El disgusto de Israel por el acuerdo con Irán: Netanyahu azuza a sus ministros contra Trump aunque su imagen se derrumba
- El entendimiento de Washington y Teherán expone los fracasos del primer ministro israelí
- Vance admitió estar "molesto" por las críticas desde Jerusalén: "No atacaría al único aliado poderoso que me queda"
El acuerdo entre Estados Unidos e Irán ha desatado un profundo malestar en Israel. Para buena parte del establishment político y de seguridad, Washington ha terminado aceptando una realidad regional más favorable a Teherán y menos sensible a las prioridades israelíes.
Por lo que se sabe hasta el momento, el pacto, rubricado este jueves tanto por el presidente norteamericano como por el iraní, recoge el cese de las hostilidades, la reapertura del estrecho de Ormuz, el levantamiento gradual del bloqueo naval sobre Irán y una negociación de 60 días para abordar los dos grandes asuntos pendientes: el futuro del programa nuclear iraní y el régimen de sanciones que pesa sobre la república islámica.
Tras el anuncio esta semana, Netanyahu evitó enfrentarse públicamente a Donald Trump, pero utilizó a ministros, diputados, comentaristas y figuras próximas al bloque gubernamental para expresar su malestar, aunque sin crear una confrontación directa con Trump. A fin de cuentas, Israel sigue hoy dependiendo extraordinariamente de la ayuda militar, diplomática y estratégica de Estados Unidos.
"Si yo estuviera en el Gobierno israelí, no atacaría al único aliado poderoso que me queda en el mundo", advirtió el jueves el vicepresidente estadounidense, J.D. Vance, quien admitió estar "molesto" con las críticas recibidas desde el país aliado. "Dos tercios de las armas defensivas que le han protegido han sido fabricadas por manos estadounidenses con el dinero de los contribuyentes estadounidenses (...) El problema de Israel no es Donald Trump y cualquiera que lo piense debe despertar y ver la realidad de la situación en que su país se encuentra", añadía.
El vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, interviene durante una rueda de prensa en la sala de prensa Brady de la Casa Blanca, el 18 de junio AFP
En Jerusalén, sin embargo, ese recordatorio no ha rebajado la indignación manifestada desde todo el espectro político del país, desde la extrema derecha del ministro de Seguridad Nacional, Ben Gvir, pasando por el más centrista y líder de la oposición, Yair Lapid, hasta el máximo representante del Partido Laborista, Yair Golán.
Y esa indignación ha dejado de expresarse en términos puramente técnicos. El diario Haaretz recogió cómo voces del entorno de Netanyahu llegaron a llamar a Trump "perdedor", a JD Vance "canalla" o a describir a Estados Unidos como una potencia "desleal". Un salto retórico que demuestra hasta qué punto el pacto ha sido recibido como una humillación política en Israel, además de como un revés estratégico en un lugar donde todo lo que tenga que ver con la política de EE.UU. es noticia.
Para Sima Shein, exfuncionaria del Mossad y experta en Irán, "el problema de fondo es que Washington parece estar aceptando un marco regional en el que Irán ahora pasa a ser un actor central", dice la analista durante una videoconferencia con medios internacionales, entre ellos RTVE. "Y a todo esto las cuestiones que son importantes para Israel, como la nuclear, se dejan para algún momento futuro que ni conocemos", añade.
El acuerdo expone los fracasos de Netanyahu
Pero el problema para Netanyahu no es solo el contenido del pacto. Es que el entendimiento pone en cuestión tres pilares sobre los que construyó su liderazgo: su capacidad para contener a Irán, su influencia sobre Washington y la percepción de que, al final, siempre lograba un mejor resultado que sus adversarios.
Amos Harel, uno de los analistas de seguridad más respetados de Israel y columnista del periódico Haaretz formula, en conversación con RTVE, una tesis demoledora: "Este es el segundo fiasco consecutivo de Netanyahu. Estratégicamente, puede ser incluso más grave que el del 7 de octubre", afirma el israelí. "No hubo cambio de régimen, ni fin del programa nuclear, ni del de misiles balísticos. Es decir, ninguno de los grandes objetivos que durante años Netanyahu presentó como indispensables se ha materializado. No es cierto que Israel haya derrotado a sus enemigos", añade.
Por eso el desgaste no se limita a una discusión militar o diplomática. También es una crisis de credibilidad para Netanyahu, especialmente en lo concerniente al programa nuclear de Irán, su obsesión durante más de 30 años.
Ese es el punto que más inquieta a parte de la sociedad israelí. Durante años el político que más años ha sido primer ministro en el país presentó la presión sobre Irán no solo como una estrategia para impedir el desarrollo de una bomba atómica por parte de su archienemigo regional, sino también como una vía para debilitar el entramado levantado por Teherán en Oriente Medio a través de proxies como la milicia Hizbulá, en Líbano o los hutíes, en Yemen.
La clave, según Harel, está en la acumulación de fracasos: una guerra larga sin victoria clara, un frente iraní que termina sin los resultados prometidos y una frustración interna creciente. Es más, el acuerdo rubricado entre EE.UU. e Irán parece avanzar en la dirección opuesta: gestionar la influencia de Irán en lugar de desmantelarla, como apunta Sima Shein.
Manifestantes realizan una performance artística frente al Tribunal de Distrito de Tel Aviv, antes del testimonio de Benjamín Netanyahu esta mañana EFE
En paralelo, Netanyahu continúa con sus mantras de siempre, tal y como quedó patente en su último mensaje a la nación: "La lucha aún no ha terminado", dijo ante las cámaras después de conocer el pacto preliminar alcanzado por Washington y Teherán.
Una maniobra de escapismo con la que el primer ministro, dice Harel, "sigue intentando confundir a la opinión pública y presentar una versión engañosa de lo ocurrido", aunque esa operación sea cada vez más difícil de realizar. "No puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo", subraya el experto acerca de la figura que durante décadas fue conocida en Israel como "Bibi (apodo con el que Netanyahu es llamado en el país), el mago".
"Simplemente la mitad de la sociedad israelí está completamente harta de Netanyahu. Netanyahu, el que harta, habría que llamarle ahora", resume Harel. "Creo que está en la situación más complicada de toda su carrera", prosigue el analista. "Es verdad que a Netanyahu nunca se le puede dar por acabado, pero su margen de maniobra ahora es mucho menor. Se está acercando al final de la cuerda", asevera Harel.
Ese matiz ayuda a entender por qué el acuerdo con Irán ha golpeado tanto a Netanyahu. No solo porque no haya alcanzado sus objetivos máximos, sino porque refuerza la sensación de que Israel puede imponerse tácticamente sin traducir esa superioridad en una arquitectura regional más favorable.
En ese sentido, Harel habla ya de una dinámica de desgaste prolongado: "Estamos en una guerra interminable", dice. "Lleva dos años y ocho meses y no hemos ganado ninguna de las rondas".
Trump y Netanyahu: una relación deteriorada
La otra gran dimensión del problema está en Washington. Aaron David Miller, exnegociador estadounidense y uno de los observadores más finos de la relación entre Estados Unidos e Israel, ofrece en conversación con RTVE un diagnóstico que invierte una de las imágenes más consolidadas de la era Netanyahu: el primer ministro necesita hoy a Trump más de lo que Trump necesita a Netanyahu.
Miller lo formula de manera muy clara: "Netanyahu afrontará elecciones en octubre y necesita el apoyo de Donald Trump. Sin él haciendo campaña a su favor, subrayando la importancia de la relación entre ambos, las vulnerabilidades de Netanyahu se verán amplificadas", señala.
En cambio, el analista sí ve un cambio de tono por parte del presidente estadounidense hacia su homólogo israelí. "Creo que Trump está efectivamente molesto y enfadado con Netanyahu. Su relación siempre ha sido buena, pero si Netanyahu se interpone entre Trump y algo que Trump quiere, eso sin duda perjudicará su relación"
Las últimas palabras de JD Vance refuerzan esa idea. El vicepresidente presentaba este jueves el pacto con Irán como un acuerdo orientado a "una paz regional" y ha dejado claro que Washington espera contención de ambos lados en Líbano: que Hizbulá no ataque a Israel, pero también que Israel no "se descontrole". Más aún, Vance se ha declarado "molesto" con las críticas lanzadas desde el entorno de Netanyahu y ha advertido de que él no atacaría "al único aliado poderoso" que le queda en el mundo al Gobierno israelí. "Donald Trump, antes que nada, piensa en Donald Trump, y eso no debería sorprenderle a su amigo Netanyahu", concluye Miller.
Sin embargo, Netanyahu todavía podía tener capacidad de influencia. Puede presionar, alertar y contribuir a abrir una crisis como demuestran los últimos ataques lanzados contra el sur del Líbano por parte del Ejército israelí, donde al menos tres personas han muerto por varios ataques con drones.
Por otro lado, Miller añade otro punto esencial: Netanyahu ya no dispone del viejo mecanismo al que recurrió en 2015 contra el acuerdo nuclear de Obama. "A diferencia de 2015, cuando fue invitado por el presidente de la Cámara de Representantes para dirigirse al Congreso contra el acuerdo nuclear de Obama, ya no existe una instancia superior a la que pueda recurrir." La razón es sencilla: "Trump controla el Partido Republicano".
Para el norteamericano, Netanyahu ha perdido mucho de su valor político en Washington, si bien enfatiza que la alianza entre Estados Unidos e Israel ni mucho menos se haya roto. "Habría que remontarse a la Segunda Guerra Mundial para encontrar un ejemplo de una cooperación militar tan estrecha entre Estados Unidos e Israel, pero ese vínculo está sometido a más presión que nunca".
Barack Obama en 2015 junto a John Kerry para debatir la cuestión de Irán con familiares de veteranos Pool Getty Images
Líbano como campo de fricción
Tal y como apuntan los expertos consultados, la disputa sobre el Líbano se ha convertido en otro de los escenarios más visibles de esa nueva tensión. Trump ha criticado públicamente la actuación israelí contra Hizbulá por considerarla "excesivamente agresiva", mientras Irán insiste en que la retirada total del sur del Líbano por parte del Ejército israelí es una condición del acuerdo con Washington. En ese contexto, Netanyahu ha subrayado que sus tropas no se retirarán y que la zona de seguridad se mantendrá durante el tiempo que sea necesario.
En una ceremonia oficial lo expresó de forma inequívoca: "Restauraremos la seguridad y la prosperidad en las ciudades del norte", algo que, aseguró, exige mantener la zona de seguridad en el sur del Líbano mientras así lo requieran las necesidades de Israel.
Así, mientras el memorando de entendimiento entre Washington y Teherán prevé el fin de las hostilidades en Líbano, un alto funcionario israelí próximo al primer ministro ha asegurado a este jueves que Jerusalén mantiene "negociaciones tenaces" con Estados Unidos sobre la continuidad del despliegue militar en el sur libanés. Poco después, las Fuerzas de Defensa de Israel difundieron incluso un mapa actualizado de su zona de seguridad, dejando claro que no contemplan una retirada inmediata.
Miller resume bien el riesgo que se abre: "A menos que Irán controle a Hizbulá y Trump controle a Netanyahu, Líbano va a convertirse en un problema importante. La ecuación es sencilla: si ustedes golpean Beirut, nosotros, a Tel Aviv", apunta.
En definitiva, Líbano parece haberse convertido en el laboratorio más visible de la nueva fricción entre Washington y Jerusalén: donde Trump busca contención, Netanyahu insiste en preservar su libertad de acción allí donde aún puede ejercer influencia. Y esa divergencia revela hasta qué punto el primer ministro israelí ya no fija los términos del juego, ni puede encandilar con sus trucos de mago a sus tradicionales aliados.