo el mundo usaba la palabra Tamon shod, que significa "es el fin". Había una sensación generalizada de que esto no podía continuar. Hoy lo siguen pensando, pero están angustiados porque no ven una salida clara.

P: ¿Ha recuperado el régimen el control de la situación?

R: El número de muertes fue tan grande y el mensaje tan claro que el control volvió por el terror. El mensaje no estuvo solo en las calles, sino en las morgues. Esos vídeos que se han visto de las morgues... cualquiera que trabaje allí sabe que en una institución oficial nadie puede filmar con un móvil si no te dejan. Si la República Islámica hubiera querido mantener eso en secreto, no habrían salido. Hubo una voluntad de mandar un mensaje: "Esto es lo que pasa y se tienen que callar".

Empezaron a detener activistas, abogados y artistas. La gente tiene temor porque no ve la alternativa. Muchos pensaron que Trump los apoyaría, pero han visto que no tiene cartas para ayudarlos realmente. No hay una solución ni un rol alternativo a la República. La gente tampoco va a morir por nada. Ahora mismo el sistema tiene el control, pero se percibe a la deriva. Nadie toma decisiones, nadie plantea una conciliación ni un plan de futuro. El líder solo dice que son terroristas movidos por el extranjero, pero no da soluciones económicas ni de futuro para los jóvenes.

P: ¿Hay alguna figura de oposición que pueda liderar un cambio?

R: Ese es el problema. Los líderes de la oposición interna, como Mostafa Tajzadeh, están en la cárcel. La oposición en el exilio está profundamente dividida. Aunque figuras externas intenten erigirse como líderes, la gente dentro de Irán siente que los de afuera no entienden realmente lo que se vive en el interior. La gente no quiere morir por nada; si no ven una alternativa clara, el desespero aumenta.

Detalles durante la conversación con la periodista Catalina Gómez.

Detalles durante la conversación con la periodista Catalina Gómez. María Navarro Sorolla

P: Llevas cubriendo Irán desde 2007. ¿Es este el peor momento que has visto?

R: Vivo en Irán desde 2007, aunque cubro el país desde 2003. Sí, estas han sido las más diferentes y duras. Las de 2009 fueron muy grandes, pero se concentraron en puntos geográficos específicos y la gente aún pedía reformas dentro del contexto de la República Islámica; pedían elecciones. Estas, en cambio, se han extendido a muchísimos pueblos pequeños donde antes nunca se protestaba. Además, los jóvenes han cambiado: tras años de represión, ahora saben reaccionar con más fuerza y se defienden. También ha habido muchísimas mujeres jóvenes liderando. La rabia es mucho mayor.

P: ¿Queda esperanza para la sociedad iraní?

R: Hice el ejercicio de preguntar a unas 40 personas por la ciudad. Por loco que parezca, para muchos la esperanza está en lo que pueda hacer Trump. Es la esperanza del que no tiene nada a qué agarrarse y no sabe qué pasará el día después. Saben que, por sí solos, no van a lograr el cambio ante la manera de proceder del sistema. Es un grado de desesperación tal que algunos ven un ataque estadounidense como opción, aunque quienes lo analizamos sabemos que es una idea descabellada. Irán es enorme, EE.UU. no puede poner tropas en el terreno y un ataque probablemente fortalecería al sistema en lugar de debilitarlo. Es una realidad triste. El sistema no da alternativas; el líder solo pide al gobierno que se fije en la economía, pero no hay planes reales para los jóvenes. La gente siente que no hay salida.