Donald Trump: la presidencia del narcisismo y la megalomanía
- Nunca un presidente democrático había puesto tanto tesón en homenajearse a sí mismo como Donald Trump
- Trump exige el halago continuo, no tolera la crítica e impone su nombre y su rostro en multitud de instituciones
Cualquier día de estos, el presidente de los Estados Unidos de América le cambia el nombre al país por decreto para pasar a llamarlo Estados Unidos de Donald Trump, como hizo con el Golfo de México, que pretende que llamemos Golfo de América, o sea, según él, Golfo de los Estados Unidos. En marzo, no sabemos si como broma o desliz del subconsciente, se refirió al estrecho de Ormuz como el estrecho de Trump.
Estados Unidos de Donald Trump
Si el presidente diera ese paso, habría quien no se sorprendería a tenor de la obsesión manifiesta del mandatario por rebautizar tantas instituciones como puede con su nombre. Y más. Empecemos por el que más ha indignado porque tiene mucho de profanación.
Al poco de volver a la presidencia, Trump dio un golpe de Estado en el templo de la música y las artes de la capital, el Kennedy Center, una institución en cuyo consejo directivo históricamente han convivido progresistas y conservadores. Expulsó a los progresistas, nombró a afines que, a su vez, lo eligieron a él presidente de la institución. El republicano, cuya melomanía y refinamiento cultural están por descubrir, se convirtió de la noche a la mañana en el máximo ejecutivo de la temporada musical de Washington. Pero le debió de parecer poco y decidió algo que sonó a inocentada hasta que se materializó, el Kennedy Center pasó a llamarse oficialmente Donald Trump y John F. Kennedy Center. Trump por delante, por supuesto.
Conviene aclarar que el centro de artes escénicas no se llama John F. Kennedy porque así lo bautizara el presidente asesinado, sino porque lo aprobó el Congreso federal al año siguiente del magnicidio, y lo convirtió en un monumento a su memoria, la de Kennedy. El detalle convierte la medida de Trump en un sacrilegio y un acto de vandalismo para, por lo menos, la mitad del país. Un efecto inmediato del golpe de Estado y el vandalismo ha sido el boicot de muchos artistas y abonados al centro musical.
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Transcripción completa
Pues Trump quiere que su rostro aparezca
también en los pasaportes.
Son estos que se van a emitir por los 250 años de la
independencia de Estados Unidos.
Su cara en los pasaportes y también en monedas conmemorativas.
Es el último ejemplo de la
megalomanía que ha llevado a Trump a poner su nombre a instituciones
oficiales, a documentos y hasta una
flota de barcos militares
Su rostro donde antes había una bandera y un águila.
Donald Trump se convertirá en el primer presidente de Estados Unidos en
estampar su cara en los pasaportes del país
Serán ediciones limitadas con motivo del 250 aniversario de la independencia
estadounidense
Un gesto inaudito, pero no el único.
También aparecerá en varios tipos de monedas conmemorativas y
su firma se estampará en los nuevos billetes de dólar.
Nunca un presidente en ejercicio lo había hecho
Decisiones que se unen al largo catálogo de acciones con los que
intenta pasar a la historia.
Su cara ya aparece
en algunos pases anuales para visitantes de los parques nacionales o
en la llamada tarjeta dorada
de visados, que permite a extranjeros millonarios vivir y trabajar tras pagar
una gran suma de dinero
su nombre también parece omnipresente figura en el edificio del Instituto de
la Paz de
Estados Unidos o en la página web que vende medicamentos a precio reducido,
la TrumpRx.gov,
una página oficial del gobierno.
Habrá una llamada clase Trump dentro de la nueva flota de buques de
guerra que se están construyendo.
Y en un supuesto despiste rebautizó el estrecho de Hormuz como..
Estrecho de Trump. Lo que sí ha cambiado es el nombre de
un histórico
templo de la cultura estadounidense, el Kennedy Center.
Ahora se llama el Trump
sigue bloqueado en la guerra de Irán, al que le pide literalmente..
Seguimos. Washington DC, la capital, tiene dos aeropuertos, el internacional, Dulles, y el nacional, al que en 1998, con Bill Clinton de presidente, se renombró Ronald Reagan. Hacía diez años que este había dejado el cargo. Trump no quiere ser menos que Reagan, sino más, así que desde que volvió a la Casa Blanca batalla para que el aeropuerto internacional se llame Donald Trump. Diligentemente, un congresista republicano presentó ¡al tercer día! de esta presidencia una propuesta de ley para el cambio de nombre. El mandatario también pretende que lleve su nombre la principal estación de trenes del país, la Penn Station de Nueva York.
En la capital y en Nueva York, Trump juega en terreno contrario, pero en Florida juega en casa, y ya ha conseguido que su correligionario, el gobernador Ron de Santis, rebautice el aeropuerto internacional de Palm Beach, municipio donde está la mansión de Mar-a-Lago del presidente magnate, como el aeropuerto internacional Presidente Donald Trump.
Más. Al Instituto para la Paz se le ha añadido el nombre de Donald J. Trump, lo mismo a una nueva flota de buques de guerra, y a un fondo de asistencia a la infancia. Obsesionado con borrar todo lo que lleve la huella de la presidencia Obama, entre ellos el programa de la pseudo sanidad pública, ha creado una web gubernamental para consultas sanitarias que ha denominado...TrumpRx. Él es decididamente partidario de los homenajes en vida, sin esperar a que lo decidan los demás.
El rey Donald
Día a día, en esta segunda presidencia Trump no esconde su voluntad de gobernar sin contrapesos, saltándose la división de poderes, sometiendo al legislativo y al judicial. Como populista que es, el presidente y su Gobierno, que más parece una corte real, blande su victoria electoral (ajustada, aunque según él abrumadora) para defender que tiene derecho a mandar sin cortapisas, sin que los jueces o los congresistas le lleven la contraria con argumentos como que viola la ley, incluso la propia la Constitución.
Él quiere ser un rey, pero no el de una monarquía parlamentaria como las europeas de este siglo, sino un monarca absolutista, un rey Sol (Luis XIV) en la Francia del siglo XVII-XVIII o un emperador como Napoleón. De hecho, en su presidencia asistimos a diario a una autocoronación al estilo del corso. Trump no lo esconde, admira al ruso Vladímir Putin y al chino Xi Jinping; el norcoreano Kim Jong Un le cae simpático, se jacta, por ejemplo, de haber recibido "cartas de amor" suyas en su primer mandato.
De esa concepción del ejercicio del poder viene que las protestas multitudinarias que ha habido por todo el país se han convocado bajo el lema No Kings, no queremos reyes.
¿Exagerado? No. Esta semana un rey de verdad, de una de las monarquías con más solera del planeta, la británica, ha estado de visita de Estado en EE.UU. Los anfitriones de los reyes Carlos y Camila han sido, claro, el presidente y su esposa, Melania, y a la Casa Blanca de Trump le faltó tiempo para publicitar en X una foto del presidente con Carlos III y el titular "Dos reyes".
En esos mismos jardines de la Casa Blanca, y como ya hiciera con la difunta reina Isabell II en Londres, el presidente se saltó el protocolo. Él se puso por delante del invitado real. Cuando tenía que presentar su equipo al rey para que éste los saludara, va Trump, intercepta el saludo del invitado, el monarca se queda con la mano tendida en el aire y es el estadounidense quien se pone a saludar a su propio equipo, y deja al margen al rey con la mano suspendida. Él tiene que ser el protagonista, el centro de atención, siempre. Da igual lo que diga el protocolo o la educación, él es la novia en la boda, el niño en el bautizo, el muerto en el entierro, y en una recepción, el anfitrión y el invitado.
250 años ¿de Trump?
Volvamos al rey Sol, encarnación de los excesos de un monarca absolutista y caprichoso. L'État c'est moi, "el Estado soy yo", es una frase que se atribuye a Luis XIV que ilustra a la perfección la concepción absoluta del poder. Un pensamiento parecido en Trump cabría deducir de todas su iniciativas con la excusa de que, este año, los Estados Unidos celebrarán los 250 años de su independencia del Imperio británico. 250 años de existencia como país. Ha sido esta conmemoración el pretexto para la visita de los reyes de la antigua metrópoli.
¿250 de los Estados Unidos o de Donald Trump? Con motivo de esta conmemoración se emitirá una edición limitada de "pasaportes patrióticos", pasaportes que incluirán en una de sus páginas el retrato de Donald Trump. Su rostro sobre el texto de la sacrosanta Declaración de Independencia, y al mismo nivel que la pintura de quienes la redactaron, los padres fundadores.
Los Parques Nacionales son una de las instituciones federales más respetadas y disfrutadas por los estadounidenses, una red de 63 parques naturales bien cuidados y atendidos. Yo misma he sido Proud Partner, orgullosa socia, denominación oficial, de la red. Por un módico precio puedes acceder gratis a cualquiera de esos parques durante un año. De renovar este año el pase me lo darían con el retrato de Trump estampado en lugar de la imagen de un parque. Su retrato, junto al de George Washington, el primer presidente, el general de la independencia, es lo más parecido a un santo laico que tienen en los Estados Unidos.
Tampoco se libra el papel moneda. Con la excusa de los 250 años, los billetes no llevarán solo la firma del secretario del Tesoro, que es lo habitual, sino la del presidente. Porque, dice el secretario del Tesoro, "bajo el liderazgo del presidente Trump estamos camino de un crecimiento económico sin precedentes, el dominio del dólar, y una fortaleza y estabilidad fiscal (...) No hay manera más potente de reconocer estos triunfos históricos de nuestro gran país y del presidente Donald J. Trump que los billetes de dólar lleven su nombre". Como todos los miembros de su Gobierno, unos halagos dignos de la corte del rey Sol. Todo gira a su alrededor. También habrá monedas conmemorativas con el rostro del presidente, una de un dólar y otra de oro. "Les États-Unis c'est moi", diría el republicano si supiera hablar francés.
Washington, de la austeridad neoclásica a los dorados de nuevo rico
Trump no se concibe a sí mismo como un servidor público que detenta un poder democrático, delegado vía votos, temporalmente, cuatro años. No, él se ve a sí mismo como un emperador con derecho a dejar su huella personal, física, reconocible durante décadas. Y ha puesto todo su empeño en hacerlo en la, tal vez, ciudad más hostil a él, la capital, Washington, donde ningún candidato republicano, Trump tampoco, alcanza siquiera un 20% de los votos. "¿No quieres caldo? ¡Tres tazas!", parece que le haya dicho este presidente a la ciudad de la que huye en avión, a costa del contribuyente, cada fin de semana.
Él quiere ser a Washington lo que Catalina la Grande a San Petersburgo; Napoleón, a París; o Carlos III, a Madrid. Cierto, el presidente François Mitterrand tuvo algo de eso con proyectos como el Gran Louvre y su pirámide de cristal. Un aprendiz modesto al lado del magnate.
El presidente ha empezado, sin pedir los permisos previos, la demolición de todo un ala de la Casa Blanca, residencia oficial y sede del gobierno, para reformarla a su gusto. No es el primer mandatario que modifica la arquitectura de la casa, pero sí el más estrambótico y megalómano, con ese famoso y desproporcionado salón de baile repleto de dorados, como el redecorado Despacho Oval, que ha pasado de la noche a la mañana de ser una sala sobria a un agobio de dorados falsos.
Más grandes construcciones, el proyectado Arco del Triumfo versión Trump para una de las entradas a la ciudad. También repleto de dorados. Como dorada es también una estatua de sí mismo, cual líder norcoreano, en uno de sus campos de golf en Miami (Florida). La transformación trumpiana de Washington destaca porque rompe con una ciudad planificada a base de equilibrios geométricos, simetrías, alturas reguladas y una predominación del neoclasicismo blanco. Blanco. Sin dorados.
Los métodos: presión e intercambio de favores
No todas las iniciativas anteriores han sido por decreto presidencial. En muchas ocasiones es vía intermediarios, a través del consejo ejecutivo de una institución en el que previamente se ha asegurado la mayoría; intentando ganar votos de congresistas o cargos públicos demócratas a cambio de aprobar o financiar proyectos que interesan a estos; o, algo de lo que se jacta en el caso de las construcciones, con financiación privada que levanta sospechas sobre los favores que recibirán los donantes a cambio.
Algunas de estas iniciativas mencionadas pueden ser ilegales y ya hay demandas interpuestas. Presumiblemente, si los republicanos pierden las mayorías en el Congreso en noviembre y si a Trump lo sucede un presidente del Partido Demócrata, algunas de las instituciones o lugares renombrados recuperaran su denominación original, y puede que algunas de las construcciones se aborten.
La acción política
La egolatría de Trump podría ser una cuestión relativamente superficial si se redujera a lo meramente formal, pero no. Su narcisismo es parte de su acción de gobierno. ¿Qué favores hace el Gobierno a cambio de que terceros cumplan con los caprichos del presidente? ¿Cuántas de sus decisiones políticas las guía su ego por encima del asesoramiento de los expertos?
En la emboscada que montó con su vicepresidente al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, el año pasado, en uno de los momentos de mayor enfrentamiento, lo que JD Vance le reprochó a Zelenski es que no era suficientemente agradecido con Trump, que tenía que empezar por dar las gracias.
La ambición frustrada del presidente por que le concedan el Premio Nobel de la Paz -de nuevo la sombra de Obama- le ha llevado a amenazar al Gobierno noruego, que no es quien otorga el galardón, que depende del Comité para el Premio Nobel de la Paz; y a decir que no se siente ya en la obligación de negociar paces. Esa rabieta llevó a la líder de la oposición venezolana, María Corina Machado, la ganadora del año pasado, a regalarle la medalla del Nobel a Trump, para intentar ganar su favor político respecto a Venezuela.
Su ego herido, con intolerancia a cualquier crítica, está detrás de su guerra, judicial y económica, contra la prensa, con los medios que publican información que el considera desfavorable. Y trasciende la prensa, ha presionado a las principales cadenas de televisión para que despidan a humoristas que lo critican y ridiculizan. El último informe de Reporteros Sin Fronteras lo constata: Trump ha convertido los ataques contra la prensa en una práctica sistemática, lo que ha relegado al país al puesto 64, siete puestos menos que el año pasado (...) En Estados Unidos los periodistas, que ya se enfrentaban a dificultades económicas y a una crisis de confianza del público, entre otros retos, deben ahora lidiar también con el uso sistemático de las instituciones del Estado como arma arrojadiza por parte del presidente. Este abuso institucional se hace mediante recortes presupuestarios a emisoras públicas como NPR y PBS, injerencias políticas en la propiedad de los medios e investigaciones judiciales con motivaciones políticas contra periodistas y medios no afines a la administración".
El presidente y la psiquiatría
"Donald Trump no es un narcisista, sino un solipsista", "El imperio del ego", "Trump y la política del ego", son algunos de los titulares que aparecen cuando una pone en la búsqueda de internet "trump + ego", "trump + narcisismo". Son artículos de prensa escritos por periodistas, pero también hay muchos artículos de psiquiatras en webs de salud mental.
Psiquiatra clínica es Mary Trump, sobrina del republicanop, hija del difunto hermano mayor del presidente, quien tenía que haber sido el heredero de los negocios Trump. Hace seis años, al final de la primera presidencia de su tío, publicó un libro en el que puede leerse: "Nunca tiene bastante. (...) Es más que narcisista, Donald Trump es débil, tiene un ego frágil que tiene que alimentar continuamente porque, en el fondo, sabe que no es nada de lo que alardea ser". Ahí es nada el retrato de la sobrina psiquiatra.
Ningún presidente de los Estados Unidos, por el simple hecho de ser la cúpula del poder, escapa a la trampa del narcisismo, ni a los exámenes psicológicos, profesionales o aficionados. Por ejemplo, los ríos de tinta que se escribieron sobre el origen del apetito sexual al parecer irrefrenable de Bill Clinton; o sobre los complejos que tenía George W. Bush respecto a su padre, George H.W. Bush, como raíz de su empeño en invadir Irak y derrocar a Sadam Husein. Pero con Trump todo ha alcanzado un nivel estratosférico, sin precedentes. Tanto su egolatría como los estudios sobre ella.
Con las gafas de Anna Bosch