Afganistán, de la república islámica al emirato talibán
- Cinco años después de su regreso al poder, los talibanes han consolidado su control territorial y político
- El régimen ha transformado por completo el Estado y ha borrado borrado del espacio público a las mujeres
Afganistán es hoy más seguro que durante los años de la república, pero también más cerrado, más pobre, menos inclusivo y plural y con una población sometida a una combinación de represión y a una gravísima crisis humanitaria.
Mientras la comunidad internacional debate entre el aislamiento y la necesidad de tratar con quienes gobiernan de facto el país, la resistencia no ha desaparecido, tampoco los grupos terroristas que se cobijan bajo el paraguas talibán. Y la mitad de la población, las mujeres, está sometida a un apartheid de género.
No eran talibanes 2.0
Frente a lo que muchos pensaron de forma ingenua, los talibanes que entraron en Kabul el 15 de agosto de 2021 eran los mismos lobos a los que, dos décadas atrás, Estados Unidos y sus aliados habían expulsado del país tras los atentados del 11S. A algunos de los líderes de la manada les pusieron unas pieles de cordero dulcificantes: hablan inglés, conocían cómo vender propaganda y diplomacia. La República afgana se derrumbó con una rapidez inesperada. El Ejército y las instituciones, creadas y financiadas por la comunidad internacional, no pudieron impedirlo. Estados Unidos se retiró y desapareció el sistema económico que sostenía al Estado.
Cinco años después, los talibanes no han caído y no existe una alternativa política ni militar organizada capaz de sustituirlos a corto o medio plazo. Su victoria militar se ha transformado en un régimen establecido, no tan homogéneo como parece a primera vista, pero compacto. El actual Afganistán no es el Afganistán republicano, pero tampoco el emirato talibán de los 90. Los talibanes han aprendido algunas lecciones de su primera experiencia. Intentan mantener relaciones con todos los países que pueden, aunque solo Rusia los ha reconocido.
Pero el régimen talibán no es un bloque homogéneo, está atravesado por una lucha interna entre distintos centros religiosos, políticos, militares y territoriales. La principal fractura enfrenta al núcleo clerical de Kandahar, dirigido por el emir Hibatullah Akhundzada, con el centro de poder de Kabul asociado a Sirajuddin Haqqani. Akhundzada concentra la autoridad religiosa y doctrinal y una creciente centralización del poder, mientras Haqqani controla Interior y representa un polo de poder vinculado a la seguridad, la gestión del Estado y una mayor flexibilidad política.
La red Haqqani no constituye una alternativa democrática o moderada al Emirato: es una organización yihadista integrada en el movimiento talibán. Sin embargo, su posición refleja una visión más pragmática sobre la gobernabilidad, las relaciones exteriores y el impacto de las políticas del régimen. Sirajuddin Haqqani llegó a advertir que "monopolizar el poder y dañar la reputación de todo el sistema no nos beneficia" y reclamó una relación más cuidadosa con la población, incluida la cuestión de las mujeres. Pero la preocupación de Haqqani y otros dirigentes no se centra tanto en la igualdad de género como en el coste que las políticas de Akhundzada tienen para la legitimidad del régimen, su aislamiento internacional y su capacidad para gobernar.
La pugna no se reduce a Akhundzada y Haqqani. El mulá Mohammad Yaqoob, hijo del fundador mulá Omar, constituye otro centro de poder a través del Ministerio de Defensa y sus vínculos con los comandantes militares, y Abdul Ghani Baradar representa el polo asociado a Doha, la diplomacia, las negociaciones y la economía. No parece que Haqqani esté en condiciones de desplazar a Akhundzada, más allá de ser uno de los principales contrapesos internos a su concentración de poder. Pese a las profundas rivalidades, los distintos centros siguen compartiendo el interés fundamental de preservar el emirato.
Del movimiento insurgente al poder del emirato
El régimen no funciona como un gobierno convencional. El centro de poder está en Kandahar, donde se encuentra su líder supremo, Hibatullah Akhundzada, y se concentra la autoridad religiosa. Kabul alberga las instituciones administrativas y ministeriales, pero la autoridad política está subordinada a la autoridad religiosa. No hay parlamento, ni elecciones, ni consejos provinciales, ni mecanismos de control institucional. La interpretación talibana de la sharía ocupa el lugar de la legislación anterior. La República, con todas sus deficiencias, estaba basada en una Constitución, pero el emirato talibán lo hace en una autoridad religiosa que no deriva su legitimidad de la voluntad popular. Los talibanes han logrado una mayor seguridad, pero han reducido sistemáticamente el espacio de libertad política, social y cultural.
Durante la república hubo corrupción, instituciones débiles, fraude electoral, enormes desigualdades y una guerra que causó casi 200.000 víctimas. Los talibanes han sustituido el conflicto por un férreo control. Human Rights Watch denuncia que Afganistán vive "una de las crisis de derechos humanos más graves del mundo", con detenciones arbitrarias y torturas contra periodistas, activistas y personas críticas al régimen, además de ejecuciones extrajudiciales y desapariciones. La promesa de amnistía para los antiguos funcionarios y militares no impide las represalias. El Afganistán talibán es más seguro para algunos, pero totalmente inseguro para los críticos al régimen.
Es imposible explicar estos cinco años sin poner a las mujeres en el centro. Los talibanes cerraron el Ministerio de Asuntos de la Mujer y lo sustituyeron por el Ministerio para la Propagación de la Virtud y Prevención del Vicio. Luego llegaron las restricciones en educación, empleo, movilidad, espacios públicos y participación social. Con la expulsión de las mujeres de la vida pública se acaba modificando la estructura social que definirá a la próxima generación. El activista afgano Matiullah Wesa ya advirtió que "no es posible construir nuestro país sin las mujeres, sin la educación de las niñas".
Las mujeres se han manifestado en Kabul, Herat, Bamiyán y otras ciudades en estos años. Han creado escuelas clandestinas y redes de educación online. Han mantenido actividades profesionales desde sus casas y han desarrollado formas de resistencia. En Herat, en junio, las protestas tras la detención de varias decenas de mujeres por supuestamente violar el código de vestimenta, fueron reprimidas con violencia.
Se está educando de otra manera
Hay una transformación menos visible que el cierre de las escuelas femeninas. El régimen está reconstruyendo el sistema educativo. Escuelas y centros de formación de profesores han sido convertidos en madrasas, se han modificado los currículos y los niños están siendo educados dentro de una estructura ideológica talibán. Las madrasas registradas habrían pasado de unas 5.000 a más de 23.000, con más de 3,65 millones de alumnos, según The Hamrah Network, una organización de la sociedad civil afgana en el exilio. El currículo prioriza la memorización coránica, los hadices y la jurisprudencia hanafí conservadora, junto con contenidos políticos aprobados por los talibanes. Algunos centros utilizan incluso textos sobre la yihad.
El ecosistema mediático ha sido destruido. Más de dos tercios de los aproximadamente 12.000 periodistas que había en 2021 han abandonado la profesión. Ocho de cada diez mujeres periodistas dejaron de trabajar. El control se ejerce mediante censura, amenazas, detenciones, vigilancia y cierre de medios. Los talibanes han detenido a periodistas, restringido la información y vigilado las redacciones, cientos de medios cerraron y numerosos periodistas huyeron. La represión mediática se ha extendido al propio contenido audiovisual con prohibiciones de imágenes de seres vivos, restricciones a programas, música, ficción y comentarios políticos.
Internet se ha convertido en una herramienta esencial para mujeres, periodistas o activistas. Las clases clandestinas online permiten a las niñas continuar estudiando. Los medios en el exilio siguen informando gracias a internet. Las redes sociales permiten a los opositores documentar abusos y mantener contacto con el exterior. Por eso, los apagones de telecomunicaciones adquieren una dimensión política.
Minorías y diversidad: otro Afganistán que desaparece
La transformación del emirato tiene, además, una dimensión étnica y religiosa. Afganistán es un país extraordinariamente diverso. Hazaras, tayikos, uzbekos, turcomanos, chiíes, ismailíes, sikhs e hindúes son parte de su compleja estructura social. La desaparición del pluralismo político ha reducido su representación institucional.
Amnistía Internacional ha documentado discriminación en el acceso a la ayuda humanitaria contra algunas de ellas y el desalojo forzoso de familias hazaras en Bamiyán. La discriminación se combina además con la violencia de los terroristas del ISIS-K, especialmente contra la población hazara y chií.
Y hay otro colectivo prácticamente ausente del debate: las personas LGTB. Human Rights Watch ha documentado amenazas, palizas, violencia sexual y detenciones arbitrarias desde el retorno de los talibanes, lo que ha llevado a muchas de ellas a intentar huir del país.
La economía crece, pero los afganos no viven mejor
La economía ofrece otra de las grandes paradojas. En 2021 desaparecieron gran parte de las ayudas internacionales, los empleos, buena parte de la financiación pública y el acceso normal al sistema financiero internacional. El resultado fue un desplome económico y una crisis humanitaria. En los últimos años han aparecido indicadores de recuperación. El Banco Mundial estima para 2026 un crecimiento real del PIB del 4,8%. Sin embargo, el PIB por habitante ha caído un 5,6% principalmente por el rápido crecimiento demográfico y el regreso de millones de afganos.
El think tank Afghanistan Analysts Network muestra que el deterioro económico se ha vuelto acumulativo: familias atrapadas en deudas han tenido que vender bienes, aplazar reparaciones y renunciar al ahorro y a la inversión. La ayuda informal de familiares y comunidades es fundamental. La economía crece de manera insuficiente y muy desigual. La situación humanitaria es terrible. El Programa Mundial de Alimentos calcula que en 2026 13,8 millones de personas sufrirán inseguridad alimentaria aguda, 4,9 millones de mujeres y niños necesitarán tratamiento por malnutrición, 3,7 millones de niños y 1,2 millones de mujeres embarazadas o lactantes podrían sufrir malnutrición aguda. No hay medicamentos ni equipamiento suficientes. Las restricciones a las mujeres agravan el problema: no pueden formarse como profesionales sanitarias, cuando son necesarias para atender a otras, ya que, por las normas talibanes, no pueden serlo por personal masculino. La crisis humanitaria no es solo consecuencia de la pobreza, lo es por el modelo político y social impuesto por el régimen.
La resistencia no ha desaparecido
En 2021 pareció que los talibanes habían eliminado casi toda posibilidad de resistencia armada, pero esta no ha desaparecido, aunque continúa fragmentada y sin capacidad, por ahora, de acabar con el control territorial de los talibanes. La conquista militar talibana no ha eliminado por completo a la oposición ni el deseo de parte de la sociedad de una alternativa. Nasir Andisha, embajador y representante permanente de la república afgana ante la ONU, advierte contra la ilusión de una Pax Talibanica definitiva y sobre el riesgo que corre la comunidad internacional de confundir control territorial con estabilidad permanente.
Este año se han intensificado las acciones de la resistencia y ha aumentado la actividad en el norte y noreste, con Badajsán como principal foco en estos momentos. A la resistencia republicana más organizada se añaden grupos locales y disidencias procedentes del propio entorno talibán. No es descartable que se produzca una posible convergencia futura entre oposición armada y fracturas internas del movimiento talibán.
El terrorismo sigue siendo un problema regional
Los talibanes han conseguido reducir la insurgencia, pero Afganistán continúa siendo escenario de actividad de grupos terroristas. Dentro del complejo entramado terrorista hay tres organizaciones fundamentales para entender la situación actual: Estado Islámico del Khorasan (ISS-K), Al Qaeda y Tehrik-e Taliban Pakistan (TTP). Son tres casos muy diferentes: ISIS-K es enemigo declarado de los talibanes; Al Qaeda mantiene con ellos una relación histórica de alianza y protección; y el TTP, aunque comparte raíces ideológicas y vínculos con el movimiento talibán afgano, se ha convertido en una de las principales fuentes de tensión entre Kabul e Islamabad.
ISIS-K es el principal enemigo interno del emirato talibán. Nacido en Afganistán en 2015 como filial del Estado Islámico, se nutrió inicialmente de antiguos combatientes talibanes y de otros grupos yihadistas de la región. Su ideología salafista-yihadista considera ilegítimo al régimen talibán, al que acusa de haber traicionado la verdadera causa del yihadismo. Desde 2021 mantiene una insurgencia contra el emirato y ha demostrado capacidad para realizar atentados de gran impacto tanto en Afganistán como fuera del país. Ha atacado instalaciones y funcionarios talibanes, minorías chiíes y objetivos extranjeros. Su dirigente es Sanaullah Ghafari. Este grupo constituye la principal amenaza de dimensión internacional procedente del territorio afgano.
La historia de Al Qaeda está íntimamente ligada a Afganistán y a los talibanes. En 1996, el régimen talibán del mulá Omar proporcionó refugio a Bin Laden y a su organización pese a la presión internacional para que lo entregara. De esa relación surgió una alianza histórica que desembocó en el refugio concedido a Al Qaeda. La muerte de su líder, Ayman al-Zawahiri en Kabul, en 2022, en un ataque estadounidense, confirmó que altos dirigentes de Al Qaeda seguían encontrando refugio en Afganistán. Su actual líder es Saif al-Adl, aunque permanece fuera de Afganistán. La ONU señala que Al Qaeda se beneficia del apoyo y protección de las autoridades de facto y que actúa como facilitador para otros grupos, particularmente el TTP.
El TTP -Tehrik-e Taliban Pakistan o Talibanes de Pakistán- es uno de los problemas de seguridad más graves derivados de Afganistán. El grupo comparte raíces ideológicas, religiosas y personales con los talibanes afganos, pero su objetivo es derrocar al Estado paquistaní y establecer en Pakistán un régimen basado en su interpretación de la ley islámica. Su dirigente es Noor Wali Mehsud. Desde el regreso de los talibanes a Kabul en 2021, numerosos combatientes y dirigentes del TTP han encontrado refugio en el país. Desde allí han aumentado los ataques contra las fuerzas de seguridad paquistaníes, lo que ha agravado la crisis diplomática entre Islamabad y Kabul. La ONU considera al TTP uno de los mayores grupos terroristas que operan desde Afganistán.
Afganistán es así uno de los principales focos de concentración de organizaciones terroristas y redes yihadistas del mundo, a pesar del compromiso de los talibanes en Doha de no apoyar el terrorismo.
El regreso al tablero geopolítico
Mientras Occidente mantiene una política de no reconocimiento y relaciones limitadas, los vecinos y otros con intereses en la zona han ido acercándose a los talibanes. China, Irán, Pakistán, India, Rusia, Catar, Turquía y los países de Asia Central mantienen canales diplomáticos con Kabul, hay 17 embajadas extranjeras abiertas en la capital. Rusia se convirtió en julio de 2025 en el primer y, hasta ahora, único Estado que reconoció formalmente al Gobierno talibán. Se ha producido una evolución desde el aislamiento inicial hacia una relación pragmática con el régimen.
La cuestión del aislamiento o reconocimiento de los talibanes alcanzó una nueva dimensión en junio. Una delegación talibana encabezada por Abdul Qahar Balkhi, portavoz de Exteriores del régimen, acudió a Bruselas para reunirse con representantes europeos. La Comisión Europea insistió en que se trataba de una reunión técnica y con las autoridades de facto, no con un gobierno reconocido. Pero el encuentro generó críticas porque el objetivo principal era facilitar la cooperación en materia de retornos de afganos desde Europa.
La ONU se encuentra también en una compleja situación. UNAMA (Misión de Asistencia de Naciones Unidas en Afganistán) tiene que trabajar con quienes controlan el territorio para poder prestar asistencia y documentar lo que ocurre. Pero hacerlo implica mantener una relación cotidiana con un régimen que no considera legítimo. En 2026, incluso la terminología se convirtió en objeto de disputa. Un borrador de la resolución para renovar la misión eliminó la expresión "autoridades de facto" para referirse a los talibanes y la sustituyó por "autoridades relevantes". Estados Unidos, Reino Unido y Francia temían que "autoridades de facto" pudiera conferir legitimidad; China y Rusia defendían la expresión porque reflejaba la realidad de que los talibanes controlan las instituciones y el territorio.
¿Qué ha conseguido realmente el emirato?
Los talibanes han consolidado el control territorial, han mejorado la seguridad, incrementado la recaudación, establecido relaciones comerciales y diplomáticas con diversos países y mantenido en funcionamiento las estructuras básicas. Presumen de mejores ingresos, más comercio, reducción de la corrupción y erradicación de los campos de adormidera. El Afganistán que dejaron los talibanes en 2001 y el que han construido comparten rasgos fundamentales, pero existen diferencias importantes. En 1996 heredaron un país en guerra civil; en 2021, un Estado con instituciones republicanas, millones de niñas escolarizadas, universidades, medios independientes, sociedad civil, mujeres trabajando en todos los ámbitos y una generación que había crecido conectada con el exterior. Cinco años después, buena parte de esas conquistas ha sido desmontada.
El mundo se fue en 2021 y no volvió. Los afganos sintieron que la comunidad internacional los abandonaba a su suerte. Mahbouba Seraj lo expresó así: "El mundo y nuestros vecinos han sido muy injustos con Afganistán". La verdadera batalla es por el futuro. No se ha vuelto a 1996. Es algo más complejo. Los talibanes han aprendido a gestionar, han consolidado instituciones propias, reconstruido la educación según su ideología, impuesto un sistema de control social más profundo, creado relaciones regionales y demostrado que pueden sobrevivir sin reconocimiento occidental. Pero no han conseguido un país próspero, inclusivo o políticamente estable.
La resistencia continúa. La amenaza terrorista persiste. La tensión con Pakistán ha abierto un nuevo frente regional. La crisis humanitaria sigue siendo gigantesca. El cambio climático multiplica las dificultades. Millones de afganos retornan desde países vecinos. La libertad de prensa ha desaparecido. Una generación de niñas está creciendo sin educación mientras una generación de niños recibe una educación cada vez más ideologizada. Las mujeres están enterradas en vida.
Cuando se cumple un lustro de la llegada al poder de los talibanes, el mismo número de años que estuvieron la última vez, la pregunta no es solo cuánto tiempo pueden permanecer al frente del país, sino qué Afganistán quedará cuando se vayan porque han conseguido transformar una victoria militar en un sistema de poder y, ahora, están intentando transformar ese sistema de poder en una nueva sociedad afgana.