Àlex Gómez-Marín, neurocientífico y físico: "Hay mente más allá del cerebro y la ciencia lo puede demostrar"
- El autor de La ciencia del último umbral da con este libro un puñetazo en la mesa contra cientificismo y materialismo
- Propone extender la ciencia al estudio de las experiencias cercanas a la muerte y otros fenómenos extraordinarios
A pesar de sus espectaculares descubrimientos y logros, la ciencia no es capaz de explicar qué es la subjetividad: ese flujo de consciencia, ese "qué es sentirse algo" tan familiar para quienes existimos, que se apaga cuando dormimos profundamente y representa lo único de lo que podemos estar seguros. Esa incapacidad se debe a que Galileo sacó hace 400 años la supuesta alma (en la que, por cierto, creía) del estudio científico del mundo, limitándolo a lo objetivo, cuantitativo y matematizable. El dolor, el placer, la ilusión, la caricia de una brisa, el sabor de una fresa o la visión del azul del cielo quedaron así fuera.
El físico y neurocientífico barcelonés Àlex Gómez-Marín, investigador senior del Instituto de Neurociencias de Alicante y científico titular del CSIC, es uno de los abanderados internacionales de una nueva ciencia de la consciencia que se abra al estudio de la subjetividad, incluyendo las experiencias al límite (como las cercanas a la muerte o las místicas) y fenómenos paranormales como la percepción extrasensorial. Colaborador de Robert Lawrence Kuhn en la monumental recopilación de teorías de la consciencia A Landscape of Consciousness (Un panorama de la consciencia), es uno de los pocos españoles que juega ahora mismo en la Champions League de los estudios de la consciencia, con decenas de artículos publicados en revistas científicas. Lo cual parece compatible con salir en el programa televisivo de Iker Jiménez.
Gómez-Marín, que hace cuatro años tuvo una experiencia cercana a la muerte, no descarta que la mente vaya más allá del cerebro, que este sea más una antena o filtro (como creía el filósofo Henri Bergson) que un productor de contenidos. Si así fuera, la muerte no significaría un final para la consciencia. Su libro La ciencia del último umbral (Editorial Temas de Hoy), que llegó a colarse en la lista de los 100 más vendidos en Amazon en todo el mundo, es todo un puñetazo en la mesa contra el cientificismo (la creencia de que la ciencia es la única vía válida de conocimiento) y el materialismo, que considera la peor de las pseudociencias. También es un intento de sacar del armario a mucha gente que ha tenido experiencias como la suya y siente vergüenza de contarlas. Y de hacer aliados en la opinión pública en su batalla contra una visión estrecha de la ciencia, que ve como un obstáculo al avance de la propia ciencia y del conocimiento en general.
PREGUNTA: Salir de la ortodoxia ya te ha traído algún que otro desencuentro. ¿Cómo encajas las críticas recibidas por algunos colegas científicos o la propia Sociedad Española de Neurociencia (SENC)? (Esta envió una carta en octubre a un conocido periódico de tirada nacional expresando su "profundo malestar" por la publicación en dicho diario de una entrevista a Gómez-Marín que daba "relevancia a opiniones no científicas").
RESPUESTA: La carta me disgustó profundamente, ya que los firmantes (media docena de colegas míos de profesión) me faltan al honor públicamente sin aportar ningún dato empírico ni razonamiento más allá de los clásicos exabruptos dogmáticos que descalifican como pseudociencia todo aquello que desafía la estrecha visión ateo-materialista del mundo. Le escribí de inmediato un cordial correo al presidente de la SENC para invitarle a una conversación privada y amistosa. No me respondió. Tres semanas después, le envié un segundo correo invitándole a un debate público sobre la cuestión, entendiendo que estaría interesado en impugnar mi supuesta "desinformación". Tampoco tuve noticia alguna por su parte. Pasaron ocho semanas y, tras cuatro correos sucesivos por mi parte, el silencio administrativo se rompió con una insustancial contestación burocrática sin disculpa ni intención de entrar en materia. Me temo que sobre el estudio actual de la consciencia humana los adalides de la verdad científica absoluta saben poco o nada. Algunos colegas míos, neurocientíficos internacionales de primer nivel, me han preguntado si la Inquisición sigue vigente en España en pleno siglo XXI.
“Algunos colegas internacionales me han preguntado si la Inquisición sigue en España.“
P: Al denunciar que hay mucho fraude en el estudio de lo paranormal, das por hecho que hay cosas ciertas: por ejemplo, que no todos los médiums son unos timadores. Son afirmaciones que sorprenden a gente con un sano escepticismo.
R: El sano escepticismo consiste en dudar también de tus propias creencias, no solo de las de los demás o de las que no te gustan. Además, algunos confunden escepticismo con negacionismo. Claro que hay médiums farsantes, pero también hay fraude en la abogacía, la fontanería y la ciencia, por poner tres ejemplos. ¿Invalida eso al gremio entero? Hasta nuestro venerado Santiago Ramón y Cajal se interesó por los médiums. Él mismo nos lo cuenta en su autobiografía Recuerdos de mi vida: "Para estudiarlas metódicamente (...) organizamos un Comité de investigaciones psicológicas (...). Por mi casa, convertida al efecto en domicilio social, desfilaron especies notabilísimas de histéricas (...) y hasta de acreditados médiums espiritistas".
Nuestro queridísimo Premio Nobel añade: "No escatimé gasto ni diligencia para procurarme los sujetos dotados de virtudes más trascendentales". Y más abajo confiesa: "Durante aquellas épicas pesquisas sobre la psicología morbosa, solo se me resistieron tenazmente esos fenómenos extraordinarios, confinantes con el espiritismo, a saber: la visión a través de cuerpos opacos, la transposición sensorial, la sugestión mental, la telepatía, etc.". ¡A ver ahora quién se atreve a llamar a Cajal pseudocientífico por investigar los límites de la mente humana!
P: Tu experiencia cercana a la muerte ha sido un factor clave. Porque hablas de algo que has vivido en primera persona, una experiencia que además calificas de hiperreal. ¿Hasta qué punto ha sido una experiencia transformadora?
R: A nivel personal ha sido verdaderamente transformadora: ahora le tengo menos miedo a la muerte y más curiosidad. Además, puedo atestiguar (como tantas otras personas que han estado en el umbral) que el tránsito de la vida a la muerte es una experiencia maravillosa. ¡Una de las mejores de tu vida! Quienes hemos estado con un pie en el "más allá" sabemos que es un lugar muy hermoso, lo más espléndido que hayas visto nunca. Dicho esto, quiero recalcar que vivir es sin duda el mayor regalo. A nivel profesional, esto me ha transformado también: tras veinte años de carrera, he decido emplear todo mi bagaje como físico teórico y neurocientífico al estudio de la consciencia humana, incluidos "los márgenes" de la mente en el mundo real (marginados, pero también frontera de conocimiento). He reorientado todos mis esfuerzos hacia esta gran hipótesis: hay mente más allá del cerebro y la ciencia lo puede demostrar. Estoy en paz y entusiasmado, aunque de vez en cuando tenga que lidiar con alguna "experiencia cercana a la muerte científica"...
P: ¿Y si todo fue un artificio de la mente, conjugado con un cierto autoengaño muy natural (todos tenemos ansia de trascender, nadie quiere morirse)?
R: Puede ser. Me gustan mucho las preguntas que empiezan con un "y si", pues abren puertas en vez de dar portazos. En mi libro examino una por una todas las posibles explicaciones y objeciones a tan enigmático fenómeno. No sobrevive ni una materialista. Resulta que durante décadas aquellos que NO habían estudiado el tema (tanto científicos expertos en otros temas como divulgadores folclóricos) nos aseguraban que "sabían que NO", que no hay nada, cuando ahora se ven obligados a confesar que en el fondo "NO sabían". Tomaron como premisa su conclusión, y su hipótesis de que la mente no es nada más que la actividad del cerebro se convirtió en dogma científico. Por lo tanto, creían (y nos hacían creer) que cuando el cerebro muere, tú mueres con él. Punto y final. A veces me preguntan si con mis investigaciones no estoy dando falsas esperanzas. No es mi objetivo, pero tampoco veo qué hay de malo en darle esperanzas a la gente. Más aún cuando durante tanto tiempo se han repartido tantas falsas desesperanzas en nombre de la ciencia.
“No es mi objetivo, pero tampoco veo qué hay de malo en darle esperanzas a la gente.“
P: Un declarado propósito tuyo es sacar del armario a mucha gente que lleva años ocultando su experiencia fuera de lo normal por vergüenza o temor a ser tildados de chiflados. Y por lo que dices en el libro, pareces estar consiguiéndolo.
R: Así es. Sin quererlo me he convertido en activista de la ciencia de la consciencia. Tras publicar el libro he recibido cientos de correos y mensajes privados en las redes sociales en los que gente anónima me cuenta sus increíbles experiencias (no solo las cercanas a la muerte, sino sueños lúcidos, premoniciones que se cumplen al detalle, sincronicidades, curaciones espontáneas, experiencias extrasensoriales, etc.). No buscan nada de mí; simplemente compartir algo precioso, íntimo y trascendente que no pueden contar a nadie por miedo a ser juzgados y que, además, "La Ciencia" oficial ha denostado sistemáticamente. ¡Hay tanta gente encerrada dentro del armario! Lo que quizás no sepan es que somos una mayoría silenciosa. La ciencia dogmática, esa que tiene tiempo para insultar y ridiculizar, pero no para debatir y aprender, es la que más daño hace a la propia ciencia y a la sociedad. Pone todavía más en peligro la ya erosionada confianza que tiene la gente en "La Ciencia" tras haber afirmado (o negado) cosas categóricamente en nombre de "los expertos" y no salir nunca a disculparse cuando era flagrantemente falso o simplemente ignorancia arrogante.
P: Cuentas en La ciencia del último umbral que la parapsicología es una ciencia seria nacida en EE.UU. hace décadas. Mencionas varios investigadores hacia los que profesas respeto y admiración. ¿Crees que es una impropiedad, además de una injusticia, encasillar a la parapsicología en la pseudociencia?
R: Dedico un capítulo entero a los Cuatro Prefijos del Apocalipsis: la pseudo-ciencia, lo para-normal, lo extra-ordinario, y lo sobre-natural. Hay que desactivarlos para que la conversación, el pensamiento y la investigación puedan proseguir.
Portada de 'La ciencia del último umbral' (Editorial Temas de Hoy) TEMAS DE HOY
P: Abogas por una nueva ciencia de la consciencia que incluya la subjetividad, pero tú mismo reconoces que la consciencia es el punto ciego de la ciencia, como el ojo que pretende verse a sí mismo sin un espejo. ¿Hasta dónde podemos llegar? ¿Estamos condenados a no saber por una limitación insuperable?
R: La consciencia es la gran anomalía de la ciencia. Es lo que Galileo dejó para más tarde tras poner los pilares de la ciencia occidental hace 400 años. Empezamos a estudiar la naturaleza por aquella parte que se presta más fácil a la medida y a las matemáticas. Empezamos por la materia y dejamos la mente para luego (y nos olvidamos de ella). El éxito fue tan grande (física, química, biología, hasta llegar a la psicología) que algunos se vinieron arriba y acabaron creyendo que lo que no se puede medir, no existe. No sé qué piensan del amor de madre o del dolor de muelas... El viejo problema del cuerpo y del alma (esa extraña pareja) ha regresado a los laboratorios ortodoxos hace solo treinta años en forma del problema cerebro-consciencia. Tres décadas en ciencia es casi nada. Acabamos de empezar a tratar de aplicar el método científico a la experiencia. Pero, ¿cómo objetivar la subjetividad misma? Por eso la consciencia es también el punto ciego de la ciencia, pues no solo nos cuesta verla sino que es precisamente lo que nos permite ver. Sin consciencia no hay ciencia y, sin embargo, estamos tratando de explicarla científicamente... El gran tema de fondo aquí no es la vida después de la muerte, sino la consciencia. Esa es la ciencia del futuro.
“Algunos se vinieron arriba y acabaron creyendo que lo que no se puede medir, no existe.“
P: Apuntas la dificultad institucional de investigar estas cuestiones, no solo por el rechazo de buena parte de la comunidad científica sino porque es un serio problema conseguir financiación cuando aparece la palabra "consciencia" en un proyecto. Y también es una apuesta muy arriesgada para jóvenes investigadores, que pueden quedar estigmatizados. ¿Qué soluciones ves al respecto?
R: Utilizo la metáfora del taburete de la ciencia para que la gente se dé cuenta de que la ciencia se aguanta sobre tres patas. Las primeras dos son bien conocidas: datos empíricos y marcos teóricos. La primera sin la segunda es ciega; la segunda sin la primera es muda. La tercera suele estar muda. Se suele ocultar, pues hace parecer a la ciencia menos pura e inmaculada y la muestra vulnerable (aunque ese sea uno de sus superpoderes). Se trata de los condicionantes sociopolíticos y económicos de toda actividad humana, desde lo que se decide financiar (o no) por intereses que no son científicos, hasta la búsqueda de prestigio social a costa de ser fiel a la verdad, o simplemente la falta de coraje y curiosidad por el miedo a perder tu trabajo o reputación. En resumen, la prostitución del conocimiento. ¿Soluciones? Que cada uno examine su propia consciencia y saque sus propias conclusiones.
P: Pones el acento en la necesaria transversalidad de estos estudios. ¿Cómo de importante ves el diálogo y la colaboración no ya solo entre científicos de diversas áreas (físicos, biólogos, neurocientíficos...), sino entre dos mundos que aún viven a espaldas uno del otro como el de las ciencias y el de la filosofía/humanidades?
R: El estudio de los márgenes de la consciencia tiene lugar también en los márgenes del pensamiento. Es en esta frontera donde te encuentras con los verdaderos aventureros de todas las disciplinas. Gente realmente fascinante. Es como la Comunidad del Anillo: hay hobbits, hombres, elfos, enanos y magos. Cuando me invitan a una conferencia ya no somos todos físicos teóricos especializados en termodinámica estocástica o neurobiólogos del sistema olfativo de la mosca de la fruta. El campo de investigación de la "consciencia no-local", en vez de un monocultivo de cereal transgénico, es más bien como un indómito jardín silvestre: hay físicos cuánticos, neurocientíficos de la consciencia, médicos intensivistas, filósofos de la ciencia, historiadores de las religiones, cocineros de vanguardia, inversores en inteligencia artificial, psiquiatras, bailarines, exorcistas, matemáticos, chamanes, místicos... Es como ir de viaje a los límites del conocimiento y sentarse al final del autobús: ahí es donde está la verdadera acción.
P: ¿No crees que la comunidad académica y los medios de comunicación en España están un poco al margen de la revolución copernicana que se viene gestando en el estudio de la inteligencia, la vida y la consciencia? Nombres como los de Karl Friston, Michael Levin, Christof Koch o Donald Hoffman son aquí muy poco conocidos.
R: Si me permites la broma, aquí aún somos un poco "Made in S-Pain". Sin embargo, debo confesar que esta revolución también se viene gestando en nuestro país, silenciosamente, pero cada vez es más patente. Los tiempos están cambiando en todas partes. El viejo paradigma materialista ya no se aguanta. La gente quiere una "ciencia 2.0", una nueva ciencia de la vida, la materia y la consciencia. El nuevo libro de Dan Brown trata precisamente de eso. Al asomar la cabeza y alzar un poquito la voz, me está volviendo un eco sorprendente y alentador. Cada vez conozco a más investigadores, comunicadores y emprendedores que sienten ese impulso y buscan la manera de canalizarlo. Nos estamos aliando. ¡Hay ciencia más allá de la academia! Si Cajal se reencarnara hoy, probablemente estudiaría la consciencia humana más allá del cerebro.
“ Si Cajal se reencarnara hoy, estudiaría la consciencia humana más allá del cerebro.“
P: ¿Se está derrumbando el materialismo reduccionista, la creencia hegemónica dentro de la comunidad científica de que todo es reducible a la materia y de que la realidad se agota en ella?
R: Hay que acabar con el meme de que somos nuestro cerebro, así como con el mito de que el alma vive confinada en el cráneo y muere cuando se para el corazón. El ateo-materialismo es una ideología moribunda, un parásito conceptual, un zombi filosófico que lleva demasiado tiempo viviendo a costa de disfrazarse como ciencia. Es la pseudociencia más peligrosa que ha existido. Estamos sufriendo sus últimos coletazos. Los materialistas de carnet pontifican que todo está hecho de materia y solo materia, pero si les preguntas qué es la materia, no lo saben. Si la consciencia sobrevive a la muerte del cuerpo físico, el materialismo muere. Y no solo eso: la vida se transforma, pues lo que nos han dicho tantas veces que es "imposible" (y sin embargo le sucede a la gente normal de manera habitual) se vuelve, de golpe, probable. El mundo cambia antes nuestros ojos. Un mundo lleno de vida y que supera incluso lo que somos capaces de imaginar.
P: Has transitado desde la física teórica hasta la neurociencia. ¿Cuál es tu agenda profesional ahora mismo? ¿Cuán factible ves tu sueño de crear un centro dedicado al estudio de la consciencia en España?
R: Ese centro ya existe: de momento cabe en mi despacho y, como diría Rosalía, "cabe en mi pecho, y mi pecho ocupa Su amor, y en Su amor me quiero perder". Tiempo al tiempo. Mi agenda es triple: pensar lo imposible, medir lo intangible, y contar lo indecible. Hacerlo solo o acompañado, no depende de mí. Pero el futuro tiene muy buena pinta...
“ Mi agenda es triple: pensar lo imposible, medir lo intangible, y contar lo indecible. “
P: Si fueras el director de ese anhelado instituto de la consciencia 2.0, de ese centro entregado a la "ciencia de lo imposible" por la que abogas, ¿qué líneas de investigación prioritarias marcarías?
R: Haríamos una "Ciencia 2.0": investigaríamos la "consciencia no-local", la que va más allá del cerebro, de la muerte, y de la materia. Trataríamos de descubrir el sustrato neuronal del cerebro como órgano que permite la consciencia (como una radio), en vez de producirla (como una máquina de vapor). Andaríamos la delgada línea entre una ciencia verdaderamente abierta y rigurosa. Estudiaríamos sin tapujos estas cinco líneas (las 5As): mentes Anómalas, Ampliadas, Ancestrales, Ajenas y Artificiales. Y lo haríamos con total libertad científica (sin tabús, sin conflictos de interés, sin cancelación). Aunaríamos a sabios de todas las disciplinas, científicas y más allá. Produciríamos una ciencia que no hiciera violencia sobre la experiencia humana. Una ciencia humanista, al verdadero servicio de la sociedad. Parezco un político, pero lo digo de verdad.
P: Abramos ahora de par en par las compuertas de la especulación. ¿Qué intuiciones albergas acerca del gran misterio de la existencia? ¿Por qué crees que hay algo en vez de nada (una pregunta que ya se hacía Leibniz hace más de 300 años)? ¿Qué sentido transcendente podría tener la vida?...
R: Como apuntó mi filósofo favorito, el francés Henri Bergson (quien por cierto fue ganador del Premio Nobel de Literatura en 1927), la nada es más que algo, pues siempre que pensamos hay algo, luego hacemos ver que nos olvidamos de ello e imaginamos que no hay nada (tenemos pues ese algo y la nada) y finalmente nos sorprendemos de ambas cosas. El problema de la consciencia, junto con el de la existencia, son los grandes misterios de la vida. La trascendencia y la inmanencia son dos caras de la misma moneda. La vida es ese lugar mágico donde el espíritu se encarna y la materia se espiritualiza. Quizás el sentido de la vida sea encontrarle el sentido a la vida, aunque lo volvamos a perder de nuevo. Venimos al mundo a aprender, experimentar y disfrutar de este milagro cotidiano que es vivir.
P: Te invito a acabar con un reto: ¿Cómo resumirías tu libro con una sola frase (bueno, acaso dos) a tus hijas pequeñas?
R: Cariño, aunque te pasen cosas extraordinariamente raras, incluso maravillosamente imposibles, recuerda siempre esto: ¡No eres tonta, no estás loca, no estás sola! Cuenta lo que te pasa para que cuente, confía más en tu corazón que en el experto oficial de turno. Que la Fuerza te acompañe.