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El fin de una era en Europa: EEUU se repliega mientras Alemania acelera su mayor rearme desde 1945

  • Washington replegará 5000 soldados de Alemania cuando se cumplen 81 años del fin de la IIGM
  • Con EE.UU mirando hacia Asia, Berlín prepara la mayor inversión en defensa hasta la fecha
Soldados de EE.UU. realizan un ejercicio de tiro real en un campo de Alemania
Soldados estadounidenses realizan un ejercicio de tiro real en el campo de entrenamiento de Grafenwoehr, en Alemania Stocktrek Images Stocktrek Images

Ochenta y un años después del final de la Segunda Guerra Mundial, la arquitectura de seguridad que Estados Unidos construyó entonces para estabilizar y reconstruir Europa y, después, para la contención de la Unión Soviética durante la Guerra Fría, ha empezado a transformarse.

El reciente anuncio de Donald Trump de retirar 5.000 soldados estadounidenses de Alemania - y su amenaza de ir “mucho más allá” - ha reabierto el debate sobre quién garantizará la seguridad del viejo continente en los próximos años cuando el presidente norteamericano no ha hecho más que verbalizar una idea que lleva tiempo rondando en Washington: Europa debe asumir el grueso de su defensa mientras EE.UU. concentra sus recursos militares en su objetivo actual, el Indo-Pacífico y la competencia con China.

Hoy, el país mantiene entre 80.000 y 100.000 militares desplegados en Europa - más de 36.000 de ellos en Alemania, su gran centro logístico y operativo al otro lado del Atlántico - en un despliegue que todavía hoy sigue siendo vital para sus operaciones en Oriente Medio, África o incluso el Ártico.

Pero el reciente anuncio de retirada se produce, también, en otro contexto: Berlín acaba de anunciar el mayor rearme de su historia reciente en medio de un fuerte deterioro de las relaciones entre Washington y varios aliados europeos por la guerra con Irán.

El canciller alemán, Friedrich Merz, llegó a acusar públicamente a Estados Unidos de actuar sin una estrategia definida en la crisis, en un momento de creciente fricción transatlántica por el reparto de cargas dentro de la OTAN, especialmente con Italia o España, a las que Washington reprocha su escasa implicación en las operaciones de seguridad vinculadas al estrecho de Ormuz y su resistencia a asumir mayores costes militares.

No es, además, la primera vez que Trump intenta reducir la presencia militar en Alemania. Durante su primer mandato ya impulsó un plan para retirar cerca de 12.000 soldados estadounidenses del país, aunque aquella medida quedó finalmente paralizada tras la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca.

Así, la coincidencia de ambos movimientos - el repliegue gradual estadounidense y el anunciado rearme alemán - está alterando uno de los pilares fundamentales del equilibrio europeo surgido tras la Segunda Guerra Mundial.

El canciller alemán Friedrich Merz saluda mientras es transportado en un tanque GTK Boxer en el cuartel del ejército alemán en Münster, al norte de Alemania Getty Images

El despliegue por Ucrania: puntual para EE.UU.

La retirada de tropas de EE.UU. devuelve la presencia militar norteamericana en Europa a niveles similares a los previos a la invasión rusa de Ucrania en 2022. Antes del estallido de la guerra, Estados Unidos mantenía alrededor de 64.000 soldados en Europa, una cifra muy inferior a la de la Guerra Fría, cuando llegó a tener más de 400.000 efectivos en el continente.

La caída fue gradual durante tres décadas: tras la desaparición de la Unión Soviética, Washington consideró que el riesgo de una guerra convencional en Europa había desaparecido y comenzó a cerrar bases, reducir contingentes y trasladar recursos hacia Oriente Medio y Asia.

Pero la invasión ordenada por Vladimir Putin en febrero alteró completamente esa tendencia. La administración Biden desplegó unos 20.000 soldados adicionales para reforzar el flanco oriental de la OTAN y tranquilizar a los aliados europeos más expuestos a Rusia, especialmente Polonia, Rumanía y los países bálticos. Desde entonces, la presencia militar estadounidense osciló entre 75.000 y 105.000 efectivos, dependiendo de las rotaciones y ejercicios militares. A comienzos de 2025 había cerca de 84.000 militares estadounidenses en Europa.

Sin embargo, detrás de esas cifras hay un cambio más importante que el puramente numérico. Durante los últimos tres años, Estados Unidos reforzó sobre todo despliegues temporales y rotacionales, no una presencia estructural permanente comparable a la de años atrás. El Pentágono quería enviar una señal de disuasión a Moscú sin comprometerse a largo plazo con un nuevo modelo de defensa europea centrado otra vez en Washington.

Encuentro de Donald Trump en Davos con Vladímir Zelenski Getty Images

La retirada de 5.000 soldados tiene además un enorme valor simbólico. En la práctica, Washington está indicando que el refuerzo militar desplegado tras 2022 fue una respuesta excepcional a la guerra de Ucrania y no el comienzo de una nueva era de presencia masiva permanente en Europa.

Alemania continúa siendo el principal centro militar estadounidense en Europa. Allí están desplegados más de 36.000 soldados y se encuentran instalaciones críticas para la proyección global de poder de Washington: la base aérea de Ramstein, el cuartel general del Comando Europeo de Estados Unidos (EUCOM), el Comando para África (AFRICOM) y el hospital militar de Landstuhl, el mayor centro médico militar estadounidense fuera de Estados Unidos. También alberga enormes centros logísticos y de entrenamiento utilizados por el ejército norteamericano desde hace décadas.

Italia mantiene unos 13.000 militares estadounidenses repartidos en siete instalaciones navales y aéreas, mientras que España alberga cerca de 3.800 efectivos en las bases de Rota y Morón, claves para las operaciones estadounidenses en el Mediterráneo, Oriente Medio y África. Washington considera ambas instalaciones esenciales para la proyección de poder de la Sexta Flota y de los Marines estadounidenses.

Pero el valor de estas bases trasciende Europa. Alemania funciona como plataforma logística para operaciones estadounidenses en Oriente Medio, África y Asia Central. Irak, Afganistán y, más recientemente, las operaciones vinculadas al conflicto con Irán han dependido en parte de esa infraestructura militar europea. Por eso numerosos analistas y parte del propio establishment republicano consideran que una retirada masiva de tropas no solo debilitaría a la OTAN, sino también la capacidad global de Estados Unidos para intervenir militarmente en varios teatros simultáneamente.

Esa visión sigue siendo compartida por parte de la cúpula militar estadounidense. “Contar con capacidades y municiones en Europa nos permite ayudar al Comando África de Estados Unidos a atacar a terroristas en África, o al Comando Central en operaciones como la campaña contra Irán. Las distancias son menores, es menos costoso y es mucho más fácil proyectar poder”, explicó recientemente un alto mando estadounidense ante legisladores en Washington.

Las propias declaraciones de dirigentes republicanos reflejan esa tensión dentro de Washington. Mientras Trump insiste en que Europa debe dejar de depender de Estados Unidos, otros sectores del Partido Republicano recuerdan que las bases europeas son esenciales para la proyección militar global estadounidense. Alemania ofrece acceso inmediato a tres continentes —Europa, Oriente Medio y África— y permite desplegar tropas y material con enorme rapidez.

Las diferencias políticas entre Washington y varios gobiernos europeos han dejado de ser exclusivamente diplomáticas para empezar a traducirse en decisiones militares concretas. La guerra de Irán ha acelerado esa fractura transatlántica y ha reforzado en Europa la sensación de que Estados Unidos prioriza cada vez más sus intereses estratégicos globales por encima de la cohesión interna de la OTAN.

Washington vira hacia Asia

Sin embargo, el debate estratégico en Washington lleva años avanzando en otra dirección. Ya en 2011, durante la presidencia de Barack Obama, Estados Unidos anunció el llamado “pivot to Asia”, el giro hacia Asia-Pacífico para concentrarse en China. Esa tendencia se ha mantenido bajo administraciones demócratas y republicanas. El Pentágono considera hoy el Indo-Pacífico como su principal prioridad estratégica, y el desequilibrio presupuestario refleja esa realidad: mientras la Iniciativa Europea de Disuasión recibió 3.600 millones de dólares en 2024, la Iniciativa de Disuasión del Pacífico recibió 14.700 millones.

Trump visitará China entre el 14 y el 15 de mayo en su primer encuentro tras el inicio de la guerra en Irán

Donald Trump y Xi Jinping en su último encuentro en Corea del Sur, en octubre EFE/EPA/YONHAP

Para Washington, China representa un desafío sistémico mucho mayor que Rusia: una potencia industrial, tecnológica, naval y nuclear capaz de competir globalmente con Estados Unidos. Eso obliga al Pentágono a redistribuir recursos militares, especialmente capacidades de alta tecnología, submarinos, sistemas antimisiles y activos navales que no pueden mantenerse simultáneamente en Europa y Asia al mismo nivel.

El repliegue parcial en Europa encaja, por tanto, en una lógica más amplia: Estados Unidos pretende conservar capacidades estratégicas esenciales en el continente, pero reduciendo progresivamente su peso en la defensa convencional europea. La administración Trump ha ido incluso más lejos, cuestionando abiertamente el compromiso automático de Washington con la OTAN y exigiendo a los aliados europeos un incremento drástico del gasto militar.

El propio Pentágono ha reconocido en distintas ocasiones que el objetivo a largo plazo es que Europa asuma la responsabilidad principal de su seguridad convencional. La guerra de Ucrania ralentizó temporalmente ese proceso, pero no alteró la dirección estratégica de fondo. De hecho, varios responsables estadounidenses consideran que el refuerzo militar desplegado tras 2022 fue una respuesta excepcional a la invasión rusa, no el inicio de una nueva era de presencia permanente masiva en Europa.

La tensión entre prioridades también se refleja en el debate interno estadounidense. Parte del establishment militar teme que una retirada demasiado rápida de Europa debilite la disuasión frente a Rusia y envíe señales de fragilidad a Moscú. Pero al mismo tiempo existe consenso creciente en Washington sobre la imposibilidad de sostener simultáneamente una gran presencia militar en Europa, Oriente Medio y el Indo-Pacífico al nivel de las últimas décadas.

Aviones de la Fuerza Aérea de EE. UU. en la Base Aérea de Ramstein, cuartel general de las Fuerzas Aéreas de EE. UU. en Europa EFE

Mientras, Alemania se rearma

Ese vacío es precisamente el que Alemania intenta llenar. La transformación alemana ha sido vertiginosa. Durante décadas, Berlín mantuvo unas fuerzas armadas limitadas, marcadas por la memoria histórica de la Segunda Guerra Mundial y por la dependencia del paraguas militar estadounidense. Pero la invasión rusa de Ucrania cambió completamente esa lógica. El entonces canciller Olaf Scholz habló de una Zeitenwende, un “cambio de era”, y desde entonces Alemania ha iniciado un proceso de rearme sin precedentes en la República Federal.

La nueva estrategia militar alemana, presentada este año bajo el título “Responsabilidad para Europa”, identifica a Rusia como la principal amenaza para la seguridad continental y plantea por primera vez la necesidad de que Alemania se convierta en la fuerza convencional más poderosa de Europa antes de 2039.

El plan prevé aumentar el número de soldados activos desde los actuales 185.000 hasta 260.000 militares en la próxima década, además de ampliar la reserva desde unos 60.000 efectivos hasta al menos 200.000 reservistas. En total, Berlín aspira a disponer de unas fuerzas combinadas cercanas al medio millón de efectivos listos para el combate.

La nueva doctrina alemana abandona además el enfoque centrado exclusivamente en el territorio nacional y adopta una visión integrada de la seguridad que conecta Europa, Oriente Medio y el Indo-Pacífico. Berlín quiere reforzar capacidades que reconoce haber descuidado durante años: defensa aérea, drones, guerra electrónica, ataque de largo alcance y protección frente a misiles hipersónicos.

Alemania quiere además consolidarse como el gran centro logístico de la OTAN para cualquier despliegue aliado hacia el este europeo. La reserva militar deja de ser considerada una estructura secundaria y pasa a desempeñar un papel clave en la defensa territorial y en la movilidad de fuerzas aliadas en caso de conflicto con Rusia.

El rearme alemán tiene también una dimensión industrial gigantesca. El gobierno considera que el sector de defensa puede convertirse en uno de los motores económicos del país en un momento en el que el modelo industrial alemán atraviesa dificultades por el encarecimiento energético y la crisis del automóvil. Varias fábricas vinculadas históricamente a la industria automovilística ya están siendo adaptadas para producción militar.

El gasto en defensa alemán ilustra la magnitud del cambio. Berlín prevé alcanzar niveles de inversión equivalentes a la suma del gasto militar de Francia y Reino Unido juntos, algo impensable hace apenas una década. Ese aumento puede convertir a Alemania en el principal actor industrial militar europeo y alterar profundamente el equilibrio interno de poder dentro de la Unión Europea.

Soldados alemanes en una jornada de puertas abiertas en el día de las fuerzas armadas en Feldkirchen, Alemania Photographer: Joerg Huettenhoelscher Photographer: Joerg Huettenhoelscher

Una nueva era de seguridad

Ese giro está acelerando además la competencia dentro de Europa. Francia teme perder liderazgo estratégico e industrial frente a Alemania, mientras proyectos conjuntos como el futuro sistema aéreo de combate europeo acumulan retrasos y tensiones políticas. Polonia, especialmente desde sectores nacionalistas, observa con enorme recelo el regreso del poder militar alemán. Y en otros países europeos crece la inquietud ante el ascenso electoral de Alternativa para Alemania (AfD), especialmente ante la perspectiva de que una fuerza ultranacionalista pudiera llegar algún día a controlar unas fuerzas armadas mucho más potentes.

El problema de fondo es que Europa sigue extremadamente fragmentada en materia de defensa: mientras Estados Unidos opera con 33 grandes sistemas de armamento, Europa tiene 174, incluidos 12 modelos distintos de carros de combate y 14 tipos diferentes de aviones de combate. Esa fragmentación dificulta la interoperabilidad, encarece costes y limita la autonomía estratégica europea.

Además, aunque Europa ha incrementado significativamente el gasto militar desde 2022, sigue dependiendo de Washington en capacidades críticas: inteligencia satelital, transporte estratégico, mando y control, defensa antimisiles y, sobre todo, disuasión nuclear. La OTAN continúa siendo, en gran medida, una arquitectura militar construida alrededor del poder estadounidense.

Así, el verdadero desafío para Europa no es únicamente gastar más, sino decidir si será capaz de construir una defensa realmente integrada o si continuará atrapada en rivalidades industriales y estratégicas nacionales. Porque el repliegue estadounidense obliga a los europeos a asumir responsabilidades para las que todavía no disponen de estructura política ni militar plenamente coordinada.

Para muchos gobiernos europeos, el problema ya no es únicamente la amenaza rusa, sino la creciente incertidumbre sobre la fiabilidad de Estados Unidos como garante último de la seguridad continental. El temor a un alejamiento progresivo de Washington está acelerando un rearme europeo que hace apenas unos años parecía políticamente inimaginable.

Por eso, detrás de la retirada de 5.000 soldados estadounidenses de Alemania hay algo más profundo que un simple reajuste militar. Lo que empieza a emerger es un nuevo reparto de responsabilidades dentro de Occidente: una Europa obligada a rearmarse porque ya no puede dar por garantizada la protección ilimitada de Estados Unidos, y una Alemania que, ocho décadas después del colapso del Tercer Reich, vuelve a convertirse en pieza central de la defensa europea.