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Ni guerra, ni paz: por qué Estados Unidos e Irán no encuentran una salida al conflicto seis meses después

  • Washington sustituye la promesa de victoria rápida por un "Día D económico"
  • Teherán responde con Ormuz, la palanca que sostiene su resistencia y agrava su aislamiento
Seis meses de la guerra EE.UU - Irán: ni ataques, ni negociaciones en un conflicto enquistado

Cuando se cumplen seis meses desde que Estados Unidos e Israel comenzaran a bombardear Irán, la guerra sigue inmersa en una calma engañosa. Washington y Teherán llevan semanas sin intercambiar ataques directos, pero no celebran conversaciones oficiales cara a cara desde junio, los barcos siguen expuestos en el estrecho de Ormuz, el petróleo iraní continúa sometido al bloqueo estadounidense y cada parte utiliza la pausa para presionar al otro.

El presidente de Irán, Masoud Pezeshkian, ha definido este escenario como "ni guerra ni paz". Washington lo presenta como la antesala de otra ofensiva, la económica, destinada a forzar concesiones por parte del régimen de Irán. "Estados Unidos ya no está gestionando la amenaza iraní. Estamos acabando con ella", afirmó esta semana el secretario del Tesoro, Scott Bessent, al anunciar la campaña "Operation Economic Outcast" - "Operación Paria Económico".

De momento, ni Irán, ni EE.UU. han logrado imponer sus condiciones. Washington conserva la superioridad militar sin haber alcanzado un desenlace político; Irán no tiene capacidad para vencerle, aunque sí puede interrumpir o dificultar la navegación por Ormuz y otras rutas energéticas regionales, que sí afectan a sus aliados. Esa impotencia recíproca mantiene la pausa, pero también bloquea la paz.

Una superioridad militar sin victoria política

La campaña estadounidense - israelí ha degradado las defensas y fuerzas convencionales iraníes, ha destruido instalaciones y ha descabezado la cúpula del régimen, incluido el entonces líder supremo, Ali Jameneí.

El coste humano, que se concentra principalmente en Irán y Líbano, ha sido elevadísimo. En territorio iraní, los últimos recuentos públicos consolidados sitúan el número de muertos en torno a 3.500, aunque no existe un balance definitivo de los seis meses de guerra. La Fundación de Mártires estatal reconoce 3.468 fallecidos y la organización Human Rights Activists in Iran (HRANA) ha documentado al menos 3.636, entre ellos 1.701 civiles. En el lado estadounidense, el registro oficial del Pentágono contabiliza 18 militares muertos y 756 heridos.

Sin embargo, y a pesar de la pérdida de vidas, la República Islámica sigue en pie, conserva misiles y drones y sigue condicionando el tráfico por el estrecho de Ormuz. Washington tampoco ha tirado la toalla. Sus objetivos, repetidos una y otra vez por su presidente, Donald Trump, han oscilado entre eliminar el programa nuclear - Irán conserva aún 440 kilos de uranio enriquecido al 60% - reducir los misiles y las milicias aliadas, provocar la caída del régimen, reabrir Ormuz y bajar el precio de la energía.

Las grandes incógnitas siguen siendo quién verificará el uranio - el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) suspendió sus verificaciones al comenzar la guerra - qué garantías recibirá Teherán o cómo se administrará el estrecho al día siguiente.

Sistema de misiles Patriot tierra-aire estadounidense en una plataforma de vehículo móvil

Sistema de misiles tierra-aire estadounidense en una plataforma de vehículo móvil Getty Images

Pero la guerra también acumula costes económicos para EE.UU. El Pentágono calculó en julio una factura de 37.500 millones de dólares hasta el final de septiembre y la Casa Blanca pidió al Congreso cerca de 90.000 millones adicionales, en su mayoría para el conflicto.

Al coste financiero se suma el desgaste del arsenal. Una estimación del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), calcula que Estados Unidos había empleado hasta julio alrededor del 65% de sus reservas de interceptores Patriot y reducido al menos un 38% las reservas de sus THAAD. Una información que ha sido cuestionada por el Pentágono y la Alianza Atlántica, que aseguran conservar capacidad suficiente.

En paralelo, Washington ha cancelado el ejercicio anfibio conjunto Ssangyong con Corea del Sur por falta de fuerzas estadounidenses disponibles. Es decir, una guerra que Trump llegó a afirmar que podía terminar en "dos o tres días" ya compite con otras prioridades para la seguridad estadounidense.

Para el analista político Daniel Bashandeh, especializado en Irán y Oriente Próximo, Washington está experimentando los límites de su propia estrategia. "Estamos en un punto en el cual EE. UU. está siendo testigo de los límites del uso de la fuerza. El tener poderío militar no implica tener éxito cuando se emplea", explica a RTVE Noticias. "A medida que se alejan los objetivos iniciales, la fuerza puede volverse contraproducente", añade.

El politólogo Hussein Banai, profesor asociado de Estudios Internacionales en la Universidad de Indiana y especialista en las relaciones entre Estados Unidos e Irán, sostiene en su ensayo "When a Cease-Fire Is Really a Stalemate" ("Cuando un alto el fuego es en realidad un punto muerto", según su traducción al español) que este estancamiento resulta más difícil de aceptar para Washington. Teherán, afirma, lleva cinco décadas habituado a mantener un equilibro frente a su adversario, mientras éste tiende a interpretarlo como derrota. No es una victoria iraní, asegura, "sino el máximo resultado que puede gestionar sin entrar en otra guerra".

Irán resiste, pero tampoco gana

Por su parte, Teherán sí presenta su supervivencia como una victoria, aunque resistir no siempre signifique ganar. En su caso, no necesita derrotar a la flota estadounidense, sino conservar suficientes misiles, drones y aliados para encarecer una rendición forzada. Por ejemplo, mientras Irak acaba de aplazar el desarme de las facciones proiraníes, grupos como Kataeb Hezbolá siguen reacios a entregar las armas, lo que demuestra que si bien la red regional de Irán ha sido dañada, no está en absoluto desmantelada.

La principal debilidad del régimen iraní, apuntan los analistas, está dentro del país. El rial cayó esta semana a un mínimo histórico de 2.025.000 por dólar en el mercado no oficial. En julio, los precios eran un 87,9% más altos que un año antes y los de los alimentos, un 128%. El desempleo oficial ha subido del 7,3% al 9,1% en un año, con unos 450.000 empleos perdidos. La "resistencia" significa menos comida, salarios evaporados y una vida suspendida para millones de iraníes.

Pero el creciente estrangulamiento de la economía iraní no significa automáticamente obediencia por parte del régimen a los intereses estadounidenses. Irán lleva casi medio siglo adaptándose mediante empresas pantalla, ventas opacas de petróleo y circuitos financieros alternativos. No evitan el empobrecimiento de la población, pero sí han permitido su supervivencia.

"El nuevo equilibrio de poder dentro de Irán va encaminado hacia la militarización", sostiene Bashandeh. En su análisis, la opacidad sobre el estado del líder supremo, Mojtaba Jameneí - seis meses después de su designación no se ha difundido ninguna imagen suya - permite aplazar el debate a escala doméstica sobre quién ejerce realmente la autoridad en el país y, así, otorgar a la Guardia Revolucionaria tiempo para consolidar su posición. "La presión económica puede reducir los recursos con los que el régimen sostiene sus redes de lealtad, pero también favorecer un aumento de la represión y reforzar a los sectores más duros", comenta.

En esa línea, el portavoz de Exteriores, Ismail Bagaei, advertía esta semana de que Irán no permitirá que "el agresor" dicte el final de la guerra, aunque el presidente iraní admitía, en cambio, que el país no puede atraer inversión en sus actuales circunstancias. Teherán necesita aliviar el bloqueo, pero no renunciará sin contrapartidas a su última gran palanca: prolongar el conflicto aun cuando no puede salir de él.

El pasado 17 de junio el presidente iraní Masud Pezeshkián y el norteamericano, Donald Trump, firmaron de forma remota el memorando de entendimiento para poner fin a la guerra

El pasado 17 de junio el presidente iraní Masud Pezeshkián y el norteamericano, Donald Trump, firmaron de forma remota el memorando de entendimiento para poner fin a la guerra AFP

Ormuz, el acuerdo que cada parte leyó a su manera

El memorando firmado de forma telemática en junio entre EE. UU e Irán aplazó su disputa durante 60 días, pero expiró el 17 de agosto sin acuerdo ni prórroga. Washington esperaba una reapertura completa, gratuita y permanente de Ormuz; Teherán, en cambio, la vinculaba al fin de las operaciones estadounidenses y del bloqueo, al alivio de las sanciones petroleras y a la liberación de activos congelados.

Durante su vigencia, la salida de crudo del Golfo alcanzó alrededor del 40% del volumen anterior a la guerra (6,1 millones de barriles diarios), sin que hasta el momento se haya recuperado la normalidad. La exención fue temporal y funcionó razonablemente bien, aunque el desminado del estrecho - vital para la navegación - quedó pendiente.

Respecto a esa cuestión, Trump aseguró el martes que todas las minas habían sido retiradas o detonadas en las aguas internacionales del estrecho y amenazó con destruir a quien se atreviera a colocar nuevos artefactos. Al día siguiente, Teherán lo desmintió: "Si Estados Unidos ha desminado realmente, ¿por qué siguen sin pasar buques por el estrecho de Ormuz?", señaló el viceministro iraní de Exteriores, Kazem Gharibabadi.

Sea como fuere, por el momento Estados Unidos mantiene el bloqueo de los puertos iraníes y rechaza los peajes, tal y como exige Irán. Un tira y afloja que se mide por el volumen de barcos que entran y salen por Ormuz. El lunes solo cruzaron dos mercantes y cinco el martes, frente a una media de 15 en los diez días anteriores. Antes de la guerra, Ormuz canalizaba una quinta parte del crudo y del gas natural licuado mundial. Hoy, el petróleo cuesta, de media, un 33% más.

Así las cosas, los mediadores siguen intentando propiciar un acuerdo. Omán, con buenas relaciones tanto con Irán como con EE.UU., negocia con Teherán el establecimiento de un corredor temporal conjunto y un proyecto de desminado, pero una ruta segura no resuelve el pulso que mantienen entre sí sus aliados. Teherán solo reabrirá Ormuz si termina la guerra en todos los frentes y si Washington levanta el bloqueo, lo que de momento no parece que vaya a hacer.

Aun así, el riesgo tampoco termina en Ormuz. Arabia Saudí, que utiliza el oleoducto Este-Oeste para llevar crudo desde sus campos orientales hasta Yanbu - un puerto de la costa occidental saudí situado a orillas del mar Rojo - también se ha visto expuesta.

Los hutíes, aliados de Irán, han amenazado con bloquear esos cargamentos. El ataque de autoría desconocida contra el Amzan cerca de Yanbu y el proyectil que dejó sin gobierno a otro petrolero frente a Omán muestran que el desvío reduce la dependencia de Ormuz, pero no elimina la amenaza. Únicamente la desplaza a otros puntos de la ruta.

El "Día D económico": más presión, pero no una salida

Frente a las fórmulas exploradas por Omán y otros actores como Pakistán o Qatar, de momento Washington ha apostado por otra opción: aumentar al máximo la presión económica sobre Irán. El lunes, por orden de Donald Trump, el Tesoro estadounidense lanzó una campaña sostenida para aislar al régimen iraní, cortar sus fuentes de ingresos y castigar a los gobiernos, empresas e intermediarios que mantengan actividades no aprobadas por Estados Unidos. No es, por tanto, una única ronda de sanciones, sino el marco para una ofensiva de mayor duración.

El secretario del Tesoro, Scott Bessent, la presentó como un "Día D económico" al comparar su comienzo con el desembarco de Normandía, que abrió una campaña contra las posiciones alemanas en Europa. La analogía es grandilocuente, pero explica el planteamiento estadounidense: extender la presión más allá de Irán y alcanzar también las redes que lo sostienen en terceros países.

Bessent aseguró que cada país recibirá un plazo para abandonar las actividades señaladas por Washington, aunque no reveló los destinatarios ni las fechas. También anticipó sanciones contra una “importante institución financiera” antes de terminar la semana. Al cierre de esta revisión, el Tesoro todavía no había identificado esa entidad.

Por el momento, la primera ronda de sanciones está planteada para afectar directamente a cerca de 60 personas, empresas y buques, ampliando otras sanciones secundarias a cinco sectores - activos digitales, tecnología, oro, aviación y transporte marítimo. En cambio, no castiga a los grandes socios comerciales de Irán, ni alcanza a los principales bancos chinos. Pekín fue el destino de más del 80% del petróleo iraní transportado por mar en 2025.

Pekín ya ha respondido con un rechazo explícito. El portavoz de Exteriores, Lin Jian, afirmó que la cooperación con Irán se ajusta al derecho internacional y "no debe ser interferida ni socavada". También advirtió de que la "guerra económica" puede alterar el orden financiero mundial y prometió adoptar "todas las medidas necesarias" para proteger los intereses chinos.

Para Bashandeh, la eficacia de la campaña dependerá en buena medida de la respuesta asiática. "Irán depende económicamente de China y China tiene interés económico y energético en Irán", recuerda. Así, considera, que Washington se equivoca al actuar unilateralmente y tratar de forzar a otros Estados a sumarse al bloqueo. En su interpretación, la presión sobre Teherán puede convertirse en una pieza de la negociación más amplia con Pekín, en vísperas de la visita de Xi Jinping a Estados Unidos el próximo 24 de septiembre.

Seis meses después, Estados Unidos conserva la fuerza para castigar a Irán, pero no para decidir el día siguiente; Teherán mantiene la capacidad de perturbar el Golfo, pero no de romper su aislamiento. El centro de la guerra se ha desplazado del cielo hacia los bancos y los estrechos sin acercarse a un desenlace. Ormuz, hoy epicentro del conflicto, está casi vacío y es la imagen de ese punto muerto en el que se encuentran las relaciones EE.UU - Irán: nadie lo abre porque nadie quiere ser el primero en admitir su derrota.