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Fútbol

La 'Quinta' Copa de Europa del Real Madrid cumple 60 años

  • El 18 de mayo del 1960 los blancos vencieron por 7-3 al Eintracht de Frankurt para levantar la quinta corona europea
  • Ferenc Puskas, con cuatro goles, y Alfredo Di Stéfano, con tres, destacaron en el llamado "mejor partido de la historia"

Por
LA PENULTIMA

FICHA TÉCNICA:

7 - Real Madrid: Domínguez, Pachín, Marquitos, Santamaría, Zárraga, Vidal, Canario, Del Sol, Di Stéfano, Puskas y Gento.

3 - Eintracht de Frankfurt: Loy, Lutz, Höfer, Weilbächer, Eigenbrodt, Stinka, Kress, Lindner, Stein, Pfaff y Meier. Entrenador

Goles: 0-1 (min.18): Kress; 1-1 (min.27): Di Stéfano; 2-1 (min.30) Di Stéfano; 3-1 (min.46): Puskas; 4-1 (min.56): Puskas; 5-1 (min.60): Puskas; 6-1 (min.71): Puskas; 6-2 (min.72): Stein; 7-2 (min.73): Di Stéfano; 7-3 (min.75): Stein.

Bajo el crepúsculo escocés, tres jóvenes vestidos de blanco inmaculado esperaban agrupados en el centro del campo el aviso del señor Mowat. Puskas, a la izquierda, lanzaba puntapiés a una pelota imaginaria, mientras que Del Sol, a la derecha, soltaba la adrenalina propia del debutante mediante brincos minúsculos. Con la mirada clavada en el balón, se encontraba Di Stéfano. El argentino se mostraba impasible, como si la presión de alzar una quinta Copa de Europa consecutiva no pesase sobre sus hombros. El tañido metálico del silbato del colegiado le invitó a dar comienzo a los noventa minutos, que separaban la gloria de la derrota, al tiempo que alimentó las gargantas de las cerca de 130.000 personas que colmaban el “castillo” de Hampden Park. Real Madrid y Eintracht de Frankfurt arrancaban así la final de Glasgow 1960. Un duelo enérgico de ofensivas constantes que no mucho tiempo después quedaría catalogado como la mayor oda al fútbol compuesta jamás.

“Para nosotros era un partido de gran responsabilidad. Estábamos haciendo un trabajo muy bonito en la historia para el Madrid, queríamos darle un título más al club y ganar la 'Quinta'”, recuerda con frescura meridiana José Santamaría, central blanco durante nueve temporadas y uno de los protagonistas de aquel duelo. Sin embargo, el partido empezó trocado para los intereses españoles. A los 40 segundos de acción, el extremo izquierdo Meier sorprendió a Domínguez con un centro chut que rebotó en el larguero. Fue el comienzo de 20 minutos de ardor teutón, gracias, en parte, a los desbordes y desmarques constantes por el costado de Pachín de Pfaff, Lindner y Krees. El domino del Eintracht encontró premio en una rápida internada que Krees acabó rematando plácidamente a las mallas. Era el 0-1 e incluso pudo caer el segundo. Al Real Madrid le tocaba remar, como en las finales del 56 y del 58.

“Nos enfrentamos a un equipo joven, que venía con toda la ilusión de ganarnos (en semifinales arrollaron al Glasgow Rangers en un parcial de 12-4). Habían hecho un gran torneo, empezaron con mucha fuerza y nos sorprendieron”, explica Santamaría, “pero nosotros, en lugar de entregarnos, nos sacudimos. El tanto alemán fue como si nos dieran un pinchazo en el cuerpo para reaccionar”. El equipo. además de ser un bloque campeón, era un grupo de amigos, que se conocía a la perfección, y estaba capacitado para aliviar situaciones de presión. “Hacíamos un calentamiento en el vestuario con el que salíamos ya preparados para salir a jugar y a correr. Si hubiera algún defecto, se podía corregir en los primeros compases”. La escuadra blanca, al observar cómo subía al marcador el primero de los de Frankfurt, despertó del letargo inicial. Fue como un gran púgil que encaja con gracia el golpe del aspirante y que, en lugar de tumbarlo, dispara su gen ganador.

Di Stéfano marca el camino

Y, en el Madrid, el genio competitivo de Alfredo Di Stéfano sobresalía del resto. El argentino volteó el choque en dos jugadas de oportunista. Primero, actuó de ‘9’ para remachar un centro templado del brasileño 'Canario'. “Le di con la espinilla, pero lo importante es que entren”, recoge el libro La Decimotercera, y, al entrar, se convirtió en el único futbolista capaz de anotar en cinco finales de Copa de Europa. En el segundo, fue el más listo de la clase. 'Canario', de nuevo incisivo por el sector derecho, disparó a puerta tras una astuta entrega de Del Sol. El envío, violento y cargado de efecto, ya que el ágil extremo lo empaló con el exterior, no pudo ser blocado en el palo corto por Loy, meta alemán. El bote pronto jugó en su contra y el rechace lo embocó Di Stéfano, salvando el segundo esfuerzo del arquero. Le bastaron cuatro minutos para colocar a los blancos con una ventaja que no derrocharían.

El Eintracht no tardó en adelantar filas buscando la igualada. Se trataba de matemáticas. La artilleria merengue era devastadora. En los seis partidos disputados en esa edición de la Copa de Europa, el Madrid había anotado 31 goles. Por ello, necesitaban apostar para tener opciones. Un 2-2 al descanso podría inquietar el reinado blanco y propiciar su estreno europeo, pero salió cruz. En el 45, al filo del descanso, los germanos botaron un córner sin demasiado éxito. Domínguez, valeroso, atrapó en el aire el cuero y lo voleó al campo contrario, donde ya corría Del Sol acompañado por un solo zaguero rival. En la brega, la pelota salió despedida a los pies de Ferenc Puskás, que acompañaba la acción desde atrás con persistencia. Mediante un quiebro ágil, se zafó de su par y cosechó el espacio suficiente para armar un zurdazo tenso, que dibujó el 3-1 segundos antes de que el colegiado decretara el término del primer tiempo.

HISTORIA DE CINCO COPAS

Al regresar al césped, el Real trajo consigo la determinación de anudar la final y seguir escribiendo páginas en la historia del fútbol. “Teníamos jugadores con hambre de hacer goles. Teníamos un trío de gran clase. Paco Gento corría y corría mucho, Alfredo y Puskas tenían una gran calidad. Ellos eran los que debían hacer los goles”, detalla el exinternacional español y uruguayo, “yo y varios más teníamos que defender. Nosotros hacíamos presión y cada uno tenía su misión de marcaje. Yo hablaba mucho, para intentar cumplirla. El objetivo era mantener a los alemanes 10 metros fuera del área para que no tuvieran posibilidad de tirar a portería. Y si no lo conseguíamos, había que tapar el tiro”

Precisamente, en una escena de presión en el medio campo, Puskas filtró un balón al espacio para la cabalgada de Paco Gento. El cántabro fue desplazado en el área y el árbitro escocés señaló un riguroso penalti, aunque no vaciló: “No tuve dudas. Solo consulté al asistente para saber si era fuera o dentro”, comentó el señor Mowat a los periódicos del momento. El diez madridista ajustó a su lado natural e hizo el cuarto.

Puskas, que no había estado demasiado acertado en el primer acto, se desató en el segundo. Otra vez, junto a ‘La Galerna del Cantábrico”, construyó el quinto del partido y, otra vez, solo tuvo que dar la estocada al cabecear en el área pequeña un centro templado del español. En su cuenta personal ya contaba con un hat trick, pero faltaba otro.

Y llegó con lo que mejor definía al futbolista centroeuropeo: la potencia y colocación de su pie izquierdo. Cazó un balón mordido en el área, ante la pasividad de los tres defensas alemanes, y lo acomodó hacia su lado bueno. Giró con ligereza la cadera, ya que estaba de espaldas, y soltó un misil a la diestra de Loy, que hizo la estatua. El esférico despejó las telarañas de la escuadra para hacer el sexto. Con este póker, el húngaro se hizo todavía más leyenda. Se convirtió en el máximo anotador en una final de la Copa de Europa y se aseguró el premio como mejor artillero (12) de la edición 1960. El propio Loy, al término del choque, confesaría a los reporteros que los blancos “eran diablos tirando a puerta”.

Un fútbol tan fácil que parecía un sueño

Restaban más de 20 minutos de partido y el Madrid ya se había echado la 'Quinta' al bolsillo. “Nosotros teníamos una mentalidad en la que no jugábamos para perder, sino para ganar siempre. Lo que más nos motivaba era el prestigio. El Madrid era la Copa de Europa”, asevera Santamaría, gran conocedor de la filosofía madridista, no en vano portó el escudo en 337 encuentros. Y una vez que ya estaba asegurada la victoria, era cuestión de disfrutar sobre el tapete.

Los madridistas demostraron su habilidad al mundo entero con efectivas entregas al primer toque y regates de galería, en especial Gento sobre la cal o Di Stéfano cuando era acosado por su par. “Nada puedes hacer cuando tienen la pelota”, repetía el narrador de la retransmisión de la BBC, en directo. “Era un fútbol tan fácil que parecía un sueño”, relataría un columnista del ‘Daily Herald”. Aunque, más que el talento y la genialidad, los integrantes de aquella plantilla de campeones destacan el compromiso del grupo: “No nos creíamos nada. Todos corríamos y trabajábamos”, relata Santamaría. Era tal el derroche físico que Gento los definió, dentro del libro Corazones Blancos, como un grupo “de currantes con frac”.

Pero en el virtuosismo blanco, el Eintracht se sacudió el barro con un par de dentelladas de Stein, que bien valieron dos goles. Uno, cabe recordarlo, tras una inocente entrega de Vidal a Domínguez, que halló un destinatario erróneo. Entre ambas manifestaciones de alegría alemanas, Alfredo Di Stéfano tuvo tiempo para volver a deslumbrar con un zapatazo plano ajustado a la cepa del palo. Completaba, de esta manera, un hat-trick, que le valió, junto a Puskas, para destacarse como los dos únicos hombres capaces de anotar tres o más goles una final de Copa de Europa.

El Real Madrid celebra su quinta Copa de Europa

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    El presidente del Real Madrid, Santiago Bernabéu, se dirige a los aficionados que acudieron a recibir al equipo en el aeropuerto tras ganar al Eintranch de Frankfurt.
     

Los noventa minutos finalizaron con un imponente 7-3 a favor de los chicos de Miguel Muñoz, que saboreó la gloria de ser el primer hombre que levantaba el máximo galardón europeo como jugador y entrenador. En total se vieron diez goles (récord de tantos en una final, pero pudieron ser más, ya que hubo hasta seis postes. De hecho, la madera le robó el cuarto al 'Viejo' Di Stéfano cuando ya festejaba haber soprepasado a Loy en un rápido uno contra uno.

En la vuelta de honor merengue, los casi 130.000 espectadores (también récord de asistencia) agradecieron el espectáculo ofrecido, aunque más allá de la pertinente foto con la copa, no hubo demasiado derroche, en cuanto a celebraciones se refiere: “Queríamos llegar a casa con la familia y disfrutar con los hinchas. Si tomabas algo de más, no llegabas entero a Madrid. Teníamos mucho cariño y respeto al club y a los socios”, relata José Santamaría. A su llegada a la capital, el equipo fue recibido en vítores de multitudes, “con la alegría de seguir ganando” y “con cinco copas, una marca que ningún equipo podrá mejorar”, según comentó Zárraga, el capitán, al diario ABC.

En las islas quedó, desde el fin del partido, el recuerdo de una hazaña histórica. El resultado cambió la visión del juego tradicional y el modo en que debía desarrollarse. En suelo inglés había nacido el fútbol, pero en tierras latinas había mutado para convertirse en arte. Fue tal el impacto en la sociedad que la BBC, durante años, emitió el duelo en Navidad. El Madrid regaló a los británicos “el partido del siglo” orquestado por “maestros”. Y ellos le condecoraron con el sobrenombre de ‘vikingos’, gracias un artículo de un periodista de The Times, donde comparó el dominio blanco con la invasión europea del pueblo nórdico. Observando con perspectiva, el diario no iba desencaminado. Sesenta años después de la ‘Quinta’, y con 13 Ligas de Campeones en total en las vitrinas, el Madrid sigue reinando en el continente.

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