Los viajes internacionales de los papas: una tradición moderna
- Pablo VI inauguró en 1964 la era de los viajes papales al extranjero
- Juan Pablo II visitó 129 países en sus casi 27 años de pontificado
Los viajes internacionales de los papas son una invención reciente en la larga historia de la Iglesia católica. Desde san Pedro, primer papa, hasta el año 1964 —es decir, durante 1.934 años—, solo dos pontífices habían salido de Roma de forma oficial y con un viaje pastoral significativo. La gran mayoría de los papas vivieron, gobernaron y murieron prácticamente sin abandonar los confines de la Ciudad Eterna o los Estados Pontificios.
Fue el papa Pablo VI quien inauguró esta nueva tradición moderna. En 1964, sólo un año después de su elección, realizó un viaje histórico a Tierra Santa. Visitó Jordania, Nazaret, Belén y una Jerusalén ya dividida por la frontera del recién creado estado de Israel. El “papa peregrino”, como se le conocería, llevaba un mensaje claro de paz a una tierra que hoy sigue sin conocerla.
Pablo VI popularizó el gesto de besar la pista de aterrizaje al descender del avión. Según Alberto Chinchilla, consultor de comunicación que trabajó para el Vaticano gestionando campañas para Benedicto XVI y Francisco, se trata de un “gesto improvisado, pero envuelto en esa emotividad del momento de saber que está en un momento histórico para él y para la Iglesia, pero que también deja huella y cala en la población”.
A Juan Pablo I no le dio tiempo a continuar esta tradición. Su pontificado duró apenas 33 días en 1978, por lo que nunca llegó a salir de Roma.
El papa viajero: visitó 129 países
Sin embargo, su sucesor, Juan Pablo II (Karol Wojtyła), llevó esta práctica a un nivel nunca antes visto. El papa polaco visitó 129 países a lo largo de sus casi 27 años de pontificado. Su primer gran viaje fue a su Polonia natal en junio de 1979. Entonces todavía gobernaba un sistema comunista. Aquella visita fue un terremoto espiritual y político. Mientras Wojtyła rezaba públicamente en la plaza de la Victoria de Varsovia ante millones de personas, el Vaticano, junto con la CIA, demuestran documentos clasificados, canalizaban apoyo material y financiero al sindicato opositor Solidaridad, liderado por Lech Wałęsa, que años más tarde sería presidente de la Polonia ya capitalista. Pero, en plena Guerra Fría, Juan Pablo II se convirtió en un actor clave en los esfuerzos de Estados Unidos, con Ronald Reagan en la Casa Blanca, con quien compartió amistad.
Benedicto XVI, por su parte, fue más moderado en sus desplazamientos. Su pontificado (2005-2013) fue más contemplativo y doctrinal, y realizó menos visitas internacionales: solo 21 países. Prefirió priorizar la profundidad teológica y la reforma interna de la Iglesia frente a la diplomacia aérea constante.
Los viajes papales, una geopolítica de la fe
Por su parte, el papa Francisco recuperó con energía el ritmo viajero de Juan Pablo II, imprimiéndole una orientación claramente social y periférica. Su primer viaje, en julio de 2013, fue a Lampedusa, la isla italiana convertida en símbolo de la tragedia migratoria en el Mediterráneo. Allí, frente a las costas donde miles de personas habían perdido la vida buscando un futuro mejor, Francisco denunció la “globalización de la indiferencia”. Aquel gesto inicial marcó el tono de su pontificado: poner en el centro a los descartados, los pobres y los migrantes.
Para el consultor Chinchilla, de la agencia BeShared, en el inicio de su pontificado, León XIV apunta algunas maneras similares a las de Francisco, como la visita a las cárceles: “recibir y escuchar a esas personas que están allí y darles una especie de segunda oportunidad, de inclusión social, que creo que es un mensaje importante que desde una figura como la suya genera mucho más impacto que cualquier otro líder”.
De lo visto en los viajes papales, se comprueba también que no solo son actos religiosos; también dibujan una geopolítica de la fe. Estados Unidos, la gran potencia contemporánea que a sí mismo le gusta verse como heredera de la “Roma imperial”, es el país más visitado por los papas modernos. Pero también destacan naciones con fuerte tradición católica donde la Iglesia enfrenta competencia creciente: España, México y Brasil. En estos territorios, los cultos evangélicos y protestantes han avanzado notablemente sobre el “rebaño” católico tradicional. Para esos fieles en disputa también están pensadas las visitas del papa: como una forma de reforzar su credo, para que se queden en la Iglesia, y que no viajen a otra fe.