Yuval Abraham, director de 'NAZA': "La mayor parte de Israel está ignorando o justificando algo inhumano"
- Se estrena el documental en que militares de inteligencia israelíes detallan un exterminio en Gaza
- Los directores del documental, premiado en Venecia y favorito en los Oscar, han abandonado Israel tras recibir amenazas
Un militar de inteligencia del ejército de Israel lo cuenta con frialdad y también con la extrañeza de no reconocerse a sí mismo: en un día cualquiera de trabajo en el cuartel general de Tel Aviv tenía tiempo para bajar a hacer alguna compra en los descansos, y, al acabar la jornada, quedaba con los amigos a tomar algo. Pero en horario laboral había dado luz verde a bombardear viviendas en Gaza a sabiendas de que habría muchas víctimas civiles, niños incluidos. Como un videojuego. Cada día varias misiones y con las dosis correspondientes de satisfacción por cumplir con el objetivo.
Es solo una de las 24 entrevistas a oficiales y soldados de inteligencia que conforman NAZA, el documental de los cineastas israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor que sacudió el Festival de Venecia y es favorito para el Oscar 2027. Una confesión de un genocidio escalofriante que profundiza en los detalles de la deshumanización del pueblo palestino.
Abraham y Szor ya están pagando el precio. Han tenido que salir de Israel y Abraham atiende a la prensa por videollamada desde un lugar no revelado. "Estamos a salvo, abrumados por lo que ha pasado. No hemos regresado por las amenazas y la sensación de que podríamos ser atacados”, lamenta, tras la declaración del mismísimo Netanyahu de retirarles la ciudadanía y las manifestaciones en su contra en las calles. “Personalmente no tengo miedo del Gobierno, que es populista, pero me pone más nervioso que mucha gente incite contra nosotros abiertamente. Que un Gobierno que ha cometido estos crímenes esté nerviioso es una buena señal”.
NAZA es el término militar para denominar las víctimas colaterales, la primera piedra de la deshumanización. Un ‘naza’ puede ser un adulto, un niño o un bebé, pero en todo caso es solo un número que contar. La película pormenoriza todo el sistema de rastreo de la población gazatí a través de sus móviles, que desvelan el domicilio de cualquiera. Un sistema de inteligencia artificial, Lavender, decide quién es miembro de Hamás en base a un algoritmo y a partir de ahí solo hay que dar luz verde al número de asesinatos de civiles que acarrea cualquier operación: un oficial explicita que se llega a aprobar la muerte de 500 'nazas' por un miembro de Hamás.
Los detalles hielan la sangre. Si se detecta una conversación de una niña con su madre en la que se dice que “papá está en casa”, la IA avisa de la oportunidad de volar la casa y las Fuerzas de Defensa de Israel solo tienen que dar el visto bueno. Un militar recuerda cómo escuchar -a través del teléfono- a una madre diciendo que sus hijas estaban ardiendo fue el límite de lo que pudo soportar. “La IA y los algoritmos contribuyen a la deshumanización, crean una capa de justificación, y permiten bombardeos a una escala mayor, pero es importante recordar que son humanos los que están detrás de las decisiones y los crímenes del genocidio”, puntualiza el director.
La banalidad del exterminio
Todas las entrevistas se realizaron de noche en azoteas de Tel Aviv. Una escenografía que recuerda que la noche ha sido el momento ideal para bombardear (los objetivos duermen sn su casa) y que sirve también de contraste: de fondo aparece la vida cotidiana de los hogares israelíes en las casas iluminadas.
¿Cómo ha podido suceder? El proceso, se desprende de los testimonios, es interiorizar que “no hay inocentes en Gaza” para despejar cualquier resistencia moral. Un militar de inteligencia señala en una de las entrevistas que se considera políticamente de izquierdas y, para el director, una de las razones del documental era exponer la contradicción de buena parte de la población del país que defiende todo tipo de derechos sociales, pero justifica el exterminio.
“Los militares que entran una unidad de inteligencia son alumnos brillantes que muchas veces vienen de la élite liberal de Tel Aviv. Puede parecer sorprendente para alguien de otro país porque no parece el grupo de personas que participaría en el asesinato en masa de miles de familias, pero este grupo está detrás de algunas de las acciones más feas y atroces en Gaza. Se oponen a Netanyahu, creen en la democracia, en los derechos LGTBIQ, en la lucha contra el cambio climático, pero respecto a la política del ejército contra los palestinos, su posición es la del Gobierno y han tenido un papel activo”, denuncia. “La película es una acusación contra ellos y su autoimagen de liberales, modernos y de izquierdas. Y espero que los elementos sionistas más liberales cambien su actitud”.
Con elecciones legislativas en Israel a la vuelta de la esquina (el 27 de octubre), su documental es prácticamente un tabú. “Ha provocado un debate muy violento pero los partidos que se llaman a sí mismos ‘centroizquierda’ dicen que ahora no toca porque si hablan de la película son considerados traidores y ayudan a Netanyahu a ganar. Pero en un mundo justo hay que hablar de la matanza de civiles y de la responsabilidad de Netanyahu. Hay un silencio sobre Gaza y una llamada a asesinar más. Es muy peligroso. La mayor parte de la sociedad está ignorando o justificando algo inhumano que sucede muy cerca. La película espera dar un primer paso para romper esos muros de negación”.
Punto de encuentro entre el periodismo y el cine
El cineasta recuerda que ha podido hacer la película por el “privilegio de ser israelí”. “Si un palestino intentase hacer una película así sería asesinado o encarcelado. No tengo dudas: mira todos los periodistas asesinados en Gaza o encarcelados en Cisjordania sin sentencia”. Habla con conocimiento: No other land, el anterior documental de Abraham y Szor, estaba codirigido por los palestinos Basel Adra y Hamdan Ballal, que fueron detenidos en Cisjordania tras el éxito de la película al ganar el Oscar.
NAZA es cruda en el mejor de los sentidos. Los testimonios en la oscuridad, la firmeza del propio Abraham al preguntarles, y la atmósfera confesional de un primer arrepentimiento, presentan una sencillez formal que deja todo el espacio a la potencia del mensaje. “No tenemos narración, ni infografías, ni se parece a una pieza periodística, pero sabíamos que todas las afirmaciones tenían que estar verificadas por múltiples fuentes. Hay testimonios que no incluimos porque no podíamos verificarlos de manera independiente. Durante tres años hablamos con 100 oficiales y otras fuentes confidenciales, con el apoyo de periodistas de investigación de The Guardian (el periódico británico participa en la producción del documental)”, explica. “E intentamos crear un punto de encuentro entre el lenguaje del periodismo y el del cine”.
En otro momento, un plano muestra que la Filmoteca de Tel Aviv proyectos Shoah, el monumental documental de Claude Lanzmann sobre el Holocasuto, desnudando la ceguera de la sociedad. Pero es el propio Netanyahu el que revela la mayor paradoja cuando se rescata una antigua entrevista de ‘Bibi’ en la que define el terrorismo como el asesinato de civiles con fines políticos. “Una película no puede desencadenar un movimiento social, pero espero que pueda ser parte de un movimiento que existe en el mundo, de personas con conciencia, que entienden que la violencia engendra más violencia y la única solución para el beneficio de palestinos e israelíes es la que respeta los derechos humanos de todos”, concluye.