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De Chávez a Maduro: del Ejército como símbolo revolucionario a los grupos civiles armados para resistir en el poder

  • Con la llegada de Nicolás Maduro al poder en 2013 se duplicó el número de efectivos de las fuerzas armadas
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De Chávez a Maduro: del Ejército como símbolo revolucionario a los grupos civiles armados para resistir en el poder
Imagen de archivo del ministro de Defensa de Venezuela, Vladimir Padrino López. EFE/ Miguel Gutiérrez

Poco después de que Nicolás Maduro compareciera ante un juez en un tribunal federal de Nueva York el pasado 5 de enero, la que fuera su vicepresidenta ejecutiva, Delcy Rodríguez, juraba el cargo como nueva "presidenta encargada" de Venezuela en un acto celebrado en la Asamblea Nacional (AN). "La Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), heredera de nuestro Libertador Simón Bolívar, tendrá en mí una soldada presta para la defensa de Venezuela", afirmó Rodríguez durante la toma de posesión en la que también juró "por Maduro", "por el comandante Hugo Chávez", por su hermano Jorge Rodríguez (presidente del Parlamento) y por el resto de sus familiares. "En unión cívico-militar, seguiremos avanzando con firmeza y compromiso para garantizar la estabilidad de la Patria y el bienestar social del pueblo venezolano", continuó.

Delcy Rodríguez, durante un discurso en la Asamblea Nacional de Venezuela.

Delcy Rodríguez, durante un discurso en la Asamblea Nacional de Venezuela. JUAN BARRETO / AFP

La nueva presidenta, que decidió colocarle al cargo la apostilla de "encargada" y no la de "ejecutiva" para no hacerle el feo a su predecesor, acababa de apuntalar ante la cámara que ejerce el Poder Legislativo en la Venezuela post-Maduro la misma arquitectura estatal que mantuvo a éste en el poder durante casi 13 años: una Fuerza Armada Bolivariana como garante último del Estado, con una milicia que amplía su base armada. Son grupos locales militarizados o irregulares que ejercen el control cotidiano y dominan los territorios periféricos y con el Gran Polo Patriótico como gran contenedor político de todo ello en un entramado de fuerzas en el que ninguna de ellas es suficiente por sí sola, pero donde juntas forman un sistema diseñado no tanto para gobernar, sino para resistir en el poder.

Durante años, Hugo Chávez concibió la Fuerza Armada Nacional Bolivariana como el eje vertebrador de su proyecto político. Militar de carrera, golpista reconvertido en presidente, Chávez entendía el poder como una prolongación del entramado castrense y gobernó con un Ejército al que dotó de recursos, protagonismo y una misión ideológica explícita. En cambio, Nicolás Maduro, exconductor de autobús, dirigente sindical, pero no militar, heredó esa misma estructura, si bien de inicio no ejerció el control absoluto de la institución, como sí hizo su carismático predecesor. Por ello, y una vez desaparecido Chávez, el nuevo líder del chavismo venezolano impulsó una arquitectura cívico-militar en la que se combinaban las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas con milicias urbanas y con una constelación de actores irregulares que operarían en los márgenes del Estado, pero al servicio de su estabilidad.

"Si esa fórmula funcionó durante algunos años lo cierto es que el régimen de Maduro ya estaba muy debilitado", explica a RTVE Noticias el almirante retirado, Juan Rodríguez Garat. "Llevaba muchos años metiendo a gente en la cárcel, reprimiendo manifestaciones, así que es posible que en el futuro mandos intermedios que, según la oposición, ya estaban en contra de Maduro, quieran tener un mayor protagonismo a cambio de alguna contraprestación en forma de poder", añade el militar.

La Fuerza Armada Nacional Bolivariana: la columna vertebral del sistema

Con Maduro, o sin él, lo cierto es que la FANB sigue siendo el pilar institucional del chavismo venezolano. Conformada por el Ejército, la Armada, la Aviación y la Guardia Nacional Bolivariana, suma en torno a 150.000–200.000 efectivos, según estimaciones de centros de estudios como el International Institute for Strategic Studies (IISS). A ello se añade una cúpula profundamente politizada y beneficiaria directa del control sobre sectores estratégicos como puertos, aduanas, minería y la distribución de alimentos. "La coordinación interna del Ejército es sólida, en algunos aspectos incluso sofisticada, por eso es muy difícil que el régimen caiga si la ruptura no se produce desde dentro del país", señalaba el almirante Garat.

Por ello, si bien la FANB es el pilar principal del chavismo, también representa un riesgo potencial para su supervivencia. Su tamaño, jerarquía y capacidad de fuego la convierten en el único actor capaz de provocar un quiebre abrupto del régimen. De ahí que, desde hace más de una década, el gobierno de Nicolás Maduro desplegara una estrategia deliberada de "prevención de golpes de Estado". Esto es, fragmentar el poder coercitivo de las fuerzas armadas, multiplicar sus centros de lealtad y evitar que la estabilidad del Estado dependa exclusivamente del principal estamento militar venezolano.

 DPA via Europa Press DPA vía Europa Press

La Milicia Nacional Bolivariana: la delgada línea entre lo civil y lo militar

Ese proceso se aceleró con la expansión de la llamada Milicia Nacional Bolivariana, un cuerpo paralelo integrado formalmente en la FANB, pero compuesto por civiles armados y activistas políticos. Las cifras oficiales hablan de más de 3 millones de milicianos, aunque los expertos rebajan considerablemente el número de efectivos operativos reales.

Más allá de la cifra, la milicia cumple una función clave: politizar la defensa, diluir la frontera entre ciudadano y soldado y reforzar la idea de que la supervivencia del régimen es una tarea colectiva. Su existencia reduce el peso relativo del Ejército profesional y amplía el perímetro de lealtad armada hacia el campo civil.

Los "colectivos": la intimidación urbana como garantía de lealtad

Allí donde la presencia militar resulta costosa, impopular o insuficiente, entran en juego los colectivos armados. Estos grupos, nacidos como organizaciones de base chavista, se han transformado en estructuras de control territorial, especialmente en barrios populares de Caracas y otras grandes ciudades. "El gobierno se apoya tanto en bandas criminales como en colectivos, actores armados paraestatales de base local, con raíces en los movimientos guerrilleros de los años sesenta, cuyas formas de relación con el poder han ido evolucionando con el tiempo", escriben al respecto los investigadores John Polga-Hecimovich y Raúl Sánchez-Urribarri en el libro Consolidación autoritaria en tiempos de crisis: Venezuela bajo Nicolás Maduro.

Diversas investigaciones académicas y de ONG especializadas estiman que estos grupúsculos podrían sumar entre 20.000 y 30.000 miembros y cuya función no es sustituir al Ejército, sino complementarlo: intimidando, vigilando, reprimiendo protestas y garantizando la lealtad local. Así quedó demostrado durante las manifestaciones de 2017 cuando, según el llamado Plan Zamora, diseñado por la FANB, las fuerzas del Estado reprimieron, junto a los llamados colectivos y la Milicia Nacional, los disturbios o las amenazas percibidas en conjunción con el poder central.

El eslabón político que lo conecta todo: el Gran Polo Patriótico Simón Bolívar

Pero todo este entramado cívico-militar necesita de un armazón político que lo sostenga y este es el Gran Polo Patriótico Simón Bolívar (GPPSB), una pieza clave para entender cómo se articula el poder chavista más allá de los cuarteles. Creado por Chávez en 2011 como una coalición electoral en vísperas de las elecciones presidenciales de 2012, se concibió como el marco político que conectaba a fuerzas políticas progresistas, nacionalistas e izquierdistas con las bases de la calle y los actores coercitivos que la vigilaban. Todos trabajarían de forma coordinada con un objetivo: lograr la reelección de Hugo Chávez como presidente de Venezuela en el que fue su cuarto mandato consecutivo.

Bajo el mandato de Maduro, el Gran Polo mutó a un dispositivo de movilización y legitimación. Fue el espacio desde el cual los colectivos serían presentados como "movimientos sociales", la milicia como "pueblo organizado" y la defensa del régimen como una causa política compartida. Allí donde el control territorial se ejercía mediante actores armados informales, el Gran Polo aportaba relato, cobertura y normalización.

No disparaba ni patrullaba, pero convirtió la coerción en legitimidad política. En un contexto de debilidad electoral y desgaste social, permitió al régimen proyectar una imagen de apoyo popular organizado que compensaba la erosión del consenso real.

La conexión con otros actores armados no estatales: el ELN

A este sistema se suman actores armados no estatales, especialmente en las zonas fronterizas. El Ejército de Liberación Nacional (ELN) colombiano y otras estructuras criminales operan en amplias franjas del territorio venezolano, controlando economías ilegales como el contrabando, la minería y el narcotráfico.

Su relación con el Estado no es formal, pero sí funcional. Estos grupos llenan vacíos de control, aseguran flujos económicos y, en determinados contextos, actúan como aliados tácitos del poder central. Su presencia refuerza una idea inquietante: en algunas regiones, la capacidad coercitiva real del régimen depende más de actores armados irregulares que de fuerzas regulares.

En definitiva, Venezuela se convirtió con el chavismo en un modelo estatal -y paraestatal- deliberadamente fragmentado para minimizar los riesgos de división interna y apuntalar la supervivencia del régimen. En la República Bolivariana de Maduro, y en la de su sucesora, Delcy Rodríguez, el poder ya no descansa en la hegemonía de una institución, sino en una amalgama de lealtades armadas y políticas que se solapan, se vigilaban entre sí y reducen el riesgo de una ruptura única y decisiva. Esta red de fuerzas, articulada bajo un enfoque autoritario de larga duración, ha sido determinante para neutralizar amenazas internas y erosionar las posibilidades de una salida política que no pase por la preservación del statu quo. Así, Venezuela se ha transformado en un caso paradigmático de cómo, en tiempos de crisis, un régimen puede usar no solo la manipulación electoral o el control de los medios, sino también la militarización y la cooptación armada como pilares para consolidarse.

 Rafael_Urdaneta

Una semana después de la captura de Maduro a manos de efectivos de las unidades especiales de EE.UU., está por ver cómo se reconfigurará esta amalgama de fuerzas bajo la tutela del presidente norteamericano, Donald Trump. La gran pregunta es cuál será la capacidad del brazo político del chavismo actual -liderado por Delcy Rodríguez y su hermano Jorge como presidente de la Asamblea Nacional- de lidiar con su brazo militar, comandado por el ministro de Defensa Vladimir Padrino, y con su extensión policial -y menos popular- en manos del ministro de Interior, Diosdado Cabello. Considerado como el 'número dos' de Nicolás Maduro, Cabello está siendo vigilado de cerca por Washington, que le considera un posible factor desestabilizador de la frágil transición 'made in Trump' liderada por la nueva presidenta de Venezuela, quien sigue diciendo que "no hay agente externo que gobierne Venezuela".