Khadiya Amín, la periodista afgana que lucha contra la violencia vicaria: "El documental es una carta para mis hijos"
- Amín relata su historia en el documental ‘¿Dónde están mis hijos?’ en Movistar Plus+
- Los talibanes han legalizado la violencia contra las mujeres y la sitúan por debajo de los animales
En el vocabulario de Khadija Amín no existía el concepto de violencia vicaria. No sabía que llevaba luchando contra este tipo de violencia machista desde que tuvo a sus tres hijos en Afganistán, tras un matrimonio forzoso eclipsado por el maltrato físico y psicológico. Desde que consiguió el divorcio vive con mucha culpa la separación "forzosa" de sus hijos. La vuelta de los talibanes al poder, el 15 de agosto de 2021, puso su vida en jaque como periodista y mujer, no tuvo otra elección que marcharse para ponerse a salvo, pero su exmarido se negó a que los niños se fueran con ella, ni mucho menos que la alcanzaran en España.
Desde entonces, los golpes de la violencia machista han sido mucho más amargos desde su exilio en Madrid. Dejar atrás Afganistán no fue suficiente para ponerse a salvo. Amín lleva cuatro años y medio luchando contra su propia vida para sobrevivir al dolor de no poder saber de sus hijos. "Mamá, no nos llames más. Tienes que dejar de llamarnos porque nuestro padre nos cuida muy bien y tú nos abandonaste", es lo último que le dijo su hijo mayor.
Esta periodista de 33 años y madre nunca ha dejado de luchar para localizar y reunirse con sus hijos, librando una batalla contra muros culturales y legales ya que no tiene ningún papel en el que figura como madre de los niños. No es la primera vez que Amín se sienta frente a micrófono de RTVE Noticias, pero si es la primera vez que aparentemente no se "rompe". "Antes escuchar esto de mis hijos me hundía, pero ahora sé que no son ellos. Es violencia vicaria; su padre les está manipulando para hacerme daño. Él quiere verme sufrir, pero ya no soy la mujer que era hace seis años. Ahora soy consciente de quién soy y dónde estoy", dice con fuerza en una entrevista previa al estreno de su documental ‘¿dónde están mis hijos?’ producido por Telefónica Broadcast Services SLU que ya se puede ver en Movistar Plus+.
Envuelta en un elegante vestido morado, explica que ha sido un proceso "terapéutico". Sus ojos grandes, color negro azabache, asientes a sus palabras y brillan entre la emoción y el orgullo del trabajo que la ha ayudado a poner palabras a una pesadilla que la persigue todas las noches. Mientras toma asiento, sus manos se entrelazan con fuerza, como si sostuvieran esos cables invisibles que la unen a Kabul. Antes de empezar la entrevista, mira su teléfono. Es el mismo aparato por el que recibe la escasa información sobre sus hijos. Se trata de un trabajo periodístico en el que recopila los videos, los mensajes y reconstruye como ha vivido en silencio la separación de sus tres niños. "Me he perdido muchas cosas", explica. Pero a través de lo que define como "una carta visual" para ellos, mira a cámara y les dice "Sois mi vida. Nunca os he abandonado. Nunca".
"Una carta audiovisual para mis hijos"
Ante este silencio impuesto por las fronteras, Khadija ha decidido utilizar su mejor arma: la voz y la cámara. El documental es más que una pieza de investigación periodística; es una cápsula del tiempo diseñada para combatir la manipulación que sus hijos sufren a diario. "Este documental es una carta audiovisual para mis hijos", reitera la intención que la ha llevado a hacer el documental. Durante años, ha grabado videos domésticos, ha guardado audios y ha documentado cada paso de su lucha desde Madrid. "Es para que, en el futuro, cuando ellos sean adultos y tengan la capacidad de decidir, vean que su madre no los abandonó. Que vean cómo he luchado durante años, que vean que nunca dejé de buscarlos", señala.
“Es para que, en el futuro, cuando ellos sean adultos y tengan la capacidad de decidir, vean que su madre no los abandonó“
El rodaje, admite, ha sido "durísimo". Ha tenido que revivir cada trauma, cada llamada perdida o lo peor cuándo el padre de sus hijos los llevó de vuelta a Afganistán justo tras su reencuentro en Europa. "Mis compañeras, que son mis amigas, me han ayudado mucho. Si lloraba, parábamos, pero ha sido sanador. Antes no podía hablar de mis hijos sin romperme; ahora puedo contar la historia para que el mensaje llegue a todo el mundo", dice y hace una larga pausa.
El estigma de la "madre que abandona"
La narrativa del abandono es la herramienta más eficaz para hacer daño a la madre y por esto ella quiere que este documento audiovisual para que algún día "sepan todo lo que hice por ellos". En agosto de 2024, en una entrevista previa, la periodista ya confesaba la angustia de haber dejado atrás a sus tres hijos. "Me fui con lo puesto y puse tierra de por medio por miedo", recordaba entonces con un sentimiento de culpa. Y en esta película hace una reconstrucción de los hechos y explica como ella al llegar a Madrid consiguió visados y plazas en aviones de evacuación para traerlos a España. Pero su entonces marido se negó a subir al avión. Después consiguió un visado para que viniesen a Europa y el padre se los llevó a Alemania, en vez de traerlos a España.
Desde entonces, la vida de esta periodista ha sido una carrera de obstáculos por demostrar "literalmente" que ella existe. Hace una pausa y continúa "en el sistema afgano actualmente figuro como fallecida. Mi exmarido ha falsificado documentos de defunción para borrarme de la faz de la tierra", explica con mucha rabia en su mirada firme. Recuerda que en su país la filiación es exclusivamente paterna y las mujeres no figuran en las partidas de nacimiento de sus propios hijos, a Khadija la han convertido en un fantasma. Lo cierto, es que nombre de la madre ni siquiera aparece en la Tazkira (el documento de identidad afgano) de los hijos en muchos casos. "Ser una mujer en Afganistán es nacer sin nombre propio en los papeles y morir dos veces: una cuando te quitan los derechos y otra cuando el maltratador decide que legalmente ya no existes", explica. "No tengo ningún papel que demuestre que soy la madre. Él lo ha falsificado todo para que parezca que he muerto. Es una forma de maltrato que sigue operando a miles de kilómetros", denuncia.
Lleva meses esperando la nacionalidad española por carta de naturaleza. Para Khadija, este trámite no es una cuestión de identidad, sino de "supervivencia jurídica". "Tener la nacionalidad española me daría una fuerza legal para localizar a mis hijos en Europa y reclamar mis derechos como madre y como refugiada, tengo las manos atadas", argumenta. Según sus últimas informaciones, los niños habrían salido de Afganistán y podrían estar de nuevo en algún punto de Europa, pero sin un pasaporte español, Khadija tiene sus derechos limitados frente a un exmarido que juega con las leyes de varios países.
Amín y todo el equipo del documental '¿Dónde están mis hijos?' Foto cedida por Telefónica Broadcast Services SLU
El apartheid de género que no frena
Pese a todo, ella deja que su lucha es por todas las afganas que siguen sufriendo dentro y fuera del país. El régimen intransigente sigue perfeccionando su maquinaria de exclusión a través de la Ley de Propagación de la Virtud y el Vicio, una larga lista de prohibición cuyo fin es el borrado de las mujeres en la vida pública y privada. Un apartheid de género que avanza sin límites, el pasado 26 de febrero, los dirigentes islamistas aprobaron un nuevo código penal talibán que legaliza la violencia contra las mujeres y las sitúa por debajo de los animales.
La normativa estipula que "un marido puede golpear a su mujer siempre que no le rompa los huesos" o cause una "herida abierta". Es decir, el maltrato físico está regulado y permitido dentro de unos márgenes de "intensidad". "Si la mujer tiene una herida abierta o los huesos rotos, puede ir a denunciar, pero tiene que ir acompañada de su marido", denuncia Khadija con una mueca de incredulidad. "¿Cómo vas a ir a denunciar a tu maltratador delante de él? Allí ya nadie escucha a las mujeres. Los maridos les dicen: 'Ahora que nadie te va a oír, hago contigo lo que quiero'", lamenta la joven afgana.
Afganistán es en la actualidad el único país del mundo donde las niñas tienen prohibido estudiar más allá de los 12 años (primero de la ESO). Khadija, que sufrió un matrimonio forzoso a los 18 y sobrevivió a varios intentos de suicidio antes de lograr un divorcio que fue toda una hazaña, ve cómo su historia se repite en millones de niñas. "Los hombres no han estado al lado de las mujeres para luchar. Ellos no han perdido nada", sentencia.
La voz frente al olvido mediático
En este 8M, el mensaje de Khadija Amín es una advertencia contra la fatiga informativa. Le duele que el foco del mundo se haya desplazado a otros conflictos, dejando a Afganistán en "un rincón de las noticias breves". "Me preocupa mucho el silencio. No soporto cuando dicen que en Afganistán ahora hay más seguridad. Hay pobreza y hay niñas que se están suicidando porque no tienen ninguna salida", confiesa.
Amín es una superviviente que ha tenido que "empezar de cero" tres veces. Perdió su país, interumpió su carrera en la televisión y le arrebataron a sus hijos. Pero, como ella misma dice, le queda su voz. Y esa voz, ahora articulada a través del cine y el activismo, es la que impide que su historia sea enterrada bajo el polvo de Kabul.
"Lo perdí todo, pero me queda mi voz", sentenció una vez. Amín ha dejado de ser solo una víctima del régimen talibán para convertirse en una constructora de la memoria y en el rostro de las mujeres afganas. Mientras espera ese pasaporte que le permita cruzar fronteras en busca de sus hijos, sigue enviando mensajes en botellas de celuloide, confiando en que el amor de una madre es más difícil de falsificar que un acta de de defunción. Además, recuerda que la mayor resistencia es, simplemente, negarse a desaparecer.