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Por qué Trump ha reanudado la guerra contra Irán: las claves del giro estratégico de Washington

  • La Casa Blanca parece haber concluido que la negociación estaba dando tiempo a Teherán para controlar Ormuz
  • Los nuevos bombardeos buscan negociar desde una posición de fuerza, pero prolongará el conflicto
Drones kamikaze sobrevolando territorio iraní
Drones kamikaze sobrevolando territorio iraní Getty Images

Los ataques iraníes contra varios petroleros en el estrecho de Ormuz explican el detonante inmediato de la nueva ofensiva estadounidense. No explican, sin embargo, la decisión más relevante: por qué Donald Trump ha optado por volver a bombardear cuando todavía seguía abierto, al menos formalmente, el plazo de negociación previsto en el Memorando de Entendimiento firmado el pasado 17 de junio.

La hipótesis que mejor encaja con la secuencia de decisiones adoptadas por Washington apunta a un cambio en la evaluación estratégica de la Casa Blanca. En la Administración estadounidense empieza a imponerse la idea de que la negociación ya no estaba conteniendo a Irán, sino permitiéndole recuperar parte de las capacidades militares perdidas durante los primeros meses del conflicto. En esa lectura, el tiempo había dejado de jugar a favor de Estados Unidos.

La Casa Blanca no ha explicado públicamente ese razonamiento, pero según los analistas consultados por RTVE Noticias, es la interpretación que mejor encaja con los movimientos adoptados durante las últimas semanas y con buena parte de los análisis publicados por expertos estadounidenses. Más que un cambio de objetivos, lo que parece haberse producido es un cambio en la percepción del riesgo: Washington considera ahora que prolongar la pausa podía resultar más peligroso que reanudar los ataques.

Ese giro ayuda a entender una de las aparentes contradicciones de Trump. Mientras ordena nuevos bombardeos, insiste en que Teherán sigue intentando retomar el diálogo, pero no son necesariamente dos mensajes incompatibles. Los bombardeos dejan de ser únicamente una represalia para convertirse en un instrumento de negociación. La fuerza ya no pretende solo castigar a Irán, sino alterar el equilibrio antes de volver a sentarse a la mesa.

La gran pregunta ya no es por qué Estados Unidos ha vuelto a atacar. Es otra mucho más compleja: ¿Qué ha cambiado para que Washington considere que negociar era ya más arriesgado que volver a la guerra? A continuación, explicamos las claves.

Donald Trump, de perfil, habla desde un podio con el brazo extendido y el dedo índice apuntando. Viste traje oscuro, camisa blanca y corbata amarilla. Fondo negro.

El presidente Trump durante una intervención en la última cumbre de la OTAN en Ankara Alex Brandon Alex Brandon

Un memorando condenado a la ambigüedad

El Memorando de Entendimiento contenía, desde su origen, una debilidad fundamental. No era un tratado de paz ni un alto el fuego plenamente desarrollado. Era un documento político concebido para abrir una negociación posterior, pero dejaba sin resolver las cuestiones que terminan decidiendo cualquier proceso de desescalada: qué debía hacer primero cada parte, cómo se verificarían los compromisos o qué consecuencias tendría un incumplimiento.

Esa ambigüedad permitió que Washington y Teherán firmaran el mismo texto convencidos de haber alcanzado acuerdos diferentes. Mariano Aguirre, investigador sénior no residente de CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs) y asesor del Centro de Seguridad Regional–Friedrich Ebert Stiftung, resume esa contradicción en una entrevista con RTVE. "El documento se parecía más a un memorando de desentendimiento porque cada parte lo leyó de una forma totalmente diferente".

La discrepancia era especialmente evidente en torno al estrecho de Ormuz. Para Washington, garantizar la libre circulación de los petroleros constituía una condición previa para seguir negociando. Trump necesitaba estabilizar los mercados energéticos, contener el precio del petróleo y evitar que una nueva escalada acabara trasladándose a la inflación estadounidense en vísperas de las elecciones legislativas de medio mandato en Estados Unidos, a celebrarse el próximo mes de noviembre.

Buques a la espera de cruzar el estrecho de Ormuz Getty Images

Para Irán ocurría exactamente lo contrario. Ormuz representaba su principal carta negociadora. Renunciar a esa presión solo tenía sentido si Estados Unidos daba antes pasos concretos: aliviar sanciones, facilitar la exportación de crudo iraní y desbloquear parte de los activos congelados en el extranjero.

En consecuencia, ninguno estaba dispuesto a mover ficha primero. Robert Malley, ex enviado especial de Estados Unidos para Irán y uno de los arquitectos del acuerdo nuclear de 2015, escribió recientemente en el Financial Times que "los términos del acuerdo representan una sumisión no a Teherán, sino a la realidad: tras meses de combates, ninguna de las partes estaba ya en condiciones de imponer plenamente sus condiciones a la otra". A su juicio, el debate se ha centrado en los defectos del documento cuando el verdadero problema fue la guerra que obligó a negociarlo.

Malley añade otro matiz importante. Comparar el Memorando de Entendimiento con el acuerdo nuclear de 2015 resulta, en su opinión, prematuro. Mientras el JCPOA era un tratado jurídico exhaustivo, el nuevo documento apenas establece los principios para una negociación posterior. Su éxito o su fracaso solo podrá medirse si alguna vez llega a transformarse en un acuerdo definitivo.

Los últimos ataques iraníes contra el tráfico marítimo terminaron poniendo a prueba esa frágil arquitectura. Para Washington demostraban que Teherán seguía utilizando Ormuz como instrumento de coerción para doblegarle en sus concesiones. Para Irán confirmaban que Estados Unidos tampoco estaba cumpliendo el espíritu del memorando al mantener intacta buena parte de la presión económica en un momento en el que necesita desesperadamente reconstruir sus infraestructuras militares y su economía, gravemente dañada.

Paradójicamente, ninguno de los dos gobiernos parece realmente interesado en una guerra abierta, una tesis en la que coinciden todos los analistas. Sin embargo, esa ausencia de voluntad para prolongar el conflicto hace más difícil cualquier concesión. Cuando ambas partes consideran que ceder primero equivale a reconocer una derrota, cada represalia termina justificando la siguiente.

¿Y si el tiempo ha dejado de jugar a favor de Washington?

La explicación más convincente de la nueva ofensiva probablemente no se encuentra en los últimos ataques iraníes, sino en la forma en que Washington interpreta lo ocurrido durante las semanas de tregua. La lectura que parece imponerse en la Administración Trump es que la negociación estaba dejando de ser un instrumento para contener a Irán y empezaba a convertirse en una oportunidad para que el régimen recuperara parte de las capacidades militares perdidas desde el inicio de la guerra.

Irán salió significativamente debilitado en el plano militar. Los primeros meses del conflicto dañaron sistemas de defensa antiaérea, centros de mando, instalaciones vinculadas al programa de misiles y buena parte de la infraestructura logística que sostiene a la Guardia Revolucionaria. La desaparición de parte de su cúpula militar y del propio líder supremo obligó además al régimen a reorganizar su estructura de mando en plena guerra.

Pero ninguna de esas pérdidas era necesariamente permanente. Cada semana sin bombardeos permitía dispersar arsenales, reorganizar cadenas logísticas o adaptar los sistemas defensivos a las tácticas utilizadas por Estados Unidos e Israel y extraer lecciones operativas de los primeros meses del conflicto. En otras palabras, el paso del tiempo podía empezar a favorecer a quien había sufrido el golpe inicial.

Ese razonamiento ayuda a entender el cambio de actitud de Washington. Durante la primera fase de la guerra, la pregunta parecía ser cuánto tiempo necesitaba Estados Unidos para degradar las capacidades iraníes. Hoy la cuestión parece distinta: cuánto tiempo puede permitirse dejar de golpear a Irán sin que ese margen termine fortaleciendo a su adversario.

Ese cambio de pregunta resume mejor que ningún otro elemento el giro estratégico de la Casa Blanca: no solo se trata del programa nuclear, sino también de la reconstrucción progresiva de la estructura militar iraní. Desde esa perspectiva, la negociación dejaba de verse como una herramienta para congelar el conflicto y empezaba a percibirse como una ventana de oportunidad para que Teherán absorbiera el impacto de los primeros meses de guerra. Ésa es, quizá, la lógica que explica la decisión de Donald Trump de volver a bombardear.

Es más. Ali Vaez, director del programa sobre Irán del International Crisis Group, sostiene en un análisis reciente que la guerra ha terminado reforzando precisamente la herramienta de presión más inmediata de la República Islámica: su capacidad para alterar la seguridad del estrecho de Ormuz y, con ello, afectar al comercio energético mundial y a la economía internacional.

Petroleros y cargueros en el estrecho de Ormuz el 16 de junio de 2026

Posición de los petroleros (en verde) y cargueros (rojo) en el estrecho de Ormuz a las 13.00 (hora española) del 16 de junio de 2026 Captura de Marine Traffic. RTVE

Ormuz sigue siendo clave

Esa idea ayuda a comprender por qué Ormuz, por el que transita aproximadamente una quinta parte del petróleo comercializado en el mundo, continúa ocupando un lugar central en el conflicto. Irán no necesita bloquear completamente el estrecho para generar una crisis internacional. Le basta con mantener una amenaza creíble sobre el tráfico marítimo. Un ataque contra un petrolero, el despliegue de minas o la simple percepción de un aumento del riesgo basta para elevar el coste de los seguros, alterar las rutas comerciales y presionar al alza los mercados energéticos.

Ésa es la gran asimetría de esta guerra: Washington puede destruir instalaciones militares mientras Teherán puede convertir una guerra regional en un problema económico global.

Y ese factor resulta especialmente sensible para Trump. Una subida sostenida del precio del petróleo amenaza con trasladarse rápidamente al coste de los combustibles, alimentar la inflación y erosionar uno de los principales argumentos económicos de la Administración en un año políticamente decisivo. Las dos lecturas, de hecho, pueden ser ciertas al mismo tiempo.

La cuestión, por tanto, ya no consiste únicamente en quién posee mayor capacidad militar, sino en determinar si el paso del tiempo beneficia más a quien puede reconstruir sus capacidades o a quien intenta impedir esa reconstrucción. Todo apunta a que la Casa Blanca ya ha respondido a esa pregunta.

Imágenes distribuidas por el Mando Central de EE.UU. de bombardeos en Irán

Imágenes distribuidas por el Mando Central de EE.UU. con bombardeos en Irán Mando Central de EE.UU.

Bombardear para negociar: la apuesta de Trump

Si la interpretación anterior es correcta, la decisión de Washington deja de parecer una simple respuesta a los ataques iraníes y adquiere otra lógica. La Administración estadounidense no habría renunciado a la negociación. Habría decidido modificar las condiciones en las que esa negociación puede producirse. En definitiva, los bombardeos no sustituyen al diálogo, solo intentan condicionarlo convenciendo a Teherán de que el coste de prolongar la confrontación seguirá aumentando mientras no acepte un acuerdo más favorable para Estados Unidos.

Esa estrategia explica por qué Trump alterna amenazas de nuevos ataques con mensajes asegurando que Irán sigue intentando contactar con Washington. En definitiva, son dos herramientas de una misma estrategia.

Pero la cuestión es si ese tacticismo sigue siendo viable después de varios meses de guerra. Robert Malley cree que ahí reside el principal problema. A su juicio, el Memorando de Entendimiento no debe interpretarse como una concesión gratuita a Teherán, sino como el reconocimiento de que la guerra ha reducido el margen de maniobra de ambas partes. Como resume en su análisis, "los términos del acuerdo representan una sumisión no a Teherán, sino a la realidad".

Por eso, plantea una pregunta incómoda para los más belicistas: ¿Cuál es la alternativa? ¿Más bombardeos? ¿Más sanciones? ¿Una guerra todavía más larga?. Su respuesta es que ninguna de esas opciones garantiza un resultado mejor y que todas implican asumir costes adicionales para Estados Unidos y sus aliados.

El analista de The Atlantic, Tom Nichols, llega a una conclusión distinta. Sostiene que la Administración estadounidense ha dejado de marcar el ritmo de la guerra y actúa cada vez más en respuesta a las decisiones de Teherán. En su opinión, Washington sobrestimó la fragilidad del régimen iraní, infravaloró su capacidad para mantener la presión sobre Ormuz y terminó reaccionando a una escalada que ya no controla plenamente.

Así, la superioridad militar estadounidense puede seguir produciendo victorias tácticas sin lograr una solución política al conflicto, y ahí reside precisamente el auténtico cambio estratégico. La Casa Blanca ya no bombardea únicamente para responder a un ataque. Bombardea porque el tiempo ha dejado de jugar a su favor y sus misiles ya forman parte de la negociación.