¿La vergüenza está cambiando de bando?: diez años después de La Manada, creemos más a las víctimas de violencia sexual
- El estereotipo de la "víctima perfecta" sigue pesando sobre las mujeres que denuncian
- A diferencia del caso Nevenka, ahora políticos y hombres de poder sí han dimitido o han sido apartados
Hace ahora una década, una joven denunciaba en Pamplona a cinco hombres por haberla violado en grupo durante los Sanfermines. Ella no lo sabía, pero el caso, que se conocería como el de La Manada, terminaría provocando un terremoto político y social sin precedentes en España: era el inicio de la era del "Yo sí te creo", que coincidió a nivel global con el "Me too" -"Yo también", en inglés-, el principio del fin del silencio en torno a la violencia sexual.
Años después, una nueva oleada de denuncias, con el foco en la política -pero no solo-, ha sacudido nuestro país y ha vuelto a llevar al centro del debate la pregunta de cómo reaccionamos a estos casos que llevan lo íntimo a la primera línea de lo público y que cuestionan a figuras públicas en las que creíamos confiar. ¿Creemos ahora más a las víctimas que antes? ¿En quién se centra el escrutinio social? ¿Tienen menos impunidad los agresores?
Para Natalia Ortega, psicóloga especializada en víctimas de abuso sexual, "sí que se ha avanzado" en este tiempo. "Hay una mayor escucha y se suele creer más a las víctimas", explica a RTVE Noticias. "Sin embargo, siguen existiendo a nivel social mitos sobre lo que es una violación", como que esta solo es tal si la lleva a cabo un desconocido, si hay violencia de por medio y si la víctima se resiste. Estereotipos que "indirectamente responsabilizan a la víctima o le quitan cierta credibilidad", destaca esta terapeuta de Activa Psicología.
"En el caso Nevenka, se creía que el 'hombre de honor' no podía hacer nada malo"
Además de los diez años de La Manada, se cumplen 25 de la pionera denuncia de la entonces concejal de Ponferrada Nevenka Fernández contra el que era alcalde de la ciudad, Ismael Álvarez. El caso culminó con la condena judicial a Álvarez, la primera a un regidor en España por acoso sexual, pero la condena social la sufrió la joven política, que tuvo que ver cómo 3.000 personas se manifestaban en su localidad a favor de su agresor -entonces el alcalde más votado de nuestro país-, y se vio obligada a rehacer su vida fuera de España.
Para la investigadora del CSIC Silvia Díaz Fernández, especializada en el análisis de la violencia contra las mujeres y el antifeminismo, el cambio de entonces a ahora es patente.
"La sociedad ha cambiado. En el caso Nevenka, la base era la no creencia y el rechazo absoluto a que eso pudiera pasar; existía la figura del hombre de honor que no puede hacer nada malo", señala. Pero a pesar de ese cambio de paradigma, "se exige que las víctimas sean personas perfectas".
Una manifestación en Ponferrada de apoyo al regidor Ismael Alvárez en 2002 EFE
El ideal de la "víctima perfecta": ancladas en la tristeza
Este ideal de la "víctima perfecta" crea un estándar "inalcanzable", según el cual una mujer tras un caso de abuso o agresión sexual tiene que recluirse en la esfera privada y se cuestiona si muestra en público otras facetas de su vida más allá de la de víctima. Ocurrió con la futbolista Jenni Hermoso tras el beso no consentido de Luis Rubiales en 2023, cuando el activista y político ultra Alvise Pérez difundió un vídeo suyo riendo y bromeando en el trayecto en el autobús de la selección tras lo ocurrido.
También con la víctima de Dani Alves tras la presunta violación ocurrida en un baño de una discoteca en 2022: la madre del jugador difundió vídeos de la víctima saliendo de fiesta meses después de lo ocurrido -lo que además vulneraba su anonimato-. En ambos casos, el fin era desacreditar a las denunciantes: haber sufrido abuso invalida, según esta visión, disfrutar del ocio y de actividades sociales.
Quien sufre abuso "se queda estancada en el momento de víctima, en emociones como la vulnerabilidad, la tristeza, la soledad", plantea Díaz. Se trata de una "corrección emocional": "Si te muestras con otro registro emocional que no sea el de trauma, el de persona dañada para siempre, tampoco estás siendo la víctima perfecta".
Los tiempos del trauma
Ortega aclara que hay una explicación psicológica sencilla detrás del hecho de que las víctimas continúen con su vida tras una agresión, o de que tarden tiempo en denunciarla. "Hay un desconocimiento de lo que es el trauma y de cómo funciona la memoria traumática", señala. "El trauma para la persona agredida no tiene que saltar inmediatamente, sino que en muchos casos la persona se disocia y sigue con su vida normal. Establece departamentos estancos en su cabeza, y hay un momento en su vida que de repente salta el trauma y la necesidad de revelarlo".
Ha sucedido, por ejemplo, con la actriz y presentadora Elisa Mouliaá, quien conoce bien el estándar que se exige a una mujer que denuncia una agresión, especialmente contra un personaje público como en su caso Íñigo Errejón. De ella se cuestionó que tardara cerca de un año en hablar del abuso que presuntamente sufrió -una tardanza que ella achacó al "miedo"-. La historia se ha repetido con otra mujer que ha denunciado ahora al expolítico de Sumar por hechos ocurridos en 2021.
Mouliaá, quien ha difundido mensajes negacionistas y teorías de la conspiración en este tiempo de exposición pública, ha sufrido continuos mensajes de odio en internet y se la ha cuestionado especialmente cuando avanzó que retiraría la denuncia por motivos de salud y poco después decidió mantenerla.
“Las personas somos contradictorias, pero en cuanto una mujer denuncia un caso de maltrato o de abuso, se le exige una coherencia total“
"Las personas somos contradictorias, con inconsistencias e incoherencias. Pero en cuanto una mujer denuncia un caso de maltrato o de abuso, se le exige una coherencia total", advierte Díaz. Considera que, a pesar de que la mayor apertura a la hora de creer a las víctimas, "el uso de las redes sociales también deja la puerta abierta al acoso masivo y la cultura del zasca".
Menos impunidad para los políticos
Los ecos del caso Nevenka no resuenan solo en los juzgados, sino también en la política. La denuncia de una concejal de la ciudad madrileña de Móstoles contra su alcalde, Manuel Esteban, por acoso sexual y laboral, recordó a lo ocurrido hace un cuarto de siglo en Ponferrada. Él no ha dimitido ni ha sido apartado -igual que no lo hizo Ismael Álvarez hasta que no fue condenado-, pero sí lo han hecho otros políticos y otros personajes públicos acusados de agresiones, acoso o comportamientos misóginos: Errejón, el dirigente socialista Francisco Salazar o el exdirector de la Policía Nacional José Ángel González.
Estas denuncias se han usado por parte de los partidos como arma arrojadiza contra sus adversarios, algo que "evidentemente redunda en contra de las víctimas", según el letrado Isaac Guijarro, socio fundador del despacho Olympe Abogados. Pero el hecho de que las agresiones no queden impunes sí que supone un cambio importante respecto a la era previa al "Me too".
La socióloga Silvia Díaz Fernández se refiere a la famosa frase pronunciada por la francesa Gisèle Pelicot, víctima de años de violaciones por parte de su marido y decenas de hombres. "La vergüenza tiene que cambiar de bando". Asegura que, si bien no ha cambiado, "sí que se ha empezado a redistribuir un poco", y aunque sea por limpiar filas en partidos e instituciones, las denuncias de las víctimas hace que se expulse a los agresores "o que haya algún tipo de de de conversación interna para intentar que que esto no se expanda".
¿Avances en peligro?
Y si bien ha habido avances en esta década, expertos como Díaz alertan de que ahora están en peligro por la reacción antifeminista de los últimos años. Posturas "antes extremas" se "están normalizando y legitimando gracias a la representación que tiene Vox", tanto a nivel político como en las tertulias de la televisión, según Díaz.
El discurso contra el feminismo, que no solo se da en España, cala entre la población, especialmente los más jóvenes, que según las encuestas se alejan cada vez más de estas posturas.
Pero, tal y como alerta Guijarro, también cala en la judicatura. "Los jueces también son personas, tienen redes sociales, hablan con su entorno, y al final todo eso influye en su forma de decidir". Advierte de que hay juzgados "que tienen reticencia a creer a las víctimas" y en materia de violencia de género "deniegan el 70% de las órdenes de alejamiento", y pide más formación para los magistrados y más recursos para los juzgados que se dedican a esta materia.
El cambio social no llega -del todo- a la judicatura
Guijarro, quien conoce bien los juzgados en estas materias, critica que muchos jueces "tratan a las víctimas de violencia sexual con mucho desdén y altivez", y con una concepción de lo que es una agresión sexual "estigmatizada, irreal", sin tener en cuenta que cómo funciona el consentimiento o que en la gran mayoría de los casos las cometen personas del entorno de la víctima.
En el caso de Nevenka, fueron sonadas las preguntas del fiscal, José Luis García Ancos, quien inquirió a la denunciante: "¿Por qué aguantó usted, que no es una empleada de Hipercor que la tocan el trasero y que tiene que aguantar por el pan de sus hijos?". Finalmente fue apartado del caso. Pero en 2025, Mouliaá tuvo que escuchar preguntas del juez como "¿no sería que usted sí quería algo con ese señor?" o "¿cuánto tiempo le estuvo chupando las tetas?".
Guijarro recuerda también casos recientes que ha llevado su bufete, como uno en el que el juez pidió a la víctima que dibujara el pene de su agresor, u otro en el que una mujer denunció agresiones sexuales durante 30 años por parte de su marido, y que fue archivado en parte porque el hombre aportó fotografías en las que se les veía cenando a la luz de las velas. "El juez dijo que era imposible e inverosímil que una víctima de agresión sexual estuviese cenando con su agresor", rememora. Interrogatorios que le hacen pensar si "no hemos avanzado desde los años 90".
Sentencias que desalientan o que animan a denunciar
El clima social influye en los jueces, pero también ocurre viceversa: sus sentencias condicionan el clima social en cuanto a la creencia de las víctimas. El abogado de Olympe cita la absolución de Dani Alves o el archivo de las denuncias contra Julio Iglesias -en este caso por una merca cuestión de competencias territoriales-, decisiones que desalientan las denuncias, según Isaac Guijarro, de Olympe Abogados.
La psicóloga Natalia Ortega, que ha atendido a muchas mujeres que han sufrido abuso, señala que cuando se dan sentencias como estas las víctimas "te dicen que al final pasar por todo esto para qué, ¿para que al final no pase nada?".
“Cambiar de foco la vergüenza y la culpa es importantísimo en la recuperación de la víctima“
Pero al mismo tiempo, recuerda que hay casos que animan a las víctimas a romper su silencio. El caso de Pelicot es emblemático: decidió que su juicio fuera público y no ocultar su rostro. No era ella quien tenía que sentir culpa, sino quienes la agredieron. "Cambiar de foco la vergüenza y la culpa es importantísimo en la recuperación de la víctima, para que pueda denunciar igual que se denunciaría un robo".