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Líbano, el trauma de una espera sin fin bajo la sombra del 'efecto Gaza': "Es una brutalidad salvaje, sin líneas rojas"

  • La "línea amarilla" que Netanyahu insiste en retener se ha convertido en una jaula de escombros
  • Los libaneses esperan una solución entre la política de tierra quemada y un herida intergeneracional
Líbano, trauma sin fin bajo el ‘efecto Gaza’: brutalidad salvaje
Líbano, el trauma de una espera sin fin y bajo la sombra del "efecto Gaza": "Es una brutalidad salvaje, sin líneas rojas" AFP

"Tengo a una niña que la sacaron de debajo de los escombros; perdió a cinco de sus hermanos y a su padre. Sobrevivieron ella y su madre, nadie más. Tiene diez años. Todavía no se acuerda de nada. Es por el efecto del trauma; simplemente, se olvida todo". La voz de la doctora Norma Helou Bitar, psicóloga clínica en Sidón, no se quiebra al relatar las historias que transitan por su consulta desde que en septiembre de 2024 la guerra en el Líbano se precipitara hacia el abismo. Atrás quedaron los meses de intercambio de fuego fronterizo, pero lejos de ser un recuerdo, los ataques siguen resonando estos días, aunque con menos intensidad. Sin embargo, desde entonces, el conflicto ha arrasado con todo: atentados masivos, bombardeos aéreos incesantes, treguas que nacieron muertas y una grave crisis humanitaria que ya asfixiaba al país antes de la guerra. 

La doctora hace un diagnóstico de un país que se está fracturando por dentro, una grieta que atraviesa el tejido social mucho antes de que se levanten los primeros pilares de la reconstrucción. Ella conoce bien la memoria y el olvido. Califica lo que ocurre actualmente en el sur del Líbano como una herida en la "psique colectiva". Arranca la entrevista con RTVE Noticias explicando que no hay palabras que valgan ante la magnitud del daño. "Se necesitan generaciones para que la psicología se repare antes de que la piedra se repare", sentencia, mientras sostiene el peso de una consulta que es, en esencia, un refugio para los que han perdido el sentido de su propia realidad.

Se necesitan generaciones para que la psicología se repare antes de que la piedra se repare

Mientras, a miles de kilómetros, en Bürgenstock (un apartado y lujoso complejo turístico en los Alpes suizos), el destino del Líbano se juega en una mesa de negociación. El pasado domingo arrancaron los intentos por lograr un acuerdo de paz duradero entre Estados Unidos e Irán en un ambiente viciado por la desconfianza, marcado por las nuevas amenazas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Pero la realidad de la guerra se ha impuesto en el pequeño país árabe conocido como "la Suiza de Oriente Medio", describe Bitar, el aire se ha vuelto denso, cargado de una incertidumbre que se respira en cada esquina, en las calles de Beirut y en cada ciudad y pueblo del sur. 

El trauma como realidad cotidiano

Todo volvió a quebrarse el 28 de febrero de 2026; este día marcó un nuevo punto de inflexión irreversible: el choque directo entre Teherán y Tel Aviv dejó de ser una amenaza latente para convertirse en una conflagración regional que engulló al Líbano. El país, que ya vivía sobre el alambre, se vio arrastrado al epicentro de este conflicto de escala global. Desde que en marzo las hostilidades escalaran sin freno, los datos relatan una tragedia que no cesa: 3.980 personas han perdido la vida, más de 12.000 han resultado heridas y 1,2 millones han visto cómo su hogar se convertía en una huida desesperada o en una espera interminable en lugares de acogida que apenas dan abasto. Aunque más de 400.000 libaneses regresaron a sus hogares en el sur del país tras la tregua parcial del conflicto con Israel. Hanine El Sayed, la Ministra de Asuntos Sociales de Líbano, ha señalado que la cifra de retornados representa aproximadamente el 40% de la población desplazada.

La doctora Norma pasando consulta en Saida (Libano)

Retrato de la doctora Norma Helou Bitar, psicóloga clínica en Sidón (Líbano) Foto cedida por Norma Helou Bitar

"El pueblo libanés está agotado", dice la doctora Bitar. Recuerda que no es solo el poso de la guerra de 2026; es el poso de 2006, es la crisis económica que dejó los bolsillos vacíos mucho antes de que empezaran a caer las bombas, "es la pandemia y la orfandad impuesta", denuncia. "Cada vez que el libanés levanta un poco la cabeza para respirar, vuelve a frustrarse y a caer", explica Norma. 

La depresión, el estrés postraumático complejo, el trastorno obsesivo-compulsivo son las heridas más invisibles de un pueblo que vive en un "día a día" forzoso. La juventud, que solía ser el motor del país, se siente bloqueada: "No hay estudios, no hay productividad, no hay futuro que no esté secuestrado por el próximo sonido de un proyectil en la imaginación o en la realidad".

La "Línea Amarilla": una jaula de escombros

El sur del Líbano se ha convertido en una herida abierta. Amani Sheaito, de 35 años, encarna esa desolación que comienza cuando se pierde el derecho a habitar. La casa de sus padres en el barrio Al-Tira, en el campamento de refugiados de Ain al-Hilweh en Sidón, ya es un recuerdo. Su casa en Dahieh, el suburbio densamente poblado que fue bastión de Hizbulá, sigue allí, pero ella no ha vuelto. "Ni siquiera con el alto el fuego confiamos en Israel", asegura Amani al otro lado del teléfono a RTVE Noticias. 

Para ella, la "línea amarilla" o la llamada "zona de seguridad" que las tropas israelíes insisten en retener es una sentencia de muerte para su pueblo. "Israel está aplicando la misma política de tierra quemada que vimos en Gaza, en Jan Yunis. Lo mismo que hicieron allí, lo están haciendo aquí. Es una brutalidad salvaje, sin líneas rojas", relata con una mezcla de indignación y fatalismo.

Mohamad Kleit, periodista veterano que en estos momentos recorre los vestigios del sur, lejos de hablar de treguas, explica a RTVE Noticias que "la situación en las localidades cercanas sigue siendo inhabitable". Mientras la gente intenta regresar a ciudades como Tiro o Nabatieh. Al menos cuatro personas murieron este lunes, entre ellas una directora de una escuela infantil, por el ataque de un dron israelí contra el vehículo en el que circulaban por una carretera de la localidad de Nabatieh al Fawqa, rompiendo así una semana de relativa calma en la que solo se habían registrado bombardeos puntuales.

En la región se da un lento retorno a la normalidad. Quienes regresan tras meses de exilio se topan con la necesidad de reconstruir sus vidas desde los escombros provocados por las bombas israelíes y la constante amenaza de que el conflicto entre Israel y Hizbulá vuelva a estallar. Mientras, en el interior de la zona de exclusión israelí sigue siendo un cementerio de casas y aspiraciones.

Esta fotografía, tomada desde una posición en el norte de Israel, cerca de la frontera con el Líbano, muestra un vehículo militar israelí circulando por una carretera en el sur del Líbano el 22 de junio de 2026.

Esta fotografía, tomada desde una posición en el norte de Israel, cerca de la frontera con el Líbano, muestra un vehículo militar israelí circulando por una carretera en el sur del Líbano el 22 de junio de 2026. AFP

"Quién decide si volveremos"

La pregunta que se plantea la mayoría de la población no es solo "cuándo volveremos", sino "quién decide si volveremos". Para Amani Sheaito, el Estado libanés es una "carcasa vacía" en la mesa de negociación. "El Estado fue a sentarse a negociar con Israel sin tener herramientas ni cartas fuertes para presionar", explica con cierto enfado. "Es Irán quien está negociando por el bien del Líbano. Ellos son quienes consiguieron el alto el fuego y quienes están presionando ahora para lograr la retirada israelí", dice con cierto enfado. Este lunes, el presidente del Líbano, Joseph Aoun, y el del Parlamento, Nabih Berri, reclamaron formalmente una mayor presión internacional sobre Israel para obligar a la retirada de sus tropas del sur y poner fin a las operaciones de "destrucción y demolición sistemática" de los pueblos de la zona. Durante una videoconferencia con el Grupo de Trabajo Estadounidense para el Líbano, Aoun advirtió que la permanencia de las fuerzas israelíes impide por completo el despliegue del Ejército libanés y obstaculiza el establecimiento de las bases para una paz "justa y duradera".

Esta dependencia es lo que alimenta el miedo más oscuro. Amani, como tantos otros, observa la figura de Benjamín Netanyahu no solo como un líder militar, sino como alguien capaz de cualquier cosa. "Israel ha sido humillado, y eso es lo que da miedo", confiesa. "Existe el temor de que Netanyahu se vuelva loco, que cometa una masacre, que ataque Beirut, que decida que, si él no gana, nadie puede ganar", añade. Es la angustia de un pueblo que se siente moneda de cambio en una partida donde el primer ministro israelí actúa con una impunidad que los mecanismos de vigilancia estadounidenses, hasta ahora, han sido incapaces de frenar.

A esta incertidumbre se le suma el peso de una crisis económica que no concede tregua. Desde que el cierre del estrecho de Ormuz tensara los mercados globales, el precio de la energía y los bienes básicos se ha disparado, asfixiando aún más a quienes ya lo habían perdido todo. "La gente está cansada, es natural que cualquiera se canse con esta inflación y esta subida de precios", apunta Amani. "Todo se encareció, pero esto no significa que se hayan rendido, para nada significa que se hayan rendido. No tienen problema en continuar si el objetivo es recuperar su tierra", concluye. 

La convivencia: el último bastión

Sin embargo, en medio de este desvanecimiento colectivo, el tejido de la sociedad libanesa, a pesar de sus profundas divisiones sectarias, ha demostrado una resistencia imprevista. Donde la guerra busca fracturar, la hospitalidad ha florecido como un acto de rebeldía silenciosa. "Realmente, todas las regiones recibieron a sus huéspedes con toda la sinceridad y la empatía", explica la doctora Bitar. "Cada desplazado del sur, en cada región a la que recurrió, vive como un huésped honrado", añade la psicóloga. Es una armonía que sorprende incluso a quienes la viven: comunidades con identidades religiosas distintas abriendo sus casas y sus vidas a los desplazados del sur, compartiendo el pan y el refugio.

Es la paradoja del Líbano en 2026: mientras la política oficial se muestra inoperante y la violencia erosiona regiones enteras, la sociedad civil mantiene una cohesión que parece el único pilar que no se ha derrumbado. Los líderes políticos, quizás por necesidad o por presión, no han permitido que la crisis de los desplazados se convierta en el conflicto sectario que muchos temían. "Afortunadamente, no están alimentando tensiones", señala Amani. "Al contrario, gracias a Dios, hay coexistencia", dice. Es importante recordar que el país está formado por un delicado mosaico compuesto por 18 confesiones religiosas y, una vez más, el conflicto amenaza con romper la convivencia y el reparto de poder entre cristianos, suníes y chiíes establecido en 1943.

El futuro, sin embargo, sigue siendo una página en blanco a la espera de los resultados de la ronda de negociaciones en Suiza, suspendidas a la espera de reanudarse la semana que viene tal y como ha adelantado el primer ministro de la República Islámica de Pakistán, Shehbaz Sharif. Mientras, las tropas israelíes atrincheradas en esa "línea amarilla" que devora pueblos y condena a sus habitantes a tener la vida "en pausa", una pausa que se perpetúa. Conscientes de que toda una generación, cuando por fin cese el estruendo, tendrá que enfrentarse a la tarea más difícil de todas: reconstruir no solo los muros de ladrillo, sino los recuerdos que la guerra les obligó a borrar.