Mariano Aguirre: "EE.UU. es aún el país más poderoso militarmente, pero también una gran potencia en declive"
- RTVE Noticias entrevista al investigador del Centro de Barcelona de Asuntos Internacionales (CIDOB) y la Fundación alemana Friedrich Ebert
- Además de analista de política exterior, Aguirre ha visto por dentro cómo fracasan - y sobreviven - varios procesos de paz del siglo XXI
Mariano Aguirre ha pasado décadas analizando guerras, negociaciones y crisis internacionales desde dentro. Nacido en La Plata (Argentina) en 1950, dirigió el Norwegian Centre for Conflict Resolution (NOREF), trabajó en la Fundación Ford en programas de paz y seguridad y fue asesor de Naciones Unidas en Colombia tras los acuerdos con las FARC. También vivió y trabajó en Estados Unidos y durante años viajó regularmente a Palestina.
Autor de libros como Salto al vacío. Crisis y declive de Estados Unidos y Guerra Fría 2.0, Aguirre analiza con RTVE Noticias la escalada entre Washington y Teherán, las distintas corrientes que conviven en el trumpismo, el declive estadounidense, las contradicciones de Europa ante Ucrania y el cambio que comienza a producirse en la relación entre Estados Unidos e Israel.
Irán: un "memorando de desentendimiento"
Pregunta: El memorando que debía encauzar el conflicto parece cada vez más frágil. Estados Unidos e Irán vuelven a intercambiar ataques. ¿Qué ha fallado?
Respuesta: La clave está en el memorando de entendimiento firmado por Estados Unidos e Irán. En realidad, es casi un memorando de desentendimiento: un texto muy vago que plasma una serie de deseos y objetivos de cada parte, pero deja sin cerrar cómo se van a aplicar, cómo se negociarán y de qué manera se comprobará su cumplimiento.
Además, ambas partes lo leen de forma totalmente diferente. El ejemplo más claro es el estrecho de Ormuz. Para Trump, lo fundamental era que Irán lo reabriera, no pusiera obstáculos al tráfico ni intentara cobrar a los barcos que pasan por allí. Su objetivo era que bajaran los precios del petróleo y del gas, porque eso afecta a los precios al consumo y a la inflación en Estados Unidos.
Para Irán, en cambio, Ormuz es su principal herramienta de presión. Controlar el estrecho significa controlar, en parte, el comercio y la economía mundial. Teherán considera que solo debe abrirlo plenamente si Estados Unidos cumple con sus condiciones: cesar los ataques, replegar parte de sus fuerzas de la región y desbloquear los fondos iraníes que llevan más de una década congelados por las sanciones en bancos internacionales. En definitiva, Irán cree que Estados Unidos no puede o no quiere cumplir lo firmado, por eso mantiene un control férreo de Ormuz. En cuanto a EE.UU. intenta desviar el tráfico por rutas alternativas y exige una apertura total. Ahí está la clave de la nueva escalada.
Oriente Medio busca una nueva arquitectura de seguridad
P. La guerra no ha acercado a las monarquías del Golfo a Israel, como esperaba Trump. Más bien las ha empujado a buscar otros socios. ¿Ha fracasado esa estrategia?
R. Es un proceso que empezó antes. Cuando Obama abrió las primeras conversaciones con Irán, Arabia Saudí, las monarquías del Golfo e Israel lo vivieron como una traición y como un abandono del paraguas de seguridad estadounidense. Reclamaron más ayuda militar. Obama aumentó las transferencias de armamento a los países árabes y empezaron a presionar para recibir tecnología nuclear que, en el futuro, pudiera servirles para construir un arma, lo que disparó el problema de la proliferación nuclear en la región.
Además, durante la primera Administración Trump se intentó consolidar la alianza entre Estados Unidos, Israel y las monarquías árabes contra Irán, con el liderazgo de Washington, Israel y Arabia Saudí. Esa era la lógica que estaba detrás de los Acuerdos de Abraham. Todo quedó congelado por la guerra de Gaza y la respuesta genocida de Israel. Los saudíes y otras monarquías autoritarias saben que lo ocurrido allí genera un rechazo enorme en sus sociedades y parte de sus élites. No pueden arriesgarse a avanzar en una alianza regional mientras Israel no abra la puerta a una solución para la cuestión palestina. Por eso, Riad lleva años hablando con Pakistán, Egipto e incluso, con Irán. Ese movimiento empezó aproximadamente en 2019. Lo que se intenta construir ahora es una nueva arquitectura de seguridad regional que no abandone la relación con Estados Unidos, pero que tampoco lo mantenga como único eje.
El declive estadounidense y las cuatro corrientes del trumpismo
P. ¿El acercamiento de esos antiguos aliados estadounidenses a China, los BRICS y a otras potencias es un síntoma del declive de Estados Unidos?
R. Sí, totalmente. Estados Unidos representaba hace unas décadas más del 60 % del peso económico global; hoy controla menos del 30 %. A eso se suma la incapacidad de distintos gobiernos estadounidenses para formular una estrategia. En Oriente Medio, durante las primaveras árabes, no desempeñó un papel claro. En Siria, Obama fijó líneas rojas frente a Bashar al Asad, pero después Estados Unidos no actuó, lo que de alguna manera legitimó que continuara la represión. En Libia tuvieron más protagonismo los británicos y los franceses.
Por otro lado, ha sido tremendamente negativo presentarse como mediador en el conflicto palestino-israelí cuando estaba claramente inclinado hacia una de las partes. La guerra de Gaza lo ha confirmado. Es más, cada vez más datos indican que la entonces candidata demócrata, Kamala Harris, perdió las elecciones frente a Trump porque perdió el voto de sectores de los judíos estadounidenses y de una parte importante de los jóvenes votantes demócratas.
P. Pero la administración estadounidense ha señalado hace tiempo que su interés actual no está en Oriente Medio, sino en China.
R. Y lo anunció Washington hace años, pero tampoco tiene allí una visión clara de largo plazo. China, en cambio, sí tiene una estrategia económica, tecnológica, comercial y militar con la que va ganando aliados. Estados Unidos conserva sus alianzas tradicionales con Australia, Nueva Zelanda, Filipinas o Corea del Sur, pero eso no significa que tenga una estrategia coherente.
En América Latina y tras décadas de escaso interés, Estados Unidos sí ha vuelto de forma más clara, con una lógica brutalmente neoimperial. Quiere fortalecer sus alianzas con gobiernos de ultraderecha, pretende que los países latinoamericanos frenen la migración antes de que llegue a Texas, California o Arizona y busca acceso libre a minerales, tierras raras o pasos marítimos como el canal de Panamá. No hay una estrategia, sino pura fuerza bruta.
P. Algunos analistas apuntan a que el uso de esa fuerza, como la utilizada en Venezuela, es precisamente señal de debilidad: "no puede competir como antes y se centra en el patio trasero", dicen.
R. Lo matizaría. Dentro de la Administración existen distintas visiones. Trump es un hombre con poco criterio, un enorme grado de confusión y muy ignorante, pero manda mucho. Sus decisiones dependen muchas veces de la última persona con la que ha hablado o de cómo le presentan una cuestión.
Sin embargo, dentro de su Gobierno hay sectores con líneas definidas. Uno está centrado en combatir la influencia tecnológica, comercial, económica y militar de China. Algunos consideran incluso que Estados Unidos debe prepararse para una futura confrontación militar con Pekín. Otro sector es partidario de mantener la OTAN, fundamentalmente para controlar a los europeos a través de ella. Hay una tercera corriente que sostiene que Europa ya no interesa y que Estados Unidos debería desentenderse del continente, aunque eso signifique dejar que Rusia aumente allí su influencia. Y existe una cuarta visión vinculada a la doctrina Monroe y al concepto de fortaleza hemisférica: Estados Unidos debe hacerse fuerte en la masa continental a la que pertenece. Cuando Trump habla de controlar el canal de Panamá, Groenlandia, el Polo Norte o de integrar Canadá como un estado, está expresando esa lógica. Primero nos hacemos fuertes en nuestro hemisferio y desde ahí proyectamos nuestro poder hacia el resto del mundo.
“Las decisiones de Trump dependen muchas veces de la última persona con la que ha hablado“
Trump y la competición entre grandes potencias
P. Esa última idea recuerda más a los tiempos de la Guerra Fría que a un orden multipolar.
R. Sí. Trump piensa que las dos grandes potencias son Estados Unidos y China, con Rusia asociada a esta última, siendo ésta una potencia en algunos aspectos, pero débil en otros. China, en cambio, es una potencia en ascenso en casi todos los ámbitos mientras que Estados Unidos es una gran potencia en declive.
La visión de Trump es que Estados Unidos y China sean quienes controlen el sistema y que cada uno tenga sus zonas de influencia. Compiten en tecnología, comercio, mercados y recursos, pero procuran no llegar a una guerra directa. Estados Unidos sigue siendo el país más poderoso militarmente y conserva una gran capacidad en áreas como la alta tecnología, pero tiene enormes fracturas sociales internas. En cambio, China está en ascenso y posee un gran poder económico y militar, aunque todavía inferior al estadounidense en este último aspecto.
Por eso Trump puede mostrarse amable con Putin o con los dirigentes chinos. Responde a la idea de que los grandes hombres y las grandes potencias se entienden entre ellos y después se imponen a los demás. El problema es que esa visión choca con una realidad muy distinta: el mundo es multipolar y existen muchos centros de poder. Por ejemplo, India o Brasil, no adoptan esas actitudes de servilismo como las que vemos en algunos dirigentes europeos ante Trump.
“La visión de Trump es que Estados Unidos y China sean quienes controlen el sistema y que cada uno tenga sus zonas de influencia“
Europa y la OTAN: entre el abandono y la dependencia
P. Trump ha pasado de cuestionar la OTAN a celebrar su unidad. ¿Es solo uno de sus vaivenes?
R. Su reacción en la pasada cumbre de Ankara tiene mucho que ver con su propia inestabilidad psicológica. Trump reacciona según con quién habla, lo que escucha o cómo le presentan las cosas. Mark Rutte sabe jugar con eso. Si al principio de una reunión le presenta cifras espectaculares y le dice que, gracias a él, los europeos están comprando armamento en Estados Unidos, Trump se queda tranquilo. Sin embargo, hay que diferenciar entre esos vaivenes y lo que es la política de Estados Unidos hacia Europa, que está probablemente definida por otras personas dentro de la Administración y que consiste en debilitar la posición europea dentro de la OTAN, obligar a Europa a rearmarse y procurar que ese rearme sea un gran negocio para Estados Unidos.
Existe además una línea cultural antieuropea dentro de la Administración Trump y de determinados sectores de la sociedad estadounidense. Muchos reniegan de sus propios orígenes europeos, se refugian en el nacionalismo estadounidense y presentan a los europeos como débiles: hablan francés, escuchan música clásica y no son hombres fuertes. Frente a ellos sitúan la imagen de los verdaderos hombres estadounidenses: la gente de la pradera y de la frontera.
P. Y, en este contexto, ¿qué posición debe adoptar Europa?
R. Europa vive atrapada en una serie de contradicciones. Desde 2022 ha apoyado a Ucrania diplomática, económica y militarmente. De hecho, la ayuda militar europea ha sido hasta ahora superior a la de Estados Unidos, pese a lo que dice Trump. Europa quiere autonomía y, al mismo tiempo, seguir confiando su seguridad a Washington. Habla de rearme, pero una parte importante de ese gasto refuerza su dependencia política y tecnológica de Estados Unidos. Debe construir una nueva arquitectura de defensa, dentro o fuera de la OTAN, y no puede hacerlo simplemente comprando armas estadounidenses porque genera un problema de dependencia política y tecnológica a largo plazo en la medida en que también se depende de técnicos, de empresas y de quienes diseñan y gestionan esos sistemas. La cuestión no es solo que Estados Unidos venda misiles Tomahawk o sistemas Patriot, sino si transferirá la tecnología para que puedan fabricarse en Europa.
Ucrania: defender Europa hasta el último ucraniano
P. Trump sostiene que Ucrania es un conflicto europeo y que Rusia acabará imponiéndose porque es más fuerte. ¿Cree que esa es su verdadera posición?
R. Stephen Miller, el principal asesor político e ideológico de Trump, lo explicó claramente: el derecho internacional y el multilateralismo son tonterías; lo que vale es el poder. Quien tiene poder manda y define la política. Aplicado a Ucrania, el argumento es: respetamos a los ucranianos, pero no pueden ganar porque Rusia es más grande y tiene más poder militar.
Trump puede criticar puntualmente a Putin, pero entre ambos existe un entendimiento básico. Rusia no va a ceder fácilmente y Estados Unidos asume que la guerra terminará cuando Ucrania termine rindiéndose a las condiciones rusas.
P. Pero Europa afirma que defender a Ucrania significa defenderse a sí misma
R. Es de las grandes contradicciones europeas. Si los dirigentes europeos creen realmente que la guerra de Ucrania no es solo una guerra por la soberanía ucraniana, sino también por la defensa de Europa. Es hipócrita limitarse a proporcionar armas, tecnología e inteligencia para que los ucranianos combatan a Rusia hasta el último hombre y la última mujer, mientras evita comprometerse directamente.
Ucrania pide que la armen, que le permitan entrar en la Unión Europea, que pueda ingresar en la OTAN y que se desplieguen fuerzas europeas y estadounidenses sobre el terreno. Estados Unidos ya ha dicho que no va a hacerlo y Europa todavía espera una última garantía: si envía soldados y Rusia la ataca, Estados Unidos utilizará todo su poder, incluida la amenaza nuclear. Sin embargo, Washington dice unas veces que sí, y otras que no. En la práctica no ofrece esa garantía. La forma más contundente de proteger a Ucrania sería acelerar su ingreso en la OTAN.
“Es hipócrita que Europa se limite a proporcionar armas, tecnología o inteligencia para que los ucranianos combatan a Rusia hasta el último hombre y la última mujer “
P. ¿Puede construirse una seguridad europea sin hablar con Rusia?
R. No. Rusia no va a cambiar de lugar geográficamente y Europa tampoco. Aunque Rusia sea un adversario y un potencial enemigo, Europa tendrá que abrir canales de diálogo con ella tal y como ocurrió durante la Guerra Fría. Ahora mismo no hay y eso es una barbaridad diplomática. Los gobiernos tienen que hablar con todo el mundo, también con sus enemigos y adversarios.
Israel, Palestina y el cambio dentro de Estados Unidos
P. En Estados Unidos empieza a cuestionarse una relación con Israel que durante décadas parecía intocable. ¿Hay cambio a la vista?
R. Sí, hay un cambio real, con avances y retrocesos. Una de sus fuentes está en los judíos estadounidenses jóvenes. Muchos son practicantes, al margen de su afiliación política. Antes constituían un sector muy minoritario dentro de la comunidad judía estadounidense. Pero desde la guerra de Gaza de 2023 son cada vez más críticos con Netanyahu y con un Gobierno formado por ultranacionalistas, ultrarreligiosos, antipalestinos y fascistas. Sus críticas ya no se dirigen únicamente contra el primer ministro, sino también contra las políticas del Estado de Israel hacia los palestinos, Líbano o Irán.
También está cambiando el Congreso. Los congresistas Alexandria Ocasio-Cortez, Ilhan Omar y Bernie Sanders coinciden con esa nueva sensibilidad. Sanders y Ocasio-Cortez han incorporado la cuestión palestina a una campaña más amplia contra Trump, la oligarquía y Silicon Valley. Por primera vez, algunos congresistas demócratas, y también algún republicano, se atreven a desafiar a los grupos de presión favorables a Israel y asumir el riesgo de hacerlo.
P. ¿Sigue siendo Israel tan dependiente de Estados Unidos como suele afirmarse?
R. Con el apoyo estadounidense ha construido un superestado con armas nucleares, alta tecnología, servicios de inteligencia muy desarrollados, una diplomacia extraordinariamente eficaz y medios militares que primero fueron transferidos por Estados Unidos y después desarrollados por Israel. Pero ya no es un país totalmente dependiente.
Ahora puede operar con mucha más autonomía e incluso manipular a una potencia estadounidense en crisis. En la confrontación con Irán se ha visto con claridad. Irán sabe qué quiere: sobrevivir y mantener su Estado al coste que sea. Israel también sabe qué quiere: no busca solamente un cambio de régimen, sino destruir las infraestructuras sociales, políticas, económicas y militares de Irán. Pero Estados Unidos, en cambio, no sabe cuál es su objetivo. Se ha metido en la guerra a pesar de que cerca del 60 % de los votantes estadounidenses, incluidos republicanos, estaban en contra. La sociedad estadounidense es muy fluida y voluble y puede haber avances y retrocesos, pero creo que esta tendencia crítica hacia Israel es fuerte y probablemente se mantendrá. Soy mucho más pesimista respecto a Israel. Se dirige claramente hacia un modelo de apartheid. En muchos aspectos ya lo es y no veo señales de que eso vaya a revertirse.