Ganar un Mundial no era el fin: Messi se pide otra
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El 16 de junio de 2006, Leo Messi marcó su primer gol en un Mundial. El 16 de junio de 2026 volverá a empezar otro. Veinte años después, la promesa es leyenda y ya todo el mundo sabe quién era aquel chico.
Hace ahora veinte años Leo Messi de aquel debut mundialista. Tenía entonces diecinueve años y en la prensa todavía su nombre iba acompañado del sustantivo “promesa”. Era 16 de junio de 2006. Argentina debutaba en ese mundial contra Serbia y Montenegro. El partido, más que controlado por la albiceleste, se adentraba en el minuto setenta y cinco cuando Pekerman decidió darle entrada.
"La Pulga" solo necesitó trece minutos para hacer su primer gol con la selección. Entonces todavía nadie hablaba de él como el mejor jugador de todos los tiempos, no tenía tan encima la sombra de otro 10 de la albiceleste, esa que le empezó a perseguir sobre todo después de un maradoniano gol al Getafe en la primavera de 2007.
Era un chico bajito y flaco al que le sobraba fútbol. Hoy, veinte años después, a Leo Messi ya no le queda nada por demostrar, ni siquiera ganar el título que durante lustros fue quizá su punto más débil en la comparación con Maradona.
En Catar levantó el trofeo que le faltaba
Leo Messi ha ganado infinidad de títulos colectivos (46) e individuales (sus ocho balones de oro o seis botas de oro, son solo unos de muchos). Ha reventado todos los récords posibles y ha derribado todas las barreras que parecían reservadas para los mortales.
Y aun así hubo una que nunca fue suya sino que la construimos nosotros: ganar un mundial. Necesitábamos que lo ganara como si su legado dependiera de ello, como si la belleza de todo lo anterior necesitara una última validación. Messi nunca necesitó esa copa para trascender pero lo hizo.
Argentina salió campeona por primera vez en casi cuatro décadas y el de Rosario cerró el debate que probablemente nunca debió existir: ¿Necesitaba Messi ganar un Mundial para demostrar algo? En realidad no, pero en Catar el ex del Barça alcanzó una cima que ya era suya mucho antes de conquistarla.
Messi decidió aguantar y jugar (mínimo) un mundial más
Aquella imagen, la de Leo elevando la copa del mundo al cielo, parecía el final perfecto, una despedida ideal. Pero Messi decidió quedarse. Quizá porque todavía disfruta jugando, también puede que siga sintiendo la responsabilidad de vestir la camiseta argentina o a lo mejor porque entiende algo que nosotros también sabemos: que cada partido suyo es un regalo cada vez más escaso.
Por eso da la sensación de que Messi juega más por nosotros que por él. Porque ya no necesita convencer a nadie. Lo único que hace es seguir regalándonos tiempo de disfrutar al argentino.
Mientras tanto, nosotros seguimos acumulando años. Y cada control orientado, cada pase imposible y cada recorte y zurdazo al ángulo nos recuerdan que también estamos asistiendo a una despedida lenta, aunque nadie se atreva a pronunciar esa palabra.
Dentro de unos años no discutiremos estadísticas sino que recordaremos dónde estábamos cuando lo vimos jugar. Porque a estas alturas Leo Messi no sigue jugando por el amor que le tiene al fútbol sino por lo que el fútbol lo ama a él.