Las denuncias de violencia sexual contra palestinos en cárceles israelíes: del silencio al escándalo internacional
- Violaciones, penetraciones con objetos o golpes en los genitales son frecuentes, según distintas investigaciones
- Organizaciones de derechos humanos denuncian un régimen de “abuso institucionalizado” en las prisiones del país
Golpes en los genitales, amenazas sexuales, penetraciones con objetos o hasta violaciones de palestinos detenidos en cárceles israelíes. Esa es la acusación que el veterano columnista de The New York Times, Nicholas Kristof, ha colocado en el centro del debate internacional a raíz de su reciente artículo "El Silencio que acompaña la violación de palestinos", un texto construido a partir de entrevistas con antiguos presos —incluidos mujeres y menores— abogados israelíes de derechos humanos, organizaciones humanitarias e informes de Naciones Unidas donde decenas de personas afirman haber sufrido todo tipo abusos sexuales bajo custodia israelí, en lo que apunta a un patrón de violencia generalizada en los centros penitenciarios del país.
Abusos, expone, favorecidos por el clima de impunidad reinante en una sociedad profundamente polarizada tras los ataques de Hamás el 7 de octubre de 2023, donde los otrora "enemigos" son hoy definidos como "animales" o "escoria" por parte de los ministros del Ejecutivo hebreo. Una deriva "racista y supremacista", afirma el analista Jesús Núñez durante una entrevista en RTVE Noticias, que no hace sino extenderse entre parte de una "sociedad ensimismada consigo misma e insensibilizada ante el sufrimiento ajeno por unos hechos —los atentados de Hamás del 7 de octubre— que han pasado de representar un trauma social a una venganza sistemática", señala.
Palestino detenido por guardias de frontera israelíes Getty Images
Humillaciones generalizadas, incluidas las de índole sexual, descritas no solo en investigaciones periodísticas, sino también por organizaciones de derechos humanos o Naciones Unidas. Actores distintos, con metodologías independientes, que llegan a la misma conclusión: Israel ha construido un sistema de detención donde, al amparo de la guerra y de una creciente impunidad, la violencia sexual se ha convertido en una herramienta más de castigo e intimidación en un país cuya sociedad se indignó con el mundo por no escuchar lo suficiente las denuncias de violación que también sufrieron algunos de los rehenes retenidos por Hamás y otras milicias de la Franja tras su ataque del 7 de octubre de 2023 contra Israel. Entonces 1.200 personas fueron asesinadas y más de 250 secuestradas. "Digo a las organizaciones de derechos de las mujeres, a las organizaciones de derechos humanos: ¿Han oído hablar de la violación de mujeres israelíes, de las horribles atrocidades, de las mutilaciones sexuales? ¿Dónde demonios están ustedes?", increpaba el primer ministro en un vídeo difundido por su oficina dos meses después del 7O.
Sin embargo, hoy, cuando otros civiles, pero palestinos, son quienes denuncian abusos y otras formas de violencia sexual en un escaparate internacional como The New York Times, convirtiendo una discusión hasta entonces periférica en un debate político y moral imposible de ignorar, Benjamín Netanyahu no solo rechaza su testimonio, sino que acusa al periódico que los expone de difundir un "libelo de sangre" y de colaborar en una campaña de demonización contra Israel, llegando incluso a plantear públicamente una posible demanda contra el rotativo que, de momento, sigue respaldando a su reportero estrella.
Qué dicen los testimonios de palestinos
Uno de los relatos más perturbadores recogidos por el diario corresponde al periodista palestino gazatí de 46 años Sami al Sai, detenido por Israel de forma administrativa en 2024 —una fórmula que permite mantener a una persona presa durante meses sin que se presenten cargos o se celebre un juicio— por haber organizado entrevistas con Hamás y otros grupos armados en Cisjordania para reporteros extranjeros, una práctica habitual en la cobertura de la región. En su relato Al Sai describe un entorno de humillación sexual generalizada dentro de prisión. "Nadie escapó de las agresiones sexuales", asegura. "No todos fueron violados, pero todos pasaron por humillaciones sexuales sucias y degradantes".
Según su testimonio, guardias israelíes llegaron a inmovilizarle el pene y los testículos con bridas durante horas mientras le golpeaban en los genitales. También relata que, mientras permanecía desnudo, esposado y con los ojos vendados, un perro fue conducido hasta él por un guardia. "Estaban tomando fotos y escuchaba sus risas", contó. "Intenté apartar al perro, pero me penetró". El palestino, además, asegura que varios funcionarios penitenciarios le arrojaron al suelo, le golpearon y le bajaron la ropa interior antes de introducirle primero una porra y después una zanahoria en el recto. "Fue extremadamente doloroso. Rezaba por morirme", afirma el periodista. Uno de sus captores dijo en hebreo: "No hagáis fotos", lo que le hizo pensar que los guardias estaban documentando el abuso que, pese al trauma, decidió denunciar porque "todavía hay gente ahí dentro".
El periodista Sami al-Sai, quien fue abusado sexualmente en una cárcel israelí, antes y después de su detención Sami al-Sai en una fotografía distribuida al Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ)
"Puedo asegurarle que testimonios como ese son auténticos”, afirma a RTVE Noticias Issa Amro, uno de los defensores de derechos humanos palestinos más conocidos y promotor de la resistencia no violenta contra la ocupación israelí y la expansión de los asentamientos en la ciudad cisjordana de Hebrón, una labor que le ha llevado a ser detenido y procesado en numerosas ocasiones por Israel. "El 7 de octubre de 2023, los soldados y colonos armados de Hebrón no fueron a Gaza para proteger a los civiles israelíes de Hamás. Se dedicaron a secuestrar a defensores de derechos humanos como yo y a civiles palestinos, a golpearlos, a abusar sexualmente de ellos y a torturarlos", sostiene por teléfono, visiblemente alterado. "Y sí, de mí también abusaron, como le sucedió a tanta gente. Yo hasta les supliqué para que dejaran de torturarme, pero se negaron. Nadie mostró compasión conmigo, nadie. Solo ahora puedo contarlo", afirma al teléfono.
El activista, también citado en el artículo del periódico estadounidense, asegura que aunque trabajos periodísticos como ese son muy necesarios, "lo vergonzoso es que se supiera desde mucho antes y que nadie haya hecho nada por evitarlo". En su caso, presentó quejas formales al Ejército y al Servicio Penitenciario israelí, si bien afirma que de inicio ellos negaron incluso haberle arrestado. "Afortunadamente había un vídeo donde quedó constancia de cómo me detenían y me llevaban a una base militar israelí, pero ¿qué pasa cuando nadie lo documenta, como sucede la gran mayoría de las veces?", se pregunta.
El defensor de derechos humanos, Issa Amro, en Hebrón, y mientras es detenido por soldados israelíes Cortesía de Issa Amro
Una de las pocas veces que este tipo de abusos sí quedaron expuestos, entrando de lleno en el debate político israelí, fue con el caso de Sde Teiman, un centro militar de detención levantado en el desierto del Néguev para albergar a palestinos detenidos durante la ofensiva en Gaza bajo la categoría de "combatientes ilegales" o sospechosos, aunque organizaciones israelíes e investigaciones periodísticas documentaron que entre ellos también había civiles, sanitarios y personas posteriormente liberadas sin cargos.
En agosto de 2024, la filtración de imágenes de videovigilancia por parte de la fiscal militar jefe del Ejército, Yifat Tomer‑Yerushalmi, quien dimitió de su cargo poco después, mostró el abuso severo de un preso palestino a quien se le introdujo un objeto punzante en el recto tras haber sido previamente apartado a un lado y rodeado por los escudos antidisturbios de varios guardias. La investigación posterior reveló que el hombre, cuya identidad no fue hecha pública, sufrió lesiones internas graves, incluida una perforación rectal, y tuvo que ser hospitalizado.
"En otro incidente dos soldados se llevaron a uno de los presos y lo violaron en el mismo lugar durante más de 15 minutos, entre insultos, palabras obscenas y risas, obligándole a repetir esas palabras. Cuando lo trajeron de vuelta, me dijo en voz baja que lo violaban repetidamente cada dos o tres días y que sufría un dolor severo en el ano como consecuencia”, explica Murad en el informe Another genocide behind walls (“Otro genocidio detrás de los muros”) de la ONG con sede en Ginebra, Euro-Med Human Rights Monitor, cuyos testimonios han sido ampliamente recogidos por la prensa internacional.
La cárcel de Sde Teiman
En sus páginas varios presos palestinos relatan cómo las fuerzas israelíes habrían empleado animales, en particular perros adiestrados, para cometer abusos sexuales contra los detenidos con objeto de humillarles y vulnerar su dignidad. Amir, de 35 años, lo describe así: "Estuve detenido en Sde Teiman. Un grupo de detenidos y a mí nos llevaron a un pasillo entre las secciones y nos obligaron a desnudarnos completamente. Los soldados trajeron varios perros. Uno de ellos orinó sobre mí. Después, otro me penetró analmente de una forma que parecía entrenada, mientras me golpeaban. Esto continuó durante varios minutos. Me sentí profundamente humillado", cuenta.
Tras el único incidente de abusos que quedó públicamente expuesto en el centro de los horrores de Sde Teiman, cinco reservistas, de los nueve inicialmente arrestados, fueron acusados de abuso agravado y de causar lesiones severas, aunque en marzo de este año el Ejército retiró los cargos alegando que se había comprometido su derecho a un juicio justo debido a la filtración a la prensa del vídeo del canal interno de seguridad.
Palestinos detenidos en Gaza en diciembre de 2023 Yossu Zeliger / REUTERS
La decisión fue celebrada por Netanyahu, Smotrich y otros dirigentes de la extrema derecha israelí, que incluso organizó protestas en favor de los militares arrestados porque "estaban siendo criminalizados" mientras combatían a la milicia responsable del 7 de octubre. Meses antes algunos manifestantes hasta llegaron a irrumpir en las instalaciones para mostrar solidaridad con los reservistas, una muestra de la escasa condena social al asunto.
Una encuesta del Israel Democracy Institute (IDI), de noviembre de 2025, reflejaba hasta qué punto el debate había fracturado a la sociedad israelí. Según el sondeo, el 60,6% de los judíos israelíes se oponía a abrir investigaciones contra soldados sospechosos de abusar de detenidos palestinos de Gaza, frente a una minoría favorable a que se examinaran las acusaciones. El dato no implica apoyo explícito a los abusos, pero sí apuntaba a una fuerte resistencia social a investigar en plena guerra al Ejército, la institución más respetada en Israel.
"No me cabe duda que los palestinos son humillados y maltratados cotidianamente con este gobierno y con el apoyo indudable de Trump", asegura el escritor argentino-israelí Meir Margalit, a RTVE Noticias. "Por eso hay que quitar a Netanyahu y a los suyos del Ejecutivo lo antes posible, para devolverle a Israel un poco de sensatez, si le queda algo de eso. A partir de ese momento se podrá hacer algo, por lo menos para que en este país la gente tenga vergüenza por lo que está haciendo", asegura.
Los abusos contra palestinos se conocían
La importancia de estas denuncias no reside únicamente en la crudeza y el horror descrito en los testimonios, sino en el hecho de que muchos de ellos se repetían en las distintas investigaciones realizadas por organizaciones de derechos humanos o incluso por la ONU.
En noviembre de 2025, el Comité de Naciones Unidas contra la Tortura (CAT) expresó una "profunda preocupación" por informaciones que apuntaban a una "política de facto de tortura organizada y generalizada" contra detenidos palestinos. El comité señaló que las alegaciones se habían intensificado desde el ataque de Hamás y habló de denuncias recurrentes de golpes, humillaciones, aislamiento prolongado, privación médica o violencia sexual. Israel rechazó dichas acusaciones y acusó al comité de basarse en información sesgada y políticamente motivada.
Pocos meses antes, otra investigación fue incluso más lejos. En marzo de 2025, una comisión independiente del Consejo de Derechos Humanos de la ONU publicó un informe demoledor titulado 'More than a human can bear' (Más de lo que un ser humano puede soportar) donde sus autores sostenían que Israel habría empleado de forma "sistemática" violencia sexual, reproductiva y de género contra palestinos desde el inicio de la guerra de Gaza. Uno de los elementos más delicados del documento era su insistencia en que no se trataba simplemente de casos aislados, sino de prácticas favorecidas por un entorno permisivo y por la erosión de mecanismos de supervisión. Nuevamente, Israel rechazó categóricamente el informe.
Haitham Salem, palestino de Gaza, tras ser liberado de una prisión israelí Btselem
Pero a diferencia de Euro-Med o de organizaciones palestinas, la publicación más incómoda para el Gobierno israelí llegó desde dentro de sus fronteras. En enero de 2026, la organización israelí B’Tselem publicó 'Living Hell' (Vivir un infierno), un extensa investigación basada en decenas de entrevistas con palestinos liberados de prisiones israelíes. La ONG describió un deterioro profundo de las condiciones de encarcelamiento: hambre, hacinamiento, violencia extrema, privación médica, aislamiento prolongado y un patrón recurrente de humillación física y sexual. La tesis central de B’Tselem: el sistema penitenciario israelí había evolucionado hacia un régimen de "abuso institucionalizado" en lo que definió como una "cultura penitenciaria profundamente degradada y marcada por la impunidad".
¿Cómo un país que presume de ser una democracia puede llegar a consentir o justificar semejantes humillaciones y abusos? se pregunta Meir Margalit. Historiadores como él sitúan parte de la respuesta en un concepto incómodo: la deshumanización. Tras la masacre del 7 de octubre, el trauma nacional endureció aún más el lenguaje político y moral del país, ya erosionado por décadas de conflicto y por la violencia estructural asociada a la ocupación de los territorios palestinos. Figuras destacadas del Gobierno radicalizaron su retórica, las restricciones en prisiones se intensificaron, aumentaron las detenciones administrativas y organizaciones humanitarias denunciaron limitaciones crecientes al acceso de abogados, familiares y observadores independientes.
Nicholas Kristof plantea la paradoja que se produce cuando, en un contexto de conflicto, el 'enemigo' se deshumaniza y los límites morales de desmoronan. "Piensen en ello de esta manera", escribe el reportero. "Los horribles abusos infligidos a mujeres israelíes el 7 de octubre ocurren ahora a palestinos día tras día. Persisten debido al silencio, la indiferencia y la incapacidad tanto de las autoridades estadounidenses como de las israelíes a responder a la pregunta que tras el 7 de octubre se hizo Netanyahu: ¿Dónde demonios están ustedes?”.