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Análisis

Trump, Netanyahu e Irán: cuándo y cómo puede terminar la guerra

Cuándo y cómo puede acabar la guerra en Irán
Ilustración de la bandera de Irán y un gráfico bursátil al alza. REUTERS / DADO RUVIC

Donald Trump dice que la guerra ya está prácticamente terminada, baja el precio del petróleo y suben las bolsas; Trump dice que la guerra puede alargarse, sube el petróleo y bajan las bolsas. En ese yo-yo estamos desde el sábado 28 de febrero. A merced de las declaraciones del presidente de los Estados Unidos y de dónde caen las bombas.

Lo que dice el presidente puede variar dentro de una misma alocución, incluso dentro de una misma frase: "Podemos considerarlo un éxito tremendo ya mismo. O podemos seguir", dijo el lunes en rueda de prensa. "Hemos ganado, hemos ganado", afirmó el miércoles en un acto en Kentucky.

¿Cuándo se pueden dar los objetivos por alcanzados?

Un indicativo de cuándo puede acabar una guerra es conocer los objetivos que se propusieron quienes la lanzaron, en este caso Estados Unidos e Israel. La premisa ya falla porque no sabemos cuál es el objetivo. En el caso de Israel, sobre todo de su primer ministro, Benjamín Netanyahu, y el gobierno radical que preside, es cuando dejen de considerar Irán una amenaza para el Estado judío. Pero desconocemos los criterios para llegar a esa conclusión. ¿Pasa por un derrocamiento del régimen de los ayatolás, el final de la República Islámica? ¿Les resulta suficiente destruir sus capacidades militares y las de sus proxies (aliados, intermediarios) de Hizbulá y Hamás?

En el caso de Trump, se han llegado a contabilizar una docena de versiones distintas. Cambio de régimen, acabar con los laboratorios nucleares, destruir la industria de misiles balísticos, rendición total... La confusión también es fruto de que el presidente no ha defendido un argumentario previo a la guerra. Su Ejecutivo no ha intentado convencer a la opinión pública de que esta guerra era necesaria, algo insólito, ni mucho menos conseguir el apoyo del Congreso, como manda la Constitución, o el amparo de una resolución de la ONU. Nada. Ni lo ha intentado. Tampoco explica cómo es posible que si "hemos ganado", como afirma él, Estados Unidos no dé su aventura militar por terminada.

Una posible salida a esta guerra para el país, coinciden varios analistas, sería provocar el colapso del Estado, no sólo de los ayatolás, hacer de Irán un Estado fallido. Así interpretan que, además de objetivos militares, bombardeen instalaciones civiles. La idea del colapso del Estado le valdría al primer ministro israelí.

"Caos en Irán es un buen final para el Israel de Netanyahu", es el titular de un artículo en Politico. En él se puede leer que, "si un país está inmerso en conflictos internos, incluso una guerra civil, no puede ponerse de acuerdo para atacar Israel. Por eso a Netanyahu le valdría un Irán inestable. Si Irán es demasiado débil para enriquecer uranio, apoyar a Hizbulá en el Líbano y a los hutíes en Yemen, entonces se puede considerar una victoria". O, en una sentencia más escueta de otro analista: "Mientras se matan entre ellos no podrán atacar Israel"

¿Qué presión pueden hacer las monarquías del Golfo Pérsico?

Si intentaron convencer al presidente de EE.UU. para que no lanzaran esta guerra, fracasaron. Aunque, según publicó el diario The Washington Post, no fue una posición unánime, a favor estuvo Arabia Saudí, el gran rival árabe a la potencia persa. Según el Post, el príncipe Mohamed bin Salman llamó varias veces a Trump para pedirle en privado lo contrario de lo que sostenía en público, que atacara Irán.

Los Estados del golfo Pérsico no lograron evitar la guerra contra Irán ni que esta se convirtiera en una guerra regional. ¿Pueden ejercer alguna influencia para ponerle fin?

Traslado la pregunta a Haizam Amirah Fernández, director del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos (CEAC) y es tajante: no tienen capacidad de influir. "Hay mucha frustración en las monarquías del Golfo -cuenta- porque esta guerra les ha demostrado que a la hora de la verdad Donald Trump a quien hace caso es a Benjamín Netanyahu. Creíamos que Trump no era ideológico, que escucharía y sopesaría lo que le decían sus amigos y socios del Golfo [EE.UU. tiene bases militares en la zona y la familia de Trump hace negocios millonarios en esos países], pero se han impuesto Netanyahu y sus aliados en los Estados Unidos". También hay frustración en esos Estados árabes, prosigue el director del CEAC, porque consideran que Estados Unidos no los está defendiendo ante los ataques de Irán como esperaban; y por último también les genera frustración que en dos semanas no hayan paralizado Irán. El régimen sigue en pie y atacando.

El precio del petróleo y la energía

Para cualquier presidente, el coste de la vida de los ciudadanos de a pie es crucial. Más para uno que hizo campaña prometiendo bajar la inflación, hacer la vida más asequible para todos. Que la jugada no le está saliendo bien lo demuestra que ese es precisamente el argumento principal de la oposición, el Partido Demócrata, de cara a las próximas elecciones legislativas, la affordability, la asequibilidad.

Una asesora de gobiernos estadounidenses anteriores opina que el precio de los carburantes y la energía son el principal factor para Trump. Si los precios suben durante mucho tiempo, va a querer terminar con la guerra cuanto antes. Más cuando esta guerra es impopular entre los estadounidenses, más impopular que ninguna otra guerra en la que se hayan metido los EE.UU.

Según los últimos sondeos, el apoyo se sitúa entre el 29% y el 40%. En Israel, en cambio, el apoyo entre los judíos es apabullante, por encima del 90%, tan apabullante como el rechazo entre los israelíes árabes. Siendo los árabes una minoría, el apoyo en Israel a la guerra contra Irán se sitúa alrededor del 80%.

Los tiempos de Trump no son los de Netanyahu

No podemos analizar esta guerra y su posible evolución sin tener en cuenta su impacto en la política interna de Israel y Estados Unidos, en los intereses de Netanyahu y Trump. Desde esta perspectiva, el estadounidense tiene más prisa que su amigo y aliado israelí. Ambos tienen elecciones este año y el efecto electoral de la guerra es distinto para cada uno de ellos.

El 3 de noviembre serán la elecciones legislativas en los Estados Unidos y Trump puede perder la mayoría de la que disfruta ahora en las dos cámaras del Congreso. Si eso ocurre, será un obstáculo para seguir dictando su política sin apenas límites, y volverá la posibilidad de un impeachment, un proceso de destitución. Cuanto más dure la guerra, más se encarezca el consumo y menos exitosa aparezca la aventura en Irán, peores perspectivas electorales tendrá el presidente.

La guerra contra Irán es nociva electoralmente para Trump porque la mayoría de estadounidenses no entienden el porqué, porque transciende la idea de que ha sido Israel quien los ha arrastrado a ella, y porque Trump hizo campaña prometiendo que no empezaría más guerras. Decía que con él "no habrá más guerras", en ocasiones introducía un matiz, "no habrás más guerras interminables", y ahí se agarran para defender que no hay traición a la promesa, porque, dicen, esta guerra será breve. Cuanto más se alargue esta guerra, peor para Trump y su partido.

En Israel tienen que celebrarse las legislativas antes del 27 de octubre, de ellas depende el Gobierno de Netanyahu y él como primer ministro. Acabar con la fuerza de Irán como potencia adversaria ha sido una constante en la vida política del dirigente israelí, quien se ha presentado siempre como el gran defensor del Estado de Israel, es la baza que ha jugado siempre, ser un halcón de la defensa, un guerrero. Si la guerra "le sale bien", el efecto en votos será positivo. Acabar con la amenaza iraní que Israel percibe como existencial, que pone en riesgo su pervivencia, es una causa muy popular.

Además, hay intereses meramente personales de Bibi. "Mantener Israel en guerra contra Irán, Hamas y Hizbulá permite a Netanyahu alejar el juicio por corrupción y evitar una comisión de investigación sobre fallos cometidos para prevenir la matanza del 7 de octubre de 2023", esto lo escribió esta semana el Thomas Friedman en el diario The New York Times, y lo remató con este paréntesis: "Si crees que esto es demasiado cínico, es que no conoces a Netanyahu". Friedman tituló la columna con un "Trump no sabe cómo terminar la guerra en irán", y en ella afirmó que "es obvio que Trump y Netanyahu empezaron esta guerra sin un final en mente".

En el periódico progresista (y por lo tanto poco representativo en este momento) israelí Haaretz, el periodista Amos Harel hace la siguiente reflexión: "Hace unos meses, Netanyahu describió Israel como una Esparta moderna. Para preservar su identidad militarista, Esparta necesita fricciones militares permanentes, de tal modo que a la vez permita a su gobernante mantenerse en el poder, sin tener en cuenta el precio que le cueste al país".

¿Y desde la perspectiva de Irán?

Hacen falta dos para bailar un tango. Es una frase que les gusta mucho repetir a los estadounidenses, pero es una lógica que a menudo olvidan cuando emprenden acciones como esta guerra en Irán. Hay otro actor a la hora de decidir cuándo la da por terminada.

La presunción en Washington es que Irán dejará de pelear cuando Trump e Israel decidan terminar esta guerra, escribe el especialista en Irán Nate Swanson para el Atlantic Council. "Es el mismo razonamiento por el que presumieron que Irán capitularía en las conversaciones sobre energía nuclear, en lugar de responder a los bombardeos de EE.UU. e Israel". "Se trata -prosigue Swanson- de un conflicto muy distinto a la Guerra de 12 días del pasado junio, u otros en los que Irán rápidamente reculó. Esta guerra es existencial para los iraníes, y no están interesados en un fin inmediato. Desde la perspectiva de Teherán, un alto el fuego sería solo un respiro temporal antes de que los Estados Unidos o Israel volvieran a atacar. Por ello, una lenta guerra de agotamiento es probablemente lo que pretende Irán".

Otra consideración que hace Nate Swanson es que la sociedad iraní está más dispuesta a aceptar muertos y penurias que las de Estados Unidos o los Estados del Golfo. "Irán -concluye Swanson- solo aceptará una salida si está seguro que no habrá otra guerra en breve".  

La sombra de los Bush en Irak

El 1991, el presidente George H.W. Bush lanzó la guerra contra el Irak de Sadam Hussein, la llamada Guerra del Golfo, con un objetivo claro, que Irak se retirara del Kuwait que había ocupado. Cuando lo hizo, Bush dio la guerra por terminada. No entró en Bagdad, no derribó a Sadam.

En 2003, el presidente George W. Bush (hijo del anterior Bush) inició otra guerra contra Irak, dentro de lo que denominó "guerra contra el terrorismo" tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. En esta ocasión, el Gobierno Bush y sus ideólogos neoconservadores sí se pusieron como objetivo derrocar al régimen para "democratizar Oriente Próximo". Bush hijo pronunció su discurso de la victoria con la pancarta "misión cumplida" a las seis semanas del inicio de la invasión de Irak. El ejército había tomado Bagdad y el régimen de Sadam Husein había caído. Pero la guerra siguió durante años.

Viendo lo que se ha dicho y escrito sobre la guerra contra Irán, los plazos que barajaban Israel y Washington al principio era de entre dos y cinco semanas de duración. Este sábado la guerra entra en la tercera semana, al líder supremo asesinado el primer día lo ha sucedido su hijo, Mojtaba Jameneí, el régimen sigue en pie y, aunque diezmada, con capacidad para mantener el pulso bélico.