Cada año, cuando se acercan las Fallas, Valencia se transforma en una ciudad dominada por el estruendo y el olor inconfundible de la pólvora. Durante estos días, calles y plazas viven una auténtica explosión sonora que forma parte inseparable de una tradición centenaria. Aunque la pirotecnia suele asociarse culturalmente al Mediterráneo, lo cierto es que los países europeos que más pólvora consumen no están en el sur, sino en Alemania y Países Bajos.
La diferencia principal no está tanto en la cantidad como en la forma de uso. Los países mediterráneos distribuyen el uso de fuegos artificiales a lo largo de todo el año, vinculándolo a celebraciones religiosas, fiestas populares y eventos familiares. En cambio, en el norte de Europa la mayor parte del gasto se concentra en una sola fecha: la Noche Vieja.
En Alemania, por ejemplo, el gasto en petardos y fuegos artificiales puede superar los 130 millones de euros en apenas una noche. Allí, el origen de esta práctica no responde únicamente a la celebración del cambio de año, sino a una tradición ancestral destinada a ahuyentar a los espíritus malignos mediante el ruido y la luz.
Europa, sin embargo, cuenta con poca producción propia de pirotecnia. La fabricación se concentra principalmente en Italia, España y Portugal, mientras que muchos países dependen de las importaciones procedentes de China. No obstante, las dificultades logísticas y los estrictos requisitos de transporte de mercancías peligrosas han impulsado en los últimos años la compra de productos fabricados en España.
La regulación europea en este ámbito es especialmente rigurosa, y España destaca por contar con una normativa exhaustiva. El Reglamento de artículos pirotécnicos y cartuchería establece controles detallados sobre todos los aspectos del sector: desde la fabricación y almacenamiento hasta la venta, el uso, las instalaciones y las medidas de seguridad exigidas a trabajadores y empresas. La realidad es que se trata de una actividad sometida a una supervisión constante.
Dentro de este contexto, Valencia se ha convertido en un referente internacional del uso popular de la pólvora. Las mascletàs y las despertàs representan la esencia sonora de las Fallas. Durante el último fin de semana de febrero y entre el 16 y el 19 de marzo, las comisiones falleras recorren los barrios desde las ocho de la mañana lanzando petardos acompañados por bandas de música, despertando simbólicamente a la ciudad.
El momento culminante llega cada día a las dos de la tarde en la plaza del Ayuntamiento, escenario de las famosas mascletàs. Cada jornada, una empresa pirotécnica distinta asume la responsabilidad del disparo. El montaje comienza de madrugada y culmina en apenas cinco o diez minutos de espectáculo intenso. Para los profesionales, actuar en este espacio supone un desafío decisivo: la plaza es considerada la “catedral de la pólvora”, capaz de consagrar o arruinar la reputación de una empresa.
Sin embargo, la pirotecnia también genera controversia. En los últimos años han aumentado las críticas por la contaminación acústica y por las partículas finas que se liberan en el aire, consideradas perjudiciales para la salud humana y animal por colectivos ecologistas. El Ayuntamiento de Valencia ha comenzado a abordar este debate, buscando fórmulas de convivencia entre tradición y bienestar ciudadano.
El debate no es exclusivo de España. En varios países europeos, especialmente en Suiza y Alemania, algunos ayuntamientos estudian limitar o incluso prohibir el uso de fuegos artificiales. Desde el sector pirotécnico reconocen la necesidad de diálogo, aunque advierten de las dificultades: el ruido forma parte esencial del espectáculo. Una pirotecnia completamente silenciosa, aseguran, simplemente no existe.
Mientras continúa la discusión social y política, el sector impulsa iniciativas para proteger su valor cultural. Ya se han iniciado trámites para que la pirotecnia sea declarada Bien de Interés Cultural en las comunidades gallega y valenciana.
Ajenos a la polémica, los valencianos siguen preparando uno de los momentos más esperados del año: la Nit de la Cremà, cuando el fuego pone el punto final a las Fallas y confirma que, en Valencia, la pólvora sigue siendo mucho más que ruido: es identidad, memoria y celebración colectiva.
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