Dimona: el secreto nuclear mejor guardado de Israel, ahora expuesto por su guerra y la de EE.UU. contra Irán
- En pleno desierto, Israel construyó en silencio el núcleo de su capacidad nuclear y su doctrina basada en la ambigüedad
- El programa israelí empezó a desarrollarse en los años 60, pero el Estado hebreo nunca ha reconocido su existencia
El impacto de un misil balístico iraní el pasado 21 de marzo en una zona residencial de la ciudad israelí de Dimona, que provocó cerca de 200 heridos en la zona, no solo expuso la vulnerabilidad del sistema antimisiles de Israel, sino que situó en el mapa, y en pleno desierto del Néguev, uno de los secretos mejor guardados del país: la existencia, nunca confirmada, de un programa nuclear, desarrollado desde hace décadas en el Centro de Investigación Nuclear Shimon Peres.
El misil no dañó la instalación, pero sí alteró algo más profundo: la percepción de seguridad de los habitantes de la pequeña ciudad de Dimona, que habían asumido que tener un reactor nuclear cerca implicaba una protección reforzada, al menos desde el espacio aéreo.
El mensaje de Teherán fue deliberadamente calibrado. No trataba de destruir las instalaciones israelíes en sí, pero sí demostrar que podía alcanzarlas, situando esta pequeña población en su diana estratégica en caso de que Tel Aviv y Washington decidieran avanzar hacia el peor de los escenarios para la República Islámica: un cambio de régimen.
"Irán podría haber causado un daño mucho mayor", dice el analista Luciano Zaccara en una entrevista en RTVE. "Había objetivos de Israel que podía haber atacado y no lo ha hecho", subrayó.
Un programa construido sobre el secreto
Para comprender el peso de ese gesto es necesario retrotraerse a los orígenes del programa. Impulsado por David Ben-Gurion en los años cincuenta como una garantía existencial —una respuesta estratégica al trauma del Holocausto y a la convicción de que Israel debía asegurarse por sí mismo su supervivencia— el proyecto nuclear se desarrolló bajo una premisa clara: debía permanecer oculto.
Tras la Guerra árabe-israelí de 1948 y la Crisis de Suez de 1956, se consolidó entre los dirigentes israelíes la idea de que la superioridad convencional no bastaba. La disuasión debía situarse en otro nivel: uno en el que ningún adversario estuviera dispuesto a asumir el riesgo de una confrontación total.
Esa ocultación no fue pasiva, sino sofisticada y sostenida en el tiempo. Los documentos desclasificados recientemente muestran hasta qué punto Israel no solo protegió su programa del escrutinio internacional, sino que desplegó una estrategia sistemática de engaño incluso frente a Estados Unidos.
Desde su concepción, Dimona fue diseñado como "un secreto dentro de otro secreto". El primero era el acuerdo franco-israelí de 1957, negociado discretamente y que permitió levantar el reactor bajo apariencia civil. El segundo, más profundo y decisivo, fue la existencia de una planta subterránea de reprocesamiento —una instalación de seis niveles destinada a separar plutonio del combustible irradiado— que proporcionaba la base material para la fabricación de armas.
Imágenes satelitales Maxar del Centro de Investigación Nuclear Shimon Peres Negev en el desierto del Néguev, en las afueras de Dimona, Israel DigitalGlobe/ScapeWare3d Getty Images
EE.UU., conocedor y cómplice
Cuando Washington descubrió la existencia del complejo a finales de 1960, no disponía de pruebas concluyentes sobre su finalidad. Un informe de inteligencia de la CIA de ese mismo año admitía varias posibles interpretaciones —investigación, energía, producción de plutonio—, aunque señalaba que la opción militar era plausible. Otro documento más específico apuntaba ya a la existencia de una planta de separación, pero esa información nunca cristalizó en una conclusión política firme.
Frente a la presión del presidente John F. Kennedy, Israel articuló una narrativa alternativa que se mantendría durante años: Dimona era un reactor de investigación con fines pacíficos. Esa versión no solo se defendió diplomáticamente; se escenificó sobre el terreno.
Antes de cada visita de inspectores estadounidenses —ocho entre 1961 y 1969— el complejo era preparado meticulosamente. Durante semanas, los técnicos reorganizaban instalaciones, ocultaban accesos a niveles subterráneos y ajustaban la operativa para presentar una imagen coherente con el relato oficial. A los equipos estadounidenses se les explicó que el combustible irradiado sería enviado a Francia. En realidad, nunca salió de Israel: era reprocesado en secreto en ciclos regulares dentro del propio complejo.
Una señal muestra el camino hacia la ciudad israelí de Dimona en cuyos alrededores está el Centro de Desarrollo Nuclear de Israel Ahmad GHARABLI / AFP
Los informes reflejan hasta qué punto la operación fue eficaz. En 1965, los inspectores no detectaron indicios de un programa militar, aunque reconocían el potencial del reactor. En 1966, contemplaron la posibilidad de producción de material fisible, pero sin pruebas concluyentes. La contradicción alcanzó su punto más alto en 1967. Un informe estadounidense advertía de que Israel probablemente ya disponía de capacidad de reprocesamiento y podía fabricar un arma en cuestión de semanas. Sin embargo, tras una nueva visita, los inspectores concluyeron: no existía tal instalación.
La realidad era otra. En vísperas de la Guerra de los Seis Días, en1967, Israel ya había ensamblado sus primeros dispositivos nucleares como parte de un plan de contingencia ante una amenaza existencial. A finales de esa década, la CIA consideraba que el país sí había alcanzado capacidad nuclear operativa, aunque nunca lo reconoció públicamente.
De ese desfase entre conocimiento e interpretación nació la política de ambigüedad nuclear (amimut). El acuerdo tácito entre Richard Nixon y Golda Meir en 1969 consolidó el modelo: Israel no declararía su arsenal y Estados Unidos evitaría presionar.
"Israel es el único Estado que se considera una potencia nuclear sin haberlo declarado oficialmente", dice a RTVE Noticias, el director de la Cátedra de Seguridad y Defensa 'Francisco Villamartín' de la Universidad Rey Juan Carlos, Vicente Garrido Rebolledo. "Su política se basa en la llamada ambigüedad nuclear: nunca confirma ni desmiente que posee armas nucleares", añade el profesor.
La primera ministra de Israel, Golda Meir y el presidente norteamericano, Richard Nixon, junto a Henry Kissinger a las afueras de la Casa Blanca Biblioteca del Congreso de Estados Unidos
Hoy, Israel sigue fuera del Tratado de No Proliferación Nuclear, lo que limita las inspecciones internacionales en Dimona, a diferencia de Irán —que sí lo suscribió— y está sujeto a controles del Organismo Internacional de Energía Atómica, aunque en la práctica ha restringido en varias ocasiones el acceso de los inspectores.
"Estimaciones como las del SIPRI (Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo) sitúan su arsenal en torno a las 90 o 100 ojivas. Otras fuentes apuntan a los 200. Para mí la horquilla más aceptable sería entre 100 y 200", afirma Garrido Rebolledo.
El profesor se basa en los datos del organismo sueco, así como en los del Bulletin of the Atomic Scientists respecto del posible stock de plutonio acumulado por Israel, que se situaría entre los 700 y 1.000 kilos. Una cantidad, dicen los expertos, que teóricamente le permitiría fabricar entre 200 y 300 armas nucleares, si bien las cifras más consensuadas apuntan a un arsenal real alrededor de un centenar de ojivas.
Y aunque la doctrina sigue siendo opaca, las señales emergen ocasionalmente. "Tenemos armas que aún no hemos usado, y las usaremos si nos sentimos amenazados existencialmente", dijo el vicepresidente del Parlamento israelí (Knéset), Nissim Vaturi, a finales de noviembre de 2023 tras los ataques de Hamás del 7 de octubre y la posterior escalada militar en Gaza.
La paradoja
Esa lógica se ha traducido también en acción preventiva. Bajo la llamada Doctrina Begin, Israel ha actuado para impedir que Estados considerados enemigos desarrollen capacidades nucleares militares, al percibirlas como una amenaza existencial. Así lo demuestran los ataques contra el reactor de Osirak (Irak) en 1981 o el de Al Kibar (Siria) en 2007, y su ardua cruzada contra el programa nuclear iraní desde hace décadas, encabezada por Benjamín Netanyahu.
Sin embargo, esa misma lógica revela una paradoja: Israel confía en la disuasión que proporciona su propio arsenal, pero cuestiona que ese principio funcione en manos de sus adversarios. "Hay una diferencia muy, muy grande entre Irán e Israel", dice al respecto Efraím Asculai, antiguo responsable en la Comisión de Energía Atómica de Israel y exfuncionario de la Agencia Internacional de la Energía Atómica. "Los iraníes dicen que no tienen intención de producir armas nucleares. Ahora bien, existe una cantidad absolutamente enorme de pruebas que apuntan a lo contrario. Antes de los ataques de EE.UU e Israel en junio de 2025 se estimaba que el país podría estar a seis meses de tener capacidades nucleares de rango militar", sostiene este experto israelí.
El español Vicente Garrido se muestra más cauto. "En los informes de la OIEA se dice que se encontraron muestras de uranio enriquecido, pero formalmente sigue siendo un país parte del Tratado de No Proliferación y no puede considerársele un Estado nuclear, aunque haya habido estimaciones de cuánto podría tardar en serlo".
El director general del Organismo Internacional de Energía Atómica, Rafael Grossi DEAN CALMA
Respecto a Israel, el profesor Garrido afirma que "es el único Estado no declarado como potencia nuclear que nunca ha reconocido haber realizado ningún ensayo. No es un Estado nuclear ‘de iure’, ya que no ha declarado oficialmente poseer armas atómicas ni forma parte del Tratado de No Proliferación, pero tampoco encaja plenamente en la categoría ‘de facto’, debido a su política de ambigüedad: ni confirma, ni niega su arsenal”.
Por tanto, el ataque iraní, en respuesta a los bombardeos contra la planta de Natanz, introduce un paralelismo directo entre los dos pilares nucleares de la región. Al señalar Dimona, Teherán rompe parcialmente el tabú que durante décadas protegió estas instalaciones - un impacto directo no solo tendría consecuencias militares, sino potencialmente radiológicas a escala regional.
Al mismo tiempo, emerge una paradoja estructural. El secretismo ha sido la base de la disuasión israelí, pero también ha contribuido a convertir Dimona en un objetivo simbólico de primer orden. Lo que no se reconoce oficialmente adquiere, en determinados contextos, una importancia aún mayor.
El doble rasero para Israel
El episodio reabre además la cuestión del doble rasero. Estados Unidos ha evitado reconocer el arsenal israelí mientras presionaba a Irán para frenar el suyo. Ese equilibrio, sostenido por razones estratégicas, ha alimentado durante décadas tensiones que hoy resurgen con fuerza.
Algunos analistas apuntan incluso a una ironía histórica: Irán podría estar replicando la lógica israelí de los años sesenta, avanzando hacia la capacidad nuclear sin declararla abiertamente.
Imágenes satelitales recientes, contrastadas por la agencia Associated Press con distintos expertos, sugieren que la actividad en Dimona no solo no se ha detenido, sino que se estaría ampliando con la construcción de una nueva estructura de gran envergadura en sus instalaciones, lo que podría indicar la planificación de un reactor adicional de agua pesada o el ensamblaje de supuestas armas nucleares, dice el informe.
En Dimona, mientras tanto, el discurso oficial persiste. "Solo atacaron una fábrica textil", dijo una residente tras el reciente impacto de un misil iraní. La referencia tiene un eco irónico. Durante décadas, esa misma explicación formó parte del encubrimiento original diseñado, y repetido, por los oficiales israelíes.
Entre escombros y vehículos calcinados, los vecinos de la localidad del sur de Israel Dimona tratan de rescatar lo que queda de sus hogares tras el impacto de un misil iraní EFE
Hoy, Dimona ya no es solo el núcleo silencioso de la disuasión del Estado hebreo. Es un objetivo identificado, medido y, como ha demostrado Irán, alcanzable.
Durante décadas, el Israel sostuvo un arsenal estimado en más de 80 ojivas nucleares bajo una política de ambigüedad que funcionaba porque nadie la ponía a prueba. Ese equilibrio dependía de una premisa: ciertas líneas no se cruzaban.
Pero esa lógica empieza a quebrarse. Irán no ha atacado Dimona, pero ha demostrado que podría hacerlo, incluso en un contexto en el que sistemas de defensa aérea como la Cúpula de Hierro o Arrow no garantizan una protección absoluta. La disuasión sigue existiendo. Lo que ya no está claro es que siga siendo suficiente.